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En
Samia también hay una doble relación, en este caso del padre, Démeas,
y el hijo adoptivo, Mosquión. El escenario son dos casas, la del rico Démeas
y la del pobre Nicérato; ambos han salido en un largo viaje. Mosquión hace
de prologuista y nos cuenta que su padre ha llevado a casa a la hetera Críside,
de la que está enamorado, y que él durante las fiestas ha dejado embarazada
a Plangón, hija de Nicérato, y que le ha prometido a la madre casarse cuando
vuelvan los padres. Plangón ha dado a luz un hijo y Mosquión le ha pedido a
Críside que lo haga pasar por propio mientras se resuelve el problema.
Vuelven los padres respectivos, y Mosquión muestra la debilidad de su carácter:
no se atreve a contarle a Démeas lo que ha sucedido, sino que mantiene el
engaño. Démeas oye por casualidad a la nodriza de Mosquión, que, sin saber
que es escuchada, dice que el niño es hijo de Mosquión. Démeas, que sigue
creyendo que Críside es la madre, la tira de casa, pues la hace a ella
culpable de la traición, y con ella al niño y la nodriza. Nicérato los
recoge en la suya; pero escucha que Mosquión reconoce ser el padre y entra en
casa para tirarlos. Como su propia mujer y su hija, Plangón, protegen a la
hetera y el niño, cree que se han confabulado en su contra y amenaza con
prender fuego a la casa, lo que es impedido por Démeas, que ya sabe toda la
verdad. Aclarado el embrollo, los consuegros se preparan para celebrar las
bodas, pero Mosquión quiere dar una lección a su padre por haber desconfiado
de él y finge querer irse de mercenario. Nicérato pone fin a las disensiones
y hace que Mosquión asuma su responsabilidad. Y todo termina en fiesta.
También en Arbitraje
hay un nacimiento inesperado y una hetera con un papel fundamental en la
solución de la trama. Carisio, después de un largo viaje, se entera de que
su mujer, Pánfila, ha dado a luz un niño que no puede ser suyo por el tiempo
transcurrido desde el matrimonio, y que la nodriza, Sófrona, lo ha expuesto.
Por ello Carisio se ha ido a vivir a casa de su amigo Queréstrato y tiene
relaciones con la hetera Habrótono. En el prólogo una divinidad, quizá
Fortuna, cuenta que en una fiesta Carisio, embriagado, violó a Pánfila, que
ésta consiguió arrancarle un anillo, y que, casada con él, no lo reconoce.
Llega Esmícrines, el padre de Pánfila, molesto por los rumores de que
Carisio ha abandonado a su hija; a él le piden que actúe como árbitro en el
litigio que tienen Sirisco, un carbonero esclavo de Queréstrato, y Daos, un
pastor. Discuten sobre la propiedad de unos objetos que acompañaban a un niño
recién nacido que Daos había encontrado, pero que entregó a Sirisco.
Sirisco reclama también los objetos para que puedan servir en un futuro
reconocimiento del niño por parte de los padres, en lo que le da la razón
Esmícrines. Retirado de escena Esmícrines, el criado de Carisio reconoce el
anillo de su señor y Habrótono recuerda que vió a la joven que había
sufrido la violación y decide intervenir. Entran en escena Esmícrines y Pánfila,
enfadado el padre porque la hija se niega a dejar a Carisio, a pesar de que él
la ha abandonado. Habrótono reconoce a la joven violada en Pánfila y le
informa de que el violador es su propio esposo. La hetera junto con el criado
convencen a Carisio de que él es el padre del niño y la anagnórisis del niño provoca la alegría y el final feliz de la
obra.
En otra comedia, Rapada,
también es fundamental la anagnórisis,
en esta ocasión no de un recién nacido, sino de la protagonista. Polemón,
un joven soldado de fortuna, ha rapado a la joven con la que vive, Glícera,
porque ha visto que ella no rehusaba las caricias del joven Mosquión, hijo de
una familia adinerada que vive junto a su casa. Y la joven, ofendida, se ha
ido a vivir precisamente a esa casa, acogida por la dueña, Mírrina, con lo
que confirma las sospechas del desgraciado Polemón. La divinidad prologuista,
Ignorancia, nos informa de que Glícera y Mosquión son hermanos gemelos,
expuestos al nacer y recogidos por una anciana que entregó el varón a Mírrina
y que se quedó con la niña; pasados los años la anciana se lo cuenta a Glícera
y antes de morir la entrega a Polemón; y ahora Ignorancia ha provocado los
celos de Polemón con la intención de que haya un final feliz. Polemón está
desesperado y sus celos van en aumento porque también Mosquión, que
desconoce que Glícera es su hermana, supone que ésta le corresponde. Polemón
intenta rescatar a Glícera a la fuerza, pero su amigo Pateco le convence de
que no tiene derechos sobre ella y de que sólo si ella acepta puede volver a
tenerla. Polemón insta a Pateco a que haga de intermediario e intente
convencer a Glícera de que vuelva. Pero Glícera se niega y en su lugar le
pide que la acompañe a recoger sus cosas de la casa de Polemón. Al hacerlo
Pateco reconoce los objetos con los que expuso a sus hijos, carente medios en
aquel momento para sacarlos adelante, y al reconocerlos reconoce a Glícera.
Termina casando a la hija con Polemón y dándole a éste una buena dote para
que no tenga que volver a ser soldado, con lo que se mantendrá alejado de la
violencia.
3.2.-
Personajes
En Menandro el carácter
de los personajes motiva el desarrollo específico de la trama, o viceversa,
lo que les lleva a alejarse de la figura a la que pertenecen y del que se da
información al espectador a través de la caracterización física, en
especial la máscara, y del nombre del personaje:
los personajes reciben sus nombres entre una limitada gama propia de cada
figura, en la que Gorgias, Sóstrato, Quéreas... son nombres de jóvenes
protagonistas, Daos y Parmenón son siervos, etc. Por encima de la
caracterización individualizada, los personajes comparten una serie de rasgos
que son los que los adscriben a una figura determinada y de los que hablaremos
brevemente.
Hemos dicho que la trama
gira en torno a una joven. En la Comedia Nueva la muchacha sigue siendo una
figura pasiva, que sufre las peripecias de la acción y a veces los ataques de
su enamorado: en Rapada es objeto de
violencia por parte de Polemón; en Arbitraje su marido la rechaza por hacer dado a luz un niño fruto
de una violación en una fiesta, sin saber que el violador es él mismo, etc.
Las jóvenes casaderas o recién casadas son personajes mudos: si la
protagonista de Rapada habla es
porque no se sabe que es una ciudadana; cuando su padre la reconozca, será él
quien a partir de ese momento se ocupará de su futuro.
A pesar de esta
pasividad, totalmente acorde con la situación socio-política, Menandro pone
en boca de mujeres ciudadanas quejas por las decisiones paternas sobre su
matrimonio, lo que es totalmente inesperado. Y así, la joven del Papiro Didot
I, en los vv. 27-33, reprocha a su padre el intento de romper el matrimonio
después de que el marido se haya empobrecido:
Vale;
si el hombre que ahora va a tomarme - lo que no suceda, Zeus amado, ni suceda
nunca, puesto que yo no lo deseo, de verdad, ni puedo -, si éste a su vez
perdiera su hacienda, ¿me entregarías a otro hombre? ¿Y a otro, si de nuevo
aquel la perdiera? ¿Hasta cuándo vas a tantear el azar con mi propia vida?
No son éstas
expresiones habituales en boca de una mujer, y del mismo modo también Pánfila
de Arbitraje se niega a romper el
matrimonio, aunque el marido la haya abandonado. Y en esta última obra
escuchamos a otra mujer, una hetera; lo original no es que hable, habitual en
estas mujeres, sino el relevante papel que tiene en la obra:
Habrótono logra el reconocimiento y la reconciliación de los jóvenes,
convirtiéndose en una especie de amiga de la muchacha, relación imposible
entre estas figuras.
Algo similar sucede en Samia, donde
la cortesana, en este caso del padre, será la amiga y confidente del hijo y
le ayudará a que pueda casarse con la muchacha de la que ha tenido un niño.
Ambas comedias, Arbitraje y Samia, contraponen la actitud violenta e irreflexiva del
protagonista masculino, en una un joven, en la otra el padre, que se dejan
llevar por las apariencias, a la generosidad de un personaje generalmente
denostado, de categoría social inferior, mostrando la necesidad de la
comunicación y de la relación por encima de las fronteras sociales y de las
apariencias, a la vez que en Samia
insiste en la necesidad de una mayor seguridad y firmeza en el carácter,
excesivamente "kósmios" (educado), del joven. Probablemente muestre
también con ello Menandro el cambio que ha experimentado la sociedad, cambio
que empezaba a afectar incluso al concepto y valoración de la posición de la
mujer.
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