A.2.2.2.-
Las etapas de esta colonización griega (VIII-VI a. C.) son dos:
-
1ª) 775-675 a. C.: se caracteriza por tratarse de fundaciones realizadas por
metrópolis situadas en la Grecia continental y por dirigir sus expediciones
hasta la Calcidia de Tracia, Sicilia y sur de Italia. Se buscan tierras
propicias para el cultivo.
-
2ª) 675-550 a. C.: se caracteriza por tratarse de fundaciones realizadas por
metrópolis de la Grecia continental, de la Grecia anatólica y de la Grecia
insular. Sus expediciones se extienden desde el extremo occidente (Península
Ibérica) hasta las fronteras de los escitas (norte del Mar Negro y
estribaciones del Cáucaso) y Egipto; además de colonias, se establecen emporios
o factorías comerciales; se buscan tierras para el cultivo o emplazamientos
donde situar bases costeras para recalar y abastecerse de agua y de otros
productos.
A.2.3.-
Causas y rasgos de la expansión.
Cuando
se intenta explicar la colonización griega en el Mediterráneo se corre el
riesgo de generalizar las causas que la engendraron y atribuir rasgos comunes
a todas las expediciones emprendidas. Lo cierto es que hubo varios tipos de
causas: políticas, sociales y económicas, y en cada caso se dieron de forma
distinta. Por otro lado, era habitual que confluyeran varias causas de
distinto tipo en algunas expediciones. Por sintetizar este aspecto de la
colonización griega, esquematizaremos las causas en los siguientes apartados:
A.2.3.1.-
Causas políticas.-
El
desarrollo paulatino de la ciudad-estado griega (po/lij), gobernada
sucesivamente por regímenes aristocráticos, oligárquicos, tiránicos y
democráticos, produjo a lo largo de ese proceso el descontento de algunos
ciudadanos que, al no ver cumplidas sus nobles aspiraciones y sentirse
oprimidos, optaron por emigrar (casos de Corinto y Éfeso); o bien, la presión
persa sobre las ciudades de Jonia, en particular sobre Focea, obligó a que
muchos ciudadanos decidieran partir hacia otro territorio (caso de Córcega y
Alalia); o bien, en el caso de Corinto, Arquías debió salir de su ciudad
hacia Corcira y Siracusa por haber dado muerte a un joven.
La
crisis socio-económica llegó a tal extremo, como es el conocido caso de
Atenas durante los siglos VIII y VII a. C., que Solón, elegido árbitro (diallakth/j)
debió completar la legislación de Dracón con varias medidas drásticas:
-
abolición de las deudas y prohibición de los préstamos sobre los cuerpos,
-
reforma monetaria (abandono del sistema egineta y adopción del sistema
eubeo-jónico),
- reforma del sistema de pesas y medidas, y
-
reforma constitucional: cuatro clases sociales: superior (ingresos de más de
500 medidas), caballeros (más de trescientas medidas), zeugitas (más
de doscientas) y thetos (menos de doscientas).
A.2.3.2.-
Causas económicas.-
El
desarrollo económico producido durante los dos siglos anteriores, X-IX a. C.,
favoreció el aumento de la población. Este aumento tuvo sus consecuencias
económicas a causa del sistema hereditario que regía entre los griegos. En
efecto, las familias propietarias de tierras debían distribuirla por ley de
herencia entre todos los hijos en partes iguales. Esto significó que por muy
grande que fuera la extensión de las tierras, al ser numerosa la descendencia
y en el curso de varias generaciones los lotes de tierra heredados ya no
permitirían a las familias más jóvenes subsistir con el rendimiento agrícola
de esos lotes reducidos, lo que se denominó stenokhoría. Hay
testimonios de propietarios que debían repartir su tierra entre veintiún
hijos varones.
A
la pequeñez de esos lotes se unía la característica orográfica del terreno
continental griego que, excepto en algunas zonas del Ática y de Mesenia, no
favorecía la producción de los cultivos.
Desapareció
la antigua solidaridad de los clanes primitivos, por la que periódicamente se
redistribuían las tierras comunales.
Por
todo ello, algunos propietarios de tierras pedían préstamos para afrontar
las malas y escasas cosechas que, de prolongarse en el tiempo, implicaban el
impago de las deudas y la consiguiente pérdida de las tierras hipotecadas.
Incluso se perdía la libertad del deudor y de su familia.
Algunos
agricultores que habían perdido sus tierras continuaron trabajándolas,
aunque acumuladas en pocas manos (familias nobles), pero debían dar a los
propietarios una sexta parte de lo producido (hectémoroi), lo que
mermaba sus posibilidades de mejora socio-económica.
En
situaciones como éstas algunas ciudades decidían que una parte de la población
debía emigrar, como hizo Calcis (isla de Eubea), que envió una décima parte
a Regio (Italia).
Por
otro lado, la introducción de la moneda permitió que las transacciones
comerciales se hicieran más rápidas y con más garantías.[1]
A.2.3.3.-
Causas sociales.-
Entre
las causas sociales cabe destacar la ocurrida en Esparta, donde en una ocasión
las mujeres espartanas habían engendrado hijos mientras los varones estaban
ausentes por la campaña militar de Mesenia. A esos hijos, nacidos fuera del
matrimonio legítimo o de madres solteras, se les denominó “partenios” y
quedaron excluidos del reparto periódico de tierras al ser considerados
“ciudadanos indeseables”. Por este motivo se les envió a fundar la
colonia de Tarento (sur de Italia).
Hubo
también aventureros y desencantados que optaron por emigrar a nuevas tierras
y probar fortuna en una nueva ciudad con nuevas leyes.[2]
A.2.3.4.-
Los rasgos más comunes de esta colonización fueron los siguientes:
Al
frente de la expedición iba un oikistés, ‘fundador’, de origen
aristocrático, generalmente nombrado por la ciudad, a veces elegido entre los
propios emigrantes, a quien se confiaba la expedición, el establecimiento de
las primeras leyes, el trazado urbano y el reparto de tierras. Se conocen los
nombres de algunos fundadores y se sabe que el establecimiento definitivo iba
precedido de varios viajes exploratorios.
La
colonia solía conservar los cultos religiosos patrios y con el paso del
tiempo fueron incorporando algunas divinidades locales, previamente
helenizadas. Era costumbre que las expediciones consultaran el oráculo de
Apolo en Delfos antes de partir, aunque no fue norma obligada, ni cuando se
practicó, se hizo siempre antes de la partida.
Las
primeras expediciones estaban integradas sólo por varones en edad militar, y
los matrimonios se contraían con mujeres indígenas. Sólo en las
expediciones posteriores mujeres, niños y ancianos acompañaron a los
hombres, o bien, se incorporaron a las nuevas ciudades en viajes posteriores.
Las
nuevas ciudades se constituían como ciudades-estado independientes, aunque
adoptasen muchas instituciones de la metrópoli.
Las
primeras expediciones buscaban sobre todo tierras fértiles, mientras que las
posteriores se fijaban más en las posibilidades comerciales de la zona.
A.2.3.5.-
Las relaciones habituales de las colonias con sus metrópolis fueron las
propias del distanciamiento, reduciendo los vínculos a los aspectos
religiosos y afectivos. Tarento, que fue fundada por los llamados
“ciudadanos partenios”, considerados en la metrópoli espartana como
“indeseables”, y luego la colonia tarentina de Heraclea, cortaron los vínculos
con la tierra natal, aunque imitaron y adaptaron algunas instituciones como la
monarquía (individual, y no doble como en Esparta) y el eforado. Corcira,
fundada por ciudadanos corintios, no quería mantener dependencia alguna con
su metrópoli.[3]
En cambio, Sínope fundó varias colonias que debían pagar tributos a su metrópoli[4].
Atenas dio también ejemplo de controlar a los ciudadanos que salían a ocupar
tierras lejanas, pues enviaba a ellas magistrados con poderes especiales y los
clerucos debían pagar tributos al erario ateniense.
A.2.3.6.-
La relación de los colonos griegos con los indígenas fue muy distinta según
se tratara de una ocupación de tierras para su explotación o de una llegada
con finalidad comercial. En las primeras los griegos no solían contar con el
consentimiento de los indígenas y en la mayoría de las ocasiones los griegos
debían expulsarlos por la fuerza. En las segundas, cuando se trataba de una
instalación portuaria con finalidad comercial y sin pretensiones de extensión
en el territorio, las relaciones con los indígenas solían ser pacíficas.[5]
Al
primer grupo pertenecen casi todas las colonias establecidas en Magna Grecia y
Sicilia, y las establecidas en la ruta norte (Calcídica, Quersoneso Táurico,
Propóntide y Ponto Euxino). Fue la fuerza de las armas la única que garantizó
la colonia y su desarrollo. Por ello las expediciones griegas solían usar un
tipo de embarcación (las llamadas pentecónteras: naves de cincuenta remos)
alargada, ágil y diseñada para el ataque y la navegación rápida. Cuando se
producían los enfrentamientos en tierra, la victoria griega solía concluir
con la expulsión de los nativos, la esclavización (killirios en Siracusa,
bitinios de Bizancio), la semiservidumbre (mariandinios de Heraclea Póntica)
y la destrucción de sus posesiones.[6]
Al
segundo grupo pertenecen colonias como las de Naucratis (Egipto), fundada con
el consentimiento del faraón, y Emporion. Incluso en éstas las posteriores
pretensiones griegas de ampliar el terreno ocupado (chóra) provocarían
encuentros armados con los nativos y los consiguientes amurallamientos de las
ciudadelas coloniales o comerciales. Por eso se dice que en Emporion hubo una dipolis,
porque griegos e indiquetes (nativos) vivían juntos, aunque separados por una
muralla. Por otro lado, los textos nos dan cuenta de la buena acogida que
Argantonio, rey de Tartessos, dio a los griegos de Focea, a los que les ofreció
establecerse en cualquier parte de su territorio.[7]
En estos casos eran frecuentes los matrimonios mixtos y la convivencia para
defensa mutua.
A.2.4.-
Los griegos en la Península Ibérica.-
Como
decíamos al comienzo, la presencia de los griegos antiguos en la Península Ibérica
viene testimoniada por dos tipos de documentos: los escritos y los arqueológicos.
Los documentos arqueológicos de origen griego remontan, como ya dijimos, a la
segunda mitad del segundo milenio antes de Cristo. Esos antiguos restos se deben
a las manos de artesanos micénicos o argivos, si bien pudieron llegar a las
costas de Iberia en naves micénicas o en naves de mercaderes de otros pueblos
mediterráneos. La presencia griega posterior que la arqueología ha logrado
documentar no se remonta más allá del siglo VII a. C., aunque cabe la
posibilidad de nuevos hallazgos que demuestren la presencia griega con
anterioridad a esa fecha, siglos IX-VIII, en particular, al tiempo anterior a la
primera Olimpíada (776 a. C.).[8]
A.2.4.1.-
Primeras llegadas históricas de griegos a la Península Ibérica.-
Según
los documentos escritos el primer navegante griego de nombre conocido que llegó
a las costas de Iberia fue Coleos de Samos[9].
Cuenta Heródoto (IV, 152) que, en una travesía a Egipto y a causa de los
fuertes vientos de Levante, la nave de Coleos de Samos fue desviada hasta
Tartessos, más allá de las columnas de Hércules (Estrecho de Gibraltar).
Puesto que Heródoto habla en ese pasaje de la fundación de Cirene, colonia
situada en el norte de África (actual Libia), fundada por la isla de Tera en
torno al año 630 a. C., se deduce que tal viaje de Coleos
de Samos fue posterior al de esa fundación. Sin perder de vista que la
alusión herodotea a la causa que propicia la llegada a Tarteso, es decir, los
fuertes vientos de Levante, pudiera ser un simple recurso literario, lo cierto
es que las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo en el sur peninsular han
confirmado la presencia de navegantes de Samos en las costas de Málaga, Cádiz
y Huelva en la segunda mitad del siglo VII a. C. Los restos hallados son cerámicas
de mesa y de transporte, hidrias, jarritas, ánforas, etc. Se trataría de
comerciantes griegos, probablemente samios, que recalarían en factorías
fenicias de Cerro del Villar, Guadalhorce, Toscanos, Cerro del Peñón (Torre
del Mar, Málaga), Almuñécar (Granada), Castillo de Doña Blanca, Puerto de
Santa María (Cádiz), en un tipo de intercambio comercial pacífico, favorecido
por el propio reino de Tartessos, gobernado por Argantonio .
H.
Bengtson, ob. c., p. 81-82.
Narciso
Santos - Marina Picazo, ob. c., p. 55.
Jenof.
Anáb., V.5. Véase F. Gschnitzer, Historia social de Grecia.
Desde el período micénico hasta el final de la época clásica.
Madrid, Akal, 1987, pp. 158-159.
Los
manuales generales, indicados con un * en la bibliografía, suelen dedicar
un epígrafe a esta parte. Por ejemplo, véanse los correspondientes
apartados de Santos Yanguas - Picazo, Blech, Fernández Uriel, etc.
Adolfo
J. Domínguez Monedero, La Polis y la expansión... p. 115. Narciso Santos - Marina Picazo, ob. c., pp.
82-90.
Arminda
Lozano, ob. c., pp. 19-20; Pilar Fernández Uriel, ob. c., p.
273.
Éste
es el caso de un conocido texto de Estrabón (XIV, 2.10) en el que se cuenta
que ciudadanos de la isla griega de Rodas fundaron la colonia del mismo
nombre, Rhode (actual Rosas), en el golfo de Rosas, Gerona.
Adolfo
J. Domínguez Monedero: Los griegos en la Península Ibérica.
Madrid, Arco / Libro, 1996, pp. 26-27.
0Adolfo
J. Domínguez Monedero, Los griegos en..., p. 19; H. Bengtson, ob.
c., p. 65.

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