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Avalado por la Sociedad Española de Estudios Clásicos.
JENOFONTE 2/
José Vela Tejada
Universidad de Zaragoza
 

No nos vamos a detener a valorar estas opiniones de las que, en ocasiones, ha sido objeto el propio Tucídides, y que nos parecen, en su mayoría, resultado de un análisis anacrónico llevado a cabo desde la perspectiva del historiador moderno, con tendencia a valorar más el rigor histórico de los datos del historiador que al artista-narrador, cuando para los antiguos la Historia era, en primer término, una obra de arte que reflejaba la manera de sentir y contar. Por ello, coincidimos con LÉVY  (20)en que el arte de la deformación histórica, que puede detectarse también en Tucídides, no debe ser confundido con la simple parcialidad. Esta confusión reposa en la idea de que la Historia se antepone al historiador, quien debe reproducir con escrupulosa objetividad los acontecimientos para que ésta sea verídica. De hecho, en la medida en que los historiadores deben dar forma a su material y en que algunos se esfuerzan en influir en su audiencia, hay un arte de la deformación histórica. Para el historiador antiguo, en la presentación de los hechos, predomina su sentido intuitivo por encima de una relación exhaustiva y, en Jenofonte, su importancia estriba en el valor paradigmático de los acontecimientos (21). En este sentido, ya HENRY (22) y BREITENBACH  (23)habían incidido en la necesidad de considerar las Helénicas más como una obra literaria que como una obra histórica. Desde una perspectiva literaria son reseñables: su perfecto conocimiento, como soldado profesional, de cuestiones militares (aspecto que, con Tucídides, resultará imprescindible para un historiador desde el momento en que los acontecimientos bélicos estructuran la narración histórica y cuyo desconocimiento el Polibio censuraba a sus contemporáneos); sus eficaces retratos de personajes relevantes —como el de Alcibíades a su regreso a Atenas (I 4.13)—; la viveza de su narración; su sentido de la situación dramática que suele acrecentar mediante la sucesión de hechos contrastados —la llamada estética del asíndeton (24)—; su carácter precursor de la historiografía helenística en la descripción de escenas aisladas —como el arresto y condena de Terámenes (II 3.50 y ss.)—; no incurre, en fin, en los excesos retóricos de la historiografía inmediatamente posterior. 

 Mas al margen de esta confrontación de aspectos positivos y negativos, cabe plantearse otras alternativas, como la posibilidad enunciada por CAWKWELL (25) de que, en las Helénicas, Jenofonte no estuviera pensando estrictamente en "clave historiográfica": la aceptación de una composición tardía reforzaría la concepción de la obra como Revenues, memorias escritas en la madurez. Así podría explicarse que no se planteara un método histórico y que no haya indicios de que desarrollara su material con un criterio cronológico. Bajo esta premisa, estas memorias estarían destinadas a un círculo próximo capaz de extraer el sentido de la obra, de leer entre líneas, para el cual no serían necesarias mayores explicaciones que las contenidas en la obra. Este marco restringido de destinatarios explicaría las omisiones y contradicciones: lo que dice y cómo lo dice sería más importante que lo que silencia y las razones por las que lo hace. Con ser sugerente esta hipótesis, el verdadero significado de la obra, en todo caso, sólo puede deducirse de su contenido más que a partir de hipotéticos factores extrínsecos de difícil demostración. Por ello, nos parece especialmente acertada la propuesta de GRAY  (26) de buscar en su forma literaria su propuesta historiográfica, distinguiendo tres ejes fundamentales que caracterizan dicho esquema literario:

— la narración conversacional de influencia herodotea, que contribuye a la variedad del relato, se basa en la dialéctica socrática, en la conversación informal que podía revelar un importante aspecto moral, su propuesta filosófica sobre la virtud humana dentro del carácter moralizante de estas memorias, como en este breve diálogo que ilustra la rivalidad entre Agesilao y Lisandro, más influyente por sus campañas anteriores en Asia Menor, mediante el retrato de ambos con trazos concisos (III 4.9-10). 
— los discursos formales cuyo propósito es la consideración de las cualidades morales a través de la caracterización de los oradores. Frente a los discursos analíticos de Tucídides, los de Jenofonte resultan un retrato conmemorativo, como en el de Trasibulo a los acantonados en el Pireo (II 4.13-14 y 17).
— la narración de los acontecimientos se articula en episodios estructurados y escritos para revelar un interés moral y filosófico, como ante la llegada a Atenas de la noticia de la derrota en Egospótamos con su magnífica descripción de los lamentos que recorrían los Largos Muros y del temor que sobrecogía a los atenienses ante las posibles represalias que su conducta en la guerra podía acarrearles (II 2.3 y 4).

Jenofonte se muestra proclive a destacar los valores individuales —aspecto capital en el conjunto de su obra con independencia del género— en el desarrollo de los hechos que coincide con una tendencia progresiva en la historiografía y pensamiento de la época. Es cierto que las Helénicas continúan en el mismo punto en el que Tucídides interrumpe su narración y la manera de comenzar presume incluso que el lector está al cabo de sus últimos capítulos. Sin embargo, Jenofonte debió de ser consciente de que no estaba siguiendo el método de quien tanto se preocupaba por el descubrimiento de la verdad y por las fuerzas que actuan en el devenir histórico. Nuestro autor, en este sentido, está más próximo a la mayoría de los historiadores del siglo IV, quienes se hallaban ya lejos de aquella ajkrivbeia. Su propuesta es ante todo moralizante y su intención primaria es la descripción de la virtud y la búsqueda del ideal humano —la expresión kalov" kajgaqov" jalona permanentemente su obra—, aun a costa de incumplir los cánones del relato histórico. Y es que la historiografía de corte político iniciada por Tucídides no puede considerarse que haya tenido muchos continuadores capaces de aplicar con acierto y rigor su método y de plantearse en profundidad las mismas cuestiones que motivaron sus escritos. Jenofonte, en verdad, está lejos del rigor de su predecesor: confiado en su capacidad de recuerdo y sin tener en cuenta la verdad exacta, escribe una suerte de memorias (27) cuyo relato gira en torno a Agesilao como figura central, y paradigma del individuo, que domina la historia de las primeras décadas del siglo IV. Su centro de atención son, en definitiva, los valores morales de las ciudades y de sus líderes, y no tanto la lucha hegemónica o la descripción de los bandos contendientes, por lo cual no persigue un relato unificador. En este contexto, la crítica situación del Peloponeso resulta especialmente propicia para su intención postrera: así, la heróica intervención de Agesilao en la batalla de Mantinea es el punto final que deja la narración cerrada en sí misma (28) ; es la culminación de las lecciones que el hombre debe aprender y que se resumen en la supremacía divina y en los límites del ser humano.

2.1.2. Anábasis

La tendencia a destacar la importancia de la actuación individual en el desarrollo de los hechos, se halla igualmente presente en la Anábasis. De manera análoga a las Helénicas, Jenofonte relata, con cierta distancia, los recuerdos personales de su participación en la expedición de Ciro el Joven, lo que confiere a la obra un espíritu marcadamente personal y, en consecuencia, un reconocido carácter apologético (29). En ello, empero, no ha de entenderse un carácter tendencioso: su verosimilitud y sinceridad están hoy generalmente aceptadas. Debe excluirse, asimismo, un propósito exculpatorio o laudatorio, o el ideal de exaltación panhelénica sugerido por DILLERY (30). Su relato, mediante la presentación de un ejército en marcha, que unifica la obra, es una rememoración orgullosa y sincera del protagonismo de su propio pasado (31), como deja entrever en la curiosa descripción de un sueño —precisamente en el momento más dramático para el contingente, tras la batalla de Cunaxa y la traición de Tisafernes— que inspirará su dirección salvadora de la expedición (III 1.10-12): 

No cabe duda de que la presencia de un componente apologético puede comportar una desviación en el grado de objetividad que exige el mandato del historiador. Además, las lagunas de Jenofonte como historiador han sido detectadas por la crítica en la Anábasis: no resulta exhaustivo en la recogida de datos; margina voluntariamente hechos de primera importancia en favor de otros de menor relevancia objetiva; la perspectiva personal marca la narración de los acontecimientos; la improvisación, en definitiva, predomina por encima del examen crítico necesario. Pese a estas deficiencias, en la Anábasis late una verdadera intención histórica: Jenofonte cuenta los acontecimientos tal como sucedieron aunque se presente a sí mismo de manera favorable y, si bien, es a veces parcial en sus simpatías, no parece un expositor tendencioso de los hechos. Pero, sobre todo, muestra un talento singular como "reportero de guerra" (32), más incluso que como historiador. Por ello se percibe una mayor capacidad para el relato de los hechos personalmente vividos que para el de las noticias recibidas de otros informadores. 

En este sentido, su estilo de pinceladas cortas transmite con gran eficacia las impresiones de momentos decisivos dotados de gran dramatismo, como en la llegada al mar del contingente tras la azarosa expedición (IV 7.21-25). Al mismo tiempo, en el curso de la narración presta una atención adecuada a los movimientos de tropas y a cuestiones de táctica y estrategia militar que revelan su conocimiento de la materia (cf. el relato de la batalla de Cunaxa, I 8.1 y ss.). No obstante, coincidiendo con los rasgos más notables de su quehacer literario, ya destacados en las Helénicas, es sobre todo en torno a los discursos y retratos de personajes donde su capacidad narrativa adquiere una mayor brillantez;

— Los discursos (33), de acuerdo con la práctica retórica habitual en la historiografia de la época, están dotados de notable dramatismo, si bien, como en Helénicas, mantienen una gran verosimilitud y adecuación al orador, como el discurso de Ciro a los expedicionarios griegos (I 7.3-4) que sirve para reflejar la admiración de Jenofonte por Ciro el Joven que pudo servirle incluso de modelo paradigmático para el personaje de Ciro el Viejo en la Ciropedia (cf. VII 2).
— En los retratos describe con trazos precisos el talante de los protagonistas de la historia más allá de una simple obra de circunstancias y propósito apologético: por ejemplo, los de Ciro (I 9-10) y Clearco (II 6.1-15), estilísticamente independientes; o en los de Próxeno y Menón (II 6.16-29), escritos en un hábil estilo de reminiscencia isocrática, en los que combina paralelismos y antítesis para contraponer las virtudes de Próxeno (16-20) a la ambición y maldad de Menón (21-29) que, recordando a Heródoto, se resumen en la suerte dispar que en su muerte correspondió a cada uno.

En ambos casos subyace, de nuevo, su interés por las cualidades morales humanas. En este sentido, HIRSCH (34), propone una interesante interpretación del conjunto de la obra como un análisis de la antítesis verdad/falsedad a través de la cual el autor valora las negativas consecuencias que para el bienestar del individuo y el equilibrio del orden social y político comporta la falsa conducta (personificada en la figura de Tisafernes). De acuerdo con su espíritu moralizante de raigambre socrática, constante en su producción literaria, el centro de la obra no se halla tanto en el contexto histórico persa como en los asuntos humanos de los protagonistas que, independientemente de su origen y condición, adquieren un valor paradigmático de aplicación universal (35).

Por otro lado, la obra ofrece importantes novedades desde la perspectiva literaria. Así, de acuerdo con MOMIGLIANO (36), Jenofonte estaría experimentando una nueva forma de género literario: la autobiografía. Sin duda, él era consciente de que era apropiado presentar los dichos notables —ajgastovn— en una obra de historia —en la que, siguiendo el Proemio de Heródoto, caben los hechos ajxiovloga—, tal como el mismo Jenofonte señala en las Helénicas (II 3.56) a modo de "manifiesto literario", cuando relata la detención y muerte de Terámenes. En este contexto recupera la literatura de viajes y de repertorios geográficos (Periplos y Periégesis) de la prosa temprana jonia en la presentación de lugares, pueblos y costumbres, escritos que, al parecer, habrían tenido un carácter autobiográfico del que la Anábasis podría ser heredera y, al mismo tiempo, llegó a ser modelo de una nueva forma del género literario. Ciertamente, se ha postulado la existencia como precedente más inmediato de una Anábasis de Soféneto de Estínfalo, general de la expedición, a la que hace referencia Esteban de Bizancio(37), aunque las dudas sobre su autenticidad llevaron ya a JACOBY  (38)a hablar de una falsificación tardía que trataría de establecer una estrecha relación entre ambas obras a través de la autoría de un personaje destacado del relato. La obra tiene también un indudable regusto herodoteo en sus evocaciones etnográficas y geográficas; asimismo, en lo relativo a la narración de campañas militares de ejércitos en marcha pudo seguir la pauta de los Persiká de Ctesias —a quien menciona en I 8.26 si bien como médico de Parisátide y no como escritor— o incluso al propio Tucídides. Sin embargo, una vez más, predomina la experiencia personal del autor, la narración de lo vivido y la autopsía (como puede apreciarse en las descripciones de costumbres y lugares de pueblos exóticos y poco conocidos o en sus finas observaciones psicológicas sobre la tropa). En este sentido, NICKEL (39) sugiere la utilización por parte de Jenofonte de las notas de su propio diario de viaje, además de la consulta de actas oficiales y listados de tropa; cabe suponer igualmente la consulta de mapas y documentos persas, como se desprende, por ejemplo, del uso permanente de las parasangas como sistema de medida de distancias —aunque este último dato pudiera reflejar simplemente un intento de dotar al relato de una más estrecha adecuación a la realidad.

Ciertamente, cada género histórico tiene unas pautas y normas que, al mismo tiempo, resultan flexibles para el escritor. Así la memoria autobiográfica permite conjugar un acercamiento subjetivo y una visión personal de lo narrado, en un tono apologético, con la fidelidad a la veracidad histórica. Para mantener este equilibrio Jenofonte escribe en tercera persona (recurso habitual en los relatos históricos para dotar a la obra de una mayor objetividad y distanciamiento). En apariencia también utiliza el artificio de la seudonimia al atribuir su libro a un autor ficticio, Temistógenes de Siracusa (noticia recogida por Plutarco en Mor. 345e, a partir de la propia referencia de Jenofonte al siracusano en Hel. III 1.2, como autor de una obra similar). El resultado final es, en definitiva, una singular dramatización histórica que hace de esta narración, escrita a cierta distancia de los hechos, un admirable reportaje de indiscutible valor histórico y literario. En consecuencia, la Anábasis terminó por convertirse en un modelo tanto por su carácter autobiográfico como por su indudable habilidad en difuminar este aspecto bajo la narración de los acontecimientos. Empezando por César, el género de las memorias autobiográficas en épocas posteriores le debe mucho a ese doble acercamiento, en parte contradictorio, hábilmente resuelto por nuestro historiador.