| Si
resulta enigmático para el historiador el origen de Roma y es difícil
establecer con precisión los acontecimientos de los primeros tiempos
de esta ciudad, tanto más lo es trazar una historia de lo que fue
y cómo evolucionó la religión romana. El principal
problema con el que nos tropezamos es que las fuentes literarias con las
que contamos son muy tardías: antes del s. III a.C. tan sólo
tenemos las inscripciones, que aportan poca luz a los interrogantes de
la época ; las principales fuentes literarias –los anticuarios como
Varrón y Verrio Flaco datan del s. I a.C. y los poetas que se ocupan
del tema son incluso más tardíos- exponen hechos que ocurrieron
entre 700 u 800 años antes, pero en el momento de redactar sus obras
la influencia griega en la literatura e incluso en la visión religiosa
era muy importante. Para acercarse a la religión más arcaica,
sólo le queda al investigador recurrir a la arqueología,
a los calendarios antiguos, a las inscripciones, y al estudio de algunas
pervivencias rituales de apariencia primitiva. Además nos encontraremos
con otro problema, puesto que este tipo de materiales nos proporcionará
datos de los aspectos formales de esta religión, pero no de la estructura
ideológica.
Por otra parte,
no se puede desligar la religión romana de su historia: a pesar
del conservadurismo que conlleva su concepción cultual y legalista
de las relaciones religiosas, las necesidades del romano cambian en las
distintas épocas y su pragmatismo hace que también el panorama
religioso se transforme para ajustarse a los distintas circunstancias.
Esta concepción antitética dominará completamente
la historia de la religión: conservadurismo e innovación
son dos caras de una misma realidad que hay que tener en cuenta para poder
comprenderla en profundidad.
Otra de las dificultades
con las que se ha de enfrentar el investigador de la religión romana
es la importancia que tienen la influencia externas sobre ésta.
Ya hemos señalado que los estudiosos se enfrentan en este punto,
puesto que cada uno da un valor diferente a la importancia que tuvieron
tales influencias sobre el hecho religioso romano. Pero a la luz de los
que conocemos no podemos admitir la aseveración de que las influencias
etruscas y griegas eclipsaron totalmente la concepción religiosa
romana. Sin ir más lejos, el término latino religio
no puede ser traducido por ningún equivalente griego:
tÕ sšbaj (respeto a los dioses),
¹ proskÚnhsij (adoración),
¹ eÙl£beia
(temor reverencial), ¹ qrhske…a
(culto) recogen diversos aspectos de la “religión”, pero ninguno
de los vocablos traduce plenamente el concepto(1)
. Los etruscos introdujeron cambios importantes, como el antropomorfismo,
la construcción de templos o la adivinación, pero nunca llegaron
los romanos a convertir ese antropomorfismo en un concepto esencial que
diera lugar a un desarrollo de una mitología “personal” o “humana”
de los dioses.
LA
RELIGIÓN ROMANA ARCAICA.
Tenemos algunos
restos arqueológicos de los primeros tiempos de la ciudad, pero
no suficientes como para esclarecer plenamente cómo era la religión
de los primeros tiempos de Roma. Se supone que en torno al primer mileno
a.C. granjeros y pastores latinos y sabinos se agruparon, aportando cada
grupo sus peculiaridades y –evidentemente- sus costumbres religiosas: recordemos
que los Sodales Titii eran los encargados de que los ritos sabinos
no se perdieran. Una fecha orientativa de la fusión de ambas comunidades
puede ser no tanto la varroniana de 753 a.C. como la del 575 a.C. en la
que el Forum Romanum ya era un lugar de encuentro y mercado. Las
excavaciones arqueológicas ponen de manifiesto que el lugar donde
se asentó Roma estaba habitado desde época calcolítica,
pero la ocupación más importante data del primer milenio,
con los núcleos más importantes en las colinas Palatino y
Esquilino. Ambos asentamientos fueron ocupados por comunidades separadas,
aunque relacionadas, provenientes de la cuenca del Danubio: ambas poseían
cerámicas, pero de estilos diferentes y diferentes también
eran sus costumbres funerarias. Su vida se basaba básicamente en
el pastoreo, aunque no exclusivamente. En fecha temprana, debido a la importancia
de las salinas de la desembocadura del Tíber, Roma –cuando fueron
creciendo las comunidades de Italia central- monopolizó su extracción
y su trasporte: la Vía Salaria en el s. VII era una de las principales
arterias de comunicación de la zona, aportando a la incipiente ciudad
una prosperidad de la que carecían sus vecinos.
Otras comunidades
se fueron asentando el las colinas circundantes. A partir del s. VII empezó
a haber una mayor cohexión y Roma comenzó a afirmar su hegemonía
sobre el territorio circundante (según la tradición, Ostia
fue fundada por Anco Marcio).
Según la
leyenda, en los primeros tiempos estuvo gobernada por reyes y durante ese
período se desarrollaron las principales instituciones políticas
y religiosas. El Senatus, cuerpo consultivo en época monárquica,
gozaba no sólo de un poder político directo sino también
de una importante responsabilidad religiosa.
En los primeros
tiempos de la religión, no había representaciones antropomórficas
de la divinidad: el numen de los dioses se manifestaba en distintas
circunstancias. A diferencia de los griegos, que no sólo dan forma
humana a sus dioses sino que les adjudican una determinada historia –mitológica-
los dioses romanos, aunque dioses personales, presentan un carácter
más abstracto: suelen ser divinidades funcionales que se manifiestan
en distintos momentos de la vida y sus nombres tienen que ver con esas
manifestaciones: recordemos a Aius Locutius, la misteriosa voz que
habló una vez y les salvó de una crisis, a Abeona y a Adeona
–que protegían el acto de acercarse y alejarse-, a Fides...
Esto ha llevado hablar de un “atomismo religioso”, puesto que los dioses
se asociaban con un determinado acto de la vida y resultaban numerosísimos.
Pero la mente romana no podía aceptar la posibilidad de error: era
importante dirigirse a cada dios con su nombre correcto y de una determinada
forma. Debido al numerosísimo número de dioses, cuya lista
sabían no acabada, crearon la expresión sive deus sive
dea y “cualquiera que sea tu nombre” para evitar toda posible contingencia.
Esta expresión no debe ser entendida como una atisbo de hierogamia:
las divinidades latinas –masculinas o femeninas, o en algunos casos de
sexo indeciso(2) - nunca forman pareja. La
existencia de estos dioses sin rostro en un pueblo rodeado por etruscos
y griegos, que atribuían a sus dioses características de
la sociedad humana, resulta muy llamativa y es una prueba evidente de la
originalidad de su pensamiento. Los romanos se mostraron indiferentes ante
la idea de pareja divina: incluso en el primer lectisternium en
el 399 a.C. las parejas de dioses yacentes resultaban heterogéneas:
Apolo acompañaba a Latona –su madre- y Mercurio ¡a Neptuno!
Sólo en el lectisternio del 217 a.C. aparecieron por primera vez
las divinidades griegas en parejas. Esta ausencia de parejas conlleva
también la no existencia de semidioses, salvo en el puntual caso
de Eneas, en la que se asocia a la pareja Venus –Marte con la tradición
troyana relativa a Rómulo, para historizar una leyenda y dignificar
los orígenes del pueblo romano.
Esos dioses sin
aspecto humano –pero no impersonales, insistimos- se comunicaban con los
hombres a través de objetos y fenómenos -el simbolismo impregna
toda la religión-. El fin último de la religión será
mantener la paz de los dioses: no se intenta tanto hacerles favorables
como mantenerlos lejos y sin ofenderles en absoluto. La religión
es más preventiva que expiatoria o propiciatoria. Para conseguirlo,
es necesario el sacrificio, que revitaliza a la divinidad y su poder. La
plegaria ha de acompañar al sacrificio, pero es una plegaria muy
similar a un contrato legal en el que se contemplan las posibles vicisitudes
que pudieran restar validez a la acción del sacrificio: se contemplan
todas las posibles causas que pudieran invalidar la acción y se
intentan evitar. Por eso es tan importante la correcta enunciación
de la plegaria: nada debe perturbar el rezo y no puede haber errores de
forma: restarían validez legal a la acción. Estas características
que acabamos de apuntar pervivirán a lo largo de todas las épocas,
y presentan algunos rasgos que diferencian la religión romana de
la de los pueblos de su entorno, por lo que se puede pensar que están
en ella desde sus orígenes.
¿Qué
más podemos saber de esa religión primigenia? G. Dumézil
en sus obras a aportado la luz para poder comprender la base ideológica
de esa religión. El investigador francés se propuso
establecer comparaciones de pensamiento que le permitieran comprender la
estructura ideológica de los pueblos indoeuropeos, puesto que creía
en la existencia de una ‘herencia’ indoeuropea transmisora de una ideología
funcional y jerarquizada. Sus primeros estudios se ocuparon principalmente
de la comparación de vocabulario religioso entre el mundo italocelta
y el mundo indoiranio(3). La constatación
de elementos lingüísticos comunes le llevó a contrastar
los elementos ideológicos que los términos conllevaban, poniendo
de relieve profundas semejanzas. De ahí surgió la idea básica
que guiará sus investigaciones: la pervivencia de un determinado
vocabulario es inconcebible sin la subsistencia de un sistema de pensamiento
apoyado por la supervivencia de elementos institucionales. El papel del
investigador será descubrir la estructura, el sistema de representaciones
que los hombres, en este caso los indoeuropeos, se hacen de las realidades
en las que viven. Se centra, pues, en la investigación sistemática
de las representaciones del mundo religioso. La verdadera brújula
de sus estudios es esta concepción de lo religioso como sistema,
como una estructura: “Se ha llegado -o se ha vuelto a la idea- de que una
religión es un sistema, distinto del polvo de sus elementos; de
que es un pensamiento articulado, una explicación del mundo. En
una palabra: la investigación se coloca hoy bajo el signo del logos
y no bajo el del mana” (4). Los elementos
que forman parte de esta estructura no están yuxtapuestos, sino
que se interrelacionan y se determinan mutuamente, y el papel del investigador
es descubrir y describir las relaciones que existen entre ellos (5).
A partir del estudio
comparativo de los documentos conservados, inscribiéndolos en un
contexto más amplio, G. Dumézil estableció una serie
de correspondencias precisas y sistemáticas que le llevaron a formular
la teoría de la ideología tripartita de los indoeuropeos,
ya mencionada anteriormente. En ella se afirma que la ideología
fundamental indoeuropea está basada en la existencia de una tripartición
funcional: “...ce sont les trois composantes actives dont ces divers peuples
considéraient l’hereuse réunion, ajustée et hiérarchisée,
comme indispensable à la bonne marche de toutes sortes de mécanismes,
aussi bien celui de l’univers que celui de la société, et
de la société divine comme l’humaine”(6)
. Estas tres funciones organizan en torno a sí la totalidad del
mundo, de los dioses, de las actividades e incluso de la sociedad, pero
permanecen jerarquizadas y perfectamente diferenciadas.
La primera función
es la de la administración soberana, en su doble aspecto
jurídico y religioso, íntimamente relacionada con lo sagrado;
la segunda función es la fuerza física, aplicada principalmente
a la guerra; la tercera función está asociada a valores
y factores económicos, a la fecundidad, la prosperidad y la
producción de alimentos (7). Los indoeuropeos
organizaron toda su realidad en torno a este esquema trifuncional, que
no es, en absoluto, una forma fija, sino un sistema sujeto a múltiples
variaciones, en el que cada una de sus partes sólo es explicable
a partir de las relaciones que mantiene con las otras dos. Existe una tripartición
social, representada en los tres componentes étnicos señalados
en el origen de Roma ( Latinos, Etruscos y Sabinos), representados por
las tres tribus (Ramnenses, Titienses et Luceres 8).
A cada uno de ellos le corresponde una función (ceremonias religiosas
y organización senatorial; militar, agrícola-ganadera), a
la par que esta división tiene representación en el panteón
(Júpiter, Marte, Quirino) y a cada dios le está asignado
uno de los flámines mayores –de los que hablamos en un artículo
anterior-. La integración efectiva de la estructura tripartita en
la realidad histórica vivida por cada pueblo pone de manifiesto
la originalidad de cada rama indoeuropea: la ideología romana, denostada
hasta el momento por carecer de representaciones religiosas elaboradas,
recupera su prestigio al vincular la leyenda de los orígenes de
Roma al pensamiento religioso: los romanos desteologizaron su pensamiento
mítico. No podemos negar que el investigador, en ocasiones, vacila
al señalar con claridad las correspondencias entre estas funciones
y esta tripartición y los diversos personajes y hechos históricos
de la tradición romana, como señala repetidamente W. W. Bieler
en su estudio (9), pero en nuestra opinión
ha de achacarse más esta dubitación al mero hecho de la investigación
y de la propia evolución de las leyendas que a una falta de validez
de su teoría. De acuerdo con esta última afirmación,
y admitiendo las reservas y matizaciones que Dumézil presenta a
lo largo de su extensa obra, se podría identificar la primera función
en el plano histórico -que no hemos de olvidar que es una realización
diferente de la misma explicación que los griegos desarrollaron
de forma mitológica- con la pareja Romulus/Numa. Ambos personajes
encarnan la primera función en sus dos facetas, pero a la par la
propia figura de Rómulo recoge el doble aspecto del poder. La figura
del primer monarca de Roma hay que examinarla desde dos puntos de vista:
su relación con las tres tribus y con los demás reyes que
le suceden. Por una parte, da nombre a la tribu de los Ramnenses, que encarnan
la primera función soberana; su oposición y posterior asesinato
del hermano Remo, representan la furia majestuosa; frente a los demás
reyes -sobre todo si nos centramos en los cuatro primeros- es el creador
de la organización política y soberana de la nueva ciudad.
Según Dumézil, la primera función presenta esta doble
faceta: lo majestuoso (majestueux) y lo inspirado furioso (l’Inspiré
furieux), opuestos y complementarios (10).
Es cierto que podemos encontrar restos de esta primera función en
los cuatro primeros reyes de Roma, puesto que todos ellos encarnan las
diversas facetas de la soberanía, lo que no quita que a la par,
el tercero (Tulo Hostilio) encarne, conjuntamente la función guerrera
y el cuarto (Anco Marcio) se corresponda básicamente con la tercera
función. Pero quizás la dualidad del poder, lo violento y
lo pacífico que conlleva, queda plenamente manifestado en la oposición
Rómulo-Numa: Rómulo -joven- lucha por el poder; es apasionado;
no le importa utilizar las creencias religiosas para matar a su hermano
y justificar así su fratricidio, pero se burla de esas mismas creencias
al convocar las Consualia (11) como simple
tapadera para cometer otro acto de violencia; no tiene vínculos
familiares -institución básica de la constitución
romana-. Numa -anciano- representa al legislador pacífico, desapasionado
y entregado al cumplimiento de sus deberes como monarca; es puntilloso
en materia religiosa y respetuoso con todas sus facetas. Representan la
celeritas
y la gravitas respectivamente (12).
Puesto que G. Dumézil
partía del principio de que la religión en general no puede
existir sin teología, es decir, sin discurso sobre los dioses, y
de que los romanos siempre consideraron a sus dioses como entes personales,
idea avalada por los estudios lingüísticos acerca del término
deus,
rechazó frontalmente las teorías predeístas y animistas,
defendidas entre otros por H. J. Rose(13)
y H. Wagenvoort (14), que identificaban el
mana(15)
melanesio con el numen , ya que todos los ejemplos conservados nos
atestiguan la primacía de la concepción personal de los dioses
(16),
aunque la manipulación de lo sagrado se puede asociar en todas las
épocas tanto con las prácticas mágicas como con pensamientos
religiosos (17).
Esta misma idea
de la necesidad de una teología en el pensamiento religioso, lo
llevó a hablar de una teología tripartita relacionada
con la trifuncionalidad.
La primera función
es aquella que regula la relación de los hombres con lo sagrado
en el sacrificio y el culto; también rige las relaciones dioses/hombres,
tanto en los pactos humanos de los que los dioses se hacen garantes como
en el ejercicio de poder soberano ejercido por el rey o sus delegados en
pro de la divinidad. La bipolaridad de los elementos asociados a la primera
función también se manifiesta en el plano religioso: el par
Rómulo/Numa representa la separación entre auspicia/sacra,
inseparables pero diferentes (18). De acuerdo
con esto, lo sagrado en la ideología indoeuropea es la base de la
justicia en tanto que protege las alianzas y la fidelidad a la palabra
dada, pero también es el sostén del orden social, al hacer
a los dioses protectores del poder y de su ejercicio. Así identifica
a Júpiter y a Dius Fidius/Fides con los dioses que presiden
la primera función en Roma, puesto que este dios se ocupa del mantenimiento
del orden y de la observancia de lo sagrado y garantiza la vida y continuidad
del poder romano (19). El culto al primero,
bajo la advocación de Júpiter Feretrio y Júpiter Stator
fue establecido por Rómulo; el segundo rey de Roma estableció
el culto a Fides (Dius Fidius). Pero a la par la doble advocación
de Júpiter esconde la dualidad soberana: Feretrio es el dios violento,
triunfal; Stator, el sobrio, el garante de la paz. Esta última
idea queda reforzada por el culto a Fides, encarnación del
sentimiento más elevado entre los romanos: el respeto a la palabra
dada, la Fe en su sentido originario que preserva al Estado y a los individuos.
Su representación en la estructura social está constituida
por dos figuras: el rex y el flamen dialis, como dos caras
de las funciones soberanas en Roma, la política y la religiosa.
La segunda función
estaría encarnada por la figura del rey Tulo Hostilio y representada
por Marte, el dios de la guerra y se correspondería con la segunda
tribu de Rómulo, los Luceres, aliados etruscos al mando de
Lucumón, los soldados por excelencia (no olvidemos que se atribuye
a los etruscos la introducción de los infantes armados, al estilo
de los hoplitas griegos).
La tercera, la asociada
a la fecundidad y a la riqueza quedaría en manos de Anco Marcio
y Quirino, dios de los sabinos, y se correspondería con la tercera
tribu, los Quirites o Tities (por el nombre de su rey Tito Tacio).
A pesar de que la
división ternaria de las tribus basada en componentes étnicos
era admitida por los escritores de la antigüedad (20)
a la luz de las investigaciones de Dumézil hemos de entenderla a
partir de su origen funcional.
La división
funcional tripartita, reflejada en la jerarquía de los tres dioses
principales que precedieron a la existencia de la Tríada Capitolina,
pervive en el antiguo ordo sacerdotum, -en los tres flámines
mayores (flamen dialis, flamen martialis y flamen quirinalis), de
los que hemos hablado anteriormente- y también en las instituciones
religiosas del período arcaico: la Regia protegía los cultos
de Júpiter, de Marte –en al sacrarium Martis- y de Ops
Consiva (21); la norma que prevé
la entrega de los spolia opima –los primeros a Júpiter, los
segundos a Marte y los terceros a “Jano Quirino”-; así como la triple
jefatura del colegio de los Salios.
Por otra parte,
también algunos rituales conservados nos permiten defender la existencia
de la herencia indoeuropea: no se pueden explicar de otra forma los extraños
ritos de las Matralias del 11 de junio, las Angeronalia del
21 de diciembre o la curiosa personalidad de la diosa Fortuna –madre e
hija de Júpiter- o de Lua Mater –que personifica la destrucción
por medio de la disolución-. Estos ritos se habían separado
de su contexto mitológico, por esa desteologización tan romana
de la que hemos hablado, pero vuelven a cobrar su significado simbólico
a la luz de los datos indoeuropeos.
Los ritos también
nos proporcionan datos sobre las diversas fases del desarrollo de la ciudad:
Las Lupercalia, de innegable carácter arcaico, -tanto por
su concepto del dios (Faunus, el dios-lobo) como por el aspecto
de los lupercos que participaban el la carrera profiláctica- se
celebraban en torno al Palatino –cuna de la ciudad: recordemos la Roma
quadrata-; el Septimontium del 11 de diciembre implicaba a los
habitantes del Palatinum, Cermal, Velia, Fagutal, Oppiano, Cispio
y Celio, una nueva delimitación topográfica, que pone
de manifiesto un proceso de integración de territorios; los Argei,
procesión con los muñecos hechos de cañizo (argei)
a las veintisiete capillas que se habían erigido con ese fin (22),
recorría las colinas de Celio, Esquilino, Viminal, Quirinal y Palatino,
rodeando el Foro; la delimitación topográfica corresponde
a la inclusión del Foro en la ciudad, etapa decisiva de la transformación
urbana.
1.
Schilling 1969 (1973), 435.
2.
Recordemos
el caso de Pales y de Faunus/Fauna.
3.
Dumézil 1934; id. 1935; id. 1938..
4.
G. Dumézil, en la introducción a Eliade 1949 (1990), 14.
5.
Dumézil 1949, 36.
6.
Dumézil 1958 a, 429.
7.
Dumézil 1958 a 429-430; 1958 b, 20-33; 1966, 166.
8.
Varrón, LL 5,46 y 5, 55; Propercio 4,1,9-32; Livio 1,13,6-8 los
considera escuadrones de caballería y no tribus, dato que G. Dumézil
explica por un desarrollo secundario, Dumézil 1941, 128-130.
9.
Bieler 1991, passim.
10.
Dumézil
1939, 39.
11.
Las Consualia son las fiestas en honor a Conso, dios primitivo de naturaleza
oscura, protectora de los silos (cf. Condo, almacenar). Se celebraban el
15 de diciembre y el 21 de agosto. Durante una de estas celebraciones tuvo
lugar el Rapto de las Sabinas.
12.
Dumézil 1942, 73-74.
13.
Rose 1926, 7; 1935, 237-257; 1949, 155-174 y 1951, 109-120.
14.
Wagenvoort 1952 (1980), 39-58 y 1972 (1980), 247-250.
15.
Dumézil 1952, 7-28; 1954 a, 19-20; 1969, 128-152. Esta teoría
ya había sido refutada por Weinstock 1949, 166-167.
16.
Dumézil 1966, 44.
17.
Dumézil 1966, 35.
18.
Cf. Cicerón ND 3,2; Dumézil 1947, 161-164.
19.
Cf. Dumézil 1958 a, 431; 1958 b, 48-54; 1966, 109, 185 y 323.
20.
Cf. Cicerón, Rep. 2,8,13-14: qua ex causa cum bellum Romanis
Sabini intulissent, proeliique certamen varium atque anceps fuisset, cum
T. Tatio rege Sabinorum foedus icit, matronis ipsis quae raptae erant orantibus;
quo foedere et Sabinos in civitatem adscivit sacris conmunicatis, et regnum
suum cum illorum rege sociavit. Post interitum autem Tatii cum ad eum dominatus
omnis reccidisset, quamquam cum Tatio in regium consilium delegerat principes
- qui appellati sunt propter caritatem patres - populumque et suo et Tati
nomine et Lucomonis, qui Romuli socius in Sabino proelio occiderat, in
tribus tris curiasque triginta discripserat; Floro, 2,6: Quippe cum populus
Romanus Etruscos, Latinos Sabinosque sibi miscuerit et unum ex omnibus
sanguinem ducat, corpus fecit ex membris et ex omnibus unus est...
21.
Diosa de origen sabino, que representaba la abundancia, en especial la
riqueza agrícola.
22.
El
significado de esta ceremonia ha dado lugar a muchas discusiones: Sobre
el estado de la cuestión, cfr. Marcos Casquero 1987, 37-66.

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