Centro de Formación on Line
Biblioteca Virtual E-excellence
I.E.P.E.S.
 Agenda Exposiciones Publicar en Liceus Enlaces E-excellence CIDEIH

 

 

Orfeo. El poder encantador de la música y la palabra. 1/

 

Francesc Casadesús Bordoy

Universidad de las Islas Baleares

 


Thesaurus: Orfeo, orfismo, inmortalidad del alma, secta, música, Eurídice, reencarnación, persuasión, palabra, magia,  Dioniso, pitagorismo, ascesis, vegetarianismo, iniciación.

 

    

                 Son pocos los mitos que, como el de Orfeo, han conseguido penetrar y perpetuarse en las más variadas áreas del arte y el pensamiento. Orfeo ha sido una fuente de inspiración constante para los creadores y artistas de todas las épocas. Un repaso de los principales autores que han bebido en las fuentes órficas exigiría un curso entero que, sea dicho de paso, se convertiría en una historia solapada de la literatura o del arte occidental. Desde la misma antigüedad griega y romana,  que incorporó la figura de Orfeo en la filosofía, la tragedia, la épica, la pintura, pasando por las recreaciones de los poetas alejandrinos, el renacimiento, el siglo de oro español, la Ilustración o nuestro propio siglo, el mito de Orfeo ha conocido múltiples recreaciones que han despertado un interés enorme por el personaje. Autores como Poliziano, Garcilaso,  Góngora, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Goethe, Rilke y Tennessee Wiliams;  pintores como Bellini, Rubens, Tintoretto, Delacroix y Moreau; la ópera con sus  primeras composiciones de la Camerata Fiorentina y la famosas Orfeo de  Monteverdi  y Orfeo y Eurídice de Gluck; la pieza teatral Orfeo en los infiernos de Offenbach;  el cine con películas como las de Cocteau o Marcel Camus, o incluso más recientemente el mundo del cómic con unas excelentes Órficas del dibujante Max (en una exposición presentada en Sevilla, el verano de 1994) configuran un panorama amplísimo que merecería por sí mismo, como ya se ha sugerido, un ciclo completo de conferencias.

                       No es tampoco el momento de extenderse en la cuestión  de las influencias que el mito de Orfeo tuvo en la formación de otras religiones como del cristianismo primitivo, influjo atestiguado, entre otros, en algunas representaciones de la iconografía cristiana que sugieren sorprendentes paralelismos entre Orfeo y Jesucristo o las conexiones de Orfeo con otros movimientos doctrinales y rituales como los ritos dionisíacos y los misterios de Eleusis.  Asímismo, las influencias de la figura de Orfeo y el orfismo en el cambio radical del pensamiento y la filosofía griega, representado sobre todo por la introducción en Grecia de la noción de inmortalidad del alma y su incorporación plena en el pensamiento occidental, por medio de la reelaboración de este concepto realizada por Pitágoras y Platón,  merecería mucho más espacio del que disponemos.

                 De todos modos, algunos de estos últimos aspectos deberán ser mencionados de nuevo al final de este trabajo, para realizar algunas consideraciones que enriquezcan nuestro conocimiento sobre cuál pudo ser la influencia de Orfeo en la conformación del movimiento religioso que adoptó su nombre, el orfismo, y la penetración que esta doctrina pudo tener en la formación del pensamiento heleno.

Finalmente, es el momento de recordar en este somero repaso que, en el ámbito del arte antiguo, las representaciones iconográficas de Orfeo en la antigüedad clásica superan, en cantidad y cualidad, las de cualquier otro mito. Como resumen de esta introducción sobre la enorme proyección del mito de Orfeo en los más variados aspectos de la cultura y el arte de todos los tiempos, baste ahora con recordar lo que afirma Pierre Grimal en su conocido diccionario de Mitología: “El mito de Orfeo es uno de los más oscuros y cargados de simbología de cuantos registra la mitología helénica”.[V1] [1]

Pero ¿en qué se basa la fascinación que Orfeo ha proyectado a lo largo de todas las épocas? Muy posiblemente en la conjunción de diversos motivos: de un lado, en la enorme atracción que siempre ha ejercido el relato mítico que explica su dramática y apasionada relación con su mujer Eurídice y, de otro, aunque pueda parecer paradójico, en la oscuridad que rodeó, ya desde sus orígenes, a la figura de Orfeo. En este contexto, es indudable que el movimiento doctrinal y mistérico, el orfismo, que surgió a la sombra de su nombre y fama, incrementó aún más la incertidumbre y la curiosidad en torno al personaje. 

                  Si nos fijamos un momento en las características más sobresalientes de su personalidad,  comprobaremos que, en efecto, se sabe muy poco de Orfeo. Cuando, dejando a un lado el relato mítico, nos preguntamos por su actividad y personalidad, surgen numerosas preguntas que ponen de manifiesto la ambigüedad que siempre ha envuelto a esta figura.  Para empezar: ¿existió realmente Orfeo?  Como la mayoría de personajes míticos su vida se diluye en una nebulosa que pone en duda su existencia real. Lo curioso es que, a pesar de su más que probable inexistencia histórica, numerosas fuentes aluden a él como un individuo legendario cuyo carisma habría facilitado la aparición de grupúsculos sectarios que, reivindicando su nombre,  se autoproclamaban “seguidores de Orfeo”. 

                  Por este motivo, todavía hoy nos formulamos la pregunta  sobre quién fue en realidad Orfeo, respondiéndola con otros interrogantes que denotan la duda que su identidad despierta. ¿Acaso fue Orfeo un músico?, ¿un poeta?, ¿un chamán?, ¿un mago?, ¿un taumaturgo?, ¿un héroe?, ¿un sacerdote?, ¿el introductor de ritos y misterios desconocidos hasta entonces en Grecia como los rituales báquicos? ¿O una mezcla de todas estas actividades y personalidades?.

     

            Ya se ha sugerido que su fama procede del carácter trágico del propio relato mítico sobre el que se fue construyendo la figura dramática de Orfeo, con todas las secuelas e interpretaciones posteriores de una historia que acabó con su  muerte, después de haber perdido a su mujer. Sobre la extraordinaria fama de que gozó Orfeo en la antigüedad baste decir ahora que, curiosamente, el primer testimonio órfico escrito conservado consiste en una breve expresión de tan sólo dos palabras, un adjetivo y un substantivo, de un fragmento de Íbico, un poeta lírico del siglo VI a. C, que traducido del griego dice: Orfeo de nombre famoso. Afirmación que confirma, abusando de la redundancia, que el mito y figura de Orfeo fue mitificado y muy conocido desde su origen.

     

            El principal objetivo de este trabajo consiste en intentar explicar primero los rasgos principales de esta mitificación para relacionarlos luego con algunos de los principales efectos que éstos ejercieron en la formación de los grupúsculos sectarios que constituyeron uno de los movimientos religiosos más desconocidos y enigmáticos de la antigüedad: el orfismo. El motivo que justifica esta disposición es metodológico, pues resulta muy difícil entender cómo pudieron surgir diversos movimientos sectarios, de tintes rituales, religiosos, mágicos o filosóficos, que se refugiaron tras el nombre de Orfeo, los denominados “órficos”, sin comprender que muchos de los fundamentos doctrinales y dogmas se apoyaban en algunos de los aspectos más llamativos del mito de Orfeo.

     

            Dicho en otras palabras, la transición que se produce del Orfeo mítico a la aparición del orfismo como movimiento doctrinal en cualquiera de sus aspectos, adquiere todos los rasgos de un verdadero paso del Mito al Logos. De un mito que, en definitiva, desbordó, como ningún otro, los límites de la ficción literaria, para acabar generando un movimiento religioso, el orfismo, que, debido la reelaboración filosófica realizada por Platón en algunos de sus diálogos más emblemáticos, tuvo una gran trascendencia en la gestación de un nuevo modo de ver al hombre y el mundo que superaba definitivamente la mentalidad arcaica helena.

     

              Esto se debe a que el orfismo, y ahí radica uno de sus principales atractivos, se encuentra detrás de uno de los conceptos que mayor influencia ejerció en el cambio decisivo de orientación del mundo antiguo y que determinó, a partir de ese momento, el posterior desarrollo del pensamiento occidental: la creencia en la inmortalidad del alma. 

 

El mito de Orfeo.

Sin embargo, antes de entrar a comentar estas cuestiones, conviene recordar  brevemente los rasgos argumentales más característicos de este mito. Para ello resulta de gran utilidad resumir la descripción que hizo Virgilio al final de la Geòrgica IV, la primera versión de la historia que ha llegado completa hasta nosotros. De fechas anteriores al relato virgiliano tan sólo poseemos indicios y fragmentos, algunos de los cuales serán analizados posteriormente.

                  Cuenta Virgilio, al finalizar la mencionada Geórgica IV, que Orfeo era un cantor y músico tracio de poderes extraordinarios, pues con los sones de su voz y los armónicos acordes de su música lograba que las fieras lo siguiesen, que los árboles e, incluso, las rocas se inclinasen y moviesen a su paso y que los hombres se calmasen al oírlo. Precisamente su participación, junto con otros héroes de gran prestigio y fama, en el viaje de los Argonautas tuvo por finalidad utilizar los poderes de su capacidad musical para marcar la cadencia de los remeros y apaciguar las tempestades marinas con sus cantos:

 

       “Decían que, en medio, al lado del mástil, la lira de Orfeo, asiática de Tracia, gritaba su lamento cantando sus órdenes a los remeros, ordenando ahora una navegación rápida, ahora un reposo para los remos de abeto”[2].

 

                 Tan grande era la fuerza de su música  que, cuando la nave Argos pasó por delante de las Sirenas que intentaban seducir a los marineros de la nave, Orfeo utilizó un recurso distinto del de Ulises: cantando aún mejor que ellas consiguió que los tripulantes se mantuviesen quietos en sus bancos.

                  Orfeo estaba profundamente enamorado de su mujer Eurídice. Sin embargo, la fatalidad quiso que Aristeo persiguiese un día a Eurídice para violarla. Cuando huía, una serpiente venenosa le mordió y Eurídice murió. Orfeo quedó desconsolado. Embargado por la tristeza, dejó de cantar sumiendo a la naturaleza que le rodeaba en una profunda melancolía. Por fin, añorando desesperadamente a su mujer decidió ir a la puerta del Hades donde consiguió, con su música, que hasta la más inflexible de las diosas, la diosa del Hades (Hécate o Perséfone) se apiadase de él hasta el extremo de que le permitió hacer algo que estaba vetado a todos los demás mortales: descender al Hades para recuperar a su mujer. Únicamente le impuso una estricta condición: que cuando la encontrase y retornase con ella al mundo terrenal, Eurídice debía seguirle y Orfeo, en ningún caso, podría girarse hacia atrás para comprobar si la mujer le seguía. Si incumplía esta orden, la perdería definitivamente. Orfeo aceptó el reto. Caminando por el Hades consiguió paralizar con sus cantos toda la vida y movimientos del antro infernal (la rueda de Ixión y la piedra de Sísifo dejaron de rodar y las Danaides abandonaron momentáneamente su inútil trabajo de llenar de agua las jarras agujereadas) hasta que, por fin, encontró a Eurídice. Ella, tal como había sido prescrito, siguió sumisamente sus pasos a lo largo del camino de retorno hacia la luz del sol. Sin embargo, Orfeo, cuando ya estaba pisando el umbral de la salida del Hades, no pudo contener su humana curiosidad y se giró hacia atrás para comprobar si su mujer le seguía, aunque tan sólo llegó a intuir como una sombra espectral se desvanecía hacia las profundidades del abismo infernal. La amenaza de la diosa del Hades se había cumplido implacable.

     

             Orfeo, ahora doblemente desconsolado, intentó volver a buscarla. Sin embargo, la ley fijada per Perséfone le impedía retornar al Hades. Desesperado, no le quedó más remedio que vagar solitario, consumido por la aflicción de su doble desgracia. Había perdido a su mujer por dos veces consecutivas. La última por no haber sabido contener su curiosidad y respetar la orden divina.

     

            Sobre lo que sucedió después hay muchas versiones, aunque todas giran alrededor del mismo argumento: que Orfeo volvió a su país, Tracia, y que allí tuvo muchos problemas con las mujeres que le acosaban y pretendían. Añorando todavía a su esposa, se negó a mantener ningún tipo de relación con ninguna otra mujer, hecho que las mujeres tracias interpretaron como un insulto y un menosprecio hacia ellas. Otros testimonios informan que sólo se rodeaba de hombres, lo que le valió la fama de haber instaurado la homosexualidad o, incluso de entenderse sólo con niños, circunstancia que también le valió la fama, esta ya mucho más dudosa en los tiempos que corren, de haber inventado la pederastia.

     

            Sea como sea, Orfeo acabó su vida descuartizado por las mismas mujeres tracias que sentían una pasión irresistible por él. Se cuenta que su cabeza y su  lira fueron a parar al río Hebro y que, siguiendo su curso, continuaron cantando hasta que llegaron a la isla de Lesbos. Isla que, por este motivo, fue consagrada a la lírica.

     

            De todas las hazañas y aventuras  que jalonan el relato hay, sin duda, una de excepcional y digna de ser recordada: la bajada al Hades. Muy pocos héroes se atrevieron a realizar una empresa de semejante riesgo: Ulises, para consultar el alma de Tiresias; Hércules, para buscar y secuestrar al Cancerbero por orden de Euristeo, y Teseo, quien junto con su compañero Piritoo visitó el Hades para secuestrar a la misma diosa Perséfone, acción que frustró Hades, su marido, al simular un banquete y dejar clavado en su asiento al intruso hasta que éste fue liberado por Hércules.

     

            El descensus ad inferos representa el mayor reto con el que pueda enfrentarse un humano y su mera realización constituye el acto heroico por excelencia. Ningún otro desafío puede comparársele pues ninguna otra hazaña puede equipararse con el peligro de enfrentarse con las fuerzas de ultratumba y arrostrar los riesgos que comporta ese acto excepcional. Desde el punto de vista de la evolución del pensamiento occidental esta gesta resulta decisiva porque, tras la aventura de Orfeo, se oculta el origen de la creencia en la existencia de un mundo del más allá relacionado con una noción  nueva y mistérica, llamada a revolucionar el pensamiento y mentalidad religiosa del mundo griego: la inmortalidad del alma y su posterior sometimiento a los ciclos de reencarnaciones.

     

            Sin embargo, y fuese cual fuese la interpretación del viaje de ultratumba por parte de Orfeo, está fuera de cualquier duda que su mítica bajada al Hades representó el inicio de su prestigio y de la posterior aparición de los grupúsculos órficos que a él se consagraron. La convicción de que Orfeo había penetrado en la morada de los muertos y de que había salido con vida de él le hizo pasar por un ser extraordinario porque había visto y conocía los más profundos secretos del más allá. Al mismo tiempo, su viaje de entrada y salida del Hades simbolizaba el ciclo de la vida-muerte-vida al que, según la creencia órfica, estaba sometida el alma. A este tema volveremos más tarde, al tratar de los aspectos más característicos de la religión órfica.

     

            Antes conviene recordar que, a pesar del renombre que le reportó a su autor el viaje al Hades en busca de su mujer, esa acción fue interpretada de otro modo por Platón, que mostró su opinión discordante en el Banquete al argumentar que Orfeo, en realidad,  había actuado como un cobarde:

 

“En cambio a Orfeo, el hijo de Eagro, lo despidieron del Hades sin conseguir nada, después de que le hubiesen  mostrado el fantasma de su mujer, a quien él había ido a buscar. No se la entregaron porque lo consideraban un cobarde y, como citarista que era, no se atrevió a morir por amor como Alcestis, sino que se las ingenió para entrar vivo en el Hades”. [3]

    

                 Llegados a este punto, será conveniente analizar algunos de los fragmentos más antiguos que aluden a Orfeo porque nos permitirán entender aún mejor cuál fue la consideración que recibió en la antigüedad y, este es el objetivo más importante, comprender desde sus mismos orígenes las causas y el desarrollo de la notable influencia que la figura de Orfeo ejerció en la formación de nuevas formas de religiosidad hasta el extremo de penetrar, en forma de sectas órficas, en las capas más populares y supersticiosas de la sociedad helena.

    

                  Orfeo. El poder de la palabra.

                  Los testimonios más antiguos coinciden en resaltar el carácter fascinante y encantador de la voz y la lira de Orfeo. Los poetas y autores  trágicos destacaron algunos rasgos de su poder musical que han llegado a ser proverbiales, como su capacidad de encantar a los animales hasta conseguir calmarlos o, incluso, de arrastrar tras de sí a los seres inanimados como los árboles y las piedras:

 

                  “Con su bello canto innumerables pájaros sobrevolaban su cabeza y del agua azulada saltaban los peces”.[4]

 

                    “Orfeo, que con el sonido de su  lira reunía a los árboles y con su música congregaba a las fieras salvajes”[5].

 

                   De manera casi imperceptible los poetas identificaron el poder de su música con la fuerza de su palabra, de su logos. Así,  por extensión de su capacidad musical, el discurso, el logos de Orfeo, fue considerado como un poder persuasivo que, como en el caso de Ifigenia, todos envidiaban y querrían poseer para dominar a los demás:

 

                 “Si tuviese la palabra (logos) de Orfeo, oh padre, persuadiría, encantándolas, a las rocas para que me acompañasen y seduciría con palabras a quien quisiese”.[6]

 

Poder de la palabra que también se sugiere en este otro testimonio extraído del Agamenón de Esquilo, en el que Egisto afirma lo siguiente:

   

                  “Tu lengua es la contraria a la de Orfeo: pues, en efecto, él, con su voz, conduce cada cosa a la felicidad”[7].

 

Tan poderoso debió de resultar su poder de convicción que Platón llegó a comparar la capacidad persuasiva de un sofista del renombre de Protágoras con el poder encantador de Orfeo:

 

                 “De cada ciudad por la que pasa Protágoras, encantándolos con su voz como Orfeo, lleva tras de él extranjeros endulzados por su voz ”[8].

 

                  Esta última comparación de Platón resulta muy significativa pues describe a Orfeo como una especie de encantador de serpientes capaz de deslumbrar y atraer también a los hombres como un buen político o, para decirlo con más contundencia, como un hábil  demagogo.  En un pueblo en que se consideraba un arte el hablar bien, con un movimento sofista en auge y un Sócrates que basaba su método filosófico en la capacidad persuasiva de la palabra, se consideraba que había algo de divino en el don de persuadir a los otros y destacar socialmente en el ágora mediante el uso de la palabra. No tiene nada de extraño que, en este contexto, Orfeo fuese considerado el primer sofista y un modelo a imitar.



[1] P. Grimal, Diccionario de Mitología Griega y Romana, p. 391.

[2] Eurípides, Hypsipyla fr. I, 3, 8-14.

[3] Platón, Banquete 179d.

[4] Simónides fr. 384 Page.

[5] Eurípides, Bacantes 560.

[6] Eurípides, Ifigenia en Aulide 1211.

[7] Esquilo, Agamenón 1629-1630

[8] Platón, Protágoras 315 ab.


 [V1]