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LA MITOLOGÍA GRIEGA: INTRODUCCIÓN 3/6
Purificación Nieto Hernández
Brown University
Providence, RI (USA)
ISBN-84-9714-083-4
 

Pero también hay monstruos de pleno derecho en los mitos griegos, y, aunque en principio parecen numerosos (todos pensamos inmediatamente en criaturas como la Esfinge con la que se enfrenta Edipo, o Escila y Caribdis para Odiseo, la Quimera que mata Belerofonte, Medusa y Perseo, los de Heracles, Teseo y el Minotauro, etc.), no son, en realidad, tantos y, sobre todo, no tienen una posición central en el conjunto de la mitología. Aquí podemos afirmar con bastante exactitud que la extraordinaria autoridad de la tradición homérica ha sido decisiva a la hora de imponer un tono humano y realista a la mitología. Los monstruos primitivos (tipo Tifón o Tifeo, a quien Zeus ha de matar antes de consolidar su reino, o la Quimera, su hija, de quien nos cuenta Glauco en la Ilíada que la mató su antepasado Belerofonte) ya en Homero pertenecen al pasado; muchos de ellos son, además, autóctonos, nacidos de la Tierra, y, por eso, y el modo en que son eliminados, producen la impresión de que un orden creciente se va imponiendo, poco a poco, sobre ese mundo primitivo, aterrador, poblado de seres extraños. El mundo, en cierto sentido, se va humanizando. Y, además, a medida que se va imponiendo este orden parece también irse estableciendo una mayor distancia entre unos tipos de seres y otros. En este proceso de depuración que el nuevo orden de Zeus va a traer consigo, se producen también las batallas de la nueva generación de dioses (los Olímpicos) contra Gigantes y Titanes, que insiste en el mismo punto y que luego veremos cómo se utilizaron con profusión en la iconografía del s. V. El resultado final es que Crono y los demás Titanes han sido encerrados en el Tártaro para siempre y el nuevo orden de los Olímpicos, establecido definitivamente.

 Aunque algunos dioses (como  Zeus con Tifón o también Apolo con Pitón) den muerte a algunos de estos monstruos, la eliminación de criaturas extrañas y peligrosas es, fundamentalmente, cosa de los héroes, y se repite en casi todas las historias heroicas. 

 Y es que las historias de los dioses y las de los héroes no son tan distintas unas de otras. Incluso con frecuencia pueden establecerse parejas formadas por un dios y un héroe, en las que la figura heroica parece ser un "doble" de la divina. Por ejemplo, Aquiles y Apolo; Autólico y Hermes, Atenea y Odiseo, etc. Y tenemos los dos casos extremos, donde divinidad y heroicidad se confunden: el dios-héroe (Dioniso) y el héroe-dios (Heracles), que están vinculados entre sí por otros muchos motivos: bajada al Hades, origen tebano, etc. Nada sorprendente es, pues, encontrar a estas dos figuras como protagonistas de esa extraña comedia de Aristófanes, Las Ranas, que se desarrolla en gran parte en un no menos extraño escenario: el Hades.

 La gran diferencia, en principio, entre dioses y héroes, es, desde luego, que el dios vive por siempre, en tanto que el héroe ha de enfrentarse a la muerte. Sabemos, sin embargo, cómo la mayoría de los héroes logran, de una forma u otra cierta inmortalidad. Sus tumbas se convierten en lugar de culto y peregrinación, y las ciudades griegas compitieron por la posesión de estas reliquias. Es frecuente, también, encontrar la asociación dios-héroe en el culto. Por ejemplo, en Delfos, además de a los dioses titulares (Apolo y Dioniso, según la época del año), se rendía culto a la estirpe de Aquiles (en concreto a su hijo Pirro/Neoptólemo, muerto, como el propio Aquiles, por el dios Apolo). 

 Las figuras heroicas se caracterizan, en conjunto, me parece, por dos rasgos básicos: la desmesura (en todos los sentidos) y la ambigüedad. Y sus historias se parecen todas mucho, son mucho más repetitivas que las de los dioses. La ambigüedad de los héroes se manifiesta de formas diversas. Ya hemos visto su posición con respecto a la inmortalidad y su vinculación con los dioses (7). En muchos casos, esta ambigüedad se manifiesta desde su nacimiento, que es resultado de uniones desiguales entre un ser divino (dios o diosa) y otro mortal (Tetis y Peleo- Aquiles; Afrodita y Anquises - Eneas; Zeus y Alcmena - Heracles; Zeus y Dánae - Perseo, etc.). Pero pueden también provenir de padres meramente humanos (Odiseo, hijo de Laertes y Anticlea; Edipo, etc.). Sostienen, por lo general, relaciones también ambiguas con el poder establecido. Así, un ser extraordinario como Heracles se ve sometido al inferior Euristeo; a otro no menos excelente, como Aquiles, se le dedica toda una épica (la Ilíada que es, ante todo, una Aquileida) a causa de su disputa con Agamenón, que, de nuevo, es quien ostenta el poder en la expedición griega. 

Odiseo tiene que servirse de todas sus cualidades básicas (esencialmente su metis) para librarse de los pretendientes de Penélope que amenazan con apoderarse de su trono. Etc. Por ello, se ven obligados a realizar grandes proezas (dar muerte a monstruos y todo lo demás) que suelen llevarlos lejos del lugar de donde se les supone originarios, hacia occidente (Heracles), hacia oriente (Jasón) e, incluso, hasta el mismo Hades (de nuevo, relación con la muerte). Estos viajes de los héroes, unidos a su exhuberancia sexual, dan pie a una extensión de su prole por toda la geografía. Algunos tuvieron más fuerza o más éxito (como Heracles) y alcanzaron una mayor importancia panhelénica. Y, desde luego, cuanto más importante es el héroe, más hijos le atribuye la tradición. La cosa se explica bien, pues los griegos históricos tenían un gran interés en considerar su linaje como descendiente de uno de estos grandes héroes. (Los Epinicios de Píndaro son buena muestra de ese esfuerzo).

  Si bien pueden desarrollar la excelencia en grado máximo, su desmesura se manifiesta también en los crímenes que son capaces de cometer y que no son menos característicos de los héroes que sus aciertos o logros (Brelich 1958: capt. 4). Hay ejemplos de casi todos: el matricidio (Orestes), el parricidio (Teseo, Edipo), el incesto (con la madre, Edipo; con la hija, Tiestes, etc.), el infanticidio (Heracles, Tántalo), el adulterio (Tiestes), etc. A veces (Heracles, Áyax, Belerofonte...) estos crímenes son fruto de la locura, fenómeno no es del todo infrecuente en los héroes y que les viene, normalmente, como castigo de los dioses por alguna ofensa. 

  Debido a estas características, las figuras heroicas pueden ser tratadas por los poetas con una gran libertad, y, subrayando unos u otros aspectos, pueden darnos de ellos imágenes bastante distintas. 

 En la categoría heroica pueden observarse también distintos subgrupos o tipos diferentes de héroes, según el rasgo que predomine en sus historias. Así, por ejemplo, Edipo es claramente un rey en tanto que Aquiles es claramente un guerrero. Es este segundo tipo, el del guerrero, el que se nos impone con más fuerza en los héroes griegos más famosos, que son, además, prototipo de masculinidad, punto que me parece conectado con el hecho de que muchos de ellos –de nuevo, la ambigüedad– en algún momento de su historia vistan ropas femeninas (Heracles, Aquiles...) (8) y también con la insistencia con que se repite en las historias heroicas el combate con las míticas Amazonas, destinadas por siempre a ser derrotadas por todos estos héroes. 

 Hemos presentado, pues, hasta aquí, los mitos como relatos tradicionales, que tienen relevancia social, que se relacionan todos entre sí formando una mitología, que tienden también a agotar todas las posibilidades de un tema; que se ordenan, además, cronológicamente por generaciones, y cuyos personajes, variados, pero extraordinarios, pertenecen al pasado. Pero aún nos quedan por ver algunas otras características del mito en Grecia.

 6. La tradición griega, por diversas razones, presenta abundancia de variantes, tanto regionales (ya que, junto a la tradición panhelénica creada por Homero y Hesíodo, cada región griega conservaba sus tradiciones locales) como cronológicas (pues, como ya dijimos, el tiempo modifica los mitos). No es un sistema coherente ni perfecto, sino que esta multiplicidad de variantes entran muchas veces en conflicto unas con otras. Por tanto, a la hora de estudiar un mito griego resulta imprescindible tener en cuenta la forma en que lo tenemos, la versión que estamos estudiando, el momento en que esa versión se produjo, el lugar, el género literario que la contiene, etc. Por ejemplo, en la versión que Sófocles nos da del mito de Edipo, resulta esencial que se trate de un mito de la tragedia ateniense del s. V. El desarrollo dramático del relato es, en este caso, importante: el héroe protagonista va descubriendo poco a poco, a medida que estudia las causas de la terrible peste que sufren sus súbditos, los Tebanos, su propia historia, con el agravante de que él, que es el investigador, va a revelarse también como el asesino del rey Layo y, por tanto, como el causante del mal que sufre la ciudad. Esto provoca la 'inversión trágica' de modo que el personaje que aparece al comienzo de la obra como un rey próspero y feliz, como un rey bueno (lo ha sido durante muchos años), se ve enfrentado a un proceso de descubrimiento de hechos que es, para él, además, un proceso de 'autoconocimiento' y que conllevará un cambio de identidad: al final de la obra, el personaje próspero que veíamos al principio se ha transformado en un miserable ciego, condenado al vagabundeo por los caminos, una vez perdido no sólo su reino, sino también su familia y su casa, y con ello, toda su identidad anterior.

 Pero, además, esta historia de Edipo enfrenta al auditorio a varios conflictos importantes: el primero, como hemos dicho, el del autoconocimiento (¿quién soy yo?, ¿puede uno ser algo distinto de lo que aparentemente es?). El segundo, el del hado y el de la amechanía de los hombres frente a sus designios, es decir, la incertidumbre ante el futuro y la inestabilidad de las cosas humanas que, en cualquier momento, pueden cambiar de signo. El tercero, la dudosa cuestión de si uno debe, a toda costa, siempre, buscar la verdad, o, incluso, cumplir con su deber. Como buen rey que es, Edipo se ve obligado por su cargo, a descubrir cuál es la mancha que ha originado la peste horrible que azota a la ciudad de Tebas y a sus habitantes; esta búsqueda, que se inicia desde el bien que el buen soberano quiere para su pueblo, tendrá consecuencias horribles para él mismo; Sófocles nos enfrenta, pues, también a esta paradoja. El cuarto, el problema de las relaciones familiares: no sólo el horror del incesto, sino también, en sí, la cuestión básica: ¿qué es una madre, qué es un padre? ¿Es el biológico?, ¿es la persona que le cuida a uno?, etc (9).
 Que todas estas cuestiones eran preocupaciones sociales en el momento (ahí estaría la 'relevancia social' de que hablábamos antes), parece claro, dada su repetición en diferentes autores y obras del momento. Esquilo, por ejemplo, plantea en las Euménides, a propósito de Orestes, la cuestión de si Clitemnestra es su madre o de si es más madre la nodriza que lo crió. Y, por boca de Apolo, se expresa en esta obra la noción extrema de que sólo el padre da la vida a los hijos, en tanto que la madre sería un mero receptáculo de esa semilla (Eum. 658-661). Para ello se aduce como ejemplo el caso de la diosa Atenea, nacida de la cabeza de Zeus.

 7. Otro rasgo característico de la tradición mítica griega, tal como la encontramos nosotros, es que es, desde los primeros testimonios, poesía. Y, por carecer los griegos de libros sagrados, serán los grandes poetas los que den forma a la tradición mítica panhelénica, como nos dice el propio Heródoto. Debido, además, a las condiciones en que la poesía griega se producía y disfrutaba, casi siempre en el contexto de la fiesta religiosa, resulta imposible aplicar, en este contexto, la diferenciación que nosotros establecemos entre "profano" y "sagrado", (cf. P. Easterling 1985). 
 Como indica Dowden (1992: 53): "los poetas griegos, que tan a menudo evitaron lo individual, lo personal, y lo contemporáneo, vivieron del comienzo al final de la tradición en un mundo de mito: Homero y Hesíodo al comienzo, los 48 libros de la épica de Nonno en honor de Dioniso, al final. Y se entiende, pues los griegos escuchaban mitos desde la cuna, contados por sus madres y nodrizas (10)".

 La fortísima presencia de Homero y Hesíodo, que determinaron el gusto y las opiniones del público en general, es la causa fundamental de que las primeras críticas a la tradición iniciadas por los filósofos que llamamos presocráticos no calaran hondo en el público, que no se desembarazó tan fácilmente de la presión de los grandes poetas. (No discutiremos, por muy conocidas, estas críticas de los filósofos primeros. Baste señalar que son prueba, por un lado, de la libertad que caracteriza a los griegos en estas materias, pero también, por otro, del hondo arraigo de la tradición). 

 Además, Homero y la poesía épica eran, también, el único testimonio del pasado a que podía hacerse referencia, de tal forma que siguen también siendo ineludibles cuando surge otro tipo de relato, esta vez en prosa, que es, aparentemente más próximo a lo que nosotros llamamos historia. A este respecto, frecuentemente sufrimos una especie de "espejismo", pues vemos sólo las obras de Heródoto y Tucídides. Son ambas, sin embargo, parte de una más larga tradición en prosa que era completamente receptiva al mito tradicional. Pero, incluso en el caso de estos dos autores, la atención que prestan a lo que nosotros llamaríamos mitos, los separan de lo que para nosotros significa "escribir historia". Incluso el muy racional Tucídides, nos habla de Helen o de Minos o de Teseo exactamente igual que habla de Pericles o Temístocles.