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LOS
GRIEGOS EN LA PENÍNSULA IBÉRICA:
ASENTAMIENTOS,
INTERCAMBIOS E INFLUENCIAS 4/
LUIS
MIGUEL PINO CAMPOS
Universidad de La
Laguna
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Los
textos escritos nos hablan de otros viajes de navegantes griegos al lejano
occidente, en los cuales se alude a la Península Ibérica e islas próximas,
pero carecen de veracidad histórica por el sentido mítico y legendario de las
narraciones. En cualquier caso esos viajes se sitúan en momentos anteriores al
año 630 a. C. Por ejemplo, varios trabajos de Hércules sitúan la acción en
el Mediterráneo occidental y más allá de las llamadas Columnas de Hércules
(Estrecho de Gibraltar). Entre esos trabajos relacionados con la Península Ibérica
estaría el del robo de los bueyes de Gerión (Apolodoro, Biblioteca, II,
10).[1]
También aludieron a los confines de Occidente, junto al Océano (Atlántico),
algunos pasajes de Homero y de Hesíodo. En Estrabón (Geografía, III, 4.3.) encontramos la referencia a un
sabio bitinio, Asclepíades de Mirlea (II-I a. C.) que vivió en el sur de la
península, al que atribuye las afirmaciones de que algunos compañeros de
Heracles se establecieron en Iberia y que algunos laconios se establecieron en
Cantabria.
Una
leyenda, contada por Estrabón (XIV, 2.10.), relata la fundación de Rhode
(actual localidad de Rosas, Gerona) por parte de navegantes rodios en época
anterior al comienzo de las Olimpíadas (776 a. C.). Sin embargo, la investigación
arqueológica no ha confirmado hasta el momento una presencia griega tan antigua
en ese paraje, y, por otro lado, los rodios de la isla de Rodas, en el Mediterráneo
oriental, parece que no adquirieron rango de potencia naval hasta el siglo IV a.
C., por lo que se ha de concluir que esa leyenda de la que se hace eco Estrabón
parece creada a partir de la coincidencia en el nombre de estos dos lugares
helenos.[2]
Otras
narraciones hablan de éstas y otras leyendas con el propósito de glorificar la
historia de algunas poblaciones vinculando sus orígenes al pasado mítico de
algunos héroes. Se sitúan en época helenística y, sobre todo, coinciden con
el avance de Roma en su conquista de la Península Ibérica. Son los casos de
autores como Asclepíades de Mirlea (I a. C.), Posidonio de Apamea (II-I a. C.)
o Artemidoro de Éfeso (II-I a. C.). Por ejemplo, Posidonio, nombrado ciudadano
de Rodas, trataba de localizar por todo el Mediterráneo influencias rodias de
su nueva patria, o Artemidoro buscaba centros de culto de su diosa patria, Ártemis,
por lo que sus narraciones no tienen una finalidad propiamente historiográfica,
sino laudatoria y literaria.
A.2.4.2.-
Ciudades griegas en la Península Ibérica.-
Los
navegantes de la ciudad jonia de Focea, situada en el golfo de Esmirna, al
suroeste de Cime, costa oeste de Anatolia, recorrían las costas mediterráneas
desde, al menos, comienzos del siglo VII a. C., y fueron los primeros en
realizar largos viajes surcando los mares Jónico, Adriático, Tirrénico e Ibérico,
llegando hasta Tartessos (Heródoto, I, 163-164). El reino de Tartessos,
situado en el curso medio y bajo del Guadalquivir, les había ofrecido tierras
en las que asentarse, pero por el peligro que su ciudad, Focea, sufría a
causa del acoso de los lidios y, posteriormente de los persas, desestimaron el
ofrecimiento; en su lugar aceptaron una elevada cantidad de dinero que les dio
el rey Argantonio, con el que pudieron levantar una sólida muralla alrededor
de su ciudad. Las excavaciones han sacado a la luz los restos de aquella
muralla que habría sido destruida por los persas en su conquista del 545 a.
C. En efecto, las ciudades jonias, Focea entre ellas, habían vivido desde el
dominio del Imperio Asirio (s. IX a. C.) épocas de paz y de guerra. Tras la
caída de los asirios, fueron los frigios y los lidios quienes aspiraban a la
ocupación de las ciudades jonias (s. VII a. C.). También los nómadas
cimerios, además de poner fin al reino frigio, ocuparon temporalmente los
territorios anatólicos y asolaron ciudades enteras como Mileto.[3]
Los lidios lograron recuperar el control del territorio, pero poco después
fueron derrotados por los persas, dirigidos por el rey Ciro II el Grande.
Focea y otras ciudades griegas debieron dedicar su atención al comercio, la
pesca y la piratería, dadas las dificultades de garantizar el desarrollo agrícola
en un territorio varias veces saqueado, como cuenta Justino (XLIII, 3, 5-6.).
La
ciudad de Ampurias (Emporion, en singular, Emporia, en plural,
latinizada en la forma Ampuriae, recordemos que son dos ciudadelas
juntas), fue la primera ciudad griega que merece recibir el nombre de
“colonia griega”, en el sentido antes matizado de apoikía con
finalidad comercial, por cuanto que no sólo los textos sino también la
arqueología han demostrado la existencia de una ciudad griega con todos los
elementos característicos (santuarios, ágora, casas, necrópolis, murallas,
etc.) Es el geógrafo Estrabón (siglo I antes y después de C.) quien relata
sus orígenes (III, 4.8.), confirmados por los hallazgos arqueológicos
efectuados desde hace más de un siglo, pudiéndose afirmar con toda seguridad
que la ocupación griega inicial se produjo en lo que entonces era una pequeña
isla, hoy unida al continente, que corresponde a la actual localidad de San
Martín de Ampurias, y que llegaría a ser la llamada por los antiguos Palaiápolis
(ciudad antigua). Pocos años después los griegos se establecieron en tierra
firme, donde surgiría la Neápolis (ciudad nueva). Este primer
establecimiento griego, confirmado por los testimonios escritos y arqueológicos,
se data en los primeros años del siglo VI a. C. No debía ser un territorio
que los griegos encontraron deshabitado, sino que en él debían vivir nativos
(los llamados “indiquetes” en los siglos VII y VI), pues las excavaciones
efectuadas desde 1994 han sacado a la luz restos de poblaciones indígenas
datables entre los siglos XII y VII a. C.
Así
pues, la ciudad de Ampurias fue fundada en torno a los años 600-575 a. C., al
igual que la colonia griega de Massalia (actual Marsella en el sur de
Francia), después de que los focenses realizaran numerosos viajes previos de
tipo comercial y exploratorio. Las excavaciones revelan que los asentamientos
de Ampurias y Massalia se realizaron con el beneplácito de los nativos y
dentro de un plan comercial proyectado desde la metrópoli Focea, a fin de
garantizar las rutas comerciales hasta Occidente y protegerlas de las
actividades comerciales de otros pueblos rivales (fenicios, púnicos) y de los
piratas.
Las
circunstancias políticas de mediados del siglo VI a. C. hicieron que la metrópoli,
Focea, conquistada por los persas en 545, viera interrumpidas las relaciones
comerciales con Ampurias y
Massalia. Una parte de la población abandonó la ciudad de Focea y se trasladó
a la colonia patria de Alalia (oeste de la isla de Córcega, fundada en 565 a.
C.), como también hicieron poblaciones de otras ciudades jonias, como la de
Teos, que marcharon a Abdera en Tracia. Dado que la ocupación persa había
estado precedida de los acosos frecuentes de los lidios, desde comienzos del
siglo VI a. C. la emigración de artesanos, comerciantes, poetas, escultores,
filósofos, etc. desde ciudades jonias hacia occidente era constante, y desde
la ocupación persa fue masiva. Esa ocupación debió afectar igualmente al
territorio fenicio, pues se observa un relevo de sus actividades por sus
colonos cartagineses.
Las
ciudades de Massalia y Ampurias debieron continuar su actividad comercial y el
reforzamiento de sus puntos de recalada y aguada. Por una lado, Massalia se
extendió a lo largo de la costa sur de Francia y noroeste de Italia; por
otro, Ampurias lo hizo a lo largo de la costa levantina y sur de la Península
Ibérica. En efecto, durante el siglo VI a. C. Massalia estableció pequeñas
factorías en Teliné (Arlés), Agathé, Kithartista, Olbia, Pyrene,
Athenopolis, Antípolis, Nikaia (Niza), etc. Y Ampurias
estableció probablemente unas pequeñas factorías en Hemeroskopeion,
Dianium, Akra Leuke (Lucentum ?), Alonis (Alcudia ?), Villaricos, Adra, Almuñécar,
Toscanos, Mainake, Guadalhorce, Calpe [San Roque] y Huelva; tal vez, Rhode al
norte[4]. De algunas de éstas hablaremos en el siguiente
apartado.
Esta
expansión griega fue mal vista por las potencias rivales de entonces, Etruria
y Cartago, las cuales se aliaron para impedir esa expansión y cortar las
actividades corsarias, por lo que en 540 a. C. se produjo la batalla naval de
Alalia, en las proximidades de esta colonia focea en Córcega, cuya principal
consecuencia fue la ruina naval de los colonos foceos de Alalia. Muchos de sus
habitantes debieron emigrar. Unos fundaron una nueva colonia en Elea (Velia,
al sur de Poseidonia, -Paestum-); otros se refugiaron en las colonias
foceas próximas, como Ampurias, Massalia o en sus proximidades.
A
partir del año 540 a. C. Massalia será la ciudad beneficiada por la
afluencia de foceos y de griegos de otras ciudades y ampliará su actividad
comercial por mar y por el interior continental.
También
Ampurias ampliará sus áreas de influencia hacia el interior peninsular y
hacia la costa sur. En esta época, mediados del siglo VI, parece que
Tartessos, muerto su longevo rey Argantonio (Heródoto, I, 165), entró en un
período de decadencia, posiblemente por el agotamiento de las minas
superficiales de plata en Huelva. Las crisis productivas y los conflictos
militares obligaron a replantearse las áreas de influencia económica.
A.2.4.3.-
Otros asentamientos comerciales griegos según Estrabón.
A
partir de la decadencia de Tartessos, inicios del siglo V a. C., los griegos
foceos de Ampurias centraron su actividad comercial en el sureste peninsular.
Posiblemente las convulsiones producidas durante el siglo VI a. C. (expansión
del imperio persa hasta el Mediterráneo y Mar Egeo, decadencia de Tartessos,
ascenso de Cartago en el noroeste africano y sur peninsular, progresivo
ascenso de Roma y decadencia etrusca), obligaron a los ampuritanos a modificar
sus estrategias comerciales. De nuevo es Estrabón (III, 4.6) el que informa
sobre la expansión hacia el sur de Ampurias. De estos pequeños asentamientos
destacan los de Hemeroskopeion, con el pequeño santuario dedicado a Ártemis
Efesia (Dianium), frente a dos islotes (Planesia [= Tabarca] y
Plumbario [= isla Grosa]), Alonis y Akra Leuke.
Un
plomo hallado en Ampurias contiene el texto de un escrito comercial acerca de
unas transacciones; era habitual escribir cartas o documentos en este soporte
(láminas de plomo), y su importancia es comparable al hallado en el poblado
francés de Pech Maho (Aude), que presenta un texto griego por una cara y otro
texto etrusco por la otra.[5]
Hemeroskopeion
significa ‘atalaya diurna’ y podría ser la zona de Peñón de Ifac
(Denia), aunque aún la arqueología no ha podido confirmar la ubicación
exacta de una manera definitiva.
Alonis
responde a la localidad actual de Santa Pola (Alicante), una zona de salinas
cercana a los ríos Vinalopó y Segura. Está cerca de la isla de Illici (=
Alcudia de Elche), donde sí han aparecido abundantes cerámicas griegas del
siglo VI a. C. Las excavaciones arqueológicas realizadas desde 1990 han
sacado a la luz restos de un asentamiento griego fortificado (murallas,
torres, fosos, etc.).
Akra
Leuke (= monte blanco) puede ser el tercer foco comercial de Ampurias, al que
alude Estrabón. No es segura aún su localización, pero ha de situarse al
norte de la desembocadura del río Segura, tal vez coincida con la actual
ciudad de Alicante (¿Lucentum?).
En
estas localidades Ampurias buscaba entre otras materias sal, esparto, lino y,
tal vez, plata procedente de las minas del sudeste peninsular.
Es
posible que los ampuritanos pudieran haber navegado hasta las islas Baleares,
donde han aparecido numerosos restos griegos (cerámicas, bronces, mármoles...),
aunque los historiadores consideran que pudiera deberse a la rapiña de los
indígenas en sus campañas sicilianas como mercenarios de griegos y
cartagineses.[6]
Seguramente
los ampuritanos también debieron penetrar por las vías fluviales hasta el
interior ibérico en busca de materias primas y metales procedentes de la Alta
Andalucía (Cástulo, Linares, Jaén), a cambio de cerámica, vino, aceite y
otros productos manufacturados.
Entrado
el siglo V a. C., Emporion reanuda su actividad comercial con Tartessos (Cádiz
y Huelva) y ésta se mantiene a lo largo del siglo IV a. C. La competencia
comercial en el Mediterráneo occidental se entabla entre los cartagineses al
sur y Roma en el norte. Ese reparto se pactó en el Segundo Tratado Roma -
Cartago (348 a. C.), que reformaba el Primer Tratado romano-púnico del año
510 a. C., y trazaba una línea de influencias exclusivas (Roma y sus aliados
al norte de Mastia [cabo de Palos], Cartago y sus aliados al sur). Ampurias,
Rhode y Massalia eran aliadas de Roma, por lo que pudieron seguir
desarrollando su actividad al norte de Mastia. Polibio en sus Historias
nos informa con detalle de estos hechos (III, 24, 3-12). Este Segundo Tratado
significará el reconocimiento del predominio de Massalia sobre las ciudades
griegas de la zona, aunque Ampurias pudo conservar amplia autonomía en la
gestión de sus intereses comerciales.[7]
Será
en esta época cuando la ciudad de Rhode (Rosas), el emporio situado al norte
de Ampurias, experimente un amplio desarrollo económico.
Los conflictos que se producen en la Grecia continental y la tensión latente en
el Mediterráneo occidental provoca que se suspenda el flujo de cerámicas áticas
y que se sustituyan desde el siglo IV a. C. por cerámicas fabricadas en Sicilia,
Sur de Italia, Emporion y Rhode. Tendrán intervención los griegos de Iberia en
los sucesivos conflictos, siempre del lado de Roma, incluso durante las tres
Guerras Púnicas (264-241, 218-201 y 149-146). El general cartaginés Asdrúbal
fundará la importante ciudad de Cartago Nova (Cartagena, 228-221 a. C.), desde
donde Aníbal entorpecerá la actividad de los griegos esparcidos por la costa
levantina. Los intereses comerciales griegos en la Península Ibérica chocaban
abiertamente con los intereses comerciales púnicos (Cartago) que trataba de
favorecer sus intereses tanto en la costa africana como en las islas del
Mediterráneo occidental. Los saguntinos, alegando que eran ciudadanos
originariamente griegos, denunciaron ante Roma a los cartagineses (Apiano, Sobre
Iberia, 7) y poco después
Aníbal atravesó el Ebro en dirección
terrestre hacia Roma, aunque no entró en Ampurias. Ésta había reforzado sus
murallas en el siglo IV a. C. El cruce del Ebro por parte de Aníbal inició la
Segunda Guerra Púnica y Roma envió a Gneo Cornelio Escipión (218 a. C.), que
desembarcó en Ampurias y sometió toda la Hispania Citerior (Livio, XXI, 60,
1-3).
Posteriormente,
se produjo en Rhode una insurrección de indígenas, sofocada en 195 a. C. por
M. Porcio Catón, quien también había desembarcado en Ampurias para llevar a
cabo el sometimiento definitivo de la ya Hispania Citerior (Livio, XXXIV, 9).
Finalizada
la reconquista, M. Porcio Catón estableció un nuevo enclave en Tarraco desde
donde se centralizó toda la actividad político-militar de Roma en Hispania.
Las dos ciudades griegas de Emporion y Rhode perdieron el papel central que
hasta entonces habían tenido en la costa levantina ibérica y se fueron
romanizando paulatinamente.
A.2.4.4.-
Influencias de la presencia griega en pueblos indígenas.
a)
Los foceos desarrollaron una estrategia de establecimientos sucesivos de
recalada y aguada para facilitar sus travesías hasta el mercado tartesio
primero, y hasta el mercado del sudeste y este peninsular después.
b)
Aportaron el alfabeto y la moneda.
c)
Las convulsiones de mediados del siglo VI (persas toman Focea, conflictos
greco-etruscos y greco-púnicos, afluencia masiva de refugiados foceos a
occidente, disminución de la rentabilidad minera de Tartessos...) obligan a
remodelar la actividad comercial griega en la Península. Se refuerza el papel
de Emporion en Iberia.
d)
Durante los siglos V y IV a. C. Emporion vive un gran esplendor urbanístico y
político y se intensifican sus relaciones comerciales con los indígenas.
e)
Desde la segunda mitad del siglo IV a. C. Emporion pasa a depender estratégicamente
de Massalia y ambas, a su vez, de Roma, quien las defenderá en beneficio
propio frente a los cartagineses.
f)
Antes de las Guerras Púnicas (264-146 a. C.) Rhode y Emporion conocen su máximo
esplendor con acuñación de moneda propia, algunos grandes monumentos y
prosperidad económica.
g)
Los griegos de la Península Ibérica nunca aspiraron a ejercer dominio sobre
territorios indígenas, ni siquiera más allá de los alrededores (chórai)
de Ampurias o Rhode. Se limitaron a establecer, consolidar y extender por las
costas una red de asentamientos (factorías comerciales) que garantizaran sus
recaladas y aguadas, sus actividades comerciales y artesanales.
h)
Los asentamientos griegos a lo largo de las costas ibéricas representaron un
beneficio para las poblaciones nativas, puesto que les aportaron instrumentos
para su estructuración política e ideológica, mayor abundancia de materias
primas y manufacturadas, desarrollo artesanal, industrial y artístico,
mejoras en la construcción naval y en la navegación, nuevas rutas
comerciales y eliminación de la autarquía.[8]
i)
La influencia helénica durante la romanización fue crucial para algunas
poblaciones ibéricas, dado que los asentamientos griegos permitieron esa
romanización sin graves traumas. Con Roma la Península Ibérica pasó a
denominarse Hispania.
j)
Sin duda, la cultura ibérica recibió una profunda influencia de la presencia
griega, como se recoge en los numerosos análisis de las obras artísticas ibéricas,
cerámicas, escritura, instituciones políticas, jurídicas y militares, etc.[9]
k)
Los nativos de Iberia imitaron las armas griegas (falcata), los vestidos (sagum,
manto), cabalgaduras, esculturas y técnicas urbanas, aunque la imitación
no supusiera la copia fiel, sino la adopción de modelos a los que se les daría
luego una interpretación indígena.[10]
Otro
trabajo hercúleo es el de la obtención de las manzanas del Jardín de las
Hespérides, que posteriormente se ha vinculado con tierras africanas.
Arriano de Nicomedia (s. +II) en Anábasis, II, 16, 4-5, citando a
Hecateo de Mileto (s. -VI), sostiene que los bueyes de Gerión no aludirían
a las tierras tartésicas del occidente, sino a las de Ampracia, al norte de
Grecia. Sobre el mito de Heracles es también de interés el texto de
Apiano, historiador del s. II d. C., Historia Romana, VI.2, (“Sobre
Iberia”), en el que se distingue el Hércules tebano del dios fenicio
Melkart, al que estaba dedicado un templo que los tirios habían erigido en
Cádiz; véase la traducción de Antonio Sancho Royo de esta obra en el
primer volumen que la Biblioteca Clásica Gredos publicó en 1980 (pp.
110-111).
Adolfo
J. Domínguez Monedero, Los griegos en la Península... pp. 25-26.
El
poeta Calino (s. VII a. C.) dedica parte de su obra a estos acontecimientos.
José
María Blázquez: Fenicios, griegos y cartagineses en occidente.
Madrid, Cátedra, 1992, pp. 309-311; J. M. García Cano: Historia de España,
2. Colonización y formación de los pueblos prerromanos (1200-218 a. C.).
Madrid, 1989, pp. 168 ss.; J. Fernández Jurado: “Fenicios y griegos de
Huelva”, Homenaje a Luis Siret (1934-1984), Sevilla, 1986, 557-561;
Paloma Cabrera Bonet: “Los griegos en Huelva. Los materiales griegos”,
idem, pp. 575-583; Ricardo Olmos Romera: “Los griegos en Tarteso.
Replanteamiento arqueológico-histórico del problema”; idem, pp. 584-600;
Adolfo J. Domínguez Monedero: “Reinterpretación de los testimonios
acerca de la presencia griega en el sudeste peninsular y levante en época
arcaica”, ídem, pp. 601-611.
Adolfo
J. Domínguez Monedero, Los griegos en la Península... pp. 63-65.
Javier García de Castro: “La colonización griega de la Península Ibérica”,
Historia y Vida, Madrid, nº 324, marzo 1995, 69-70.
Ángel
Montenegro Duque: Historia de España. Edad Antigua. I: España Antigua.
Madrid, Gredos, 1972, p. 437.
Adolfo
J. Domínguez Monedero: Los griegos en la Península..., pp. 85-87.
8Ángel
Montenegro Duque, Historia de España. Edad Antigua. I: España
Prerromana. Madrid, Gredos, 1972, pp. 438-439.
9Ángel
Montenegro Duque, Historia de España... pp. 448-449.
 
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