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Thesaurus:
sofista, sophía, Antifonte, Antístenes, Calicles, Critias,
Gorgias, Hipias, Polo, Pródico, Protágoras, Trasímaco,
presocráticos, Sócrates, Platón, ciencia, educación,
ética, filología, filosofía, justicia, lingüística,
política, racionalismo, religión, retórica.
EVOLUCIÓN DEL TÉRMINO
SOFISTA
Para comprender el significado
del vocablo "sofista", en primer lugar, debemos fijarnos en su raíz
soph-. Esta raíz, de etimología desconocida, expresaba
originariamente la idea de maestría o pericia en alguna cosa. Hay
que remontarse, en primer lugar, a Hesíodo, pues él utiliza
el término sophíe con el significado de experiencia
o maestría en el sentido espiritual. Así, en el fragmento
193, define al mítico músico Lino como pantoíes
sophíes dedaekóta, "experto en toda clase de sabiduría".
También en Hesíodo, Trabajos y Días 649, encontramos
por primera vez el verbo sophízesthai cuando nuestro autor
se propone dar a su hermano Perses consejos de navegación, a pesar
de no ser un experto en este arte (nautilíes sesophisménos).
En cuanto al término sophistés,
es Píndaro quien lo usa por primera vez con el significado de "poeta",
y más tarde lo podemos hallar en Heródoto, que aplica este
término a personajes de la talla de Solón, uno de los Siete
Sabios, a Melampo, un experto en el arte de la adivinación, o al
filósofo Pitágoras. Por tanto, antes del s. V a. C., nada
nos hace suponer que el término sofista tuviera las connotaciones
peyorativas que más tarde adquirió.
Durante mucho tiempo se culpó
a Sócrates y a Platón de haber degradado este vocablo, pero
no podemos olvidar que fueron los mismos sofistas los que contribuyeron
a que la gente se forjara una mala imagen de ellos. Los sofistas eran unos
extranjeros que se introdujeron en las grandes ciudades griegas atrayendo
a la juventud más brillante y desviándola de las enseñanzas
tradicionales con su amplio programa educativo con el que pretendían
vulgarizar el saber, y a todo esto se unía el hecho de que cobraran
dinero a cambio de sus enseñanzas. Por todas estas cosas, los sofistas
fueron los primeros en degradar su propia profesión.
Aristófanes nos los presenta
como unos vampiros que carecen de todo sentido ético y son capaces
de enseñar, con tal de que se les pague, el modo de ganar no sólo
las buenas causas, sino, lo que es peor, también las malas. De otra
parte enerva al comediógrafo el hecho de que los sofistas van en
contra de los valores tradicionales del valor, prudencia y justicia, y
la adhesión a sus doctrinas produce resultados catastróficos.
Tucídides tampoco tiene buena
opinión de ellos y Jenofonte les reprocha el hecho de que cobraran
dinero a cambio de sus enseñanzas. En De la caza 13, 1-9
nos presenta a los sofistas como corruptores de la juventud, pues intentan
desviarla del recto camino de la virtud. También los acusa de no
ser verdaderos sabios, sino eruditos recopiladores, según se desprende
de Recuerdos de Sócrates IV 2,1.
Para Platón son unos intrusos
que quieren acabar con la educación tradicional ateniense, son cazadores
que van tras las huellas de los jóvenes ricos para manejarlos a
su antojo y sacarles el dinero. El sofista es, para Platón, igual
que el comerciante charlatán que alaba sus mercancías para
venderlas de cualquier modo, sin saber qué es lo que en realidad
está vendiendo. Son sabios en apariencia y, por tanto, se oponen
al verdadero filósofo, que actúa dialécticamente con
razonamientos apoyados en el ser.
Isócrates distingue dos tipos
de sofística: la de los pertenecientes a la época de Sócrates,
para los que tiene palabras de elogio, y la de su época, a los que
critica presentándolos como individuos de escasa talla intelectual
y cuya meta es el afán de lucro personal.
Aristóteles piensa que son
unos pseudofilósofos que quieren impresionar revistiéndose
de una sabiduría que en realidad no tienen. No obstante, sabe apreciar
los méritos de los sofistas. Así, por ejemplo, se muestra
de acuerdo con Gorgias, que considera las virtudes por separado frente
a los que definen la virtud como un todo, como hacía su maestro
Platón, y admira su ironía basada en desarmar con la risa
la seriedad de sus adversarios y viceversa, y está de acuerdo con
Polo en la importancia de la experiencia como constructora del arte y de
la ciencia.
Resumiendo, pues, podemos decir
que los sofistas no constituyeron nunca una escuela unitaria. Hablamos
de un grupo heterogéneo con puntos en común, como el agnosticismo,
ateísmo, empirismo, relativismo y la crítica de la sociedad
y su cultura. Pero la gente los veía como a unos intrusos que socavaban
con sus doctrinas el orden religioso, moral y político de la polis.
De ahí que el término sofista se cargara de los matices negativos
que han perdurado hasta nuestros días.
LOS SOFISTAS Y LA TRADICIÓN
Como afirma Hegel, el movimiento
sofístico hunde sus raíces en la tradición religiosa,
científica y filosófica de los tiempos más remotos,
según iremos viendo.
La presencia de los sofistas en
los grandes festivales de Olimpia los conecta con la más rancia
tradición de poetas y rapsodas; incluso la indumentaria que utilizaban
Gorgias e Hipias, una túnica de púrpura, recuerda a la de
los antiguos aedos. Se guían por el antiguo ideal homérico
de ser siempre el mejor y superar a los demás en el combate y en
el ágora. Este afán agonístico se convirtió
en una de las características de los sofistas.
Se sirven también de motivos
antiguos para la temática de su obra. Pródico en la Historia
de Heracles utiliza el relato del juicio de Paris y la exhortación
de Hesíodo sobre los dos caminos. Protágoras en Sobre
los dioses se apoya en el mito de Prometeo. En esta misma línea
se encuentran El elogio de Helena y de Palamedes de Gorgias
y El Troyano de Hipias.
Es en Homero y Hesíodo en
donde debemos buscar la conexión más remota de los sofistas.
La narración homérica busca lo verosimilitud, no la
verdad, pues, como afirma Hesíodo, la verdad emana de los dioses,
mientras que la verosimilitud parte de los hombres. De igual manera se
expresa Jenófanes al enfrentar el conocimiento divino a la opinión
humana.
Por otra parte, el germen filosófico
de los sofistas lo encontramos en los presocráticos. Jenófanes,
por ejemplo, identifica el bienestar de la comunidad estatal con la unión
de las fuerzas espirituales y políticas. Heráclito hace del
saber el fundamento de la ley. Anaxágoras introduce en la cosmogonía
una tendencia antropocéntrica, e incluso a Demócrito le es
difícil dejar de lado al hombre y su mundo moral.
Otro punto de conexión entre
sofistas y presocráticos es el cosmopolitismo. Tanto los presocráticos
como los sofistas son incansables viajeros que recorren el mundo
entonces conocido, movidos por sus ansias de saber, y esto se refleja en
la bella máxima de Demócrito de que "toda la tierra es accesible
para el hombre sabio, pues la patria del alma buena es todo el universo."
Como señala Dodds, en
Los griegos y lo irracional, la Jonia del s. VI a. C. fue la
cuna de la Ilustración ampliamente desarrollada por los sofistas.
Fue Hecateo de Mileto el primero que encontró extraña la
mitología griega e intentó racionalizarla, inventando explicaciones
lógicas y coherentes. Jenófanes de Colofón, al igual
que Meliso de Samos, se dedicó a atacar los mitos homéricos
y hesiódicos desde el ángulo de la moral. De Jenófanes
depende también el relativismo religioso al postular que cada pueblo
representa a sus dioses según su propia figura, y los animales,
si tuvieran razón y manos, harían otro tanto.
Esta tendencia tan típica
de la Ilustración la siguen Anaxímenes de Mileto y los propios
pitagóricos situándose en oposición a la mitología,
al igual que Jenófanes y Heráclito de Éfeso, que llega
a burlarse de la catarsis ritual y a negar la validez de la experiencia
onírica.
Así pues, concluímos
este apartado haciendo hincapié en la idea de que los sofistas son
la culminación de un movimiento ilustrado y racionalista que tiene
su punto de partida en los poetas antiguos, continúa con los presocráticos
y se cierra con los pensadores del s. V a. C.
SITUACIÓN HISTÓRICA
Tres acontecimientos históricos
enmarcaron el movimiento sofístico: Las guerras médicas (500-479),
tras las que se consolidó el sistema democrático y, por ende,
la polis como unidad política y social; la creación del imperio
marítimo ateniense (477-425), período en el que Atenas se
convierte en guía y centro de las ciudades confederadas y, por último,
la guerra del Peloponeso (431-404), que supuso la decadencia de los valores
democráticos y de la polis.
La unidad fue la causa de la victoria
de los griegos contra los persas y esta unión se llevó a
cabo sin que unas ciudades se subordinaran a otras, sino participando en
la lucha frente al enemigo común hermanadas en igualdad. Después
de la victoria helena sobre el imperio persa se consolida la democracia
y la política no es labor exclusiva de unos pocos, sino tarea común
de todos. El poder estatal no cercena la actuación de los ciudadanos,
sino que más bien la respeta y estimula. El ejército no es
profesional, sino que se organiza ante los riesgos que pueda correr la
polis, que se reserva el derecho de someter a examen a todos los cargos
públicos.
Sin embargo, esta igualdad no duró
mucho tiempo y Atenas se pone a la cabeza de la confederación de
Delos. Por aquel entonces, Atenas era una ciudad poderosa y había
extendido sus dominios hasta las Termópilas, las obras de los largos
muros se habían concluído y la marina ateniense tenía
el dominio total del mar.
Pericles, organizador de la democracia
ateniense, adopta las siguientes medidas: limita las atribuciones del Areópago;
extiende el arcontado a un mayor número de clases sociales; sustituye
las elecciones por el sistema del sorteo de los miembros del Consejo y
magistrados, y, por último, crea un sistema de dietas, que parece
que empezó a funcionar a partir del año 461, en que los jueces
cobraban dos óbolos por cabeza y día de sesión.
Pericles es también el inventor
de la Hacienda pública, pero no creó ningún
impuesto directo, sino que se apoyó en dos requisitos básicos:
no abusar del contribuyente y subvenir a los gastos indispensables. Sus
sucesores, en cambio, se alejaron de esta política, aumentaron el
tributo y cargaron a los ciudadanos con los impuestos directos.
Si bien Pericles era un hombre honrado
y mantuvo una postura intachable hasta la hora de su muerte, la política
imperialista puesta en práctica por él se prestaba a todo
tipo de corruptelas y así se explica el hecho de que la dominación
ateniense fuera haciéndose cada vez más despótica.
La isla de Naxos es la primera en sublevarse en el año 465
y más tarde, en el año 465 Tasos siguió su ejemplo
y luego siguieron Eritrea, Mileto y Colofón. Atenas ya no vacilaba
en emplear la fuerza y, de este modo, fue convirtiendo a los aliados en
súbditos.
En esta época para triunfar
en política era imprescindible el conocimiento de la retórica,
que entonces ocupaba el mismo papel que hoy cumplen entre nosotros los
medios de comunicación y la publicidad. Como en la educación
tradicional griega no se enseñaba retórica, había
aquí un hueco que vinieron a rellenar los sofistas, quienes se percataron
enseguida de este fallo de la educación ateniense.
En el marco histórico en
el que se encuadra a los sofistas, se puede establecer dos grupos, como
tan acertadamente ha visto I. Muñoz Valle: el grupo "protagórico"
y el grupo "gorgiano".
El primer grupo actúa en
la época de Pericles y se caracteriza por su optimismo racionalista,
la proclamación de la igualdad natural de todos los hombres, la
identificación de los intereses del individuo con los de la sociedad
y su relativismo. Sus figuras más representativas son Pródico,
Hipias y los filósofos Demócrito y Anaxágoras.
El segundo grupo se encuadra en
la guerra del Peloponeso. Descubre en el hombre el predominio de las facultades
irracionales y se centra en la defensa de los intereses del individuo.
A este grupo pertenecen intelectuales "inmoralistas" como Calicles,
Trasímaco y Critias, entre otros.
En el período de 429-419
en la sociedad se produjo un cambio notable que favoreció el fenómeno
histórico de la sofística, a saber, surgió una nueva
clase social cada vez más influyente formada por comerciantes y
propietarios de industrias artesanales que se habían enriquecido
y, al ser de extracción plebeya, no contaban con el privilegio del
que gozaban los nobles atenienses, tanto del partido democrático
como del oligárquico, de encontrar con facilidad un filósofo
para instruir a sus hijos. Por ello, estos nuevos ricos hubieron de buscarse
profesores particulares para sus hijos. Los sofistas son los hombres que
entendieron esta situación y la aprovecharon en pro de sus intereses.

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