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nos vamos a detener a valorar estas opiniones de las que, en ocasiones,
ha sido objeto el propio Tucídides, y que nos parecen, en su mayoría,
resultado de un análisis anacrónico llevado a cabo desde
la perspectiva del historiador moderno, con tendencia a valorar más
el rigor histórico de los datos del historiador que al artista-narrador,
cuando para los antiguos la Historia era, en primer término, una
obra de arte que reflejaba la manera de sentir y contar. Por ello, coincidimos
con LÉVY (20)en
que el arte de la deformación histórica, que puede
detectarse también en Tucídides, no debe ser confundido con
la simple parcialidad. Esta confusión reposa en la idea de que la
Historia se antepone al historiador, quien debe reproducir con escrupulosa
objetividad los acontecimientos para que ésta sea verídica.
De hecho, en la medida en que los historiadores deben dar forma a su material
y en que algunos se esfuerzan en influir en su audiencia, hay un arte de
la deformación histórica. Para el historiador antiguo, en
la presentación de los hechos, predomina su sentido intuitivo por
encima de una relación exhaustiva y, en Jenofonte, su importancia
estriba en el valor paradigmático de los acontecimientos (21).
En este sentido, ya HENRY (22)
y BREITENBACH (23)habían
incidido en la necesidad de considerar las Helénicas más
como una obra literaria que como una obra histórica. Desde una perspectiva
literaria son reseñables: su perfecto conocimiento, como soldado
profesional, de cuestiones militares (aspecto que, con Tucídides,
resultará imprescindible para un historiador desde el momento en
que los acontecimientos bélicos estructuran la narración
histórica y cuyo desconocimiento el Polibio censuraba a sus contemporáneos);
sus eficaces retratos de personajes relevantes —como el de Alcibíades
a su regreso a Atenas (I 4.13)—; la viveza de su narración; su sentido
de la situación dramática que suele acrecentar mediante la
sucesión de hechos contrastados —la llamada estética del
asíndeton (24)—;
su carácter precursor de la historiografía helenística
en la descripción de escenas aisladas —como el arresto y condena
de Terámenes (II 3.50 y ss.)—; no incurre, en fin, en los excesos
retóricos de la historiografía inmediatamente posterior.
Mas al margen
de esta confrontación de aspectos positivos y negativos, cabe plantearse
otras alternativas, como la posibilidad enunciada por CAWKWELL (25)
de
que, en las Helénicas, Jenofonte no estuviera pensando estrictamente
en "clave historiográfica": la aceptación de una composición
tardía reforzaría la concepción de la obra como Revenues,
memorias escritas en la madurez. Así podría explicarse que
no se planteara un método histórico y que no haya indicios
de que desarrollara su material con un criterio cronológico. Bajo
esta premisa, estas memorias estarían destinadas a un círculo
próximo capaz de extraer el sentido de la obra, de leer entre
líneas, para el cual no serían necesarias mayores explicaciones
que las contenidas en la obra. Este marco restringido de destinatarios
explicaría las omisiones y contradicciones: lo que dice y cómo
lo dice sería más importante que lo que silencia y las razones
por las que lo hace. Con ser sugerente esta hipótesis, el verdadero
significado de la obra, en todo caso, sólo puede deducirse de su
contenido más que a partir de hipotéticos factores extrínsecos
de difícil demostración. Por ello, nos parece especialmente
acertada la propuesta de GRAY (26)
de
buscar en su forma literaria su propuesta historiográfica, distinguiendo
tres ejes fundamentales que caracterizan dicho esquema literario:
— la narración
conversacional de influencia herodotea, que contribuye a la variedad del
relato, se basa en la dialéctica socrática, en la conversación
informal que podía revelar un importante aspecto moral, su propuesta
filosófica sobre la virtud humana dentro del carácter moralizante
de estas memorias, como en este breve diálogo que ilustra la rivalidad
entre Agesilao y Lisandro, más influyente por sus campañas
anteriores en Asia Menor, mediante el retrato de ambos con trazos concisos
(III 4.9-10).
— los discursos
formales cuyo propósito es la consideración de las cualidades
morales a través de la caracterización de los oradores. Frente
a los discursos analíticos de Tucídides, los de Jenofonte
resultan un retrato conmemorativo, como en el de Trasibulo a los acantonados
en el Pireo (II 4.13-14 y 17).
— la narración
de los acontecimientos se articula en episodios estructurados y escritos
para revelar un interés moral y filosófico, como ante la
llegada a Atenas de la noticia de la derrota en Egospótamos con
su magnífica descripción de los lamentos que recorrían
los Largos Muros y del temor que sobrecogía a los atenienses ante
las posibles represalias que su conducta en la guerra podía acarrearles
(II 2.3 y 4).
Jenofonte se muestra
proclive a destacar los valores individuales —aspecto capital en el conjunto
de su obra con independencia del género— en el desarrollo de los
hechos que coincide con una tendencia progresiva en la historiografía
y pensamiento de la época. Es cierto que las Helénicas
continúan en el mismo punto en el que Tucídides interrumpe
su narración y la manera de comenzar presume incluso que el lector
está al cabo de sus últimos capítulos. Sin embargo,
Jenofonte debió de ser consciente de que no estaba siguiendo el
método de quien tanto se preocupaba por el descubrimiento de la
verdad y por las fuerzas que actuan en el devenir histórico. Nuestro
autor, en este sentido, está más próximo a la mayoría
de los historiadores del siglo IV, quienes se hallaban ya lejos de aquella
ajkrivbeia. Su propuesta es ante todo moralizante y su intención
primaria es la descripción de la virtud y la búsqueda del
ideal humano —la expresión kalov" kajgaqov" jalona permanentemente
su obra—, aun a costa de incumplir los cánones del relato histórico.
Y es que la historiografía de corte político iniciada por
Tucídides no puede considerarse que haya tenido muchos continuadores
capaces de aplicar con acierto y rigor su método y de plantearse
en profundidad las mismas cuestiones que motivaron sus escritos. Jenofonte,
en verdad, está lejos del rigor de su predecesor: confiado en su
capacidad de recuerdo y sin tener en cuenta la verdad exacta, escribe una
suerte de memorias (27) cuyo
relato gira en torno a Agesilao como figura central, y paradigma del individuo,
que domina la historia de las primeras décadas del siglo IV. Su
centro de atención son, en definitiva, los valores morales de las
ciudades y de sus líderes, y no tanto la lucha hegemónica
o la descripción de los bandos contendientes, por lo cual no persigue
un relato unificador. En este contexto, la crítica situación
del Peloponeso resulta especialmente propicia para su intención
postrera: así, la heróica intervención de Agesilao
en la batalla de Mantinea es el punto final que deja la narración
cerrada en sí misma (28)
; es la culminación de las lecciones que el hombre debe aprender
y que se resumen en la supremacía divina y en los límites
del ser humano.
2.1.2. Anábasis
La tendencia a destacar
la importancia de la actuación individual en el desarrollo de los
hechos, se halla igualmente presente en la Anábasis. De manera
análoga a las Helénicas, Jenofonte relata, con cierta
distancia, los recuerdos personales de su participación en la expedición
de Ciro el Joven, lo que confiere a la obra un espíritu marcadamente
personal y, en consecuencia, un reconocido carácter apologético
(29).
En ello, empero, no ha de entenderse un carácter tendencioso: su
verosimilitud y sinceridad están hoy generalmente aceptadas. Debe
excluirse, asimismo, un propósito exculpatorio o laudatorio, o el
ideal de exaltación panhelénica sugerido por DILLERY (30).
Su relato, mediante la presentación de un ejército en marcha,
que unifica la obra, es una rememoración orgullosa y sincera del
protagonismo de su propio pasado (31),
como deja entrever en la curiosa descripción de un sueño
—precisamente en el momento más dramático para el contingente,
tras la batalla de Cunaxa y la traición de Tisafernes— que inspirará
su dirección salvadora de la expedición (III 1.10-12):
No cabe duda de
que la presencia de un componente apologético puede comportar una
desviación
en el grado de objetividad que exige el mandato del historiador. Además,
las lagunas de Jenofonte como historiador han sido detectadas por la crítica
en la Anábasis: no resulta exhaustivo en la recogida de datos;
margina voluntariamente hechos de primera importancia en favor de otros
de menor relevancia objetiva; la perspectiva personal marca la narración
de los acontecimientos; la improvisación, en definitiva, predomina
por encima del examen crítico necesario. Pese a estas deficiencias,
en la Anábasis late una verdadera intención histórica:
Jenofonte cuenta los acontecimientos tal como sucedieron aunque se presente
a sí mismo de manera favorable y, si bien, es a veces parcial en
sus simpatías, no parece un expositor tendencioso de los hechos.
Pero, sobre todo, muestra un talento singular como "reportero de guerra"
(32), más incluso
que como historiador. Por ello se percibe una mayor capacidad para el relato
de los hechos personalmente vividos que para el de las noticias recibidas
de otros informadores.
En este sentido,
su estilo de pinceladas cortas transmite con gran eficacia las impresiones
de momentos decisivos dotados de gran dramatismo, como en la llegada al
mar del contingente tras la azarosa expedición (IV 7.21-25). Al
mismo tiempo, en el curso de la narración presta una atención
adecuada a los movimientos de tropas y a cuestiones de táctica y
estrategia militar que revelan su conocimiento de la materia (cf. el relato
de la batalla de Cunaxa, I 8.1 y ss.). No obstante, coincidiendo con los
rasgos más notables de su quehacer literario, ya destacados en las
Helénicas,
es sobre todo en torno a los discursos y retratos de personajes donde su
capacidad narrativa adquiere una mayor brillantez;
— Los discursos
(33),
de acuerdo con la práctica retórica habitual en la historiografia
de la época, están dotados de notable dramatismo, si bien,
como en Helénicas, mantienen una gran verosimilitud y adecuación
al orador, como el discurso de Ciro a los expedicionarios griegos (I 7.3-4)
que sirve para reflejar la admiración de Jenofonte por Ciro el Joven
que pudo servirle incluso de modelo paradigmático para el personaje
de Ciro el Viejo en la Ciropedia (cf. VII 2).
— En los retratos
describe con trazos precisos el talante de los protagonistas de la historia
más allá de una simple obra de circunstancias y propósito
apologético: por ejemplo, los de Ciro (I 9-10) y Clearco (II 6.1-15),
estilísticamente independientes; o en los de Próxeno y Menón
(II 6.16-29), escritos en un hábil estilo de reminiscencia isocrática,
en los que combina paralelismos y antítesis para contraponer las
virtudes de Próxeno (16-20) a la ambición y maldad de Menón
(21-29) que, recordando a Heródoto, se resumen en la suerte dispar
que en su muerte correspondió a cada uno.
En ambos casos subyace,
de nuevo, su interés por las cualidades morales humanas. En este
sentido, HIRSCH (34),
propone una interesante interpretación del conjunto de la obra como
un análisis de la antítesis verdad/falsedad a través
de la cual el autor valora las negativas consecuencias que para el bienestar
del individuo y el equilibrio del orden social y político comporta
la falsa conducta (personificada en la figura de Tisafernes). De acuerdo
con su espíritu moralizante de raigambre socrática, constante
en su producción literaria, el centro de la obra no se halla tanto
en el contexto histórico persa como en los asuntos humanos de los
protagonistas que, independientemente de su origen y condición,
adquieren un valor paradigmático de aplicación universal
(35).
Por otro lado, la
obra ofrece importantes novedades desde la perspectiva literaria. Así,
de acuerdo con MOMIGLIANO (36),
Jenofonte estaría experimentando una nueva forma de género
literario: la autobiografía. Sin duda, él era consciente
de que era apropiado presentar los dichos notables —ajgastovn— en una obra
de historia —en la que, siguiendo el Proemio de Heródoto,
caben los hechos ajxiovloga—, tal como el mismo Jenofonte señala
en las Helénicas (II 3.56) a modo de "manifiesto literario",
cuando relata la detención y muerte de Terámenes. En este
contexto recupera la literatura de viajes y de repertorios geográficos
(Periplos y Periégesis) de la prosa temprana jonia en la
presentación de lugares, pueblos y costumbres, escritos que, al
parecer, habrían tenido un carácter autobiográfico
del que la Anábasis podría ser heredera y, al mismo
tiempo, llegó a ser modelo de una nueva forma del género
literario. Ciertamente, se ha postulado la existencia como precedente más
inmediato de una Anábasis de Soféneto de Estínfalo,
general de la expedición, a la que hace referencia Esteban de Bizancio(37),
aunque las dudas sobre su autenticidad llevaron ya a JACOBY (38)a
hablar de una falsificación tardía que trataría de
establecer una estrecha relación entre ambas obras a través
de la autoría de un personaje destacado del relato. La obra tiene
también un indudable regusto herodoteo en sus evocaciones etnográficas
y geográficas; asimismo, en lo relativo a la narración de
campañas militares de ejércitos en marcha pudo seguir la
pauta de los Persiká de Ctesias —a quien menciona en I 8.26 si bien
como médico de Parisátide y no como escritor— o incluso al
propio Tucídides. Sin embargo, una vez más, predomina la
experiencia personal del autor, la narración de lo vivido y la autopsía
(como puede apreciarse en las descripciones de costumbres y lugares
de pueblos exóticos y poco conocidos o en sus finas observaciones
psicológicas sobre la tropa). En este sentido, NICKEL (39)
sugiere la utilización por parte de Jenofonte de las notas de su
propio diario de viaje, además de la consulta de actas oficiales
y listados de tropa; cabe suponer igualmente la consulta de mapas y documentos
persas, como se desprende, por ejemplo, del uso permanente de las parasangas
como sistema de medida de distancias —aunque este último dato pudiera
reflejar simplemente un intento de dotar al relato de una más estrecha
adecuación a la realidad.
Ciertamente, cada
género histórico tiene unas pautas y normas que, al mismo
tiempo, resultan flexibles para el escritor. Así la memoria autobiográfica
permite conjugar un acercamiento subjetivo y una visión personal
de lo narrado, en un tono apologético, con la fidelidad a la veracidad
histórica. Para mantener este equilibrio Jenofonte escribe en tercera
persona (recurso habitual en los relatos históricos para dotar a
la obra de una mayor objetividad y distanciamiento). En apariencia también
utiliza el artificio de la seudonimia al atribuir su libro a un autor ficticio,
Temistógenes de Siracusa (noticia recogida por Plutarco en Mor.
345e, a partir de la propia referencia de Jenofonte al siracusano en Hel.
III 1.2, como autor de una obra similar). El resultado final es, en definitiva,
una singular dramatización histórica que hace de esta narración,
escrita a cierta distancia de los hechos, un admirable reportaje de indiscutible
valor histórico y literario. En consecuencia, la Anábasis
terminó por convertirse en un modelo tanto por su carácter
autobiográfico como por su indudable habilidad en difuminar este
aspecto bajo la narración de los acontecimientos. Empezando por
César, el género de las memorias autobiográficas en
épocas posteriores le debe mucho a ese doble acercamiento, en parte
contradictorio, hábilmente resuelto por nuestro historiador.

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