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Orfeo mago.
Pero
los poetas no se limitaron a admirar la capacidad persuasiva de Orfeo. Sus
cantos irresistibles fueron también entendidos como encantamientos que poseían
el poder mágico de lograr que los objetos se desplazasen en una dirección
precisa según cuál fuese la voluntad de quienes los empleasen.
Y es que parte de la leyenda del orfismo se fundamentó en la
consideración de la palabra entendida como un encamiento mágico, poseedor de
una dýnamis,
una fuerza, que ejercía influjos directamente sobre la naturaleza, phýsis
y que proferida por un taumaturgo conseguía cautivar a todos los seres vivos
y dotar de movimiento y vida a los seres inanimados. Esto sugirió la
existencia de un lógos mágico órfico,
cuyos efectos prodigiosos actuaban sobre el hombre y la naturaleza.
Así, Eurípides hizo
exclamar a Ulises:
“Conozco un buen
encantamiento de Orfeo para que la antorcha, dirigiéndose por ella misma
hacia la cabeza, queme al hijo de la tierra de un solo ojo, el Cíclope”.
Asimismo,
el coro en la Alcestis de Eurípides
sugiere la existencia de remedios mágicos órficos:
“Yo,
a través de la música, me lancé sobre el mundo y conociendo la mayoría de
las doctrinas no he encontrado nada más poderoso que la Necesidad ni ningún
remedio en las tablillas tracias que la voz de Orfeo llenó de escritos”.
El
poder persuasivo, mezclado con la fuerza mágica, llegó a su punto culminante cuando Orfeo, al perder a su mujer Eurídice,
consiguió, gracias a sus encantadoras melodías, convencer a las implacables
divinidades infernales de que le permitiesen entrar en el Hades para
recuperarla. Sin duda, este viaje al Hades fue considerado el momento más
extraordinario de la aventura de Orfeo, al tiempo que demostraba que nada, ni
tan siquiera las divinidades de los muertos, podían mantenerse insensibles al
oír su voz.
Algunos testimonios literarios aluden con nostalgia a esta proeza de
Orfeo. Este es el caso Admeto, que suspiraba por poseer el poder de Orfeo para
emularle y sacar del Hades a su mujer Alcestis, que había consentido morir en
su lugar:
“Si tuviese la voz y el
canto de Orfeo, para encantar a la hija de Deméter o a su marido, y con
himnos pudiese sacarte del Hades, bajaría sin que me detuviesen ni el perro
de Plutón ni Caronte que guía las almas con su remo hasta haberte sacado con
vida a la luz”.
El convencimiento de que Orfeo poseía poderes extraordinarios provocó
que, como suele pasar en estas ocasiones, un buen número de magos, brujos y
adivinos presumiesen de conocer y
poseer los mismos poderes que Orfeo. Para demostrarlo, y como argumento de autoridad para
conseguir embaucar con mayor facilidad a sus crédulos oyentes, estos
individuos mostraban a sus clientes libros que, según ellos decían, tenían
como autor a Orfeo y les convencían de que eran capaces de llevar a término
todo tipo de prácticas mágicas. Así, apelando a Orfeo, sostenían que los
dioses les obedecían y que por ello podían curar tanto las injusticias
cometidas como, con el uso de encantamientos y nudos mágicos,
perjudicar a los enemigos de quienes solicitasen sus servicios. Asímismo,
recurrían también a Orfeo para demostrar que conocían purificaciones e
iniciaciones útiles para los vivos y los muertos. Su poder de persuasión era
tan grande que Platón llegó a afirmar en diversas ocasiones que convencían
a ciudades enteras de sus afirmaciones:
“Charlatanes
y adivinos, yendo a las casas de los ricos, los persuadían de que tenían un
poder procedente de los dioses mediante sacrificios y encantamientos de curar
con placeres y fiestas la injusticia cometida por uno mismo o por un
antepasado. Y si alguien quiere
hacer daño a un enemigo, tanto sea justo como injusto, a cambio de una pequeña
remuneración, le perjudicarán con encantamientos y nudos mágicos, persuadiéndolos,
según ellos mismos dicen, de que los dioses les obedecen. De todas estas
palabras ponen a los poetas como
testimonios. (...) Presentan un montón de libros de Orfeo y Museo,
descendientes, según dicen, de la Luna y de las Musas, según los cuales
realizan sacrificios,
persuadiendo no sólo a los particulares,
sino también a ciudades enteras,
de que existen liberaciones y purificaciones de las injusticias...que
denominan iniciaciones”.
Este pasaje de la República de
Platón, uno de los más importantes para el conocimiento de la doctrina órfica,
contiene algunas informaciones de singular interés sobre diversos aspectos de
lo que se ha dado en llamar “orfismo” que conviene detallar ahora para
alcanzar una mayor comprensión del mismo:
1)
Se resalta una notable capacidad persuasiva. Los magos y charlatanes que
mencionaban a Orfeo sostenían que dominaban a los dioses y persuadían de sus
poderes a sus ricos clientes e, incluso, a ciudades enteras.
2)
Se constata el ejercicio de prácticas mágicas, nudos mágicos y
encantamientos, en relación con Orfeo.
3)
Se informa de la existencia de purificaciones que permiten limpiar las
injusticias cometidas. Algo que, como se verá, caracterizó a las sectas órficas.
4)
Se informa de la existencia de iniciaciones relacionadas con la vida en este
mundo y en el más allá, otro rasgo de indiscutible sabor órfico.
La curación por la
palabra.
El
poder mágico de la palabra actuó también como un factor catártico,
purificador y sanador de las faltas cometidas y las enfermedades. Conviene
recordar que estaba muy extendida en muchas capas de la sociedad helena la
creencia de que determinadas enfermedades eran el resultado de castigos
divinos, ejecutados por los daímones
hostiles a quien las padecía. Asímismo, estas enfermedades
podían ser consecuencia de una mancha, míasma, producida por una falta personal o heredada de los
antepasados, que se debía purificar para evitar que siguiese trasmitiéndose
de generación en generación. Por este motivo, y
para tratar estas enfermedades-castigo, fue muy frecuente el recurso a
las curas mágicas de carácter
purificatorio, a las ceremonias catárticas, a los ritos orgiásticos y los
ensalmos.
Son numerosos los testimonios que confirman la existencia de profesionales de
la curación a quienes acudían los supersticiosos para intentar liberarse de
sus penalidades y las de sus familiares.
Muchos de estos profesionales recibieron el nombre de Orpheotelestai, es decir especialistas en las inciaciones de Orfeo y
sus misterios purificadores. Da cuenta de la actividad de estos personajes un
pasaje de Teofrasto, que describe a un supersticioso que, cada cada vez que
tenía un sueño, acudía a los intérpretes para averiguar qué tenía que
hacer y cada mes visitaba a los Orpheotelestai
para inciarse en sus misterios junto con su mujer e hijos.
(Un hombre supersticioso) “se dirigía a los intérpretes de sueños
y a los adivinos para preguntarles a qué dios o diosa era necesario suplicar
y, para iniciarse, acudía cada mes a los Orpheotelestai
(iniciadores órficos) con su mujer y sus hijos”.
En
otro pasaje de las Leyes, Platón,
que sentía una gran aversión por este tipo de individuos que explotaban de
esta manera la superstición popular, volvió a referirse a estos brujos que
presumían de poseer el poder de encantar a los dioses y la facultad de
conducir las almas de los muertos con plegarias y sacrificios. Platón, a modo
de castigo ejemplar, exigió el aislamiento absoluto en una prisión solitaria
para todos esos embaucadores que se jactaban tan abiertamente de dominar la
voluntad de los dioses o las fuerzas de ultratumba. Es decir, a
“cuantos
de aquellos que, parecidos a las fieras, al no creer en los dioses o al pensar
que éstos son negligentes o maleables con plegarias y desdeñando a los
hombres sedujesen a muchos de los vivos afirmando que conducen las almas de los muertos y prometiendo que persuaden a los
dioses porque los encantan con sacrificios, súplicas y encantamientos y que
por causa del dinero intentasen arruinar completamente a particulares,
familias enteras y ciudades”
Entre otras informaciones de interés suministradas por este nuevo
texto platónico, no debe sorprender que se afirme que unos individuos que se
proclamaban seguidores de Orfeo afirmasen que podían
guiar las almas de los muertos. Con su condena, Platón quería evitar que
se siguiesen expandiendo unas prácticas mágicas que se escudaban tras la
autoridad y ejemplo de Orfeo.
Pasaportes para el
mundo del Hades.
El
descensus ad inferos de Orfeo se
relacionó también con dos ideas básicas que se manifestaron, finalmente, en
dos tendencias, una popular y otra más filosófica que acabó teniendo una
enorme trascendencia en la evolución del pensamiento occidental. La popular
se transformó en la creencia de que Orfeo podía acompañar e indicar las
almas de los muertos el camino hacia el Hades y desvelar las particularidades
de su geografía. Son numerosos los testimonios arqueológicos, placas y
laminillas que sugieren que los iniciados órficos creyeron en la existencia
de guías del Hades, que describían la geografía del mundo del más allá y
contenían prescripciones sobre lo que allí había y lo que el alma debía
hacer allí para recuperar la memoria, es decir, la vida. Estos documentos,
que obedecen con ligeras variaciones a un mismo patrón, han sido descubiertos
en diversas tumbas:
“Este sepulcro es de la Memoria. Cuando te corresponda morir
irás a la bien construida casa
del Hades. Allí, a la derecha, hay
una fuente
y al lado de ella una ciprés
blanco y derecho. Bajando por allí se enfrían las almas de los muertos.
No te aproximes demasiado a esa
fuente.
Pero delante encontrarás agua fría
que procede de la laguna de la Memoria
y encima se encuentran los
guardias que te preguntarán en su prudente corazón
que busques por las tinieblas del funesto Hades.
Contesta: soy hijo del Hades y del
cielo estrellado,
tengo sed y me muero. Pero dadme
agua de la laguna de la Memoria.
Y se mostrarán benevolentes por
voluntad del rey de ultratumba.
Y te dejarán beber en la laguna
de la Memoria.
Y recorrerás un largo camino, por
el camino sagrado que recorren los otros inciados y poseídos por Dioniso”.
La procedencia órfica de estos “pasaportes del Hades” se encuentra
corroborada en muchos otros testimonios. Baste citar uno de los últimos
encontrados también en tumbas, en Olbia, y que de manera telegráfica,
semejante a los aforismos de Heráclito, insinúan el círculo de la
reencarnación y oponen el alma al cuerpo:
a) Vida-muerte-vida
verdad
Dioniso-órficos.
b)
Dioniso,
mentira-verdad,
cuerpo-alma.
Al
margen del evidente juego de oposiciones “mentira-verdad”,
“cuerpo-alma”, los textos mencionan al dios Dioniso en relación con las
prácticas órficas, cuestión compleja y abierta a la discusión, sobre la
que aún habrá que hacer algunas precisiones antes de finalizar este trabajo.
La inmortalidad del
alma
Estos documentos, además de poner de manifiesto la difusión popular
de las creencias órficas, apuntan a la nueva tendencia de la mentalidad
griega que acabó por cambiar completamente la cosmovisión del pensamiento
occidental: la creencia en la inmortalidad del alma. La alusión a la fuente
de la Memoria, así mismo, está muy relacionada con otra creencia órfica: la
transmigración de las almas y su posterior reeencarnación en otros cuerpos.
Fue este un planteamiento novedoso que rompió con el esquema anterior,
representado, por ejemplo, en la descripción del alma ofrecida por Homero. En
ella se comprueba que la mentalidad tradicional helena consideraba el alma
como un simple soplo, una sombra carente de consistencia, que tras la muerte
volaba hacia la morada del Hades, donde pasaba encerrada el resto del tiempo
sin ninguna posibilidad de volver a salir. El orfismo, en cambio, introdujo la
creencia de que el alma estaba sometida a un ciclo de reencarnaciones del que,
convenientemente purificada, podría zafarse para acabar viviendo eternamente
en compañía de los dioses. Son estas nociones, readaptadas con matices por
Platón, las que acabarán conformando un nuevo marco que ya no abandonará la
evolución del pensamiento y la religión occidental: la creencia en la
inmortalidad del alma.
Una noción que en un comienzo fue muy minoritaria y se restringió a
los círculos iniciáticos órficos. El propio Platón adjudicó a los
seguidores de Orfeo la creencia en el soma-sema,
el cuerpo como la tumba del alma, como castigo
para que ésta pagase por los males cometidos. Platón lo afirmó
expresamente en el Crátilo al
sostener que, según los órficos, el alma se encuentra sepultada en cuerpo
humano para que expíe las faltas cometidas:
“algunos
sostienen que éste (el cuerpo) es la sepultura del alma, como si ésta
estuviese sepultada en su situación actual (...). Sin embargo, me parece que
los seguidores de Orfeo le pusieron este nombre (soma) porque el alma, que paga el castigo por aquello que ha de
pagar, se encuentra en él como en un recinto semejante a una prisión”.... .
La noción de la
inmortalidad del alma, que fue también aceptada por Pitágoras (la conocida
expresión “órfico-pitagórico” intenta expresar las conexiones entre
ambas doctrinas) e incorporada por Platón en su propio sistema filosófico de
modo mucho más estructurado, tuvo consecuencias directas en la nueva concepción
de premios y castigos con la que fue asociada. De hecho, la reencarnación
representaba un momento pasajero y provisional en el largo camino que debía
conducir al alma a su liberación definitiva. De este modo, se relacionó por
vez primera el alma con nociones morales. Cuanto mejor fuese y se comportase
el hombre, más pura conservaría su alma y, en consecuencia, una mayor
recompensa le aguardaba en el más allá. En cambio, cuanto más injusto
fuese, más ensuciaría su alma y más padecería los terribles castigos del
Hades.
El orfismo supuso una novedad respecto a la creencia anterior, que
sostenía que la culpa, el míasma,
se heredaba de padres a hijos, de modo que estos, aunque fuesen inocentes, debían
pagar las injusticias cometidas por los antepasados. La doctrina órfica rompió
con la visión anterior al individualizar el alma y obligarla a pagar ella
misma, y no a los demás, los actos impíos cometidos. Gracias a esta nueva
concepción, la culpa ya no se heredaba, ni se transmitía de padres a hijos,
sino que permanecía ligada al alma de quien la había cometido. La razón de
este cambio radica en que, al ser considerada el alma inmortal, arrastra
consigo siempre, incluso tras la muerte, las consecuencias de sus actos. Algo
imposible si, como sucedió hasta la aparición de ese nuevo concepto, se
consideraba el alma como algo mortal. En este caso, las injusticias no podían
ser expiadas por un alma que desaparecía tras la muerte y eran traspasadas
por línea genealógica a los descendientes que heredaban la mancha antigua.
El orfismo implantó, en definitiva, la novedad de que cada uno es responsable
de sus actos injustos, de los que tendrá que dar cuenta irremediablemente
tras la muerte.
Esta nueva realidad fue anunciada por Platón al relacionar
directamente la inmortalidad del alma con los juicios y condenas a las que ésta
se vería sometida en el mundo del más allá:
“Y
se ha de creer siempre los discursos antiguos y sagrados que revelan que el
alma es inmortal y que está sometida a juicios y a pagar los más grandes
castigos cuando se aparte del cuerpo”.
En
relación con estas penas que aguardaban a las almas tras la muerte, los
seguidores de Orfeo instituyeron dos castigos singulares para las almas de los
injustos con la intención de recordarles que estaban manchadas y que debían
purificarse si querían liberarse en el futuro de su triste condición. Según
la doctrina órfica, las almas condenadas debían yacer en el fango del Hades
y estaban obligadas a realizar un trabajo imposible: llenar una jarra
agujereada con un cedazo también agujereado. En cambio,
a los iniciados y justos les aguardaba el mayor premio: la vida eterna
con los dioses.
Platón lo explicó así en el Gorgias
y en el Fedón:
( Habla Sócrates) “Yo he oído de uno de los sabios que ahora
estamos muertos y que el cuerpo
es nuestra tumba (...) y que a los insensatos los denominó
no iniciados (...) y que estos no iniciados serán los mas desgraciados
en el Hades y que llevarán agua a una jarra agujereada en un cedazo
agujereado. Y dice que el cedazo es el alma, porque comparó el alma
agujereada de los insensatos con un cedazo y no puede retener nada a causa de
su falta de fe y de su olvido”.
“Posiblemente no son unos ignorantes quienes instituyeron las
iniciaciones mistéricas y que decían enigmáticamente que el profano y no
iniciado, cuando llegue al Hades, yacerá en el fango, pero el purificado e
iniciado, al llegar allí, vivirá con los dioses”.
Laminilla órfica descubierta en Hipona, s. V-IV a. C.

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