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también hay monstruos de pleno derecho en los mitos griegos, y,
aunque en principio parecen numerosos (todos pensamos inmediatamente en
criaturas como la Esfinge con la que se enfrenta Edipo, o Escila y Caribdis
para Odiseo, la Quimera que mata Belerofonte, Medusa y Perseo, los de Heracles,
Teseo y el Minotauro, etc.), no son, en realidad, tantos y, sobre todo,
no tienen una posición central en el conjunto de la mitología.
Aquí podemos afirmar con bastante exactitud que la extraordinaria
autoridad de la tradición homérica ha sido decisiva a la
hora de imponer un tono humano y realista a la mitología. Los monstruos
primitivos (tipo Tifón o Tifeo, a quien Zeus ha de matar antes de
consolidar su reino, o la Quimera, su hija, de quien nos cuenta Glauco
en la Ilíada que la mató su antepasado Belerofonte) ya en
Homero pertenecen al pasado; muchos de ellos son, además, autóctonos,
nacidos de la Tierra, y, por eso, y el modo en que son eliminados, producen
la impresión de que un orden creciente se va imponiendo, poco a
poco, sobre ese mundo primitivo, aterrador, poblado de seres extraños.
El mundo, en cierto sentido, se va humanizando. Y, además, a medida
que se va imponiendo este orden parece también irse estableciendo
una mayor distancia entre unos tipos de seres y otros. En este proceso
de depuración que el nuevo orden de Zeus va a traer consigo, se
producen también las batallas de la nueva generación de dioses
(los Olímpicos) contra Gigantes y Titanes, que insiste en el mismo
punto y que luego veremos cómo se utilizaron con profusión
en la iconografía del s. V. El resultado final es que Crono y los
demás Titanes han sido encerrados en el Tártaro para siempre
y el nuevo orden de los Olímpicos, establecido definitivamente.
Aunque algunos dioses (como
Zeus con Tifón o también Apolo con Pitón) den muerte
a algunos de estos monstruos, la eliminación de criaturas extrañas
y peligrosas es, fundamentalmente, cosa de los héroes, y se repite
en casi todas las historias heroicas.
Y es que las historias de los dioses
y las de los héroes no son tan distintas unas de otras. Incluso
con frecuencia pueden establecerse parejas formadas por un dios y un héroe,
en las que la figura heroica parece ser un "doble" de la divina. Por ejemplo,
Aquiles y Apolo; Autólico y Hermes, Atenea y Odiseo, etc. Y tenemos
los dos casos extremos, donde divinidad y heroicidad se confunden: el dios-héroe
(Dioniso) y el héroe-dios (Heracles), que están vinculados
entre sí por otros muchos motivos: bajada al Hades, origen tebano,
etc. Nada sorprendente es, pues, encontrar a estas dos figuras como protagonistas
de esa extraña comedia de Aristófanes, Las Ranas, que se
desarrolla en gran parte en un no menos extraño escenario: el Hades.
La gran diferencia, en principio,
entre dioses y héroes, es, desde luego, que el dios vive por siempre,
en tanto que el héroe ha de enfrentarse a la muerte. Sabemos, sin
embargo, cómo la mayoría de los héroes logran, de
una forma u otra cierta inmortalidad. Sus tumbas se convierten en lugar
de culto y peregrinación, y las ciudades griegas compitieron por
la posesión de estas reliquias. Es frecuente, también, encontrar
la asociación dios-héroe en el culto. Por ejemplo, en Delfos,
además de a los dioses titulares (Apolo y Dioniso, según
la época del año), se rendía culto a la estirpe de
Aquiles (en concreto a su hijo Pirro/Neoptólemo, muerto, como el
propio Aquiles, por el dios Apolo).
Las figuras heroicas se caracterizan,
en conjunto, me parece, por dos rasgos básicos: la desmesura (en
todos los sentidos) y la ambigüedad. Y sus historias se parecen todas
mucho, son mucho más repetitivas que las de los dioses. La ambigüedad
de los héroes se manifiesta de formas diversas. Ya hemos visto su
posición con respecto a la inmortalidad y su vinculación
con los dioses (7). En muchos casos, esta
ambigüedad se manifiesta desde su nacimiento, que es resultado de
uniones desiguales entre un ser divino (dios o diosa) y otro mortal (Tetis
y Peleo- Aquiles; Afrodita y Anquises - Eneas; Zeus y Alcmena - Heracles;
Zeus y Dánae - Perseo, etc.). Pero pueden también provenir
de padres meramente humanos (Odiseo, hijo de Laertes y Anticlea; Edipo,
etc.). Sostienen, por lo general, relaciones también ambiguas con
el poder establecido. Así, un ser extraordinario como Heracles se
ve sometido al inferior Euristeo; a otro no menos excelente, como Aquiles,
se le dedica toda una épica (la Ilíada que es, ante todo,
una Aquileida) a causa de su disputa con Agamenón, que, de nuevo,
es quien ostenta el poder en la expedición griega.
Odiseo tiene que servirse de todas sus
cualidades básicas (esencialmente su metis) para librarse de los
pretendientes de Penélope que amenazan con apoderarse de su trono.
Etc. Por ello, se ven obligados a realizar grandes proezas (dar muerte
a monstruos y todo lo demás) que suelen llevarlos lejos del lugar
de donde se les supone originarios, hacia occidente (Heracles), hacia oriente
(Jasón) e, incluso, hasta el mismo Hades (de nuevo, relación
con la muerte). Estos viajes de los héroes, unidos a su exhuberancia
sexual, dan pie a una extensión de su prole por toda la geografía.
Algunos tuvieron más fuerza o más éxito (como Heracles)
y alcanzaron una mayor importancia panhelénica. Y, desde luego,
cuanto más importante es el héroe, más hijos le atribuye
la tradición. La cosa se explica bien, pues los griegos históricos
tenían un gran interés en considerar su linaje como descendiente
de uno de estos grandes héroes. (Los Epinicios de Píndaro
son buena muestra de ese esfuerzo).
Si bien pueden desarrollar la excelencia
en grado máximo, su desmesura se manifiesta también en los
crímenes que son capaces de cometer y que no son menos característicos
de los héroes que sus aciertos o logros (Brelich 1958: capt. 4).
Hay ejemplos de casi todos: el matricidio (Orestes), el parricidio (Teseo,
Edipo), el incesto (con la madre, Edipo; con la hija, Tiestes, etc.), el
infanticidio (Heracles, Tántalo), el adulterio (Tiestes), etc. A
veces (Heracles, Áyax, Belerofonte...) estos crímenes son
fruto de la locura, fenómeno no es del todo infrecuente en los héroes
y que les viene, normalmente, como castigo de los dioses por alguna ofensa.
Debido a estas características,
las figuras heroicas pueden ser tratadas por los poetas con una gran libertad,
y, subrayando unos u otros aspectos, pueden darnos de ellos imágenes
bastante distintas.
En la categoría heroica pueden
observarse también distintos subgrupos o tipos diferentes de héroes,
según el rasgo que predomine en sus historias. Así, por ejemplo,
Edipo es claramente un rey en tanto que Aquiles es claramente un guerrero.
Es este segundo tipo, el del guerrero, el que se nos impone con más
fuerza en los héroes griegos más famosos, que son, además,
prototipo de masculinidad, punto que me parece conectado con el hecho de
que muchos de ellos –de nuevo, la ambigüedad– en algún momento
de su historia vistan ropas femeninas (Heracles, Aquiles...) (8)
y también con la insistencia con que se repite en las historias
heroicas el combate con las míticas Amazonas, destinadas por siempre
a ser derrotadas por todos estos héroes.
Hemos presentado, pues, hasta aquí,
los mitos como relatos tradicionales, que tienen relevancia social, que
se relacionan todos entre sí formando una mitología, que
tienden también a agotar todas las posibilidades de un tema; que
se ordenan, además, cronológicamente por generaciones, y
cuyos personajes, variados, pero extraordinarios, pertenecen al pasado.
Pero aún nos quedan por ver algunas otras características
del mito en Grecia.
6. La tradición griega, por
diversas razones, presenta abundancia de variantes, tanto regionales (ya
que, junto a la tradición panhelénica creada por Homero y
Hesíodo, cada región griega conservaba sus tradiciones locales)
como cronológicas (pues, como ya dijimos, el tiempo modifica los
mitos). No es un sistema coherente ni perfecto, sino que esta multiplicidad
de variantes entran muchas veces en conflicto unas con otras. Por tanto,
a la hora de estudiar un mito griego resulta imprescindible tener en cuenta
la forma en que lo tenemos, la versión que estamos estudiando, el
momento en que esa versión se produjo, el lugar, el género
literario que la contiene, etc. Por ejemplo, en la versión que Sófocles
nos da del mito de Edipo, resulta esencial que se trate de un mito de la
tragedia ateniense del s. V. El desarrollo dramático del relato
es, en este caso, importante: el héroe protagonista va descubriendo
poco a poco, a medida que estudia las causas de la terrible peste que sufren
sus súbditos, los Tebanos, su propia historia, con el agravante
de que él, que es el investigador, va a revelarse también
como el asesino del rey Layo y, por tanto, como el causante del mal que
sufre la ciudad. Esto provoca la 'inversión trágica' de modo
que el personaje que aparece al comienzo de la obra como un rey próspero
y feliz, como un rey bueno (lo ha sido durante muchos años), se
ve enfrentado a un proceso de descubrimiento de hechos que es, para él,
además, un proceso de 'autoconocimiento' y que conllevará
un cambio de identidad: al final de la obra, el personaje próspero
que veíamos al principio se ha transformado en un miserable ciego,
condenado al vagabundeo por los caminos, una vez perdido no sólo
su reino, sino también su familia y su casa, y con ello, toda su
identidad anterior.
Pero, además, esta historia
de Edipo enfrenta al auditorio a varios conflictos importantes: el primero,
como hemos dicho, el del autoconocimiento (¿quién soy yo?,
¿puede uno ser algo distinto de lo que aparentemente es?). El segundo,
el del hado y el de la amechanía de los hombres frente a sus designios,
es decir, la incertidumbre ante el futuro y la inestabilidad de las cosas
humanas que, en cualquier momento, pueden cambiar de signo. El tercero,
la dudosa cuestión de si uno debe, a toda costa, siempre, buscar
la verdad, o, incluso, cumplir con su deber. Como buen rey que es, Edipo
se ve obligado por su cargo, a descubrir cuál es la mancha que ha
originado la peste horrible que azota a la ciudad de Tebas y a sus habitantes;
esta búsqueda, que se inicia desde el bien que el buen soberano
quiere para su pueblo, tendrá consecuencias horribles para él
mismo; Sófocles nos enfrenta, pues, también a esta paradoja.
El cuarto, el problema de las relaciones familiares: no sólo el
horror del incesto, sino también, en sí, la cuestión
básica: ¿qué es una madre, qué es un padre?
¿Es el biológico?, ¿es la persona que le cuida a uno?,
etc (9).
Que todas estas cuestiones eran
preocupaciones sociales en el momento (ahí estaría la 'relevancia
social' de que hablábamos antes), parece claro, dada su repetición
en diferentes autores y obras del momento. Esquilo, por ejemplo, plantea
en las Euménides, a propósito de Orestes, la cuestión
de si Clitemnestra es su madre o de si es más madre la nodriza que
lo crió. Y, por boca de Apolo, se expresa en esta obra la noción
extrema de que sólo el padre da la vida a los hijos, en tanto que
la madre sería un mero receptáculo de esa semilla (Eum. 658-661).
Para ello se aduce como ejemplo el caso de la diosa Atenea, nacida de la
cabeza de Zeus.
7. Otro rasgo característico
de la tradición mítica griega, tal como la encontramos nosotros,
es que es, desde los primeros testimonios, poesía. Y, por carecer
los griegos de libros sagrados, serán los grandes poetas los que
den forma a la tradición mítica panhelénica, como
nos dice el propio Heródoto. Debido, además, a las condiciones
en que la poesía griega se producía y disfrutaba, casi siempre
en el contexto de la fiesta religiosa, resulta imposible aplicar, en este
contexto, la diferenciación que nosotros establecemos entre "profano"
y "sagrado", (cf. P. Easterling 1985).
Como indica Dowden (1992: 53):
"los poetas griegos, que tan a menudo evitaron lo individual, lo personal,
y lo contemporáneo, vivieron del comienzo al final de la tradición
en un mundo de mito: Homero y Hesíodo al comienzo, los 48 libros
de la épica de Nonno en honor de Dioniso, al final. Y se entiende,
pues los griegos escuchaban mitos desde la cuna, contados por sus madres
y nodrizas (10)".
La fortísima presencia de
Homero y Hesíodo, que determinaron el gusto y las opiniones del
público en general, es la causa fundamental de que las primeras
críticas a la tradición iniciadas por los filósofos
que llamamos presocráticos no calaran hondo en el público,
que no se desembarazó tan fácilmente de la presión
de los grandes poetas. (No discutiremos, por muy conocidas, estas críticas
de los filósofos primeros. Baste señalar que son prueba,
por un lado, de la libertad que caracteriza a los griegos en estas materias,
pero también, por otro, del hondo arraigo de la tradición).
Además, Homero y la poesía
épica eran, también, el único testimonio del pasado
a que podía hacerse referencia, de tal forma que siguen también
siendo ineludibles cuando surge otro tipo de relato, esta vez en prosa,
que es, aparentemente más próximo a lo que nosotros llamamos
historia. A este respecto, frecuentemente sufrimos una especie de "espejismo",
pues vemos sólo las obras de Heródoto y Tucídides.
Son ambas, sin embargo, parte de una más larga tradición
en prosa que era completamente receptiva al mito tradicional. Pero, incluso
en el caso de estos dos autores, la atención que prestan a lo que
nosotros llamaríamos mitos, los separan de lo que para nosotros
significa "escribir historia". Incluso el muy racional Tucídides,
nos habla de Helen o de Minos o de Teseo exactamente igual que habla de
Pericles o Temístocles.

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