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Thesaurus:
Orfeo, orfismo, inmortalidad del alma, secta, música, Eurídice,
reencarnación, persuasión, palabra, magia, Dioniso, pitagorismo,
ascesis, vegetarianismo, iniciación.
Son pocos los mitos que, como el de Orfeo, han conseguido penetrar y
perpetuarse en las más variadas
áreas del arte y el pensamiento. Orfeo ha sido una fuente de inspiración
constante para los creadores y artistas de todas las épocas. Un repaso de los
principales autores que han bebido en las fuentes órficas exigiría un curso
entero que, sea dicho de paso, se convertiría en una historia solapada de la
literatura o del arte occidental. Desde la misma antigüedad griega y romana,
que incorporó la figura de Orfeo en la filosofía, la tragedia, la épica,
la pintura, pasando por las recreaciones de los poetas alejandrinos, el
renacimiento, el siglo de oro español, la Ilustración o nuestro propio
siglo, el mito de Orfeo ha conocido múltiples recreaciones que han despertado
un interés enorme por el personaje. Autores como Poliziano, Garcilaso,
Góngora, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Goethe, Rilke y
Tennessee Wiliams; pintores como
Bellini, Rubens, Tintoretto, Delacroix y Moreau; la ópera con sus primeras composiciones de la Camerata Fiorentina y la famosas
Orfeo de Monteverdi y
Orfeo y Eurídice de Gluck; la pieza teatral Orfeo
en los infiernos de Offenbach; el
cine con películas como las de Cocteau o Marcel Camus, o incluso más
recientemente el mundo del cómic con unas excelentes Órficas
del dibujante Max (en una exposición presentada en Sevilla, el verano de
1994) configuran un panorama amplísimo que merecería por sí mismo, como ya
se ha sugerido, un ciclo completo de conferencias.
No
es tampoco el momento de extenderse en la cuestión
de las influencias que el mito de Orfeo tuvo en la formación de otras
religiones como del cristianismo primitivo, influjo atestiguado, entre otros,
en algunas representaciones de la iconografía cristiana que sugieren
sorprendentes paralelismos entre Orfeo y Jesucristo o las conexiones de Orfeo
con otros movimientos doctrinales y rituales como los ritos dionisíacos y los
misterios de Eleusis. Asímismo,
las influencias de la figura de Orfeo y el orfismo en el cambio radical del
pensamiento y la filosofía griega, representado sobre todo por la introducción
en Grecia de la noción de inmortalidad del alma y su incorporación plena en
el pensamiento occidental, por medio de la reelaboración de este concepto
realizada por Pitágoras y Platón, merecería
mucho más espacio del que disponemos.
De todos modos, algunos de estos últimos aspectos deberán ser
mencionados de nuevo al final de este trabajo, para realizar algunas
consideraciones que enriquezcan nuestro conocimiento sobre cuál pudo ser la
influencia de Orfeo en la conformación del movimiento religioso que adoptó
su nombre, el orfismo, y la penetración que esta doctrina pudo tener en la
formación del pensamiento heleno.
Finalmente,
es el momento de recordar en este somero repaso que, en el ámbito del arte
antiguo, las representaciones iconográficas de Orfeo en la antigüedad clásica
superan, en cantidad y cualidad, las de cualquier otro mito. Como resumen de
esta introducción sobre la enorme proyección del mito de Orfeo en los más
variados aspectos de la cultura y el arte de todos los tiempos, baste ahora
con recordar lo que afirma Pierre Grimal en su conocido diccionario de Mitología:
“El mito de Orfeo es uno de los más oscuros y cargados de simbología de
cuantos registra la mitología helénica”.
Pero
¿en qué se basa la fascinación que Orfeo ha proyectado a lo largo de todas
las épocas? Muy posiblemente en la conjunción de diversos motivos: de un
lado, en la enorme atracción que siempre ha ejercido el relato mítico que
explica su dramática y apasionada relación con su mujer Eurídice y, de
otro, aunque pueda parecer paradójico, en la oscuridad que rodeó, ya desde
sus orígenes, a la figura de Orfeo. En este contexto, es indudable que el
movimiento doctrinal y mistérico, el orfismo, que surgió a la sombra de su
nombre y fama, incrementó aún más la incertidumbre y la curiosidad en torno
al personaje.
Si nos fijamos un momento
en las características más sobresalientes de su personalidad,
comprobaremos que, en efecto, se sabe muy poco de Orfeo. Cuando,
dejando a un lado el relato mítico, nos preguntamos por su actividad y
personalidad, surgen numerosas preguntas que ponen de manifiesto la ambigüedad
que siempre ha envuelto a esta figura. Para empezar: ¿existió realmente Orfeo? Como la mayoría de personajes míticos su vida se diluye en
una nebulosa que pone en duda su existencia real. Lo curioso es que, a pesar
de su más que probable inexistencia histórica, numerosas fuentes aluden a él
como un individuo legendario cuyo carisma habría facilitado la aparición de
grupúsculos sectarios que, reivindicando su nombre,
se autoproclamaban “seguidores de Orfeo”.
Por este motivo, todavía
hoy nos formulamos la pregunta sobre
quién fue en realidad Orfeo, respondiéndola con otros interrogantes que
denotan la duda que su identidad despierta. ¿Acaso fue Orfeo un músico?, ¿un
poeta?, ¿un chamán?, ¿un mago?, ¿un taumaturgo?, ¿un héroe?, ¿un
sacerdote?, ¿el introductor de ritos y misterios desconocidos hasta entonces
en Grecia como los rituales báquicos? ¿O una mezcla de todas estas
actividades y personalidades?.
Ya se ha sugerido que su fama procede del carácter trágico del propio
relato mítico sobre el que se fue construyendo la figura dramática de Orfeo,
con todas las secuelas e interpretaciones posteriores de una historia que acabó
con su muerte, después de haber
perdido a su mujer. Sobre la extraordinaria fama de que gozó Orfeo en la
antigüedad baste decir ahora que, curiosamente, el primer testimonio órfico
escrito conservado consiste en una breve expresión de tan sólo dos palabras,
un adjetivo y un substantivo, de un fragmento de Íbico, un poeta lírico del
siglo VI a. C, que traducido del griego dice: Orfeo
de nombre famoso. Afirmación que confirma, abusando de la redundancia,
que el mito y figura de Orfeo fue mitificado
y muy conocido desde su origen.
El principal objetivo de este trabajo consiste en intentar explicar
primero los rasgos principales de esta mitificación para relacionarlos luego
con algunos de los principales efectos que éstos ejercieron en la formación
de los grupúsculos sectarios que constituyeron uno de los movimientos
religiosos más desconocidos y enigmáticos de la antigüedad: el orfismo. El
motivo que justifica esta disposición es metodológico, pues resulta muy difícil
entender cómo pudieron surgir diversos movimientos sectarios, de tintes
rituales, religiosos, mágicos o filosóficos, que se refugiaron tras el
nombre de Orfeo, los denominados “órficos”, sin comprender que muchos de
los fundamentos doctrinales y dogmas se apoyaban en algunos de los aspectos más
llamativos del mito de Orfeo.
Dicho en otras palabras, la transición que se produce del Orfeo mítico
a la aparición del orfismo como movimiento doctrinal en cualquiera de sus
aspectos, adquiere todos los rasgos de un verdadero paso del Mito
al Logos. De un mito que, en definitiva, desbordó, como ningún otro, los
límites de la ficción literaria, para acabar generando un movimiento
religioso, el orfismo, que, debido la reelaboración filosófica realizada por
Platón en algunos de sus diálogos más emblemáticos, tuvo una gran
trascendencia en la gestación de un nuevo modo de ver al hombre y el mundo
que superaba definitivamente la mentalidad arcaica helena.
Esto se debe a que el orfismo, y ahí radica uno de sus principales
atractivos, se encuentra detrás de uno de los conceptos que mayor influencia
ejerció en el cambio decisivo de orientación del mundo antiguo y que
determinó, a partir de ese momento, el posterior desarrollo del pensamiento
occidental: la creencia en la inmortalidad del alma.
El mito de Orfeo.
Sin
embargo, antes de entrar a comentar estas cuestiones, conviene recordar
brevemente los rasgos argumentales más característicos de este mito.
Para ello resulta de gran utilidad resumir la descripción que hizo Virgilio
al final de la Geòrgica IV, la primera versión de la historia que ha llegado
completa hasta nosotros. De fechas anteriores al relato virgiliano tan sólo
poseemos indicios y fragmentos, algunos de los cuales serán analizados
posteriormente.
Cuenta Virgilio, al
finalizar la mencionada Geórgica IV, que Orfeo era un cantor y músico tracio de poderes
extraordinarios, pues con los sones de su voz y los armónicos acordes de su música
lograba que las fieras lo siguiesen, que los árboles e, incluso, las rocas se
inclinasen y moviesen a su paso y que los hombres se calmasen al oírlo.
Precisamente su participación, junto con otros héroes de gran prestigio y
fama, en el viaje de los Argonautas tuvo por finalidad utilizar los poderes de
su capacidad musical para marcar la cadencia de los remeros y apaciguar las
tempestades marinas con sus cantos:
“Decían que, en
medio, al lado del mástil, la lira de Orfeo, asiática de Tracia, gritaba su
lamento cantando sus órdenes a los remeros, ordenando ahora una navegación rápida,
ahora un reposo para los remos de abeto”.
Tan grande era la fuerza de su música
que, cuando la nave Argos pasó por delante de las Sirenas que
intentaban seducir a los marineros de la nave, Orfeo utilizó un recurso
distinto del de Ulises: cantando aún mejor que ellas consiguió que los
tripulantes se mantuviesen quietos en sus bancos.
Orfeo estaba profundamente
enamorado de su mujer Eurídice. Sin embargo, la fatalidad quiso que Aristeo
persiguiese un día a Eurídice para violarla. Cuando huía, una serpiente
venenosa le mordió y Eurídice murió. Orfeo quedó desconsolado. Embargado
por la tristeza, dejó de cantar sumiendo a la naturaleza que le rodeaba en
una profunda melancolía. Por fin, añorando desesperadamente a su mujer
decidió ir a la puerta del Hades donde consiguió, con su música, que hasta
la más inflexible de las diosas, la diosa del Hades (Hécate o Perséfone) se
apiadase de él hasta el extremo de que le permitió hacer algo que estaba
vetado a todos los demás mortales: descender al Hades para recuperar a su
mujer. Únicamente le impuso una estricta condición: que cuando la encontrase
y retornase con ella al mundo terrenal, Eurídice debía seguirle y Orfeo, en
ningún caso, podría girarse hacia atrás para comprobar si la mujer le seguía.
Si incumplía esta orden, la perdería definitivamente. Orfeo aceptó el reto.
Caminando por el Hades consiguió paralizar con sus cantos toda la vida
y movimientos del antro infernal (la
rueda de Ixión y la piedra de Sísifo dejaron de rodar y las Danaides
abandonaron momentáneamente su inútil trabajo de llenar de agua las jarras
agujereadas) hasta que, por fin, encontró a Eurídice. Ella, tal como había
sido prescrito, siguió sumisamente sus pasos a lo largo del camino de retorno
hacia la luz del sol. Sin embargo, Orfeo, cuando ya estaba pisando el umbral
de la salida del Hades, no pudo contener su humana curiosidad y se giró hacia
atrás para comprobar si su mujer le seguía, aunque tan sólo llegó a intuir
como una sombra espectral se desvanecía hacia las profundidades del abismo
infernal. La amenaza de la diosa del Hades se había cumplido implacable.
Orfeo, ahora doblemente desconsolado, intentó volver a buscarla. Sin
embargo, la ley fijada per Perséfone le impedía retornar al Hades.
Desesperado, no le quedó más remedio que vagar solitario, consumido por la
aflicción de su doble desgracia. Había perdido a su mujer por dos veces
consecutivas. La última por no haber sabido contener su curiosidad y respetar
la orden divina.
Sobre lo que sucedió después hay muchas versiones, aunque todas giran
alrededor del mismo argumento: que Orfeo volvió a su país, Tracia, y que allí
tuvo muchos problemas con las mujeres que le acosaban y pretendían. Añorando
todavía a su esposa, se negó a mantener ningún tipo de relación con
ninguna otra mujer, hecho que las mujeres tracias interpretaron como un
insulto y un menosprecio hacia ellas. Otros testimonios informan que sólo se
rodeaba de hombres, lo que le valió la fama de haber instaurado la
homosexualidad o, incluso de entenderse sólo con niños, circunstancia que
también le valió la fama, esta ya mucho más dudosa en los tiempos que
corren, de haber inventado la pederastia.
Sea como sea, Orfeo acabó su vida descuartizado por las mismas mujeres
tracias que sentían una pasión irresistible por él. Se cuenta que su cabeza
y su lira fueron a parar al río
Hebro y que, siguiendo su curso, continuaron cantando hasta que llegaron a la
isla de Lesbos. Isla que, por este motivo, fue consagrada a la lírica.
De todas las hazañas y aventuras
que jalonan el relato hay, sin duda, una de excepcional y digna de ser
recordada: la bajada al Hades. Muy pocos héroes se atrevieron a realizar una
empresa de semejante riesgo: Ulises, para consultar el alma de Tiresias; Hércules,
para buscar y secuestrar al Cancerbero por orden de Euristeo, y Teseo, quien
junto con su compañero Piritoo visitó el Hades para secuestrar a la misma
diosa Perséfone, acción que frustró Hades, su marido, al simular un
banquete y dejar clavado en su asiento al intruso hasta que éste fue liberado
por Hércules.
El descensus ad inferos
representa el mayor reto con el que pueda enfrentarse un humano y su mera
realización constituye el acto heroico por excelencia. Ningún otro desafío
puede comparársele pues ninguna otra hazaña puede equipararse con el peligro
de enfrentarse con las fuerzas de ultratumba y arrostrar los riesgos que
comporta ese acto excepcional. Desde el punto de vista de la evolución del
pensamiento occidental esta gesta resulta decisiva porque, tras la aventura de
Orfeo, se oculta el origen de la creencia en la existencia de un mundo del más
allá relacionado con una noción nueva
y mistérica, llamada a revolucionar el pensamiento y mentalidad religiosa del
mundo griego: la inmortalidad del alma y su posterior sometimiento a los
ciclos de reencarnaciones.
Sin embargo, y fuese cual fuese la interpretación del viaje de
ultratumba por parte de Orfeo, está fuera de cualquier duda que su mítica
bajada al Hades representó el inicio de su prestigio y de la posterior
aparición de los grupúsculos órficos que a él se consagraron. La convicción
de que Orfeo había penetrado en la morada de los muertos y de que había
salido con vida de él le hizo pasar por un ser extraordinario porque había
visto y conocía los más profundos secretos del más allá. Al mismo tiempo,
su viaje de entrada y salida del Hades simbolizaba el ciclo de la
vida-muerte-vida al que, según la creencia órfica, estaba sometida el alma.
A este tema volveremos más tarde, al tratar de los aspectos más característicos
de la religión órfica.
Antes conviene recordar que, a pesar del renombre que le reportó a su
autor el viaje al Hades en busca de su mujer, esa acción fue interpretada de
otro modo por Platón, que mostró su opinión discordante en el Banquete al argumentar que Orfeo, en realidad,
había actuado como un cobarde:
“En
cambio a Orfeo, el hijo de Eagro, lo despidieron del Hades sin conseguir nada,
después de que le hubiesen mostrado
el fantasma de su mujer, a quien él había ido a buscar. No se la entregaron
porque lo consideraban un cobarde y, como citarista que era, no se atrevió a
morir por amor como Alcestis, sino que se las ingenió para entrar vivo en el
Hades”.
Llegados a este punto, será conveniente analizar algunos de los
fragmentos más antiguos que aluden a Orfeo porque nos permitirán entender aún
mejor cuál fue la consideración que recibió en la antigüedad y, este es el
objetivo más importante, comprender desde sus mismos orígenes las causas y
el desarrollo de la notable influencia que la figura de Orfeo ejerció en la
formación de nuevas formas de religiosidad hasta el extremo de penetrar, en
forma de sectas órficas, en las capas más populares y supersticiosas de la
sociedad helena.
Orfeo.
El poder de la palabra.
Los testimonios más
antiguos coinciden en resaltar el carácter fascinante y encantador de la voz
y la lira de Orfeo. Los poetas y autores
trágicos destacaron algunos rasgos de su poder musical que han llegado
a ser proverbiales, como su capacidad de encantar a los animales hasta
conseguir calmarlos o, incluso, de arrastrar tras de sí a los seres
inanimados como los árboles y las piedras:
“Con su bello canto
innumerables pájaros sobrevolaban su cabeza y del agua azulada saltaban los
peces”.
“Orfeo, que
con el sonido de su lira reunía
a los árboles y con su música congregaba a las fieras salvajes”.
De manera casi
imperceptible los poetas identificaron el poder de su música con la fuerza de
su palabra, de su logos. Así, por extensión de su capacidad musical, el discurso, el
logos de Orfeo, fue considerado como un poder persuasivo que, como en el
caso de Ifigenia, todos envidiaban y querrían poseer para dominar a los demás:
“Si tuviese la palabra (logos)
de Orfeo, oh padre, persuadiría, encantándolas, a las rocas para que me
acompañasen y seduciría con palabras a quien quisiese”.
Poder
de la palabra que también se sugiere en este otro testimonio extraído del Agamenón
de Esquilo, en el que Egisto afirma lo siguiente:
“Tu lengua es la
contraria a la de Orfeo: pues, en efecto, él, con su voz, conduce cada cosa a
la felicidad”.
Tan
poderoso debió de resultar su poder de convicción que Platón llegó a
comparar la capacidad persuasiva de un sofista del renombre de Protágoras con
el poder encantador de Orfeo:
“De cada ciudad por la que pasa Protágoras, encantándolos con su
voz como Orfeo, lleva tras de él extranjeros endulzados por su voz ”.
Esta última comparación
de Platón resulta muy significativa pues describe a Orfeo como una especie de
encantador de serpientes capaz de deslumbrar y atraer también a los hombres
como un buen político o, para decirlo con más contundencia, como un hábil
demagogo. En un pueblo en
que se consideraba un arte el hablar bien, con un movimento sofista en auge y
un Sócrates que basaba su método filosófico en la capacidad persuasiva de
la palabra, se consideraba que había algo de divino en el don de persuadir a
los otros y destacar socialmente en el ágora mediante el uso de la palabra.
No tiene nada de extraño que, en este contexto, Orfeo fuese considerado el
primer sofista y un modelo a imitar.

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