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La
época del renacimiento griego. Las aristocracias en el éthnos. Los santuarios étnicos.
La época
del renacimiento griego corresponde tradicionalmente al siglo VIII, cuando
aparecen los rasgos de la civilización griega propiamente dicha, la que
evolucionará a través del arcaísmo, el clasicismo y el helenismo. El
concepto de renacimiento, aplicado en tiempos recientes, se refiere al hecho
de que los mismos griegos consideraron que se formaba una nueva civilización,
pero, como la del Renacimiento moderno europeo, se basaba en el antiguo
prestigio que en este caso representaba el clasicismo y en el del renacimiento
griego la época heroica, la cual consideraban que estaba reflejada en los
poemas homéricos. El renacimiento tiene lugar tras los siglos oscuros,
equiparados a la Edad Media por la historiografía moderna, los que siguieron
a la época micénica. Ésta está caracterizada por la presencia de
formaciones políticas despóticas, al estilo de las del Próximo Oriente Asiático.
Los sistemas políticos propiamente griegos suelen limitarse a los que se
encuadran en la época de la pólis,
aunque también incluyan las llamadas formaciones étnicas, donde las
poblaciones se agrupan en torno a un lugar común, sin la presencia de
gobiernos propiamente monárquicos.
Efectivamente,
después de la desaparición de los palacios micénicos, se desarrollan
paulatinamente formaciones aristocráticas que concentran tierras y hombres en
torno a ciertos lugares controlados por los basileîs,
entendidos como príncipes aristocráticos capaces de aglutinar poblaciones en
relaciones del tipo de las clientelas. Los hombres realizan funciones
productivas o militares bajo la dirección del jefe que, con sus medios, se
encuentra en condiciones de ofrecerles protección y participación en el
reparto de los beneficios de la producción o del botín. Las residencias de
algunos de estos jefes se transformarían en lugares de culto al aglutinar a
las poblaciones del entorno. Así, el mapa de la Grecia del final de la Edad
Oscura está formado por grandes centros de reunión que articulan las
poblaciones, organizadas en torno a los príncipes y con carácter religioso
cada vez más acentuado. Muchas veces el lugar de culto se apoya en lugares
micénicos de cierto prestigio, donde puede haber tumbas, altares o palacios.
Las
aristocracias constituyeron, pues, el centro de las actividades y el control
de las tierras en el éthnos. Así se produce en proceso de formación de las entidades
que van cobrando personalidad a lo largo de los siglos oscuros, para
desembocar en las realidades de inicios del arcaísmo. Los santuarios étnicos
cobraron del mismo modo gran importancia, a veces como herederos de los
centros del poder aristocrático. Se hicieron en ocasiones paulatinamente
centros de futuras confederaciones. El caso más notable está representado
por Etolia, población que vivía distribuida en aldeas sin fortificar, que se
reunía dos veces al año, antes y después de la época estival en que se
desarrollaban las campañas militares, y que dedicaba una gran parte de su
actividad a la guerra. Polibio V 7-8. 6 (Gredos) se refiere al punto de reunión
de la confederación o koinón en el
santuario de Apolo en Termo como acrópolis de toda Etolia. Termo es en efecto
el caso mejor conocido, ya que su existencia perduró hasta la época helenística.
Constituían el centro de una población dispersa con rasgos y prácticas
comunes.
Además
de Termo como centro de los etolios destacan también algunos otros centros,
como Asine, que luego sería absorbido por la ciudad de Argos, cuando ésta se
haga más poderosa al inicio del arcaísmo, cuando su rey Fidón se transforme
en tirano al modernizar las relaciones internas de la pólis
y organizar un ejército hoplítico. Entonces, un templo situado en el espacio
extraurbano, el de la Hera Argiva, servirá precisamente para marcar la
superioridad de Argos sobre las comunidades que antes constituían una etnia.
En este caso, por tanto, la historia de una comunidad étnica se intercala con
el desarrollo de las ciudades estado o póleis,
que se consideran las formas de organización más características de la
Grecia arcaica. Sin embargo, su historia resulta incompleta si no se hace
alusión a estas otras comunidades que parten del final de la época oscura,
unas veces para esfumarse bajo la trayectoria predominante de la pólis,
otras para constituir un mundo marginal, pero inevitable para comprender las
relaciones de los distintos territorios de Grecia entre sí.
En
Eubea, los grandes monumentos tumbales de Eretria y Lefkandí representan el
poder de las aristocracias antes de que se organicen las póleis
correspondientes, las que luego se enfrentarán en la Guerra Lelantina por el
control político del territorio, en una guerra hoplítica. La organización
de las ciudades integrará las tumbas heroicas dentro de su territorio, pero
transformadas ya en centros del culto de las divinidades políadas que pasarán
a constituir el panteón olímpico.
Nicoria
será el centro cultual de los mesenios después de la desaparición del
Palacio de Néstor y antes de las guerras por las que el territorio y la
población pasaron a depender de la hegemonía espartana.
En
Feras, en Tesalia, se hallan depósitos aristocráticos desde el siglo VIII.
El santuario aparece dedicado a Enodia, nombre que hace referencia a los
caminos. Se encuentran sobre un cementerio abandonado, en el que hay ofrendas
en tumbas heroicas de antepasados de la comunidad. El lugar muestra una fuerte
tendencia a convertirse en lugar de culto pantesalio. Las comunidades que
constituyen el fundamento de la Liga Tesalia de tiempos históricos se han ido
configurando como unidad en torno a santuarios comunes.
Kalapodi
es un santuario de Ártemis, entre Lócride y Fócide, sobre tumbas del Heládico
Tardío, es decir, de la época de los reinos micénicos. Luego se encuentran
allí los depósitos aristocráticos. Al final se transforma en un lugar de
culto panfocidio, lo que se traduce en el control de época clásica de Hiámpolis,
centro protourbano que asume la función de unificar políticamente el
territorio.
Las
estructuras clientelares se organizan, pues, en torno a las tumbas
principescas, como lugares representativos del poder de las familias que han
sido capaces de apropiarse de la tierra y asentar su poder sobre la comunidad.
El período oscuro es el espacio cronológico clave para la formación de
dichas estructuras políticas, entre los palacios y las ciudades. La
redistribución se realizaba de maneras múltiples, pero una de ellas, de
importancia determinante, fue que los lugares donde habitaban los príncipes
se convirtieran en sede de los lugares de comensalidad, donde el jefe hacía
la distribución de los recursos en una transposición al palacio de la labor
que los jefes cazadores realizan en el campo.
La basileía,
entendida como sistema aristocrático a la caída de las monarquías micénicas,
constituye, pues, un marco extendido por toda Grecia, donde los señores
tienen capacidad para agrupar a su alrededor las poblaciones, tanto en el ámbito
productivo como en el defensivo. En Atenas está representado por la época
que míticamente se identifica como la anterior a Teseo, cuando cada comunidad
vivía en sus propios campos, con sus propios santuarios y sólo se unían por
razones militares. Arqueológicamente se nota cómo se agrupan las poblaciones
del Ática en torno a diversos santuarios, el principal de los cuales sería
precisamente el de la Acrópolis, dedicado a Erecteo, que había ejercido la basileía
en tiempos míticos. Junto al basileús,
se desarrolla una amplia aristocracia que centra su poder en las unidades
familiares y productivas representadas por el oîkos.
La dispersión humana y productiva sólo se corrige en una unidad ocasional
por razones militares, como dice Tucídides al tratar de la Atenas anterior a
Teseo, y en una unidad cultual que se refiere al héroe en torno a cual se
organizan las dependencias jerarquizadas.
 
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