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Partiendo de las premisas establecidas, en
las que hemos determinado los elementos ideológicos esenciales para
la comprensión de la religión romana, pasemos a examinar
los aspectos organizativos de esta religión, alguno de los cuales
ya han sido apuntados en las páginas anteriores. Las características
que hemos ido señalando hasta el momento, determinarán algunos
de los aspectos más llamativos de la organización religiosa.
Tradicionalmente se establece una clara
distinción entre el culto público y el culto privado. Pero
de todo lo dicho hasta ahora podemos colegir que ambas son dos caras de
una misma realidad. La religión romana es una religión estatal
y el Estado como tal ha surgido de la integración de diversas familias
que en ningún caso abandonaron sus propios cultos. Según
Fustel de Coulanges (1),
la evolución histórica del mundo antiguo estuvo determinada
por factores religiosos, que se originan en el núcleo familiar.
Por diversos motivos, algunas familias se agrupan, pero no por ello abandonan
sus propios cultos, ni su propia organización. Al igual que en el
campo del Derecho se establecen unas nuevas normas que regulen las relaciones
interfamiliares, pero se mantiene intacto el poder del pater sobre
los miembros de su familia, la ciudad crea sus propios cultos, con funciones
cohesionadoras análogas a las que los cultos familiares presentan
en el núcleo agnaticio. La ciudad no conllevará la eliminación
de los derechos y cultos de las familias formadoras, sino la aparición
de una estructura estatal suprafamiliar que, en gran medida, reproduce
los esquemas domésticos. Una luz clarificadora nos la proporciona
el Derecho arcaico, que tan sólo regulará las relaciones
en las que existe un conflicto de intereses entre dos núcleos familiares
o un claro atentado contra el status quo de la ciudad. Hemos de
partir, en consecuencia, de la estructura del culto familiar para comprender
la organización del culto público.
El culto privado.
Ya hemos señalado que la religión
romana es básicamente pragmática, su fin último es
unir al grupo, bien sea familiar o ciudadano. Por ello, no hemos de identificar
–como ya hemos señalado anteriormente- el culto privado con rituales
personales, sino grupales (2).
Dentro del Estado había pequeñas unidades (asociaciones,
barrios, gremios, regimientos...) y cada una de ellas tenía sus
propios dioses protectores y cultos, cuya función era reforzar los
sentimientos de pertenencia al grupo, el aumento de la solidaridad entre
sus miembros y la prosperidad de aquél. El grupo más pequeño
dentro de la comunidad era la familia (3).
Cada familia tenía sus propios
rituales, en los que actuaba como sacerdote el pater, autoridad
máxima de la familia. “La religión nacería en el seno
de la familia, giraría en torno a dos ejes básicos estrechamente
vinculados entre sí: el fuego del hogar y los difuntos familiares
que se sepultaban bajo la misma casa en que vive la familia y a los que
se rinde un culto peculiar. Esa religión y ese culto era privativo
de la familia, eminentemente doméstico, independiente de cualquier
otro culto de una familia distinta.” (4).
Cada familia tiene sus propios sacra.
Pero también los tiene cada curia y cada gens.
Básicamente, cada familia rinde
culto a sus propios dioses, de igual manera que en los cultos oficiales,
cumpliendo con regularidad ciertas ceremonias recurrentes, para asegurarse
la protección de la divinidad. En situaciones extraordinarias se
recurría –como ocurría en el culto público- a rituales
especiales. Por lo general, la mayoría de los romanos sentían
devoción por algún dios en concreto al que apelaban en caso
de hallarse en dificultades -recordemos que Sila llevaba siempre consigo
la imagen de Apolo, o la especial devoción que Augusto rendía
a Marte- y consultaban a los dioses antes de tomar cualquier decisión
importante. Pero además de esos dioses “particulares”, la familia
romana adoraba a Manes, Penates y Lares.
LOS LARES:
En el atrio o en la habitación
principal de las viviendas, se solía colocar una capilla u hornacina
– el lararium- en la que eran venerados los Lares, los dioses tutelares
del hogar y del fuego, a los que se les rendía culto diariamente,:
se cree que por la mañana se realizaba una pequeña oración
(5)
y se les realizaba pequeña ofrenda de una parte de la comida familiar.
Recibían además un culto especial en las calendas, nonas
e idus y en los grandes acontecimientos familiares. Una vez al mes, como
mínimo, de quemaba incienso y se realizaba una libación de
vino en su honor. Originalmente se cree que eran divinidades protectoras
de los campos cultivados, venerados en los cruces de las fincas. Se les
suele representar como jóvenes, vestidos con una túnica corta,
que sujetan en la mano un cuerno lleno de bebida y en la otra una copa.
LOS PENATES:
Dioses protectores de la despensa y de
la casa. Velaban por el bienestar general de los miembros de la familia:
eran los dioses de la intimidad de la casa (su nombre proviene de penus,
‘despensa’, cfr. penetrale ‘el lugar más retirado del domicilio’).
Suelen estar asociados a otras divinidades, como con Vesta por su relación
con el fuego del hogar. A diferencia de los Lares, frecuentemente representados,
el perfil de los Penates familiares es bastante borroso. Son divinidades
tutelares cuyo número e identidad precisos eran imprecisos incluso
para los antiguos. Cada casa tenía su propio altar y eran venerados
en cada comida familiar y en las ocasiones especiales. Se les ofrecía
parte de los alimentos, vino, miel incienso y , en circunstancias muy especiales,
sangre de los sacrificios familiares.
LOS MANES:
Se trata de un tipo de culto a los antepasados.
Eran los espíritus de los antepasados muertos (parentes),
a los que invocaban para captar su benevolencia: el olvido y abandono de
su culto podía conllevar que estos espíritus se convirtiesen
en influencia nocivas (de hecho su nombre, Manes, significa “los buenos”
-cfr. arcaico manus,a,um- bueno (6)-).
Se busca con el culto no tanto la influencia de un determinado miembro
de la familia, sino la fuerza que daba coherencia a la familia o clan.
Por ello, al menos una vez al año se ofrecían en las tumbas
alimentos, bebidas, flores y otros regalos, además de dedicarles
la familia una oración diaria. El recuerdo permanente se aseguraba
gracias a las mascarillas de los difuntos, generalmente de cera, que colgaban
de las paredes de la casa. Su sentido es vago e impreciso y no es fácil
determinar su naturaleza. A veces se les confunde con los Genios. Quizás
se deba a la influencia griega su asimilación con los daivmone§,
los espíritus de los antepasados, protectores de los miembros de
la unidad familiar. Recibían ofrendas de vino, miel, leche
y flores. Pero el descuido del culto, podía provocar en los vivos
pesadillas e incluso locura. En su honor se celebraran los Parentales.
El eufemístico nombre de Manes
revela la creencia casi supersticiosa de que no todos los espíritus
de los difuntos influyen positivamente sobre los miembros de la familia.
Junto al culto positivo dedicado a estos espíritus, el pater
familias intentaba proteger a su familia de la influencia de Lemures
y Larvae.
Los LEMURES eran espectros malévolos
que podían dañar y atormentar a los vivos, por lo que requerían
un ritual para mantenerlos alejados de la casa y de sus moradores. Las
LARVAS, son los espíritus de los criminales y de aquellos que murieron
de una muerte trágica. Producían trastornos mentales a los
vivos, que se intentaban contrarrestar con exorcismos dentro del ámbito
de la familia, o si era necesario con intervención externa.

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