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SISTEMAS POLÍTICOS DE LA ANTIGUA GRECIA: LAS ARISTOCRACIAS, LAS OLIGARQUÍAS Y LA DEMOCRACIA.

Domingo Plácido, Catedrático de Historia Antigua, Universidad Complutense de Madrid

ISBN- 84-9714-

 

 Los centros panhelénicos.

(c) Artehistoria.com. Estela funeraria de hoplitas muertos en el Peloponeso

Algunos de los lugares de culto de origen local, con raíces en el mundo micénico, vieron funciones generalmente transformadas. A partir de los cultos dedicados a las tumbas de los antepasados de las familias poderosas, se crean santuarios que se transformaron luego en sede de centros panhelénicos, como Olimpia o Delfos. En Olimpia se veneraba la tumba de Pélope, héroe que se vinculaba a las tradiciones micénicas del Peloponeso. Varias son las narraciones legendarias que se refieren a sus funciones primitivas como lugar de reunión de las colectividades, al estilo de la que seguían celebrándose en Termo, pero con la peculiaridad de que aquí proyectó pronto su funcionalidad hacia territorios más lejanos. En principios son los eleos, los epeos y los etolios los que participan en las fiestas comunes, hasta que se erige la ciudad de Pisa en el centro de las actividades con capacidad para atraer participantes de todo el Peloponeso, primero, y de toda Grecia, más tarde.

En la época del desarrollo aristocrático de determinadas regiones, como la Argólide y Laconia, el centro cultual ganó el suficiente prestigio para que fuera reconocido como centro de manifestaciones religiosas de las distintas comunidades griegas que, paralelamente, van adquiriendo conciencia de entidad panhelénica. A ello contribuye sin duda el desarrollo paralelo de la poesía épica, que fomenta el mismo espíritu encarnado en la acción común representada por la Guerra de Troya.

Los representantes de las grandes familias de toda Grecia comienzan a realizar ofrendas valiosas que exaltan su prestigio a escala panhelénica, como para fortalecer su propio poder en la ciudad de origen, precisamente en los momentos en que paralelamente al panhelenismo se va configurando el particularismo de las ciudades estado. Los santuarios panhelénicos se transforman en la gran caja de resonancia para aumentar el prestigio aristocrático de aquéllos que pretenden controlar la situación interna en sus propias comunidades. Los procedimientos, junto con las ofrendas valiosas, se definen a través de las competiciones agonísticas. Todos compiten en unos juegos que subliman a escala panhelénica las antiguas pruebas iniciáticas propias de cada comunidad. Las pruebas que superaban los jóvenes para ser admitidos en los organismos propios de los varones, las pruebas que definen a los efebos como capaces de participar en el ejército de cada comunidad, se elevan hasta hacer que el prestigio de los ganadores sea reconocido en toda Grecia y sus victorias sean cantadas por los grandes poetas, como Píndaro o Baquílides. Al mismo tiempo, se sistematizan en su identificación con los personajes del mito, de forma que aparecen como héroes, imitadores del héroe por antonomasia, Heracles, que guiado por Hera supera todas las pruebas hasta iniciarse en la divinidad en su matrimonio con Hebe, símbolo de la juventud activa de los efebos.

Por otro lado, la panhelenización de las aristocracias trae consigo también el reconocimiento panhelénico de viejos centros oraculares, que ahora se transforman en modos de transmisión y conservación del poder y de instrumentos de difusión de la ideología aristocrática. Delfos, principalmente, se erige en el santuario oracular más representativo, con influencia entre todos los griegos, capaz de intervenir directamente en la política de las ciudades en formación, en un proceso creciente que permitirá su intervención en uno de los fenómenos más característicos de la primera época de la historia de la pólis, la colonización. En gran medida, éste se erige en creadora de modelos urbanos e institucionales en la fundación de las ciudades. La colonización se halla, pues, en el eje de las transiciones entre las comunidades panhelénicas aristocráticas y la organización de la ciudad estado.

Las aristocracias en la pólis. El sinecismo.

Las transformaciones que tuvieron lugar en el período de transición al arcaísmo fueron la respuesta a situaciones conflictivas derivadas de las relaciones clientelares como las que se reflejan en Hesíodo, Trabajos, 202-224 (Gredos). Allí se ve cómo los campesinos se enfrentan a problemas vitales que proceden del deseo de los basileîs de obtener ganancias de ellos. Las tensiones surgen cuando los campesinos pretenden acceder a una posición relativamente autónoma. El concepto de basileía presente en la sociedad aristocrática significa precisamente que el campesino se halla en situación de dependencia clientelar, por mucho que pueda obtener ciertos beneficios a cambio. Los campesinos honran en principio al príncipe como a un dios, con sus ofrendas (Ilíada, IX 155) (Alma Mater). La cultura del regalo presente en los poemas homéricos se manifiesta no sólo en la reciprocidad aristocrática como la que está presente en el encuentro de Glauco y Diomedes en la Iliada, sino también en los dôra (“regalos”) a que se ven obligados los inferiores, los campesinos, en sus relaciones asimétricas. Cuando la reciprocidad es desigual se convierte en opresión.

También las primeras manifestaciones panhelénicas estaban teñidas de esta desigualdad, pues en los Juegos como los de Eubea se rinde homenaje al héroe Alcidamante, gracias al cual los concursantes obtienen como premios los trípodes que depositan en el santuario de las Musas, como hace Hesíodo. De este modo el aedo puede ejercer su función de cantar a los reyes, como la Musas cantan a Zeus, con lo que favorecen la definición del carácter divino de los reyes. Las tumbas y la poesía épica colaboran en la misma dirección para crear los aspectos ideológicos de la sociedad aristocrática. De hecho, el héroe Alcidamente se ha relacionado con el héroe de Lefkandí, el que estaba enterrado en la tumba principesca de la isla de Eubea, signo de un poder que lo capacita para la concentración de las poblaciones antes de la aparición de la pólis.

El primer resultado del conflicto se derivó de la reacción de las aristocracias, pues éstas, desde los centros de poder local, se concentran en la pólis, como modo de ejercer la solidaridad de la clase ante el campesinado dependiente, cuando se manifiestan las primeras tensiones. La ciudad se produce como efecto del sinecismo, synoikismós, por el que los oîkoi agrupan sus posibilidades en un gran movimiento de solidaridad aristocrática. Los príncipes consiguen imponer su poder desde los nuevos centros de reunión, germen de la pólis. Éstos se aprovechan de las tradiciones principescas, pues normalmente los centros públicos se vinculan espacialmente con tumbas aristocráticas, para que la presencia de los príncipes se haga visible en las nuevas concentraciones. El ágora de Atenas era previamente un espacio cubierto de tumbas de la aristocracia, y los lugares políticos se concentrarán en el área occidental, donde había algunas tumbas, entre ellas la que se dedicaba al culto del Héroe Estratego, lugar en el que se situará el cuartel general de los estrategos como cargos políticos pertenecientes a la ciudad hoplítica. Las instituciones comunes iniciales sirven de instrumento en defensa de los intereses de los aristócratas poseedores de los oîkoi, como entidades económicas y familiares que sirvieron de base al sinecismo.

Se produce así la creación de las instituciones aristocráticas. Según Tucídides, el sinecismo de Teseo significó precisamente la creación de un solo consejo y un solo pritaneo. En Atenas, el consejo, la boulé, es en principio un órgano representativo de la aristocracia, seguramente identificado con el Consejo del Areópago, que seguiría siendo a lo largo de la historia un organismo caracterizado por el prestigio que le daba su origen, heredero a escala panhelénica de la boulé de los poemas homéricos, donde se reúnen los basileîs, llamado también como tales gérontes, de quienes se compone la gerousía, originariamente consejo de ancianos, como el senado romano, pero en la práctica reunión de aquéllos que tienen prestigio, que son reconocidos como áristoi, excelentes, por la comunidad. También en la ciudad aristocrática se desarrolla el arcontado, el de quien ejerce la autoridad, arché, de acuerdo igualmente con su posición social, relacionada con los orígenes, por los que se vinculan con las aristocracias heroicas. Junto a los organismos colectivos de la aristocracia, se hallan también los cargos individuales, por los que se gobierna la ciudad, que permite que cada uno demuestre sus cualidades, que se transfieren así del heroísmo guerrero a la práctica política. Muchos aristócratas ganarán el reconocimiento de la ciudad por su labor en ella y por sus méritos en las pruebas agonísticas panhelénicas, con las que pretenden sustituir los méritos de la guerra, que sirven de apoyo genealógico a su aristeía.

Las ciudades se agrupan ahora de acuerdo con el sistema tribal, que servía probablemente de base también a las comunidades antes de organizarse como comunidades cívicas. El sistema tribal (phylaí), que se estructura a partir de las organizaciones que representan a las fratrías, como comunidades superiores a los géne, eje de las relaciones propias de una aristocracia gentilicia, halla su materialización en las instituciones de la ciudad. La tradición aristotélica se refiere a una agrupación de menor a mayor, en que los oîkoi se agrupan en géne, éstos en fratrías y éstas en tribus, para formar finalmente la ciudad; pero también se refiere en otro pasaje a las ciudades como agrupación de aldeas. En cualquier caso, en el inicio de la ciudad aristocrática, el génos desempeña un importante papel como modo de agrupamiento de los aristócratas y como modo de aglutinar las clientelas en trono a dichas aristocracias. El génos aparece como eje en la configuración de la fratría, en que la tradición veía unos instrumentos de actuación de los grandes géne. Entre los conocidos destaca el génos de los Alcmeónidas, que ejerció un protagonismo político importante a lo largo de toda la historia de la ciudad de Atenas, a través de sistemas aristocráticos o democráticos. El peso de la organización gentilicia se revela enormemente importante. Aristóteles dice que las doce fratrías primeras en que se agrupaban los géne se agrupaban a su vez en cuatro tribus, de tres fratrías cada una, lo que permite establecer una comparación con el calendario, de doce meses agrupados en cuatro estaciones.

En el sistema tribal, órgano de influencia de la aristocracia, funciona tanto el ejército como las instituciones representativas que se basan en las estructuras correspondientes: génos, phratría, phylé. Tucídides, II 15 (Alianza Editorial). Plutarco, Teseo, 24-25 (Domínguez, etc., 1.5); sin embargo, serán los eupátridas, los representantes de los grupos gentilicios más destacados, los encargados de los asuntos divinos, las magistraturas y las leyes. La ciudad ha resultado ser en principio un nuevo marco para el ejercicio del poder de la aristocracia.

La comunidad campesina: el ejército hoplítico.

(c) Artehistoria.com. Casco de guerra con máscara

Sin embargo, entre tanto tiene lugar el proceso de apropiación de la tierra por la comunidad campesina, en tensiones a veces dramáticas con las mencionadas familias aristocráticas. Ésta circunstancia es la que permite la formación de un ejército hoplítico liberado de las dependencias clientelares de la aristocracia. Los antiguos guerreros de las masas de los laoí de los poemas homéricos, los que formaban la falange como entidad dependiente, pasan a organizarse de modo independiente, aprovechando precisamente el marco de las instituciones que permite la ciudad. Ello significó la ocupación intensa del territorio y la definición del dêmos rural.

De manera inmediata se inaugura un período de luchas derivado del conflicto relacionado con la ocupación de la tierra y de las formas de control de la vida de la comunidad, es decir, de la política, con raíces en el proceso mismo de formación de la pólis. El resultado fue en muchos casos la promulgación de leyes capaces de regular la vida de dicha comunidad política. En general, entre los aristócratas destacan individuos capaces de comprender que la moderación en las formas de explotación puede ser más productiva que los excesos como los denunciados por Hesíodo.

Solón será un ejemplo notable, entre los que contribuyeron a crear la mentalidad que caracterizaría el oráculo de Delfos: nada demasiado. Solón pone de relieve que, desde su punto de vista, para evitar la violencia del dêmos, es preciso poner freno a la explotación desmedida por parte de los poderosos. Así se configura una pólis cuyo protagonista colectivo será el dêmos rural, aunque el protagonismo individual siga estando en los miembros de las grandes familias, como el propio Solón, o los propios tiranos, que en cierto modo contribuirán a la estructuración de la ciudad hoplítica.

En otras ciudades, sin embargo, las reacciones aristocráticas tienden a encerrarse en sí mismas, y son significativos los modos de expresión de algún poeta, como Teognis de Mégara, que reacciona violentamente ante las pretensiones de los miserables de acceder a los derechos propios de los “buenos”, cuando no son más que individuos comparables a animales de carga.

En otro ámbito, también fue una consecuencia del proceso la fundación de colonias como modo de distribución de tierras entre quienes las reclamaban en la metrópolis, a base de hacer partir una parte de la comunidad que había quedado privada en el momento de la ocupación del espacio por el campesinado. En la Odisea, VI 1-12 (Gredos), resulta muy ilustrativa la descripción del espacio de la isla de Esqueria. En la ocupación por parte del dêmos hoplítico, junto al equilibrio se desarrollan igualmente los desequilibrios, al crearse una comunidad de los privilegiados que habían accedido al disfrute de la tierra cívica.

Seguramente fue en las comunidades coloniales donde el campesino poseedor de la tierra cívica adquiere derechos como para integrarse en la comunidad y asentarse como una potente oligarquía. Pero también en Esparta el propietario campesino logra su asentamiento como comunidad minoritaria, capaz de asentarse en unos derechos sólidos, defendidos difícilmente frente a los excluidos. Éste será el modelo de pólis más difundido en el mundo de la Grecia arcaica.

Estas comunidades, entre las que destaca Esparta, se caracterizan por la formación de un ejército en que el soldado se identifica con el ciudadano y el propietario de la tierra, el hoplita, concepto político, militar y social al mismo tiempo. Esta tropa, heredera de la infantería que se subordinaba en la sociedad heroica a la aristocracia ecuestre, tiene que costearse un armamento pesado, de casco, coraza, lanza, espada, grebas o canilleras, pero ello les da a sus soldados unos derechos que les permiten sentirse unos privilegiados, hasta el punto de asumir como clase una conciencia aristocrática, que les hacía en ocasiones representarse en la artes plásticas en formas que imitaban al luchador singular, lo que da tantísima trascendencia a la difusión de las poemas homéricos en las ciudades así organizadas. Los organismos de gobierno tienden a formarse con la participación de estos ciudadanos, pero su mentalidad aristocratizante facilita la asunción de una mentalidad jerárquica que permite conservar el monopolio en muchos casos a las familias de la aristocracia de sangre, como fue el caso de la ciudad modelo de los hoplitas, Esparta.

Las formas de sumisión interna.

En estas comunidades, en efecto, entre las poblaciones que no obtiene la tierra ni se marchan en busca del territorio colonial, se desarrollan formas de sumisión internas, como las que se definen “entre libres y esclavos” en Pólux, III 75. De entre estas poblaciones los más conocidos son los Hilotas, dentro de la formación de la ciudad en Esparta, que quedaron privados de la tierra cívica y sometidos a la realización de trabajos forzados a favor de los que habían conseguido los privilegios políticos gracias a la obtención de la tierra. Sin embargo, el sistema se consolidó cuando los espartanos conquistaron Mesenia y sometieron a su población a la condición de hilotas. De este modo, la oligarquía hoplítica espartana se convertía en la cabeza de una importante hegemonía en el Peloponeso, que condicionó en gran parte la historia posterior, siempre tendente a consolidar su dominio y a evitar los movimientos que pudieran ponerlo en peligro. Por ello, no sólo evitaba todo tipo de transformación en el plano económico, que pudiera introducir dinámicas que alteraran el equilibrio del sistema agrario, sino que se convirtió en el máximo enemigo de los cambios políticos que en gran parte de Grecia estuvieron representados por la creación de las tiranías. Los hoplitas espartanos se contentaban con tomar parte en una asamblea, apélla, controlada por la gerousía, o consejo aristocrático, donde se permitía la pervivencia de dos basileîs pertenecientes a la estirpe heroica de los Heraclidas.

Pero también se habla de los penestas, que existen dentro de las estructuras del éthnos de los tesalios, consecuencia de la concentración en torno a los santuarios representativos de la aristocracia, aunque esta población parece ser mayoritaria frente a las minorías étnicas que constituyen la comunidad tesalia privilegiada; aquí la clase dependiente se ha creado al margen de cualquier estructura relacionada con la pólis, pues la apropiación aristocrática de la tierra no sólo ha creado dependencias clientelares, como las existentes en otras comunidades del mismo signo, sino que han sometido colectivamente a formas coactivas de trabajo a la comunidad campesina.

El caso de los mariandinos parece un poco especial, como población sometida en el momento de la fundación de una colonia, en Heraclea Póntica: los colonos se apoderan de la tierra y someten a dependencia a los aborígenes, como también hicieron los corintios que fundaron Siracusa en Sicilia con los cilirios. Las fuentes hablan en estas ocasiones de pactos de servidumbre, como si fueran el efecto de una sumisión voluntaria, al estilo de la que se enuncia en las relaciones clientelares, como pacto por el que ambas parte salen ganado, si una ofrece su trabajo a cambio de protección. Los gimnetas y los corinéforos, de Argos y Sición respectivamente se definen al modo de los thêtes atenienses, los que siendo libres se ven obligados a trabajar como esclavos, y con un criterio militar, pues tanto los primeros, “desnudos”, como los segundos, “portadores de garrotes”, se diferencias terminológicamente de los hoplitas que son los capacitados para obtener el control en las nuevas entidades cívicas controladas por los posesores de la tierra.