|
Las
Guerras Médicas y el Imperio.
Tras las reformas de Clístenes, en un momento en que
la historia ateniense parecía disfrutar de momentos de estabilidad, la
presencia persa en las ciudades de Asia Menor terminó por provocar, por
iniciativa del tirano Aristágoras de Mileto, una rebelión que contó con la
ayuda de los atenienses. El fracaso de la expedición enviada y la
subsiguiente destrucción de Mileto invitó al poeta Frínico a escribir una
tragedia sobre el tema que, según se dice, provocó las lágrimas de los
atenienses. El corego de la tragedia fue Temístocles. Parecen definirse así
actitudes claramente hostiles a los persas, que se manifestaron en la
reacción ante la invasión de Darío, que llegó a desembarcar con sus tropas
en Maratón. La reacción
ateniense estuvo protagonizada por el ejército de los hoplitas bajo el mando
de Milcíades.
Sin embargo, después de la batalla los conflictos
internos atenienses no cesaron. La manifestación más evidente fue la condena
al ostracismo de una serie de personajes. Se decía que detrás de esta
actuación de la asamblea estaba la dirección política de Temístocles, que
iba pergeñando un programa de lucha contra los persas que diera el
protagonismo al sector de la población que no contaba con la tierra cívica
suficiente como para poder participar en el ejército hoplítico. De este
modo, ante la nueva invasión de los persas, esta vez dirigida por Jerjes, la
reacción se centró en la flota, por lo que protagonismo y la promoción
política favoreció el papel de los thêtes,
que desempeñaban su papel militar como remeros. La victoria favoreció el
desarrollo de una hegemonía marítima que terminó en la formación del
Imperio.
Las Guerras Médicas y el Imperio que como
consecuencia se formó en torno a Atenas significaron por tanto la
consolidación de la democracia, donde se justifica como acción ciudadana, no
solo la participación guerrera de los hoplitas, sino también la de los thêtes
a través de la flota. El tiempo transcurrido de Maratón a Salamina fue
también el de la consolidación de la democracia frente al sistema hoplítico.
El nuevo protagonismo militar sirve de base para una nueva orientación que
definirá el régimen democrático, visto por algunos, como Platón o
Plutarco, como un sistema degenerado porque elimina las posibilidades de
protagonismo y de expresión del campesinado. De todos modos, el optimismo del
triunfo frente a los persas fomentó un patriotismo conservador que permitió
que se hicieran con el control del dêmos algunas familias que basaban su influencia en formas
clientelares de tipo aristocrático, como Cimón, hasta que se produjeron las
reformas de Efialtes, que se aprovechó de fracaso de aquél intentando ayudar
a los espartanos frente a los hilotas que se habían rebelado y refugiado en
el monte Itome. De este modo se acabó la influencia de Cimón, que según
Plutarco era benefactor, pero no democrático, sino oligárquico y
filoespartano.
La consecuencia de las reformas a la larga fue la
democracia como se manifiesta en la época de Pericles, en que la
redistribución se lleva a cabo por un procedimiento público, la misthophoría, frente a evergetismo que había protagonizado Cimón,
repartiendo sus propias riquezas y abriendo al pueblo las puertas de sus
posesiones. Según Plutarco, Vida de
Cimón, 10, Cimón obtenía ganancias y al repartirlas conseguía medios
para obtener más ganancias.
Los rasgos de la democracia en su apogeo son
perceptibles en los discursos que Tucídides pone en boca de Pericles, por
ejemplo en el Epitafio por los
muertos del primer año de la Guerra del Peloponeso (II 35-46), pero también
en el violento pero lúcido escrito antidemocrático del Pseudo Jenofonte, I
2-5. Las características sobresalientes son la designación por sorteo, el
protagonismo de los marinos y la redistribución pública a través del misthós.
En este sistema se llevó a efecto el protagonismo del pueblo, que casi podía
vivir de la política gracias a la nueva distribución pública, aunque la
presencia de los políticos y oradores implicara desde luego la posibilidad de
la manipulación. El balance con todo refleja hasta qué punto se consiguió
la concordia en un sistema sin duda de privilegio del ciudadano, porque
contiene la mayor amplitud en la participación y el disfrute de la democracia
que ha existido en la historia hasta la revolución francesa.
Pericles hace constar que el pueblo ateniense se ha
convertido en la potencia hegemónica de Grecia, el cual no tenía nada que
imitar de nadie, sino que era la “escuela de Grecia”. Ellos favorecían a
los demás, por lo que todos le debían algo y podían vivir de la
importación sin necesidad de explotar ni siquiera las propias tierras del
Ática. Atenas podía considerarse, desde ese punto de vista, como una isla.
De este modo se expresa la superioridad ateniense, cuya postura se ha
comparado a la del aristócrata evérgeta como Cimón, que apoya su hegemonía
en su capacidad de repartir beneficios.
Sin embargo, tal superioridad produjo reacciones
entre los propios miembros del Imperio y pronto empezaron a manifestarse las
reacciones, apoyadas en ocasiones por los rivales de Atenas, sobre todo por
Esparta. El imperialismo como modo de desarrollo de la hegemonía ateniense
tras las Guerras Médicas fue, pues, el escenario de las contradicciones entre
Atenas y sus aliados y posteriormente de la crisis de la democracia, tal como
se enuncia en el discurso de Cleón en Tucídides, III 37. El “miedo” al
poder ateniense, dice Tucídides, provocó la reacción y fue, en el fondo, la
“causa más verdadera” de la Guerra del Peloponeso. El desarrollo de las
teorías del más fuerte dentro de la democracia, cuando los atenienses
llegaron a creer que su superioridad les daba derechos sobre los demás,
significó el comienzo de la destrucción del pueblo y de su caída bajo los
Treinta y Esparta, a través de la mencionada guerra. Cleón dirá que para
conservar la hegemonía sobre los aliados había que hacer que conservaran el
miedo, pues, si no, todos dejarían de obedecer. Los fundamentos de la
hegemonía se definen claramente como la “ley del más fuerte” y la
posición de la ciudad de Atenas como una “tiranía”. Por ello, cuando
Atenas fue derrotada, los vencedores no hicieron más que aplicar a los
atenienses el mismo criterio que ellos habían aplicado a sus súbditos, la
justicia no es más que la conveniencia del poderoso. Los dos aspectos del
conflicto se resuelven al mismo tiempo y de la misma manera. La hegemonía
ateniense es avasallada por los espartanos, la hegemonía del dêmos
es avasallada por los oligarcas representados en el gobierno represivo de los
Treinta Tiranos apoyados por los espartanos.
Tras la Guerra del Peloponeso, los procesos de
restauración estuvieron siempre condicionados por el hecho de que el dêmos
carecía de los apoyos materiales necesarios para volver a apoyar su
hegemonía interna en la hegemonía externa de Atenas. El siglo IV se debate
entre las guerras hegemónicas en busca de ese apoyo y los recortes
democráticos que satisfagan los deseos de los oligarcas, que terminaron
recurriendo a la intervención de una potencia extranjera para que garantizara
una estabilidad que autónomamente ya no era posible. La crisis de la
democracia fue el inicio de la crisis de la pólis, que ya no consigue la recuperación del sistema hoplítico
más que a costa de la pérdida de la autonomía como ciudad estado.
 
|