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Los personajes. Dioses y héroes. Genealogías y ordenación
cronológica.
El mundo que nos ofrece el mito
griego está poblado por una multitud de seres de muy variadas categorías,
todos ellos seres extraordinarios, a quienes les suceden cosas fuera de
lo común. Tienen, además, un nombre propio, y sus aventuras
ocurren en lugares que también se nombran. Con respecto al momento
en que suceden, el mito es más impreciso, remitiéndolos todos
a un pasado lejano y prestigioso. Los mitos, sin embargo, se ordenan cronológicamente
entre sí. Siguen, unos con respecto a otros, una cronología
relativa, fundada en el principio de la genealogía: los personajes
míticos se relacionan por parentesco unos con otros y se distibuyen
en distintas generaciones.
Ni siquiera los dioses forman una
categoría unificada, pues, además de los Olímpicos
a los que solemos referirnos básicamente cuando hablamos de dioses
griegos, hay otros grupos: dioses pertenecientes a generaciones anteriores
a la de los Olímpicos, dioses menores, dioses ctónicos (aunque
esta última división está, sin embargo, por así
decirlo, en cuarentena. Cf. Scullion 1994), etc.
En esta sociedad amplia, variada,
de los dioses, cada uno posee sus atributos, sus honores determinados,
sus historias particulares, sus competencias y poderes especializados:
es decir, tienen, una identidad concreta. Y esta viene, ante todo, marcada
por su cuerpo y su nombre. Igual que los hombres. Pues como dice Alcínoo
a Odiseo (Od. 8.552-4), "ningún hombre, por oscuro que sea, carece
de nombre" (v.Vernant 1989: 16 ss.).
A los Olímpicos los encontramos
ya en la Ilíada, frente al resto de los dioses, reunidos
como verdadero grupo aristocrático bajo el liderazgo de Zeus. (El
asunto será perfectamente entendido por Ovidio, quien presentará
en las asambleas divinas de sus Metamorfosis un remedo del Senado
romano y, en la figura de Júpiter, un retrato de Augusto).
Pero, además de esta gran
variedad de dioses, encontramos también héroes, monstruos
mortales y otras criaturas que yo llamaría "de inmortalidad limitada".
La inmortalidad perfecta es la de los dioses y, particularmente la de los
olímpicos. Frente al hombre efímero, ellos son los ámbrotoi,
los athánatoi. En cuanto a los héroes, si bien están
caracterizados por ser mortales, también es verdad, sin embargo,
que muchos de ellos, como nos indica Hesíodo, logran la inmortalidad
y viven en las Islas de los Bienaventurados bajo el reino de Crono (5).
En cuanto a los seres que hemos llamado de "inmortalidad limitada" son
bastantes: caso paradigmático es el de Titono, el esposo de Eos
(la Aurora), para quien la diosa consiguió la inmortalidad, pero
no la eterna juventud: mientras ella estaba libre de envejecer, su esposo
se deterioraba infinitamente con el paso de los años. De ahí
que, conscientes del problema, los héroes homéricos quieran
librarse tanto de la muerte como de la vejez, como hace Sarpedón
Il. XIII. 323 (cf. VIII. 539) .
Pero la inmortalidad puede ser limitada,
es decir, muy distinta de la de los dioses olímpicos, también
en otro sentido: recordemos los habitantes permanentes del Hades, como
Tántalo, Sísifo, las Danaides, etc.
No siendo bastante estas distintas
formas de "ser inmortal", la mitología griega presenta aún
otros casos, como el de los Dioscuros, en que encontramos a un ser mortal
(Cástor), compartiendo la inmortalidad de su hermano mellizo Polideuces.
Y es que también es típico de los mitos el explorar todas
las posibilidades de un tema, tender a agotar todos sus significados.
Pero además, en el mito griego
es característico y relevante el hecho de que estas diferentes categorías
de que venimos hablando (dioses, héroes, hombres, animales), si
bien son claramente distintas, se presentan de una manera más unificada,
de tal modo que los límites entre unas y otras pueden atravesarse
con relativa facilidad. Y esto se realiza por diferentes procedimientos.
En primer lugar, porque existen también en el mito seres mixtos,
en parte humanos, en parte animales, como los centauros o los sátiros.
Pero también por medio de la unión sexual entre categorías
distintas. La más común es la que se produce entre un dios
y un mortal (y en esta categoría los ejemplos son numerosísimos),
pero también conocemos otras uniones algo más exóticas
aún como la de Pasífae y el toro, etc.
Además, los dioses con frecuencia
se unen a humanos adoptando una forma distinta de la que les es habitual;
esto es particularmente cierto en el caso de Zeus, que ama a Leda bajo
la forma de un cisne, rapta a Europa como toro, o, incluso, fecunda a Dánae
como una lluvia de oro. Estos mitos de transformación, las metamorfosis,
muestran también una perturbadora cercanía entre dioses,
hombres, animales, plantas e, incluso, materia inerte (v. sobre ellos,
Forbes Irving 1990). Un caso extremo me parece el de Leda, que, aunque
ella misma no sufre metamorfosis cuando es amada por Zeus en forma de cisne,
pone dos huevos (!!) de donde salen, distribuidos de forma diferente
en las distintas versiones, sus hijos los Dioscuros, Helena, y Clitemnestra.
Hay, además, una serie de
árboles y de animales que van asociados a dioses, como la encina
de Zeus, la oliva de Atenea, el laurel y Apolo, etc.; o los caballos de
los Dioscuros, las palomas de Afrodita, los delfines y Apolo (también
el lobo), el águila de Zeus, etc. A pesar de eso y de sus metamorfosis
–que en el caso de los dioses son siempre temporales, no definitivas–,
nunca los dioses griegos son semi-animales: son entendidos y representados
desde los testimonios más antiguos como totalmente antropomórficos.
En este sentido el dios Pan, con sus patas –y, a veces, incluso, cabeza–
de cabra, es una rareza. Y se trata de un dios menor (6).

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