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LOS SOFISTAS. 3
Avalado por la Sociedad Española de Estudios Clásicos
Francisco Martín García
Catedrático de Filología Griega
Universidad de Castilla-La Mancha
ISBN-84-9714-085-0
 

LOS SOFISTAS Y LA POLÍTICA

 Es más que probable que los sofistas hubieran meditado sobre las constituciones y las leyes vigentes de la época y se hubieran ocupado de examinar los pros y los contras de los distintos regímenes políticos. No es, pues, de extrañar que, aun sin militar en ningún partido, recibieran encargos políticos, como, por ejemplo, embajadas. Gorgias fue enviado por su ciudad natal, Leontinos, a Atenas en misión diplomática en el año 427; de igual manera, Pródico sirvió a Ceos ante la Asamblea de Atenas; Élide encargó a Hipias misiones diplomáticas en Esparta y Protágoras redactó la constitución de la ciudad de Turios.

 Los presocráticos también se habían ocupado de la política y del valor de las leyes. Empédocles, de tendencia democrática y popular, pensaba que las leyes son válidas para todos. Heráclito, considerado un espíritu aristocrático, subraya el carácter divino de la ley y piensa que el pueblo debe combatir por ella más que por los muros de su ciudad. Demócrito, un demócrata convencido, prefiere la pobreza en democracia a la llamada felicidad proveniente de un gobierno arbitrario, y afirma que no sólo hay que respetar las leyes sino también a los gobernantes y propugna la teoría de la conciliación, según la cual es necesario que los ricos ayuden a los pobres.

 Todo ello entronca con la oposición phýsis / nómos. El concepto nómos ha perdido, en el siglo V, con algunas salvedades, el fundamento divino que poseía en época antigua. Las leyes no son un don de los dioses ni tampoco bienes absolutos, sino que dependen de cada pueblo particular,  sirven para limitar la libertad individual y están condicionadas por los hombres.

 Los sofistas de la primera generación, encabezados por Protágoras siguen una tendencia que es defensora del nomos. En la época de Pericles el optimismo en los valores de la democracia crea algo similar a lo que se llamará racionalismo en el período de la Ilustración europea. Frente al pesimismo hesiódico, los presocráticos habían opuesto un optimismo basado en la inteligencia humana. La medicina hipocrática ve el progreso del hombre en el descubrimiento de los alimentos cocinados y en el hallazgo de las faenas agrícolas. En lo que se refiere a la escena dramática, Esquilo, Sófocles y Eurípides consideran que es el propio hombre quien avanza por la senda del progreso, sin ayuda de ningún benefactor divino.

 Según refleja Protágoras en el mito de Prometeo, el hombre está capacitado por naturaleza para el respeto y la justicia, y el castigo para los transgresores de estas normas, que son indispensables para la vida dentro de la ciudad, se concibe como la recuperación del orden, tal como los médicos ayudan al enfermo a recuperar el orden natural perdido. Todos los ciudadanos tienen la obligación de adquirir la virtud política, si se quiere que la comunidad subsista.

 Licofrón sigue a Protágoras, pues, según nos transmite Aristóteles, está de acuerdo con la idea de que la comunidad política es una mera alianza y las leyes un pacto entre los ciudadanos.

 La segunda generación de sofistas, criados en plena guerra del Peloponeso, el extremismo democrático, el desastre económico y los resentimientos de clase, sigue una tendencia antinómica que pretende sustituir la autoridad de la ley por el modelo que suponía el imperio de la naturaleza. Dentro de ellos podemos establecer dos posturas antagónicas: la que defiende el derecho natural del fuerte y otra que se basa en la defensa de los más débiles. 

 La primera postura está defendida por la escuela de Gorgias,como vio Platón en el diálogo que lleva su nombre. Polo y Calicles no son otra cosa que la consecuencia directa del programa de Gorgias que se apoyaba en la búsqueda del placer y del poder y, por tanto, en un hedonismo individualista, que llevado a su extremo no podía conducir más que a la anarquía, a la guerra civil y al empleo de la fuerza bruta.

 A la cabeza del segundo grupo figura Antifonte, defensor de la phýsis y partidario de no hacer ni sufrir injusticia. Hay que respetar las leyes siempre que haya testigos de nuestros actos, pero, cuando no los haya, debemos seguir los impulsos de la naturaleza. Por esto, si quebrantamos la ley sin ser descubiertos, no sufrimos castigo alguno; sin embargo, si transgredimos los dictados naturales, nos buscamos algo pernicioso.

 Una postura intermedia es la adoptada por Hipias, que, a pesar de ser un demócrata convencido, sostenía que la ley es el tirano de todos y nos fuerza a muchas cosas en contra de la naturaleza. Por esto mismo, se muestra defensor de las leyes no escritas, puesto que estas no son relativas y tienen un carácter universal.

LOS SOFISTAS Y LA ÉTICA.

 Heráclito fue el primer filósofo griego que bosquejó una ética filosófica de un modo serio, al responsabilizar al hombre de sus propios actos. Los escritores del Corpus hippocraticum, por su parte, fueron los que más hincapié hicieron en la idea de que lo bueno y lo malo son relativos dentro del marco del individuo.

 Para Sócrates y para Platón los dioses son los que fundamentan la moral. Frente a esta postura, los sofistas eliminan a los dioses de sus escritos y defienden la idea de que la base de la moral se encuentra en el hombre. Protágoras pone como ejemplo más sublime de virtud no a un dios, sino a un hombre, Pericles. Trasímaco constata con amargura el abandono en que los dioses tienen a los mortales.

 Por otra parte, Sócrates es el iniciador del ascetismo filosófico y, en cierto modo, anticipa, con su desprecio de las cosas hermosas y con su ética condicionada, el cristianismo. En este sentido, el único sofista que recuerda a Sócrates con su ascetismo filosófico es Pródico. Los demás son personas que aman la vida y admiran las cosas hermosas que hay en ella: a Hipias le interesan las cosas buenas que tiene la existencia humana y Antifonte le echa en cara a Sócrates que no sabe sacarle partido a la vida, por cuya causa vive tan miserablemente.

 El detractor más serio de los sofistas fue, sin duda, Platón, y es que este filósofo no estaba de acuerdo con la idea de moralidad de los sofistas, una moralidad basada en el concepto de la utilidad. Protágoras se limita a enseñar a los hombres la política, un arte útil para saber administrar sus bienes y los asuntos de la ciudad. Pródico afirma que si alguien quiere recibir honores tanto de la ciudad como de los particulares, tiene que serles útiles a ambos en una evidente relación de do ut des. Tan acendrado debió ser el concepto de lo útil para los sofistas que Jenofonte en su obra Recuerdos de Sócrates, se esfuerza por dejar bien claro que su maestro fue siempre el más útil de los hombres.

 Aunque la animadversión de Platón por los sofistas es evidente, sin embargo, no nos los presenta como hombres depravados, sino más bien poseedores de un gran sentido ético. Protágoras es una persona honrada, preocupada incluso por una ética profesional, Gorgias es un hombre amable, con un envidiable buen humor y una honradez tal que fue merecedor de que se le erigiese una estatua de oro en el santuario de Delfos.

 CIENCIA, RELIGIÓN Y SOFÍSTICA

 La religión griega siempre se caracterizó y se diferenció de otras religiones por su carencia de dogmas y de un clero encargado de velar por ellas y por su espíritu liberal que permitía adoptar nuevos cultos, dioses y ritos, siempre y cuando no se pusiese en duda la existencia de los propios dioses, que eran los garantes del orden y del sistema democrático establecido en la ciudad. De ahí que los especuladores de los fenómenos celestes y los físicos no fueran nunca bien recibidos por el vulgo y por las clases conservadoras, pues sus teorías socavaban, a veces sin pretenderlo, los cimientos en los que se basaba el orden religioso y político de la ciudad.

 Desde un punto de vista científico, los sofistas son seguidores de los filósofos de la naturaleza como Anaxágoras y Demócrito y se sitúan, por tanto, en el empirismo y el escepticismo. Un ejemplo de la afición que los sofistas sentían por las ciencias empíricas lo tenemos en Protágoras, que atacaba a las matemáticas por versar sobre abstracciones, en tanto que alababa a la medicina y a la agricultura, comparándolas incluso a la educación.

 Las creencias de los sofistas sobre los dioses fueron objeto de reprobación por parte de los habitantes de Atenas e incluso personas influyentes de la época como la propia mujer de Pericles, Aspasia, el filósofo Anaxágoras, el escultor Fidias, Protágoras e incluso Sócrates fueron objeto de acusaciones de impiedad por negar la existencia de los dioses y por estudiar los fenómenos celestes.

 El agnosticismo de Protágoras debe relacionarse con su teoría del conocimiento basada en los sentidos. El sofista de Ábdera eliminó a los dioses de todos sus discursos y escritos porque no tenía ninguna prueba de su existencia. Pródico, por su parte, arranca de la idea de que los primeros dioses eran cosas naturales que fueron elevadas a la categoría de dioses posteriormente, merced a los beneficios dispensados al hombre. Así, por ejemplo, Afrodita  equivaldría tanto a una diosa como al trato sexual. 

 Demócrito  arranca de las mismas bases materialistas de Anaxágoras y ubica la fe en los dioses en el miedo que producían a los hombres primitivos los fenómenos naturales, como los rayos, tormentas y relámpagos. Demócrito creía que somos nosotros mismos los que nos procuramos los males y no los dioses, por lo que Jaeger afirma que el de Ábdera más que negar la existencia de los dioses, lo que hace es relegarlos al plano psicológico.

 Critias, y curiosamente también Isócrates, piensan que la religión es un invento político y este hallazgo es muy positivo para la humanidad, porque el temor de los hombres a los dioses hace que se abstengan de cometer actos injustos.

 Trasímaco negaba la providencia de los dioses, amparándose en que, de otro modo, se cuidarían del bien mayor para los hombres, la justicia.

 Los sofistas, en general, como vio Platón, parten de la idea de que los dioses no existen en la naturaleza, sino sólo en nuestros convencionalismos y, por lo tanto, no tienen providencia en los asuntos humanos. Esto influye en que los malvados actúen en esta vida a su antojo.

 Todo esto no quiere decir que los sofistas desdeñaran la religión por completo; muy al contrario, un pensador como Protágoras, al igual que Tucídides y Eurípides, creía que la religión es un producto cultural humano que nos distingue de las bestias.