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Aspectos formales y organizativos de la religión romana en época republicana.1/4
Carmen Barrio de la Fuente
ISBN- 84-9714-089-3
 

Partiendo de las premisas establecidas, en las que hemos determinado los elementos ideológicos esenciales para la comprensión de la religión romana, pasemos a examinar los aspectos organizativos de esta religión, alguno de los cuales ya han sido apuntados en las páginas anteriores. Las características que hemos ido señalando hasta el momento, determinarán algunos de los aspectos más llamativos de la organización religiosa.

Tradicionalmente se establece una clara distinción entre el culto público y el culto privado. Pero de todo lo dicho hasta ahora podemos colegir que ambas son dos caras de una misma realidad. La religión romana es una religión estatal y el Estado como tal ha surgido de la integración de diversas familias que en ningún caso abandonaron sus propios cultos. Según Fustel de Coulanges (1), la evolución histórica del mundo antiguo estuvo determinada por factores religiosos, que se originan en el núcleo familiar. Por diversos motivos, algunas familias se agrupan, pero no por ello abandonan sus propios cultos, ni su propia organización. Al igual que en el campo del Derecho se establecen unas nuevas normas que regulen las relaciones interfamiliares, pero se mantiene intacto el poder del pater sobre los miembros de su familia, la ciudad crea sus propios cultos, con funciones cohesionadoras análogas a las que los cultos familiares presentan en el núcleo agnaticio. La ciudad no conllevará la eliminación de los derechos y cultos de las familias formadoras, sino la aparición de una estructura estatal suprafamiliar que, en gran medida, reproduce los esquemas domésticos. Una luz clarificadora nos la proporciona el Derecho arcaico, que tan sólo regulará  las relaciones en las que existe un conflicto de intereses entre dos núcleos familiares o un claro atentado contra el status quo de la ciudad. Hemos de partir, en consecuencia, de la estructura del culto familiar para comprender la organización del culto público.

El culto privado.

Ya hemos señalado que la religión romana es básicamente pragmática, su fin último es unir al grupo, bien sea familiar o ciudadano. Por ello, no hemos de identificar –como ya hemos señalado anteriormente- el culto privado con rituales personales, sino grupales (2). Dentro del Estado había pequeñas unidades (asociaciones, barrios, gremios, regimientos...) y cada una de ellas tenía sus propios dioses protectores y cultos, cuya función era reforzar los sentimientos de pertenencia al grupo, el aumento de la solidaridad entre sus miembros y la prosperidad de aquél. El grupo más pequeño dentro de la comunidad era la familia (3).

Cada familia tenía sus propios rituales, en los que actuaba como sacerdote el pater, autoridad máxima de la familia. “La religión nacería en el seno de la familia, giraría en torno a dos ejes básicos estrechamente vinculados entre sí: el fuego del hogar y los difuntos familiares que se sepultaban bajo la misma casa en que vive la familia y a los que se rinde un culto peculiar. Esa religión y ese culto era privativo de la familia, eminentemente doméstico, independiente de cualquier otro culto de una familia distinta.” (4).

Cada familia tiene sus propios sacra. Pero también los tiene cada curia y cada gens

Básicamente, cada familia rinde culto a sus propios dioses, de igual manera que en los cultos oficiales, cumpliendo con regularidad ciertas ceremonias recurrentes, para asegurarse la protección de la divinidad. En situaciones extraordinarias se recurría –como ocurría en el culto público- a rituales especiales. Por lo general, la mayoría de los romanos sentían devoción por algún dios en concreto al que apelaban en caso de hallarse en dificultades -recordemos que Sila llevaba siempre consigo la imagen de Apolo, o la especial devoción que Augusto rendía a Marte- y consultaban a los dioses antes de tomar cualquier decisión importante. Pero además de esos dioses “particulares”, la familia romana adoraba a Manes, Penates y Lares. 

LOS LARES:

 En el atrio o en la habitación principal de las viviendas, se solía colocar una capilla u hornacina – el lararium- en la que eran venerados los Lares, los dioses tutelares del hogar y del fuego, a los que se les rendía culto diariamente,: se cree que por la mañana se realizaba una pequeña oración (5) y se les realizaba pequeña ofrenda de una parte de la comida familiar. Recibían además un culto especial en las calendas, nonas e idus y en los grandes acontecimientos familiares. Una vez al mes, como mínimo, de quemaba incienso y se realizaba una libación de vino en su honor. Originalmente se cree que eran divinidades protectoras de los campos cultivados, venerados en los cruces de las fincas. Se les suele representar como jóvenes, vestidos con una túnica corta, que sujetan en la mano un cuerno lleno de bebida y en la otra una copa. 

  LOS PENATES:

Dioses protectores de la despensa y de la casa. Velaban por el bienestar general de los miembros de la familia: eran los dioses de la intimidad de la casa (su nombre proviene de penus, ‘despensa’, cfr. penetrale ‘el lugar más retirado del domicilio’). Suelen estar asociados a otras divinidades, como con Vesta por su relación con el fuego del hogar. A diferencia de los Lares, frecuentemente representados, el perfil de los Penates familiares es bastante borroso. Son divinidades tutelares cuyo número e identidad precisos eran imprecisos incluso para los antiguos. Cada casa tenía su propio altar y eran venerados en cada comida familiar y en las ocasiones especiales. Se les ofrecía parte de los alimentos, vino, miel incienso y , en circunstancias muy especiales, sangre de los sacrificios familiares. 

LOS MANES:

Se trata de un tipo de culto a los antepasados. Eran los espíritus de los antepasados muertos (parentes), a los que invocaban para captar su benevolencia: el olvido y abandono de su culto podía conllevar que estos espíritus se convirtiesen en influencia nocivas (de hecho su nombre, Manes, significa “los buenos” -cfr. arcaico manus,a,um- bueno  (6)-). Se busca con el culto no tanto la influencia de un determinado miembro de la familia, sino la fuerza que daba coherencia a la familia o clan.  Por ello, al menos una vez al año se ofrecían en las tumbas alimentos, bebidas, flores y otros regalos, además de dedicarles la familia una oración diaria. El recuerdo permanente se aseguraba gracias a las mascarillas de los difuntos, generalmente de cera, que colgaban de las paredes de la casa. Su sentido es vago e impreciso y no es fácil determinar su naturaleza. A veces se les confunde con los Genios. Quizás se deba a la influencia griega su asimilación con los daivmone§, los espíritus de los antepasados, protectores de los miembros de la unidad familiar.  Recibían ofrendas de vino, miel, leche y flores. Pero el descuido del culto, podía provocar en los vivos pesadillas e incluso locura. En su honor se celebraran los Parentales. 

El eufemístico nombre de Manes revela la creencia casi supersticiosa de que no todos los espíritus de los difuntos influyen positivamente sobre los miembros de la familia. Junto al culto positivo dedicado a estos espíritus, el pater familias intentaba proteger a su familia de la influencia de Lemures y Larvae.

Los LEMURES eran espectros malévolos que podían dañar y atormentar a los vivos, por lo que requerían un ritual para mantenerlos alejados de la casa y de sus moradores. Las LARVAS, son los espíritus de los criminales y de aquellos que murieron de una muerte trágica. Producían trastornos mentales a los vivos, que se intentaban contrarrestar con exorcismos dentro del ámbito de la familia, o si era necesario con intervención externa.