| Thesaurus:
Jenofonte,
géneros en prosa, obra histórica (Helénicas, Anábasis
y Agesilao), obra didáctica (Ciropedia, Hierón, Constitución
de los Lacedemonios, Ingresos, Sobre la Equitación, Hipárquico
y Cinegético), obra Socrática (Económico, Memorables,
Banquete, Apología de Sócrates).
1.
DATOS BIOGRÁFICOS.
La vida (1)
de Jenofonte nos es bien conocida, además de por los amplios datos
autobiográficos de sus obras, gracias a su inclusión en las
Vidas
de filósofos de Diógenes Laercio. Hijo de Grilo y Diadora,
nació entre el 430 y el 425 a. C. en el demo ático de Erquía,
en el seno de una familia acomodada, como se desprende de sus amplios conocimientos
hípicos. A este respecto, su trayectoria personal se desarrollará,
de acuerdo con aquellos tiempos de crisis, pero de gran actividad intelectual
y literaria, entre el el arma de caballería y una prolífica
actividad prosística. Ello se vió abonado en su juventud
y acmé por sus vivencias durante la fase final de la Guerra
del Peloponeso, con la derrota de Atenas, y por el proceso y muerte de
Sócrates en el 399, que marcarán su quehacer personal y literario.
Así, tras
el derrocamiento de la tiranía de los Treinta en el 403, abandona
Atenas bien por un nada claro decreto de exilio, bien por su decepción
ante los acontecimientos políticos, de acuerdo con su declarada
postura filoespartana. A partir de aquí participa en la expedición
de mercenarios reclutada por Ciro el Joven en el 401 para hacerse con el
trono de Persia, que sirve de base argumental a su Anábasis.
Tras la frustrada intentona y huída del contingente, Jenofonte une
sus fuerzas a Tibrón, el general espartano que desarrollaba una
campaña contra el sátrapa Tisafernes en Asia Menor. Su participación
con los ejércitos de Esparta sería, empero, más determinante
durante el decenio 396-386, junto a Agesilao. Su amistad personal, que
dará lugar al encomio del mismo nombre y al retrato paradigmático
del personaje en Helénicas, y servicios al ejército
espartano serían recompensados con la donación de un predio
en Escilunte, cerca de Olimpia.
Tras la derrota
espartana en Leuctra, los eleos recuperan la zona y, en el 371, Jenofonte
debe marchar a Corinto. Estos años coinciden con la alianza de Atenas
y Esparta para hacer frente al creciente poderío de la Tebas de
Epaminondas y, así, Jenofonte puede regresar a Atenas, en cuya caballería
se alista junto a sus dos hijos. Grilo, el mayor, caerá muerto en
la batalla de Mantinea (362 a. C.).
Cabe suponer que
los últimos años hasta su muerte, en torno al 356 (en Corinto,
según Diógenes Laercio II 56, en Escilunte, según
Pausanias V 6.6), los dedicara a la redacción definitiva de sus
obras, práctica que parece común entre los escritores-soldado
de la época: en especial, las memorias personales de los
acontecimientos históricos que le tocó vivir y los recuerdos
del maestro Sócrates, al calor del legado literario al que dió
lugar entre sus discípulos.
2. LA OBRA DE
JENOFONTE: NUEVOS GÉNEROS EN PROSA
El interés
relativamente reducido que ha venido suscitando Jenofonte, teniendo en
cuenta la amplitud de su producción literaria, es un claro ejemplo
de las notables variaciones del aprecio por los escritores del mundo antiguo,
muchas veces como resultado de la aplicación de análisis
metodológicos inadecuados y anacrónicos, basados, en cierta
medida, en principios críticos que no tienen en cuenta la distancia
temporal de estos testimonios, ni las convenciones y normas literarias
a las que se hallaban sometidos (2).
Así, Jenofonte, tan excelentemente considerado en otros tiempos
entre los grandes clásicos de la prosa —Diógenes Laercio
(II 58) lo catalogó como la Musa ática—, experimentó
un notable declive en su valoración a partir de finales del siglo
XIX, siendo, en ocasiones, objeto de severas críticas, más
acentuadas, si cabe, hacia su obra historiográfica. Sin duda, la
comparación con otros grandes prosistas —lo que JACOBY (3)definió
como "la artificiosa tríada historiográfica" (Heródoto,Tucídides,
Jenofonte)— ha influido sobremanera en esta consideración. Tanto
la comparación de sus Helénicas con la Historia
de la Guerra del Peloponeso de Tucídides, como la de sus
obras Socráticas con los Diálogos de Platón,
provocan una percepción desventajosa de su testimonio histórico
y literario, así como del contenido pedagógico de su pensamiento
que subyace en el conjunto de su obra. Para una consideración más
ecuánime y cabal de su talento literario es necesario, en efecto,
prescindir de todo intento de confrontación e intentar calar más
hondamente en el sentido último de sus textos (4).
Reprocharle que no fue un teórico riguroso del acontecer histórico
y que no llegó a asimilar el trasfondo filosófico de las
enseñanzas de Sócrates supone enjuiciar su obra con prejuicios
teóricos. Mas, si analizamos su obra en el entorno histórico
y literario adecuados, podremos colegir aquellas virtudes que le hicieron
tan estimado entre los historiadores latinos y griegos tardíos (5).
En efecto, buena
parte de las dificultades estructurales que la crítica ha detectado
responden a una insuficiente atención a las exigencias y normas
de unos géneros especialmente jerarquizados. En este contexto, una
de las aportaciones más destacadas de Jenofonte a la literatura
griega ha sido la de contribuir al proceso de diferenciación que
va a experimentar la prosa ática a partir de la segunda mitad del
siglo V a. C. Así frente al planteamiento globalizador de Heródoto,
nuestro autor es continuador de la práctica iniciada por historiadores
como Caronte de Lámpsaco o Helánico de Lesbos, al distribuir
un material heterogéneo en obras diferentes, como resultado de los
límites que la convención iba imponiendo a la inclusión
de material de índole monográfico en la historia. En este
sentido, es importante también subrayar en Jenofonte su carácter
precursor del helenismo, apreciable en su fuerte tendencia al individualismo,
al retrato moral de los protagonistas, en los esbozos de nuevos géneros
literarios, como la biografía (en su encomio Agesilao) y
la novela (con su Ciropedia), en su preocupación por la pedagogía
un tanto idealizada, en sus breves tratados de carácter práctico,
como la equitación, la caza o la distribución de los recursos
económicos, que entroncan con la literatura científico-técnica.
Un primer paso ha de ser el estudio de los modelos y fuentes literarias
que han podido tener una mayor influencia en sus escritos, así como
la originalidad de su aportación literaria, ya en la aplicación
novedosa de modelos preexistentes, ya en su contribución al desarrollo
de nuevas formas. Creemos, en suma, que una interpretación ponderada
de los factores intrínsecos de cada género, que se proyectan
sobre la estructura interna de la obra, y de los factores extrínsecos,
que condicionan su configuración, permitirá reconsiderar
con mayor ponderación la figura de Jenofonte. A tal efecto, para
una revisión de su producción literaria vamos a seguir la
ordenación en tres apartados establecida por BREITENBACH (6):
— Obras históricas:
Helénicas,
Anábasis y Agesilao (en ésta, empero, su carácter
histórico se limita al protagonismo del estratego espartano en el
marco del encomio).
— Obras didácticas:
Ciropedia,
Hierón, Constitución de los Lacedemonios, Ingresos, Sobre
la Equitación, Hipárquico y Cinegético (cuya adscripción
a Jenofonte ha planteado numerosas dudas de autenticidad).
— Obras de contenido
filosófico, llamadas también Socráticas: Económico
(que, por su temática, bien podría figurar en el apartado
anterior de no ser por el protagonismo de la figura de Sócrates),
Memorables,
Banquete y Apología de Sócrates.
Junto a éstas
se atribuyó también a Jenofonte un interesante opúsculo
sobre la Constitución de los atenienses, debido, sin duda,
al paralelismo con su tratado sobre el régimen de Esparta, además
de otras razones de coyuntura histórica y literaria. No obstante,
hoy en día dicho tratado es reconocido como un libelo anterior a
Jenofonte a cuyo anónimo autor suele citarse como "el Viejo Oligarca".
También se le adscribieron algunas Cartas del atractivo género
epistolográfico, todas ellas de invención tardía.
2.1. ESCRITOS
DE CONTENIDO HISTÓRICO
La historiografía
griega del siglo IV a. C. viene marcada por dos hechos fundamentales: la
influencia de la retórica y la impronta de la Historia de
Tucídides.
El fuerte influjo que ejerció la retórica en la historiografía
determinó que ésta siguiese los dictados de aquella en lo
referente al ordenamiento de los asuntos. Jenofonte, empero, no parece
situarse dentro de esta tendencia que se hace evidente, por ejemplo, en
los fragmentos de Éforo, y tan sólo pueden apreciarse elementos
retóricos de manera complementaria en cuestiones puntuales de estilo.
Más determinante resulta, sin lugar a dudas, la influencia de Tucídides:
al igual que Cratipo y el historiador anónimo de las Helénicas
de
Oxirrinco, Jenofonte en sus Helénicas sigue los acontecimientos
subsiguientes a la finalización del relato del genial historiador.
Ya en la Antigüedad, se inauguró una tendencia constante a
juzgar a los historiadores según el grado de aproximación
al modelo tucidídeo. Al mismo tiempo, el intento de escribir una
historia de temática político-militar, a la manera de Tucídides,
se tradujo en una aguda diferenciación de formas literarias —frente
al planteamiento totalizador precedente de
Heródoto—, por la que el material excluido del relato histórico
ha de aparecer en obras diferenciadas: en el caso que nos ocupa, memorias
autobiográficas, ensayos biográficos, colecciones de hechos
notables, disquisiciones constitucionales y romances históricos.
2.1.1. Helénicas
Por los avatares
de la transmisión
de los textos griegos, las Helénicas han resultado
ser el testimonio más completo conservado de cuantos se ocuparon
de narrar los sucesos inmediatamente posteriores al punto en que la Historia
de la Guerra del Peloponeso de Tucídides se interrumpe ex
abrupto, circunstancia que, al mismo tiempo, ha determinado una línea
de desigual comparación entre ambas que ha impedido una valoración
de la particular aproximación de Jenofonte al género historiográfico.
A ello contribuyó el hecho de que Jenofonte comenzara la narración
tras los sucesos del año 411 con un meta; tau'ta que da una cierta
idea de continuidad sin que se aprecie en Jenofonte una clara voluntad
de originalidad. Esta circunstancia, unida a la afirmación de Diógenes
Laercio (II 57) de que Jenofonte fue el editor de Tucídides, hizo
suponer a algunos estudiosos(7)
la posibilidad de que éste terminara de confeccionar el material
inédito de Tucídides en sus dos primeros libros (en concreto,
hasta II 3.10 donde la obra de Jenofonte marca un brusco cambio en su forma
de composición), siendo el resto de la obra la propiamente jenofontea.
Asimismo, apoyaría esta tesis la presencia en algunos manuscritos
de los títulos Paraleipovmena y Paraleipovmena th'" Qoukudivdou
xuggrafh'". No es nuestra intención, en este punto, enunciar una
suerte de cuestión jenofontea y reavivar una polémica
ya superada sobre el carácter "unitario" o "analítico" de
sus Helénicas (8).
Únicamente exponemos nuestras dudas para admitir como único
método de análisis los testimonios de la Antigüedad,
ante su tendencia a relacionar grandes figuras y acontecimientos del pasado
—el mismo Diógenes Laercio (II 48-60) incluye en su Vitae Philosophorum
a Jenofonte como uno más de su nómina de grandes pensadores—,
tradición que probablemente pudo influir en el espíritu del
copista que introdujo el citado título. Por otra parte, los sobrescritos
y suscripciones introducidos por los copistas, a menudo, no son estrictamente
rigurosos por lo que no parece prudente tomarlo como una prueba de peso
suficiente.
Si para tener una
apreciación más cabal nos detenemos en los elementos formales
más relevantes del género, podremos observar, en primer lugar,
que la obra carece de un Prefacio introductorio con indicación de
autoría similar a los de Hecateo, Heródoto o Tucídides,
lo cual parece denotar, por parte del autor, una idea de conexión
voluntaria con este último. Resulta igualmente notable el valor
estructural de los discursos, el mantenimiento inicial del esquema tucidídeo
en la narración de las campañas militares por estaciones
del año y un tipo de relato que se acerca a la idea de historia
contemporánea de aquel, en la cual el protagonismo de los hechos
del pasado, frente a Heródoto, pasa a segundo plano. En cuanto a
la estructura de la obra, si bien se ha reconocido por los especialistas
el cambio de estilo y composición que marca el punto II 3.10 (9),
hay diferencias más que suficientes con Tucídides y elementos
propios de Jenofonte como para aceptar la autoría completa
y desechar la citada hipótesis . Así, si bien en la citada
primera parte, que se ocupa de los sucesos finales de la Guerra del Peloponeso,
mantiene el principio analítico, no se aprecia una tendencia sistemática
a escribir a la manera de su predecesor. Da la impresión como si,
una vez culminada la narración de la gran confrontación,
se considerara "liberado" de la subsidiariedad de la autoría y magisterio
de Tucídides para pasar a un relato desde su particular concepción
del devenir histórico. Por otra parte, el descubrimiento y publicación
de los fragmentos de las Helénicas del anónimo de
Oxirrinco ha permitido confirmar las notorias diferencias que le alejan
de Tucídides (especialmente el desequilibrio e intermitencia de
la narración) y ha puesto en evidencia las contradicciones de los
datos históricos, todo lo cual alimenta nuestras dudas de que en
esta parte inicial Jenofonte pudiera haber utilizado material inédito
de Tucídides y que, por extensión, tuviera en el conjunto
de su relato la firme intención de escribir una historia de corte
político. Su obra, es cierto, no parte de un tema concreto que deba
ser anticipado en un Prefacio: la evidencia de sus propias palabras es,
con GRAY , que concibe su narración como un continuum de sucesos;
de hecho ya hemos subrayado cómo comienza abruptamente con un Meta;
de; tau'ta... (I 1.1) y concluye ...ejmoi; me;n dh; mevcri touvtou grafevsqw:
ta; de; meta; tau'ta i[sw" a[llw/ melhvsei (VII 5.27). Esta suerte de Ringkomposition,
como sugiere LÉVY , revela una intención literaria deliberada
más allá de una simple continuación de la historia
tucidídea. Más bien —y en ello coincidimos con NICKEL — en
la obra predomina su conocimiento personal y la voluntad de narrar lo que
CAWKWELL define como Revenues, memorias de hechos vividos en un período
agitado y trascendental de la historia de Grecia.
Ciertamente, pese
a que sin duda fue lector y buen conocedor de fuentes literarias —además
de Tucídides, BREITENBACH apunta a Heródoto en su interés
por hechos menores, en el dramatismo de algunas escenas y en las descripciones
de carácter etnográfico—, de la lectura de sus Helénicas
se desprende que las fuentes literarias ocupan un lugar secundario frente
a la investigación personal y la autopsía (en VII 2.1, por
ejemplo, Jenofonte hace referencia a otros escritores aunque dando a entender
la no utilización de dichas fuentes). Las evidentes contradicciones
de los datos históricos descartan posibles conexiones con el autor
anónimo de Oxirrinco, ni siquiera con Ctesias a quien manifiesta
conocer personalmente en Anábasis (I 8.26). Parece más verosímil,
como sugiere HENRY , que fueran su vida viajera y el privilegiado conocimiento
de protagonistas de este período su principal fuente de información.
Aunque no nos informa al respecto en una declaración programática,
cabe suponer que se sirvió de informadores, testigos directos e
indirectos, y de la consulta de documentos oficiales. Así, para
la composición de los libros I-II contaba con todo lo que vivió
en Atenas antes de su destierro. En los libros III-IV se relatan sucesos
en los que participó, o conoció de primera mano, gracias
a su estrecha amistad con Agesilao. En la parte final (libros V-VII), que
podría haber comportado una composición más problemática
por no hallarse presente en los hechos narrados, pudo contar, empero, con
fuentes de información cualificadas: una vez más, el testimonio
de Agesilao y de personas de su entorno durante sus últimas campañas;
el contacto, durante su estancia en Escilunte, con personajes relevantes
que acudieran a los certámenes olímpicos; cuando, tras la
anulación del decreto de destierro de Atenas, se traslada a Corinto,
el centro de mando de la alianza espartana se ha establecido en esa ciudad.
En suma, la autopsía y su relación privilegiada con protagonistas
de los bandos contendientes parecen una base documental más que
suficiente para la obtención de información.
No obstante, al
enjuiciar el resultado de la plasmación de esta rica y, en apariencia,
cuidadosa recogida de información, parangonable a la del propio
Tucídides, reaparecen las comparaciones negativas. Así, sus
Helénicas están escritas bajo la inspiración de una
idea matriz que subyace en el llamado "proemio intermedio" (acontecimientos
del 389 al 375), previo a la capitulación de la guarnición
lacedemonia en la acrópolis de Tebas en el 383, y que sintetiza
su particular concepción metodológica que subordina las leyes
de la historia al determinismo divino (V 4.1). No se plantea en él
las agudas preguntas que formulara Tucídides sobre las fuerzas que
condicionan el curso de la historia ni ahonda tampoco en la etiología
del devenir histórico, recurriendo, en ocasiones, a interpretaciones
superficiales o moralizantes (así, en el citado episodio, el éxito
inicial de la toma de la ciudadela Cadmea por Fébidas acaba siendo
la causa del ulterior fracaso de Esparta).
Asimismo, tras el
ya señalado punto de inflexión en II 3.10, abandona el principio
analítico sin sustituirlo por otro alternativo . Se ha incidido
también en su parcialidad antitebana (no hace referencia a un estratego
de la talla de Epaminondas hasta que la obra se encuentra muy avanzada)
y proespartana (como en su complicidad ante el impacto de la derrota espartana
en Leuctra en VI 4.16) impropias de un historiador. Tan sólo Atenas
recibie un trato más imparcial aunque distante. Han sido objeto
de censura, igualmente, las anticipaciones y digresiones, pero, sobre todo,
las omisiones de sucesos históricos relevantes (no se hace referencia
a episodios ineludibles como la independencia de Mesenia, la fundación
de la Segunda Liga o la importante victoria ateniense en Naxos) que se
atribuían a su parcialidad e incapacidad como historiador .

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