LOS
ETRUSCOS
La primera época
de integración de Sabinos y Latinos fue seguida –probablemente pronto-
por una época de dominación etrusca (23),
que finalizaría en torno al 510 a.C. Estas fases de la historia
nos son conocidas por las leyendas que conservamos sobre la monarquía
romana, en la que se habla de cuatro reyes (Rómulo, Numa Pompilio,
Tulo Hostilio, y Anco Marcio) y de una dinastía posterior, los Tarquinios
(Tarquinio Prisco, Servio Tulio y Tarquinio el Soberbio), -etrusca sin
lugar a dudas- que reinó desde c. 625 a c. 510 a.C. Parece
éste un lapso de tiempo excesivo, por lo que debieron de existir
otros reyes, pero en cualquier caso, la existencia de una dinastía
etrusca es indiscutible Los etruscos no constituyeron una pequeña
estirpe que se impusiera sobre una población sometida. Ciertamente,
se produjo una infiltración tan importante que las comunidades romana
y etrusca parecieron fundirse en un conjunto homogéneo. Aunque se
habla de la dominación etrusca a partir del 625 a.C., no hemos de
olvidar que la tradición menciona elementos etruscos desde los mismos
orígenes de la ciudad. Una de las tres tribus constituyentes tenía
un origen étnico etrusco y los rituales seguidos por Rómulo
en la fundación de la ciudad eran etruscos sin lugar a dudas.
Los tres reyes etruscos
siguiendo el ejemplo de los grandes tiranos griegos, como Polícrates,
Periandro y Pisístrato, dedicaron sus esfuerzos no sólo a
realizar grandes obras públicas sino también a poner en práctica
una política exterior expansionista. El futuro de Roma dependía
de su control de la pequeña llanura del Lacio, habitada por más
de treinta comunidades de idéntica base étnica y con algunas
prácticas religiosas iguales a las de los primeros romanos. La inmigración
etrusca en Roma dio un nuevo impulso al movimiento ya iniciado en el siglo
VII durante el reinado de Anco Marcio. Bajo los Tarquinos, Roma no sólo
conquistó una serie de lugares estratégicos de las proximidades
(como Gabi, en la trascendental ruta comercial norte-sur) sino que constituyó
también una alianza histórica con los pueblos latinos, conmemorada
con la fundación de un templo dedicado a Diana en 1a colina del
Janículo en Roma, por parte del rey Servio Tulio, hacia el año
540 a.C. (24). Con este templo se pretendía
sustituir el culto federal de Diana en Aricia, en los montes Albanos, practicado
por muchas de las tribus latinas y de esta manera afirmar la supremacía
de Roma en el Lacio.
Pero los etruscos
trajeron también consigo elementos de la cultura griega: Sus gobernantes
eran etruscos que poseían contactos en zonas muy alejadas de Roma
a través del mundo etrusco y griego (25).
En la centuria transcurrida entre 650 y 550 a.C., Roma se desarrolló
en extensión y aumentó la diversificación de su población.
La prosperidad de la ciudad se hace patente en los edificios, templos y
casas y en la calidad de los productos importados.
Mucho
antes que los romanos, los etruscos erigieron un complicado panteón
de divinidades antropomórficas, presididas por Tinia, cuyo poder
estaba constituido por tres rayos diferentes. Aunque su iconografía
parece influida por la escultura griega, la teología es propiamente
etrusca y destaca por dos rasgos fundamentales: Se concedía gran
importancia al culto a los muertos y el arte de la adivinación estaba
muy especializado. La religión etrusca influyó en la antigua
religión primitiva de los romanos, que no habían pensado
en sus dioses en términos antropomórficos ni habían
construido templos para ellos: la trdición afirma que la primera
estatua de Júpiter, en terracota, era obra del etrusco Vulca de
Veyes (26). Originalmente, la tríada
Júpiter-Marte-Quirino era adorada sin estatuas ni templos. Los etruscos
sustituyeron esta tríada por una nueva -Júpiter, Juno y Minerva
para la cual construyeron un gran templo en el Capitolio, dedicado inmediatamente
después de la caída de la monarquía en 507 a.C., y
esculpieron magníficas estatuas según los modelos griegos.
La sustitución de los paredros masculinos de Júpiter por
dos diosas es una prueba de que Etruria concedía mayor importancia
al papel de la mujer en la sociedad que los pueblos indoeuropeos.
De
igual forma, los etruscos introdujeron en Roma diferentes usos de adivinación
para asegurarse el conocimiento de la voluntad de los dioses. Estas prácticas,
como la consulta de las entrañas de los animales (haruspicina)
o el vuelo de las aves (augurios, auspicios) se integraron plenamente en
las costumbres romanas, aunque con las reservas mencionadas al hablar de
los arúspices: nunca pretendieron los romanos alcanzar una información
precisa acerca del futuro, sino simplemente intentaron conocer la aquiescencia
de los dioses acerca de aquello que querían emprender. Según
la tradición, la llegada de los Libros Sibilinos data también
de la época etrusca.
Sin embargo, algunos
de los aspectos más llamativos de su religión no consiguieron
calar en la mentalidad romana. La importancia que esta cultura daba a las
creencias sobre el más allá y a la existencia después
de la muerte –tema sobre el que desarrolló una amplía y compleja
imaginería-, no llegó a impregnar la religión romana,
tan pragmática y poco dada a especulaciones. Los Di Manes romanos
eran menos substanciales que los etruscos. Cabe preguntarse el porqué
de esta renuencia a aceptar elementos escatológicos o metafísicos.
La respuesta ha sido apuntada en diversas ocasiones: se debe al carácter
político de la religio. Todo estaba sometido al poder del
Estado y el individuo sólo existe en la medida en la que forma
parte y está integrado en la estructura social. El vínculo
religioso refuerza esa sensación de “pertenencia” al grupo y su
fin último es asegurar la buena marcha y el desarrollo de la ciudad.
Pero
la influencia etrusca más importante hemos de verla en la estricta
definición de ciertas formas rituales de los hechos culturales:
fueron los etruscos los más interesados en los rituales de todos
los pueblos occidentales de la antigüedad. Aunque se suele retrotraer
este establecimiento de los rituales por parte de los historiadores antiguos
a épocas de Numa Pompilio, es creencia aceptada que hay que adelantar
la fecha de tal establecimiento unos dos siglos más, a la época
de la dominación etrusca. Sea como sea, el conocimiento romano de
los rituales mantiene una deuda con los etruscos al menos en algunos aspectos
del ritual y las ceremonias y –sin lugar a dudas- en el planteamiento decoración
y construcción de templos y –como ya señalábamos en
su momento- con la aparición de las primeras estatuas de los dioses.
Otro de los aspectos
en los que la deuda con los etruscos es innegable, es en la concepción
del calendario religioso, por ejemplo, los nombres de los meses Abril y
Junio en su forma romana- vienen de Etruria, al igual que algunos
ludi.
PRIMEROS TIEMPOS
DE LA REPÚBLICA.
Hacia el año
510 a.C., Roma era ya una potencia importante que controlaba un amplio
territorio. Según los autores antiguos, concluyó en esa época
un tratado con Cartago donde se establecían sus respectivas áreas
de influencia (27). El templo de Júpiter
Capitolino era el más importante de Italia y bajo los Tarquinos
su prosperidad parecía asegurada. Pero, probablemente en 509 a.C.,
el rey fue derrocado. Ignoramos las razones que provocaron esta gran revolución,
pero parece que no se trató de un movimiento contra la población
etrusca de Roma como tal -que era ya muy numerosa y se hallaba ya perfectamente
integrada, y que además continuó siendo un elemento dominante
de la sociedad- sino más bien, pudo tratarse de un fenómeno
social. La era de los tiranos ya había pasado y no es mera coincidencia
el hecho de que el hijo de Pisístrato fuera exiliado de Atenas en
el año 510 a.C. Para sustituir al rey se instauró una
magistratura dual, de elección anual, el consulado. En el plano
religioso, apareció la figura del rex sacrorum, -del que
ya hemos hablado en el apartado de los sacerdotes romanos- que heredó
las funciones litúrgicas del antiguo rey . Sin embargo, el papel
de este rex en la vida ciudadana fue disminuyendo su importancia.
Sin sus reyes, Roma perdió su fuente última de autoridad
religiosa, lo cual condujo a los enfrentamientos de patricios y plebeyos,
que iniciarán una rivalidad política y económica que
durará siglos y que –evidentemente- tendrá repercusiones
en la vida religiosa. En principio, sólo los patricios tendrán
derechos religiosos –en realidad sólo los patricios tenían
derechos y privilegios-; los plebeyos tenían sus propios sacra pero
regulados por el Pontifex patricio. Hasta el año 300, con
la lex Ogulnia, los plebeyos no accederán a los puestos de
los colegios sacerdotales y ni siquiera alcanzarán el derecho a
entrar en todos ellos –el rex sacrorum, los flamines mayores
y los salii seguirán siendo patricios. Los plebeyos intentan
compensar este desequilibrio religioso con sus propios cultos: se erigen
los templos de la tríada “plebeya” Ceres-Liber-Libera cerca
del circo Máximo (493 a.C.) y el de Cástor en el Foro (484
a.C.), pero curiosamente, ambos son construidos por el voto de un patricio,
el dictador A. Postumio. En cualquier caso, la historia nos trasmite el
origen “extranjero” de ambos cultos. El templo de la Tríada Aventina
es consecuencia de la consulta de los Libros Sibilinos y Cástor
fue “evocado” durante la guerra latina.
Además de
los factores internos, los elementos exteriores también dejaron
huella en la religión romana republicana. Aunque según la
tradición, los etruscos fueron expulsados a principios del siglo
V a.C., las relaciones con la cultura etrusca se siguieron manteniendo
pero aparece un elemento nuevo: las relaciones con los griegos por la ciudad
de Cumas, que aprovisionaba a Roma de grano en épocas de carestía.
Este contacto cultural y económico influyó en la construcción
de templos en la Urbe de estilo griego, y empezaron a absorber algunas
costumbres religiosas helénicas. Estas innovaciones parecen contrastar
con la afirmación del profundo conservadurismo de la religión
romana, pero son simplemente la prueba evidente de la naturaleza antitética
de la religión: la tradición permanece inalterada bajo el
rígido control del Pontifex, pero este conservadurismo estaba
compensado con una actitud de apertura, para evitar el riesgo de petrificarse:
los viri sacris faciundis estaban encargados de vigilar la introducción
de dioses extranjeros, llegada que solía tener lugar en épocas
de crisis; ante nuevas situaciones, si las prácticas tradicionales
no resultaban efectivas, el pragmatismo romano hacía que se buscasen
soluciones en el exterior. Sabemos que desde tiempos pretéritos
–aunque no esté evidenciado su uso hasta el s. III a.C.- los romanos
practicaron la evocatio -como hemos mencionado en el caso de Cástor-,
ritual para invitar a las divinidades protectoras de las ciudades a las
que atacaban a abandonar sus hogares y emigrar a Roma.
En una emergencia
en el 399 a.C., Roma importa un ritual griego, el lectisternio –mencionado
con anterioridad- y en el mismo siglo, para alejar las pestilencia se introduce
la supplicatio, procesión en torno a los templos y se postraban
a la manera griega. Esta costumbre se extendió posteriormente a
la celebración de las victorias. Importante también es el
hecho de la aparición de un “rito griego” –en el que el sacerdote
realiza la ofrenda con la cabeza descubierta y coronado con laurel y en
su plegaria no se mencionan otras divinidades- frente al rito romano, en
el que el sacerdote tienen la cabeza velada y está prescrita una
invocación a las demás divinidades. El rito griego suele
realizarse en las ceremonias de las divinidades que mantuvieron sus rasgos
de origen a pesar de la romanización, como es el caso de Hércules.
También son pertenecen al ritus graecus los Ludi Saeculares,
instituidos en el 249 a.C .
Dos serán
las vías de introducción de nuevas divinidades en Roma. La
evocatio
y la consulta de los Libros Sibilinos. La única limitación
que se impone en la entrada de estos nuevos dioses es que sus templos deben
situarse fuera del pomoerium de la ciudad. Por el rito de la evocatio(28)
llegaron a Roma -además de los Dioscuros- Juno Regina en el 396
a.C. desde Veyes(29) al Aventino, Vertumno
desde Bolsena en el 264 a.C. y todos los dioses cartagineses en el
146 a.C. (30).
Los Libros Sibilinos
propiciaron no sólo la construcción del templo de la Tríada
Aventina, sino también la llegada de otros dioses. El santuario
de Apolo Medicus (31) fue edificado
en el 431 a.C. en los Campos Flaminios a consecuencia de una epidemia (32);
Esculapio, dios de la medicina, llegó desde Epidauro en el 293 a.C.
a una isla del Tíber. Atención especial merecen las diosas
Cibeles y Venus Ericina, llegadas ambas a consecuencia de las guerras púnicas.
A Venus Ericia, por indicación de los Libros Sibilinos, se le construyó
un templo en el Capitolio 217 a.C. y Magna Mater Idaea –Cibeles-
fue traída desde Pesinunte a la cima del Palatino en el 204 a.C.
Su presencia en el pomoerium quedaba justificada por los antecedentes
troyanos de las diosas. La incorporación de la leyenda troyana,
conocida por los etruscos sin lugar a dudas desde finales del siglo VI
a.C., pone de manifiesto el sincretismo que ha tenido lugar en la religión
romana, tan ajena en su origen a la mitología griega.
23.
Sea cual sea el verdadero origen de los etruscos - hay quien los considera
un pueblo indígena o quien les hace proceder del Asia occidental
tras el colapso de los imperios micénico e hitita- sabemos que es
un pueblo que se dedicó a la agricultura y al comercio.
24.
En
la época clásica se conservaba todavía una inscripción
muy antigua que registraba la fundación de este templo, pero no
se ha realizado todavía la excavación del yacimiento para
precisar la fecha de su construcción.
25.
En Roma se han hallado vasos griegos e incluso existe una tradición
-que no ha de ser necesariamente falsa- de que Roma consultó el
oráculo de Delfos en una ocasión antes de que finalizara
el siglo VI.
26.
Plinio, NH 35,157.
27.
La existencia de ese tratado no es en absoluto inverosímil. dado
que recientemente se han descubierto en Pirgi, puerto de la ciudad
etrusca de Ceres, una serie de tablillas de oro, escritas en etrusco y
en fenicio-púnico y que datan de la misma época.
28.
Macrobio, Sat. 3,9, 6-12 nos trasmite la fórmula de este ritual:
Est autem carmen huiusmodi quo di evocantur, cum oppugnatione civitas cingitur:
si deus si dea est cui populus civitasque carthaginiensis est in tutela,
teque maxime, ille qui urbis huius populique tutelam recepisti, precor
venerorque veniamque a vobis peto ut vos populum civitatemque carthaginiensem
deseratis, loca templa sacra urbemque eorum relinquatis absque his abeatis,
eique populo civitati metum formidinem oblivionem iniciatis, proditique
romam ad me meosque veniatis, nostraque vobis loca templa sacra urbs acceptior
probatiorque sit, mihique populoque romano militibusque meis praepositi
sitis ut sciamus intelligamusque. si ita feceritis, voveo vobis templa
ludosque facturum.
29.
Livio
5,21,3.
30.
Basanoff
1945; Dumézil 1954 b, 45-48.
31.
Gagé 1955, 158-167.
32.
Livio
4,25,3; id. 40,51,6.

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