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Thesaurus:
familia,
mujeres, matrimonio, economía, comercio, moneda, trabajo, agricultura,
ganadería, oficios, minería, impuestos, ciencia, técnica, filosofía, ocio,
deporte, teatro, gladiadores.
La familia ...
El siguiente fragmento de PseudoDemóstenes, Contra
Neera, 122, muestra bien a las claras la consideración de la mujer en la
Grecia antigua:
“Tenemos a las
cortesanas para el placer, a las concubinas para que nos ofrezcan los cuidados
diarios y a las esposas para que nos den hijos legítimos y sean fieles
guardianas de nuestro hogar”.
Más cruel resulta la
sentencia que encontramos en el autor romano Balbo, 65 referente al género
femenino como “un templo construido sobre una cloaca”.
Esta escasa consideración
se volvía, en cambio, importante en el ámbito del hogar, como esposa legítima
y madre, sobre todo de varones que perpetuasen el patrimonio y el culto
familiar. El papel de la mujer griega era muy limitado: privada de los
derechos políticos y jurídicos, confinada en el gineceo, se convertía en un
ser dependiente. Cuando llegaba a la pubertad se le elegía marido sin
consultar con ella, siendo éste generalmente de mucha más edad. Jenofonte en
el Económico 7.5 nos indica en este sentido: “¿Qué podía saber
ella, Sócrates, cuando la llevé conmigo? Aun no tenía quince años cuando
vino a mi casa; hasta ese momento ella vivía bajo una estricta vigilancia,
debía ver lo menos posible, oír lo menos posible y preguntar lo menos
posible”.
El matrimonio (gámos) solía comenzar con la despedida de la novia de su infancia:
consagraba a la diosa Ártemis sus juguetes, tomaba el baño nupcial
purificador y se cubría con un velo. Se celebraba un sacrificio y un banquete
en casa del padre de la novia, que le daba una dote. En algunos pasajes homéricos
la mujer era valorada en bueyes; ese valor que el padre pagaba al novio, junto
con la hija como base de su sustento, se convirtió pronto en lo que se conoce
como la dote. La entrega de una dote era lo que distinguía el matrimonio legítimo
del concubinato. Al final de la comida la novia recibía regalos. Al anochecer
se formaba el cortejo que la conducía a su nueva casa, con antorchas y cantos
de boda (himeneo). En la casa del
novio se esparcían nueces sobre su cabeza y se le ofrecía una torta de
membrillo como símbolo de la incorporación al nuevo hogar. Sólo antes de
entrar en el tálamo o lecho nupcial podía quitarse el velo. La boda o himeneo comenzaba con un acuerdo entre familias (la engyesis
o intercambio de prendas). Los matrimonios de conveniencia por parte del
hombre para lograr entrar en una determinada familia, para adquirir la
ciudadanía o incluso para conseguir el poder, están atestiguados, aunque lo
normal entre la clase alta y, en general, a todos los niveles, era que las
uniones se acordaran entre el padre de la novia y la familia del novio o
incluso, con el propio novio. Éste llegaba al matrimonio a mucha mayor edad
que su esposa cuando ya había cumplido parte de su misión guerrera para con
su polis. Ella era casi una niña,
recién entrada en la pubertad, de manera que su carácter, sus formas de
actuar en el hogar y sus ideas resultaban marcadas por la voluntad y los
gustos de su marido, quien la moldeaba a su imagen y semejanza.
El marido siempre podía
repudiar a la mujer o divorciarse, previa devolución de la dote, o traer a
casa una concubina o frecuentar a las cortesanas. La esposa, de escasa educación,
se recluía en su nuevo hogar, provista de las llaves de la despensa,
para hilar lana y vigilar a los esclavos.
Las familias no eran
numerosas y se limitaban mediante el aborto y el abandono, sobre todo de niñas.
Sólo los hijos reconocidos recibían crianza y educación, de manos de sus
madres y nodrizas, hasta que los niños pasaban a otras manos. Las niñas
permanecían siempre con sus madres, con una formación muy rudimentaria.
En Roma la estructura
familiar era de tipo patriarcal, constituida por el padre (pater familias) y los restantes miembros con él emparentados (se
excluía el parentesco por vía materna): la esposa, que pasaba de la tutela
del padre a la del marido, y los hijos, sometidos a la patria potestas. Los esclavos son también parte de la familia, pues
viven bajo el mismo techo, y algunos son muy queridos por sus dueños. Una vez
liberados, conservaban una relación estrecha con la familia.
Para la constitución de
una familia era necesario el matrimonio legal entre marido y mujer. Hubo
diferentes fórmulas de matrimonio, de las que sólo subsistieron las nuptiae, que requerían el acuerdo de los contrayentes, con
ceremonias similares a las griegas.
El divorcio siempre era
posible, pero no estaba bien visto que lo solicitara la mujer, aunque ésta
comenzó a emanciparse paulatinamente. El modo de vida de una mujer casada en
Roma era muy similar al de la mujer griega, pero su consideración social era
muy superior. Es la matrona, honrada
y respetada, discreta y digna compañera de su esposo, con quien vive en
concordia.
Respecto a los hijos, el
padre tenía sobre ellos todos los derechos, incluido el de vida o muerte. Podía
no reconocerlos y abandonarlos (sobre todo a las niñas) o reconocerlos, o
aceptarlos en caso de no tener hijos varones propios. Durante la ceremonia de
reconocimiento se da un triple nombre al niño, los tria
nomina de todo ciudadano. La niña sólo recibe, en femenino, el nombre (nomen)
de su familia.
Hasta los siete años la
madre educa a niños y niñas. Las hijas, al llegar a la pubertad, abandonan
los juegos y estudios y son casadas con quienes deciden sus padres, que ceden
su tutela al esposo. Los hijos continúan su formación fuera de casa y se
casan mucho más tarde. Pero no por eso dejan de estar bajo la patria
potestad.
Como hemos constatado,
desde que nace hasta que muere la mujer está subordinada a la autoridad del
padre y del esposo. Era una ciudadana pasiva, sin participación en la vida
política de la ciudad. Esta inferioridad de carácter político, que se
consideraba natural, colocaba a la mujer en una situación potencialmente
inferior a la del meteco e incluso a
la del esclavo. Si las circunstancias lo requerían, ambos grupos sociales podían
ser llamados a participar en la defensa de la ciudad (la mujer no) y podrían
recibir la ciudadanía, especialmente los metecos,
y con ella la casi totalidad de los derechos políticos.
Pero en Atenas, desde
Pericles y durante el siglo IV, estas “ciudadanas pasivas” eran
imprescindibles para la transmisión de la ciudadanía y de la herencia, que
se realizaba a través de la institución del epiclerato
(casamiento con el pariente más próximo por línea paterna), necesaria en
los núcleos familiares en los que el padre había desaparecido y no había
hermanos que recibiesen el legado familiar. Esta marginalidad de la mujer de
la vida política estaba parcialmente compensada por su significado papel en
el seno familiar y en las fiestas religiosas, donde tenía participación
activa, amén de la influencia indirecta que, con habilidad, algunas de ellas
ejercían sobre sus maridos. Un autor del siglo IV advierte a los jueces del
riesgo de emitir un veredicto favorable a una cortesana, argumentando la
imposibilidad de justificarlo ante sus esposas cuando regresasen a sus
hogares.
Fuera del contexto
familiar, las relaciones sociales de las mujeres, al menos las de las
atenienses, eran muy limitadas. No podían salir de casa sin permiso del
marido y sólo por motivos justificados. Estas costumbres restrictivas que
imponía el comportamiento de buen tono, no rezaban para la ciudadana pobre a
la que la necesidad obligaba a salir de la casa para vender en el mercado o
ejercer una actividad artesanal. De todas formas, la situación de las mujeres
atenienses representa un caso extremo. En Esparta, las mujeres recibían una
formación colectiva y realizaba actividades deportivas con toda naturalidad.
Aunque no hay mucha evidencia al respecto y desconocemos con precisión cuál
ha podido ser la evolución de la condición de la mujer para todos los
estados griegos a lo largo de los siglos, es muy posible que la situación
general y común de la mujer haya que situarla entre ambos extremos.
Ocasionalmente se dispone
de noticias de actuaciones heroicas de algunas mujeres al frente de
determinadas ciudades, desprovistas de la defensa que podían prestarles sus
ciudadanos por hallarse ocupados en tierras lejanas; pero la lección
constante es que, pasado el peligro, volvían siempre a sus monótonas y anónimas
labores del hogar.
El papel principal de la
mujer desde el punto de vista político fue el de proveer a su patria de los
futuros ciudadanos necesarios para el buen funcionamiento de la misma. Su
función era, sin duda, importante y debía completarse proporcionándoles a
los hijos varones una educación que hoy se sabe que es fundamental para la
formación del carácter y de la personalidad. Era, por tanto, la propia mujer
la que perpetuaba un sistema que
parece que la segregaba y la perjudicaba, pero con el que ella no cabe duda
que estaba de acuerdo. Se conocen sobre todo las funciones encomendadas a la gyné, la mujer libre, esposa de un ciudadano y pieza clave en la
transmisión de la cultura y de los bienes patrimoniales entre dos
generaciones de varones. En ese papel de dueña del hogar y administradora de
sus riquezas, de sus esclavos y de la alimentación de todos sus miembros, la
mujer no debía fallar. Tenía ayudantes así como determinadas esclavas domésticas
de confianza, en particular la gobernante o administradora, que la acompañaban
y arropaban.
La fidelidad del varón
respecto a su esposa radicaba estrictamente en respetarle su condición de
mujer legítima, conforme a la promesa hecha en el matrimonio, lo que evitaba
su desclasamiento social. Las otras mujeres con las que el marido pudiese
intimar, la pallaké o concubina, la
hetaira o compañera de reuniones
sociales, y la porné o simple
profesional del sexo, no atentaban contra su situación de esposa principal y
de madre. Ella sí debía ser totalmente fiel en el sentido que hoy se concede
al término. El incumplimiento de esa cláusula le podía costar su posición
en el hogar. Debía dar seguridad absoluta
al ciudadano y soldado de que su estirpe era suya y sólo suya. Un
matrimonio férreamente controlado, primero por el padre, y luego por el
marido, era condición necesaria para el buen funcionamiento de la familia.
 
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