| a-
La ideología de la religión romana.
Si el acercamiento al estudio de la religión
en cualquier tiempo y civilización se presenta como una difícil
tarea, intentar investigar sobre ella en una cultura como la romana en
la que está presente en todos los aspectos de la vida, puede parecer
un tema excesivamente amplio y complejo. Cuando hoy en día un profano
se intenta acercar a la religión romana se encuentra en primer lugar
con una muralla de tópicos que oscurecen e infravaloran el hecho
religioso romano. Frente a la religión griega, brillante, mítica,
mística, trágica, extática, la religión romana
es pintada, incluso por los estudiosos dedicados a esta materia, como una
serie monótona de repeticiones cultuales, sin mitos, opaca. Frente
a las religiones orientales, mistéricas, cósmicas, universales,
la religión romana aparece como un ente vacío, sin contenidos
ni ideología. ¿Qué se puede hacer entonces?
Una vez negada toda ideología no
nos queda más que un estudio minucioso de los restos conservados
para intentar establecer con el mayor rigor posible la descripción
de los distintos cultos y ceremonias. Pero ¿podemos aceptar que
nada subyace bajo ese entramado de rituales? ¿Se puede creer que
los romanos carecían de toda ideología religiosa? Es cierto
que carecen de mitología, de un corpus doctrinal y moral tal y como
lo entendemos en la actualidad, pero, de alguna manera, los ritos a los
que dan tanta importancia tienen que condicionar o al menos influir en
su concepción del mundo y de las relaciones con la divinidad. A
diferencia de otras religiones, en Roma los ritos no vienen determinados
por una fe o una emoción, sino que son los cultos los que provocan
tal emoción (1). No nos ha de importar tanto cómo
conciben a los dioses, sino cómo interpretan sus relaciones con
ellos, porque ésa es su religión, su concepto de la religiosidad.
Evidentemente, una investigación
exhaustiva de todos y cada uno de los aspectos del problema de la relación
hombre/divinidad desbordaría los límites cualquier trabajo
que intente alcanzar un mínimo de coherencia y un tratamiento en
profundidad. Pero vamos a intentar aproximarnos en lo posible a la visión
que de la religión romana tenían los propios protagonistas:
los romanos.
Quizás la mejor forma de enfocar
un estudio de religión romana es decir qué no es la religión
romana. Puede parecer sorprendente este comienzo, pero los estudios sobre
el tema han estado marcados, en general y durante mucho tiempo, por una
serie de lugares comunes que han restringido y definido su desarrollo.
Por una parte, nuestra propia visión
de lo que el hecho religioso significa actualmente condiciona el acercamiento
al problema. Los modos de pensamiento occidental presentan en muchos casos
posiciones religiocéntricas, e incluso etnocéntricas, inveteradas
que condicionan y limitan las formas de estudio de otras religiones, puesto
que en muchos casos carecen de una actitud respetuosa hacia el objeto de
estudio. Las llamadas 'grandes religiones' de la actualidad se ocupan del
individuo, establecen un amplio cuerpo dogmático y una serie de
normas morales en las que el fiel ha de creer y debe respetar. J. Ries
define la religión de la siguiente manera: "una religión
no se limita a un conjunto de doctrinas con el complemento de una
multitud de ritos y de prácticas. Una religión preconiza
una concepción del mundo, de la divinidad, del hombre, concepción
que se expresa en un corpus doctrinal y moral e influye en el plano
de lo vivido" (2). Pero esta visión actual del hecho y del
sentimiento religioso difiere radicalmente de la que los romanos tenían
de su propia religión, carente de ética y de metafísica,
en la que el ritual prima sobre cualquier otro aspecto: la religión,
esencialmente práctica, se define como el culto a los dioses (3).
Otro de los tópicos con los que
habrá que enfrentarse es la generalización tradicional y
cómoda que considera a la religión romana como un mero calco
de la griega, con ciertas modificaciones debidas a las influencias etruscas
y orientales. Es cierto que entre ambas hay analogías, pero no podemos
hablar de una identificación. Sin embargo, constantemente se nos
presentan juntas, como si fueran caras de una misma realidad y se habla
de la “religiones clásicas”, explicando con pormenores las características
de la mitología griega y haciendo una simple referencia a los nombres
que tenían en Roma los dioses griegos, como si se tratase de una
misma realidad con diversas denominaciones. Prueba de esta simplificación
son los denodados esfuerzos de algunos investigadores, por intentar determinar
qué hay de original en la religión romana. La búsqueda
de la originalidad ha llevado a los estudiosos a límites insospechados:
F. Altheim(4) afirma que la religión romana, tal y
como la conocemos, no es más que el resultado de la combinación
de elementos etruscos, helénicos y orientales. G. Wissowa (5)
estableció un límite temporal: La religión romana
fue original hasta el siglo III a.C., pero posteriormente quedó
abierta a todo tipo de influencias externas. También K. Latte (6)
se esforzó en establecer el legado original de Roma.
Estos posicionamientos han dado lugar
a dos visiones enfrentadas: para algunos, la religión romana no
es más que una adaptación de la griega, con ciertas variaciones
debidas a las influencias etruscas y orientales. Para otros, lo único
importante es determinar qué hay de original y peculiar, y por ello
se sumergen en hipótesis descriptivas o interpretativas de valor
relativo en tanto en cuanto no contamos con testimonios escritos directos
de las primeras épocas. Ambas posturas han aportado luz a algunos
aspectos oscuros de la religión: la descripción minuciosa
de ritos, divinidades y demás hechos religiosos han de ser un punto
de partida ineludible para cualquier estudio; la comprensión de
las influencias, su datación y su importancia, esclarecen aspectos
esenciales en la comprensión de la estructura religiosa del mundo
romano, pero no han logrado dar una visión totalizadora de los que
era la religión romana como sistema en la época republicana
No podemos negar la influencia etrusca
sobre algunos aspectos de la religión romana, como la auguratio,
el examen de las vísceras de las víctimas de los sacrificios
o los Libros Sibilinos, ni tampoco la influencia griega. Pero, en su concepción
primigenia, la religión romana difiere radicalmente de la griega:
1- La religión romana es fundamentalmente
sacerdotal:
los sacerdotes serán en Roma los árbitros de la religión.
En Grecia, sin embargo, la mayoría son ciudadanos electos anualmente
los que se ocupan de tales tareas.
2- La religión romana no sólo
no es iniciática, ni mística ni extática como la griega,
sino que incluso rechaza estos elementos dentro de la religión,
considerándolos propios de la superstición. Basta recordar
la represión de las Bacanales en el 186 a.C. y la prohibición
de que los ciudadanos romanos formasen parte del grupo de los Galli,
sacerdotes de Cibeles.
3- La religión romana carece del
carácter mántico, propio de la griega. Los pocos atisbos
que podemos encontrar son tardíos y se deben claramente a influencias
procedentes de la Magna Grecia y de Etruria. En algunos casos se llegó
incluso a la persecución abierta, como en el caso de los llamados
Libros de Numa. Se consulta a los dioses para intentar conocer su aceptación
o no de los actos que se van a emprender, nunca para obtener respuestas
diferentes a una aceptación o rechazo.
4- La religión romana carece del
carácter agonístico de la religión griega. Los Juegos
Romanos –en su mayoría de procedencia etrusca- difieren ontológicamente
de los Juegos helénicos.
5- La religión romana carece de
mitología. Y este aspecto es el que más decepciona al profano
que se acerca al estudio de la religión romana. Bien es cierto que
los romanos conocieron a la perfección los mitos griegos, pero eran
estos un mero divertimento literario. Ovidio, por ejemplo, nos ha transmitido
muchas de las narraciones helénicas, pero esto no quiere decir que
fuesen parte de la ideología religiosa del hombre romano del momento.
Porque los romanos transformaron la visión mitológica en
una concepción histórica.
Es difícilmente comprensible la
causa de la identificación ideológica, cuando es un hecho
probado y admitido que, aunque ambas lenguas derivan de un tronco común
-el llamado indoeuropeo- pertenecen a dos ramas distintas, lo que supone
una serie de diferencias importantes (y a nadie se le ocurriría
identificar los hechos lingüísticos, a pesar de los numerosos
préstamos léxicos e incluso sintácticos que el latín
tomó del griego). En la época en que los estudios religiosos
se centraron sobre los diversos aspectos mitológicos de la cultura
clásica, la comparación entre ambas religiones dio lugar
a un cierto sentimiento de desprecio, patente incluso en investigadores
dedicados a la religión romana.(7) Es innegable que
ambas culturas provienen de un tronco común -aunque de distintas
ramas- y que su proximidad espacio-temporal, su continuo contacto con los
habitantes de la Magna Grecia ha favorecido sus relaciones, a la par que
sus relaciones con los etruscos -no indoeuropeos- han modelado algunos
aspectos.
Una vez que se ha puesto freno a los errores
de abuso y se han establecido los hechos con rigor, es necesario volver
a la comparación. Autores como A. Meillet, en su "La religión
indo-européenne", de su obra Linguistique historique et linguistique
générale, de 1912 o J. Vendryes, en "Les correspondences
de vocabulaire entre l'indo-iranien et l'italo-celtique" de 1918, cotejaron
el vocabulario de las lenguas indoeuropeas y encontraron elementos en algunas
de ellas que les llevaron a pensar en la existencia de un pensamiento religioso
común. Los mayores hallazgos vinieron de la mano de G. Dumézil,
que recoge la documentación arqueológica y epigráfica
de Latte pero que da un paso más al aplicar la comparación
a gran escala, tanto con elementos lingüísticos como institucionales
para intentar comprender y explicar la religión romana no como un
elenco de hechos y ritos aislados sino como un todo estructurado en el
que cada elemento cobra forma y significado por su relación y oposición
a otros elementos del sistema. G. Dumézil parte de la base de que
toda religión es un sistema coherente, por lo que el primer paso
para su estudio ha de ser desentrañar la estructura en la que se
asienta, y estudiar no sus elementos sino sus relaciones (8). Conoce,
puesto que fue discípulo de A. Meillet, los datos aportados por
las comparaciones lingüísticas, pero llega más allá,
al considerar que no es posible la subsistencia de un vocabulario religioso
sin la subsistencia de fragmentos del sistema de pensamiento que, a su
vez, se explican por la pervivencia de instituciones. Gracias a sus estudios
comparativos hace una interpretación de la religión romana
a la luz del comparativismo indoeuropeo, aunando y reconciliando así
las dos tendencias anteriores: no rechaza los hechos y su descripción,
pero integra los datos en un sistema organizativo; no refuta el método
comparativo, pero acota los ámbitos de comparación. Habla
así de una organización trifuncional, con el particular sentido
que el investigador da a ‘función’: partiendo del estudio de la
arcaica tríada romana Iuppiter-Mars-Quirinus, (anterior a
Iuppiter-Iuno-Minerva), presente también en Iguvio, y no
encontrando justificación étnica, topográfica o histórica
que la pueda elucidar, esboza una hipótesis explicativa, según
la cual esta tripartición se debe a una estructura teológica,
a una concepción religiosa en tres niveles, a los que denomina ‘funciones’.
Señala otras pervivencias de esta organización tripartita
y de la teología de las tres funciones en otras culturas de origen
indoeuropeo y en Roma, dando pruebas de la existencia de dioses personales
jerarquizados desde sus primeros momentos. El estudio sistemático
de los diversos aspectos revela estructuras homólogas en áreas
distintas del mundo indoeuropeo: Romulus/Numa es equiparable a Varuna/Mitra
de la India; Cocles/Scaevola a Odin/Tir escandinavo. La tríada
arcaica no se puede deber a un agrupamiento azaroso o tardío, puesto
que se reencuentra en estructuras sacerdotales - como el triple flamonium-
e instituciones cultuales -como el triple culto que tiene lugar en la Regia
o las tres ocasiones en las que se entregaron los spolia opima(9)-.
La trifuncionalidad se soporta sobre una ideología, llamada por
Dumézil ‘ideología de las tres funciones’, que con variaciones
y matices se conserva en las distintas culturas indoeuropeas. En realidad,
es una visión cosmológica según la cual los principales
elementos del mundo y de la cultura y sociedad se organizan en tres dominios
armoniosamente solidarios: el poder, en todos sus aspectos -expresión
máxima de lo sagrado-; la fuerza física en todas sus manifestaciones,
pero sobre todo en el aspecto bélico; la fecundidad y la prosperidad,
con todas sus condiciones y consecuencias. Refuta así las teorías
evolucionistas y primitivistas y abre un nuevo campo de estudio para el
investigador de las religiones. R. Schilling resume así los logros
de G. Dumézil: "Frente a las opiniones del evolucionismo, se ve
claramente que en Roma hubo desde el principio dioses personales organizados
conforme a una jerarquía de funciones que recuerda una distribución
de funciones similar en la India. En contra de las doctrinas 'primitivistas',
resulta que los romanos heredaron una ideología milenaria que, en
sus manos, sufrió una especie de metamorfosis: en lugar del mito
se puso la historia, de forma que una misma personalidad puede manifestarse
bajo un aspecto divino en otra mitología de inspiración
indoeuropea y en un aspecto humano en la historia de Roma"(10)
.
Pero quizás el logro más
importante de G. Dumézil, en nuestra opinión, es la dignificación
de la religión romana. Gracias a su interpretación, los romanos
dejan de aparecer como autómatas en materia religiosa, capaces de
repetir rituales complicadísimos vacíos de significado pero
que, a la vez, ocupaban todos los aspectos de su vida, o como ‘primitivos’
adoradores de árboles, piedras y similares hasta que sus vecinos
griegos y etruscos les enseñaron alguna idea religiosa algo más
compleja y profunda. Gracias a este autor los ritos y la ideología
histórica romana cobran sentido dentro de un amplio marco, como
es el de las religiones de los pueblos indoeuropeos.
Superados los tópicos que hemos
venido señalando hasta el momento gracias a los trabajos de G. Dumézil,
a pesar de la pertinacia de algunos investigadores, sobre todo alemanes,
que siguen defendiendo el animismo, el primitivismo y el evolucionismo,
los estudios de religión romana cobraron nueva fuerza.

1.Cf. Scheid 1985, 19.
2. Ries 1981 (1989), 11.
3. Cicerón, ND 2,8:...religione, id est cultu deorum,...
4. Altheim 1930, passim.
5.Wissowa 1902 (1912), passim.
6. Latte 1927 y 1960, passim..
7. Baste el ejemplo de J. Bayet, que tras hablar de la
"degradación mítica", exclama con cierta añoranza:
"La religión romana [...] está bien lejos de este estado
de madurez. Apenas contiene mitos mayores (cósmicos o demiúrgicos)
en la forma degradada de la leyenda y muy pocos en forma de cuento [...]
¡Qué contraste con Grecia, con sus cosmogonías...,
sus divinidades demiúrgicas o técnicas..., sus ciclos heroicos
de conquistas colonizadoras, sus tragedias sobre la ocupación del
suelo y el destino humano!”. Bayet 1957 (1984), 55-56.
8.Dumézil 1949, 20, 36, 44 y 64.
9.Según Paulo - Festo 204L, los primeros se ofrendaron
a Júpiter, los segundos a Marte y los terceros a Jano Quirino.
10. Schilling 1969 (1973), 477.
|