| LOS
SOFISTAS Y LA POLÍTICA
Es más que probable que los
sofistas hubieran meditado sobre las constituciones y las leyes vigentes
de la época y se hubieran ocupado de examinar los pros y los contras
de los distintos regímenes políticos. No es, pues, de extrañar
que, aun sin militar en ningún partido, recibieran encargos políticos,
como, por ejemplo, embajadas. Gorgias fue enviado por su ciudad natal,
Leontinos, a Atenas en misión diplomática en el año
427; de igual manera, Pródico sirvió a Ceos ante la Asamblea
de Atenas; Élide encargó a Hipias misiones diplomáticas
en Esparta y Protágoras redactó la constitución de
la ciudad de Turios.
Los presocráticos también
se habían ocupado de la política y del valor de las leyes.
Empédocles, de tendencia democrática y popular, pensaba que
las leyes son válidas para todos. Heráclito, considerado
un espíritu aristocrático, subraya el carácter divino
de la ley y piensa que el pueblo debe combatir por ella más que
por los muros de su ciudad. Demócrito, un demócrata convencido,
prefiere la pobreza en democracia a la llamada felicidad proveniente de
un gobierno arbitrario, y afirma que no sólo hay que respetar las
leyes sino también a los gobernantes y propugna la teoría
de la conciliación, según la cual es necesario que los ricos
ayuden a los pobres.
Todo ello entronca con la oposición
phýsis / nómos. El concepto nómos ha perdido,
en el siglo V, con algunas salvedades, el fundamento divino que poseía
en época antigua. Las leyes no son un don de los dioses ni tampoco
bienes absolutos, sino que dependen de cada pueblo particular, sirven
para limitar la libertad individual y están condicionadas por los
hombres.
Los sofistas de la primera generación,
encabezados por Protágoras siguen una tendencia que es defensora
del nomos. En la época de Pericles el optimismo en los valores
de la democracia crea algo similar a lo que se llamará racionalismo
en el período de la Ilustración europea. Frente al pesimismo
hesiódico, los presocráticos habían opuesto un optimismo
basado en la inteligencia humana. La medicina hipocrática ve el
progreso del hombre en el descubrimiento de los alimentos cocinados y en
el hallazgo de las faenas agrícolas. En lo que se refiere a la escena
dramática, Esquilo, Sófocles y Eurípides consideran
que es el propio hombre quien avanza por la senda del progreso, sin ayuda
de ningún benefactor divino.
Según refleja Protágoras
en el mito de Prometeo, el hombre está capacitado por naturaleza
para el respeto y la justicia, y el castigo para los transgresores de estas
normas, que son indispensables para la vida dentro de la ciudad, se concibe
como la recuperación del orden, tal como los médicos ayudan
al enfermo a recuperar el orden natural perdido. Todos los ciudadanos tienen
la obligación de adquirir la virtud política, si se quiere
que la comunidad subsista.
Licofrón sigue a Protágoras,
pues, según nos transmite Aristóteles, está de acuerdo
con la idea de que la comunidad política es una mera alianza y las
leyes un pacto entre los ciudadanos.
La segunda generación de
sofistas, criados en plena guerra del Peloponeso, el extremismo democrático,
el desastre económico y los resentimientos de clase, sigue una tendencia
antinómica que pretende sustituir la autoridad de la ley por el
modelo que suponía el imperio de la naturaleza. Dentro de ellos
podemos establecer dos posturas antagónicas: la que defiende el
derecho natural del fuerte y otra que se basa en la defensa de los más
débiles.
La primera postura está defendida
por la escuela de Gorgias,como vio Platón en el diálogo que
lleva su nombre. Polo y Calicles no son otra cosa que la consecuencia directa
del programa de Gorgias que se apoyaba en la búsqueda del placer
y del poder y, por tanto, en un hedonismo individualista, que llevado a
su extremo no podía conducir más que a la anarquía,
a la guerra civil y al empleo de la fuerza bruta.
A la cabeza del segundo grupo figura
Antifonte, defensor de la phýsis y partidario de no hacer
ni sufrir injusticia. Hay que respetar las leyes siempre que haya testigos
de nuestros actos, pero, cuando no los haya, debemos seguir los impulsos
de la naturaleza. Por esto, si quebrantamos la ley sin ser descubiertos,
no sufrimos castigo alguno; sin embargo, si transgredimos los dictados
naturales, nos buscamos algo pernicioso.
Una postura intermedia es la adoptada
por Hipias, que, a pesar de ser un demócrata convencido, sostenía
que la ley es el tirano de todos y nos fuerza a muchas cosas en contra
de la naturaleza. Por esto mismo, se muestra defensor de las leyes no escritas,
puesto que estas no son relativas y tienen un carácter universal.
LOS SOFISTAS Y LA ÉTICA.
Heráclito fue el primer filósofo
griego que bosquejó una ética filosófica de un modo
serio, al responsabilizar al hombre de sus propios actos. Los escritores
del Corpus hippocraticum, por su parte, fueron los que más
hincapié hicieron en la idea de que lo bueno y lo malo son relativos
dentro del marco del individuo.
Para Sócrates y para Platón
los dioses son los que fundamentan la moral. Frente a esta postura, los
sofistas eliminan a los dioses de sus escritos y defienden la idea de que
la base de la moral se encuentra en el hombre. Protágoras pone como
ejemplo más sublime de virtud no a un dios, sino a un hombre, Pericles.
Trasímaco constata con amargura el abandono en que los dioses tienen
a los mortales.
Por otra parte, Sócrates
es el iniciador del ascetismo filosófico y, en cierto modo, anticipa,
con su desprecio de las cosas hermosas y con su ética condicionada,
el cristianismo. En este sentido, el único sofista que recuerda
a Sócrates con su ascetismo filosófico es Pródico.
Los demás son personas que aman la vida y admiran las cosas hermosas
que hay en ella: a Hipias le interesan las cosas buenas que tiene la existencia
humana y Antifonte le echa en cara a Sócrates que no sabe sacarle
partido a la vida, por cuya causa vive tan miserablemente.
El detractor más serio de
los sofistas fue, sin duda, Platón, y es que este filósofo
no estaba de acuerdo con la idea de moralidad de los sofistas, una moralidad
basada en el concepto de la utilidad. Protágoras se limita a enseñar
a los hombres la política, un arte útil para saber administrar
sus bienes y los asuntos de la ciudad. Pródico afirma que si alguien
quiere recibir honores tanto de la ciudad como de los particulares, tiene
que serles útiles a ambos en una evidente relación de do
ut des. Tan acendrado debió ser el concepto de lo útil para
los sofistas que Jenofonte en su obra Recuerdos de Sócrates,
se esfuerza por dejar bien claro que su maestro fue siempre el más
útil de los hombres.
Aunque la animadversión de
Platón por los sofistas es evidente, sin embargo, no nos los presenta
como hombres depravados, sino más bien poseedores de un gran sentido
ético. Protágoras es una persona honrada, preocupada incluso
por una ética profesional, Gorgias es un hombre amable, con un envidiable
buen humor y una honradez tal que fue merecedor de que se le erigiese una
estatua de oro en el santuario de Delfos.
CIENCIA, RELIGIÓN Y SOFÍSTICA
La religión griega siempre
se caracterizó y se diferenció de otras religiones por su
carencia de dogmas y de un clero encargado de velar por ellas y por su
espíritu liberal que permitía adoptar nuevos cultos, dioses
y ritos, siempre y cuando no se pusiese en duda la existencia de los propios
dioses, que eran los garantes del orden y del sistema democrático
establecido en la ciudad. De ahí que los especuladores de los fenómenos
celestes y los físicos no fueran nunca bien recibidos por el vulgo
y por las clases conservadoras, pues sus teorías socavaban, a veces
sin pretenderlo, los cimientos en los que se basaba el orden religioso
y político de la ciudad.
Desde un punto de vista científico,
los sofistas son seguidores de los filósofos de la naturaleza como
Anaxágoras y Demócrito y se sitúan, por tanto, en
el empirismo y el escepticismo. Un ejemplo de la afición que los
sofistas sentían por las ciencias empíricas lo tenemos en
Protágoras, que atacaba a las matemáticas por versar sobre
abstracciones, en tanto que alababa a la medicina y a la agricultura, comparándolas
incluso a la educación.
Las creencias de los sofistas sobre
los dioses fueron objeto de reprobación por parte de los habitantes
de Atenas e incluso personas influyentes de la época como la propia
mujer de Pericles, Aspasia, el filósofo Anaxágoras, el escultor
Fidias, Protágoras e incluso Sócrates fueron objeto de acusaciones
de impiedad por negar la existencia de los dioses y por estudiar los fenómenos
celestes.
El agnosticismo de Protágoras
debe relacionarse con su teoría del conocimiento basada en los sentidos.
El sofista de Ábdera eliminó a los dioses de todos sus discursos
y escritos porque no tenía ninguna prueba de su existencia. Pródico,
por su parte, arranca de la idea de que los primeros dioses eran cosas
naturales que fueron elevadas a la categoría de dioses posteriormente,
merced a los beneficios dispensados al hombre. Así, por ejemplo,
Afrodita equivaldría tanto a una diosa como al trato sexual.
Demócrito arranca de
las mismas bases materialistas de Anaxágoras y ubica la fe en los
dioses en el miedo que producían a los hombres primitivos los fenómenos
naturales, como los rayos, tormentas y relámpagos. Demócrito
creía que somos nosotros mismos los que nos procuramos los males
y no los dioses, por lo que Jaeger afirma que el de Ábdera más
que negar la existencia de los dioses, lo que hace es relegarlos al plano
psicológico.
Critias, y curiosamente también
Isócrates, piensan que la religión es un invento político
y este hallazgo es muy positivo para la humanidad, porque el temor de los
hombres a los dioses hace que se abstengan de cometer actos injustos.
Trasímaco negaba la providencia
de los dioses, amparándose en que, de otro modo, se cuidarían
del bien mayor para los hombres, la justicia.
Los sofistas, en general, como vio
Platón, parten de la idea de que los dioses no existen en la naturaleza,
sino sólo en nuestros convencionalismos y, por lo tanto, no tienen
providencia en los asuntos humanos. Esto influye en que los malvados actúen
en esta vida a su antojo.
Todo esto no quiere decir que los
sofistas desdeñaran la religión por completo; muy al contrario,
un pensador como Protágoras, al igual que Tucídides y Eurípides,
creía que la religión es un producto cultural humano que
nos distingue de las bestias.

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