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LOS GRIEGOS EN LA PENÍNSULA IBÉRICA:

ASENTAMIENTOS, INTERCAMBIOS E INFLUENCIAS  3/

LUIS MIGUEL PINO CAMPOS

Universidad de La Laguna

 

A.2.2.2.- Las etapas de esta colonización griega (VIII-VI a. C.) son dos:

- 1ª) 775-675 a. C.: se caracteriza por tratarse de fundaciones realizadas por metrópolis situadas en la Grecia continental y por dirigir sus expediciones hasta la Calcidia de Tracia, Sicilia y sur de Italia. Se buscan tierras propicias para el cultivo.

- 2ª) 675-550 a. C.: se caracteriza por tratarse de fundaciones realizadas por metrópolis de la Grecia continental, de la Grecia anatólica y de la Grecia insular. Sus expediciones se extienden desde el extremo occidente (Península Ibérica) hasta las fronteras de los escitas (norte del Mar Negro y estribaciones del Cáucaso) y Egipto; además de colonias, se establecen emporios o factorías comerciales; se buscan tierras para el cultivo o emplazamientos donde situar bases costeras para recalar y abastecerse de agua y de otros productos.

A.2.3.- Causas y rasgos de la expansión.

Cuando se intenta explicar la colonización griega en el Mediterráneo se corre el riesgo de generalizar las causas que la engendraron y atribuir rasgos comunes a todas las expediciones emprendidas. Lo cierto es que hubo varios tipos de causas: políticas, sociales y económicas, y en cada caso se dieron de forma distinta. Por otro lado, era habitual que confluyeran varias causas de distinto tipo en algunas expediciones. Por sintetizar este aspecto de la colonización griega, esquematizaremos las causas en los siguientes apartados:

A.2.3.1.- Causas políticas.-

El desarrollo paulatino de la ciudad-estado griega (po/lij), gobernada sucesivamente por regímenes aristocráticos, oligárquicos, tiránicos y democráticos, produjo a lo largo de ese proceso el descontento de algunos ciudadanos que, al no ver cumplidas sus nobles aspiraciones y sentirse oprimidos, optaron por emigrar (casos de Corinto y Éfeso); o bien, la presión persa sobre las ciudades de Jonia, en particular sobre Focea, obligó a que muchos ciudadanos decidieran partir hacia otro territorio (caso de Córcega y Alalia); o bien, en el caso de Corinto, Arquías debió salir de su ciudad hacia Corcira y Siracusa por haber dado muerte a un joven.

La crisis socio-económica llegó a tal extremo, como es el conocido caso de Atenas durante los siglos VIII y VII a. C., que Solón, elegido árbitro (diallakth/j) debió completar la legislación de Dracón con varias medidas drásticas:

- abolición de las deudas y prohibición de los préstamos sobre los cuerpos,

- reforma monetaria (abandono del sistema egineta y adopción del sistema eubeo-jónico),             - reforma del sistema de pesas y medidas, y

- reforma constitucional: cuatro clases sociales: superior (ingresos de más de 500 medidas), caballeros (más de trescientas medidas), zeugitas (más de doscientas) y thetos (menos de doscientas).

A.2.3.2.- Causas económicas.-

El desarrollo económico producido durante los dos siglos anteriores, X-IX a. C., favoreció el aumento de la población. Este aumento tuvo sus consecuencias económicas a causa del sistema hereditario que regía entre los griegos. En efecto, las familias propietarias de tierras debían distribuirla por ley de herencia entre todos los hijos en partes iguales. Esto significó que por muy grande que fuera la extensión de las tierras, al ser numerosa la descendencia y en el curso de varias generaciones los lotes de tierra heredados ya no permitirían a las familias más jóvenes subsistir con el rendimiento agrícola de esos lotes reducidos, lo que se denominó stenokhoría. Hay testimonios de propietarios que debían repartir su tierra entre veintiún hijos varones.

A la pequeñez de esos lotes se unía la característica orográfica del terreno continental griego que, excepto en algunas zonas del Ática y de Mesenia, no favorecía la producción de los cultivos.

Desapareció la antigua solidaridad de los clanes primitivos, por la que periódicamente se redistribuían las tierras comunales.

Por todo ello, algunos propietarios de tierras pedían préstamos para afrontar las malas y escasas cosechas que, de prolongarse en el tiempo, implicaban el impago de las deudas y la consiguiente pérdida de las tierras hipotecadas. Incluso se perdía la libertad del deudor y de su familia.

Algunos agricultores que habían perdido sus tierras continuaron trabajándolas, aunque acumuladas en pocas manos (familias nobles), pero debían dar a los propietarios una sexta parte de lo producido (hectémoroi), lo que mermaba sus posibilidades de mejora socio-económica.

En situaciones como éstas algunas ciudades decidían que una parte de la población debía emigrar, como hizo Calcis (isla de Eubea), que envió una décima parte a Regio (Italia).

Por otro lado, la introducción de la moneda permitió que las transacciones comerciales se hicieran más rápidas y con más garantías.[1]

A.2.3.3.- Causas sociales.-

Entre las causas sociales cabe destacar la ocurrida en Esparta, donde en una ocasión las mujeres espartanas habían engendrado hijos mientras los varones estaban ausentes por la campaña militar de Mesenia. A esos hijos, nacidos fuera del matrimonio legítimo o de madres solteras, se les denominó “partenios” y quedaron excluidos del reparto periódico de tierras al ser considerados “ciudadanos indeseables”. Por este motivo se les envió a fundar la colonia de Tarento (sur de Italia).

Hubo también aventureros y desencantados que optaron por emigrar a nuevas tierras y probar fortuna en una nueva ciudad con nuevas leyes.[2]

A.2.3.4.- Los rasgos más comunes de esta colonización fueron los siguientes:

Al frente de la expedición iba un oikistés, ‘fundador’, de origen aristocrático, generalmente nombrado por la ciudad, a veces elegido entre los propios emigrantes, a quien se confiaba la expedición, el establecimiento de las primeras leyes, el trazado urbano y el reparto de tierras. Se conocen los nombres de algunos fundadores y se sabe que el establecimiento definitivo iba precedido de varios viajes exploratorios.

La colonia solía conservar los cultos religiosos patrios y con el paso del tiempo fueron incorporando algunas divinidades locales, previamente helenizadas. Era costumbre que las expediciones consultaran el oráculo de Apolo en Delfos antes de partir, aunque no fue norma obligada, ni cuando se practicó, se hizo siempre antes de la partida.

Las primeras expediciones estaban integradas sólo por varones en edad militar, y los matrimonios se contraían con mujeres indígenas. Sólo en las expediciones posteriores mujeres, niños y ancianos acompañaron a los hombres, o bien, se incorporaron a las nuevas ciudades en viajes posteriores.

Las nuevas ciudades se constituían como ciudades-estado independientes, aunque adoptasen muchas instituciones de la metrópoli.

Las primeras expediciones buscaban sobre todo tierras fértiles, mientras que las posteriores se fijaban más en las posibilidades comerciales de la zona.

A.2.3.5.- Las relaciones habituales de las colonias con sus metrópolis fueron las propias del distanciamiento, reduciendo los vínculos a los aspectos religiosos y afectivos. Tarento, que fue fundada por los llamados “ciudadanos partenios”, considerados en la metrópoli espartana como “indeseables”, y luego la colonia tarentina de Heraclea, cortaron los vínculos con la tierra natal, aunque imitaron y adaptaron algunas instituciones como la monarquía (individual, y no doble como en Esparta) y el eforado. Corcira, fundada por ciudadanos corintios, no quería mantener dependencia alguna con su metrópoli.[3] En cambio, Sínope fundó varias colonias que debían pagar tributos a su metrópoli[4]. Atenas dio también ejemplo de controlar a los ciudadanos que salían a ocupar tierras lejanas, pues enviaba a ellas magistrados con poderes especiales y los clerucos debían pagar tributos al erario ateniense.

A.2.3.6.- La relación de los colonos griegos con los indígenas fue muy distinta según se tratara de una ocupación de tierras para su explotación o de una llegada con finalidad comercial. En las primeras los griegos no solían contar con el consentimiento de los indígenas y en la mayoría de las ocasiones los griegos debían expulsarlos por la fuerza. En las segundas, cuando se trataba de una instalación portuaria con finalidad comercial y sin pretensiones de extensión en el territorio, las relaciones con los indígenas solían ser pacíficas.[5]

Al primer grupo pertenecen casi todas las colonias establecidas en Magna Grecia y Sicilia, y las establecidas en la ruta norte (Calcídica, Quersoneso Táurico, Propóntide y Ponto Euxino). Fue la fuerza de las armas la única que garantizó la colonia y su desarrollo. Por ello las expediciones griegas solían usar un tipo de embarcación (las llamadas pentecónteras: naves de cincuenta remos) alargada, ágil y diseñada para el ataque y la navegación rápida. Cuando se producían los enfrentamientos en tierra, la victoria griega solía concluir con la expulsión de los nativos, la esclavización (killirios en Siracusa, bitinios de Bizancio), la semiservidumbre (mariandinios de Heraclea Póntica) y la destrucción de sus posesiones.[6]

Al segundo grupo pertenecen colonias como las de Naucratis (Egipto), fundada con el consentimiento del faraón, y Emporion. Incluso en éstas las posteriores pretensiones griegas de ampliar el terreno ocupado (chóra) provocarían encuentros armados con los nativos y los consiguientes amurallamientos de las ciudadelas coloniales o comerciales. Por eso se dice que en Emporion hubo una dipolis, porque griegos e indiquetes (nativos) vivían juntos, aunque separados por una muralla. Por otro lado, los textos nos dan cuenta de la buena acogida que Argantonio, rey de Tartessos, dio a los griegos de Focea, a los que les ofreció establecerse en cualquier parte de su territorio.[7] En estos casos eran frecuentes los matrimonios mixtos y la convivencia para defensa mutua.

A.2.4.- Los griegos en la Península Ibérica.-

Como decíamos al comienzo, la presencia de los griegos antiguos en la Península Ibérica viene testimoniada por dos tipos de documentos: los escritos y los arqueológicos. Los documentos arqueológicos de origen griego remontan, como ya dijimos, a la segunda mitad del segundo milenio antes de Cristo. Esos antiguos restos se deben a las manos de artesanos micénicos o argivos, si bien pudieron llegar a las costas de Iberia en naves micénicas o en naves de mercaderes de otros pueblos mediterráneos. La presencia griega posterior que la arqueología ha logrado documentar no se remonta más allá del siglo VII a. C., aunque cabe la posibilidad de nuevos hallazgos que demuestren la presencia griega con anterioridad a esa fecha, siglos IX-VIII, en particular, al tiempo anterior a la primera Olimpíada (776 a. C.).[8]

A.2.4.1.- Primeras llegadas históricas de griegos a la Península Ibérica.-

Según los documentos escritos el primer navegante griego de nombre conocido que llegó a las costas de Iberia fue Coleos de Samos[9]. Cuenta Heródoto (IV, 152) que, en una travesía a Egipto y a causa de los fuertes vientos de Levante, la nave de Coleos de Samos fue desviada hasta Tartessos, más allá de las columnas de Hércules (Estrecho de Gibraltar). Puesto que Heródoto habla en ese pasaje de la fundación de Cirene, colonia situada en el norte de África (actual Libia), fundada por la isla de Tera en torno al año 630 a. C., se deduce que tal viaje de Coleos  de Samos fue posterior al de esa fundación. Sin perder de vista que la alusión herodotea a la causa que propicia la llegada a Tarteso, es decir, los fuertes vientos de Levante, pudiera ser un simple recurso literario, lo cierto es que las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo en el sur peninsular han confirmado la presencia de navegantes de Samos en las costas de Málaga, Cádiz y Huelva en la segunda mitad del siglo VII a. C. Los restos hallados son cerámicas de mesa y de transporte, hidrias, jarritas, ánforas, etc. Se trataría de comerciantes griegos, probablemente samios, que recalarían en factorías fenicias de Cerro del Villar, Guadalhorce, Toscanos, Cerro del Peñón (Torre del Mar, Málaga), Almuñécar (Granada), Castillo de Doña Blanca, Puerto de Santa María (Cádiz), en un tipo de intercambio comercial pacífico, favorecido por el propio reino de Tartessos, gobernado por Argantonio .[10]



[1]H. Bengtson, ob. c., p. 81-82.

[2]Narciso Santos - Marina Picazo, ob. c., p. 55.

[3]Tuc., I, 25, 3-4.

[4]Jenof. Anáb., V.5. Véase F. Gschnitzer, Historia social de Grecia. Desde el período micénico hasta el final de la época clásica. Madrid, Akal, 1987, pp. 158-159.

[5]Los manuales generales, indicados con un * en la bibliografía, suelen dedicar un epígrafe a esta parte. Por ejemplo, véanse los correspondientes apartados de Santos Yanguas - Picazo, Blech, Fernández Uriel, etc.

[6]Adolfo J. Domínguez Monedero, La Polis y la expansión...  p. 115. Narciso Santos - Marina Picazo, ob. c., pp. 82-90.

[7]Arminda Lozano, ob. c., pp. 19-20; Pilar Fernández Uriel, ob. c., p. 273.

[8]Éste es el caso de un conocido texto de Estrabón (XIV, 2.10) en el que se cuenta que ciudadanos de la isla griega de Rodas fundaron la colonia del mismo nombre, Rhode (actual Rosas), en el golfo de Rosas, Gerona.

[9]Adolfo J. Domínguez Monedero: Los griegos en la Península Ibérica. Madrid, Arco / Libro, 1996, pp. 26-27.  

[10]Adolfo J. Domínguez Monedero, Los griegos en..., p. 19; H. Bengtson, ob. c., p. 65.