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Orfeo. El poder encantador de la música y la palabra. 2/

 

Francesc Casadesús Bordoy

Universidad de las Islas Baleares

 


Orfeo mago.

Pero los poetas no se limitaron a admirar la capacidad persuasiva de Orfeo. Sus cantos irresistibles fueron también entendidos como encantamientos que poseían el poder mágico de lograr que los objetos se desplazasen en una dirección precisa según cuál fuese la voluntad de quienes los empleasen.[1]

                 Y es que parte de la leyenda del orfismo se fundamentó en la consideración de la palabra entendida como un encamiento mágico, poseedor de una dýnamis, una fuerza, que ejercía influjos directamente sobre la naturaleza, phýsis y que proferida por un taumaturgo conseguía cautivar a todos los seres vivos y dotar de movimiento y vida a los seres inanimados. Esto sugirió la existencia de un lógos mágico órfico, cuyos efectos prodigiosos actuaban sobre el hombre y la naturaleza.

                  Así, Eurípides hizo exclamar a Ulises:

 

                  “Conozco un buen encantamiento de Orfeo para que la antorcha, dirigiéndose por ella misma hacia la cabeza, queme al hijo de la tierra de un solo ojo, el Cíclope”.[2]

 

Asimismo, el coro en la Alcestis de Eurípides sugiere la existencia de remedios mágicos órficos:

 

“Yo, a través de la música, me lancé sobre el mundo y conociendo la mayoría de las doctrinas no he encontrado nada más poderoso que la Necesidad ni ningún remedio en las tablillas tracias que la voz de Orfeo llenó de escritos”[3].

 

El poder persuasivo, mezclado con la fuerza mágica, llegó a su  punto culminante cuando Orfeo, al perder a su mujer Eurídice, consiguió, gracias a sus encantadoras melodías, convencer a las implacables divinidades infernales de que le permitiesen entrar en el Hades para recuperarla. Sin duda, este viaje al Hades fue considerado el momento más extraordinario de la aventura de Orfeo, al tiempo que demostraba que nada, ni tan siquiera las divinidades de los muertos, podían mantenerse insensibles al oír su voz.

                Algunos testimonios literarios aluden con nostalgia a esta proeza de Orfeo. Este es el caso Admeto, que suspiraba por poseer el poder de Orfeo para emularle y sacar del Hades a su mujer Alcestis, que había consentido morir en su lugar:

 

                  “Si tuviese la voz y el canto de Orfeo, para encantar a la hija de Deméter o a su marido, y con himnos pudiese sacarte del Hades, bajaría sin que me detuviesen ni el perro de Plutón ni Caronte que guía las almas con su remo hasta haberte sacado con vida a la luz”.[4] 

 

                 El convencimiento de que Orfeo poseía poderes extraordinarios provocó que, como suele pasar en estas ocasiones, un buen número de magos, brujos y adivinos presumiesen de conocer  y poseer los mismos poderes que Orfeo. Para demostrarlo, y como  argumento de autoridad  para conseguir embaucar con mayor facilidad a sus crédulos oyentes, estos individuos mostraban a sus clientes libros que, según ellos decían, tenían como autor a Orfeo y les convencían de que eran capaces de llevar a término todo tipo de prácticas mágicas. Así, apelando a Orfeo, sostenían que los dioses les obedecían y que por ello podían curar tanto las injusticias cometidas como, con el uso de encantamientos y nudos mágicos,  perjudicar a los enemigos de quienes solicitasen sus servicios. Asímismo, recurrían también a Orfeo para demostrar que conocían purificaciones e iniciaciones útiles para los vivos y los muertos. Su poder de persuasión era tan grande que Platón llegó a afirmar en diversas ocasiones que convencían a ciudades enteras de sus afirmaciones:

 

                    “Charlatanes y adivinos, yendo a las casas de los ricos, los persuadían de que tenían un poder procedente de los dioses mediante sacrificios y encantamientos de curar con placeres y fiestas la injusticia cometida por uno mismo o por un antepasado.  Y si alguien quiere hacer daño a un enemigo, tanto sea justo como injusto, a cambio de una pequeña remuneración, le perjudicarán con encantamientos y nudos mágicos, persuadiéndolos, según ellos mismos dicen, de que los dioses les obedecen. De todas estas palabras ponen  a los poetas como  testimonios. (...) Presentan un montón de libros de Orfeo y Museo, descendientes, según dicen, de la Luna y de las Musas, según los cuales realizan  sacrificios, persuadiendo no sólo a los  particulares, sino también a  ciudades enteras, de que existen liberaciones y purificaciones de las injusticias...que denominan iniciaciones”[5].

 

                 Este pasaje de la República de Platón, uno de los más importantes para el conocimiento de la doctrina órfica, contiene algunas informaciones de singular interés sobre diversos aspectos de lo que se ha dado en llamar “orfismo” que conviene detallar ahora para alcanzar una mayor comprensión del mismo:

1) Se resalta una notable capacidad persuasiva. Los magos y charlatanes que mencionaban a Orfeo sostenían que dominaban a los dioses y persuadían de sus poderes a sus ricos clientes e, incluso, a ciudades enteras.

2) Se constata el ejercicio de prácticas mágicas, nudos mágicos y encantamientos, en relación con Orfeo.

3) Se informa de la existencia de purificaciones que permiten limpiar las injusticias cometidas. Algo que, como se verá, caracterizó a las sectas órficas.

4) Se informa de la existencia de iniciaciones relacionadas con la vida en este mundo y en el más allá, otro rasgo de indiscutible sabor órfico.

 

La curación por la palabra.

 

El poder mágico de la palabra actuó también como un factor catártico, purificador y sanador de las faltas cometidas y las enfermedades. Conviene recordar que estaba muy extendida en muchas capas de la sociedad helena la creencia de que determinadas enfermedades eran el resultado de castigos divinos, ejecutados por los daímones hostiles a quien las padecía. Asímismo, estas enfermedades  podían ser consecuencia de una mancha, míasma, producida por una falta personal o heredada de los antepasados, que se debía purificar para evitar que siguiese trasmitiéndose de generación en generación. Por este motivo, y  para tratar estas enfermedades-castigo, fue muy frecuente el recurso a las curas mágicas de  carácter purificatorio, a las ceremonias catárticas, a los ritos orgiásticos y los ensalmos[6]. Son numerosos los testimonios que confirman la existencia de profesionales de la curación a quienes acudían los supersticiosos para intentar liberarse de sus penalidades y las de sus familiares.

                 Muchos de estos profesionales recibieron el nombre de Orpheotelestai, es decir especialistas en las inciaciones de Orfeo y sus misterios purificadores. Da cuenta de la actividad de estos personajes un pasaje de Teofrasto, que describe a un supersticioso que, cada cada vez que tenía un sueño, acudía a los intérpretes para averiguar qué tenía que hacer y cada mes visitaba a los Orpheotelestai para inciarse en sus misterios junto con su mujer e hijos.

 

                 (Un hombre supersticioso) “se dirigía a los intérpretes de sueños y a los adivinos para preguntarles a qué dios o diosa era necesario suplicar y, para iniciarse, acudía cada mes a los Orpheotelestai (iniciadores órficos) con su mujer y sus hijos”[7].

 

En otro pasaje de las Leyes, Platón, que sentía una gran aversión por este tipo de individuos que explotaban de esta manera la superstición popular, volvió a referirse a estos brujos que presumían de poseer el poder de encantar a los dioses y la facultad de conducir las almas de los muertos con plegarias y sacrificios. Platón, a modo de castigo ejemplar, exigió el aislamiento absoluto en una prisión solitaria para todos esos embaucadores que se jactaban tan abiertamente de dominar la voluntad de los dioses o las fuerzas de ultratumba. Es decir, a

 

“cuantos de aquellos que, parecidos a las fieras, al no creer en los dioses o al pensar que éstos son negligentes o maleables con plegarias y desdeñando a los hombres sedujesen a muchos de los vivos afirmando que conducen las almas de los muertos y prometiendo que persuaden a los dioses porque los encantan con sacrificios, súplicas y encantamientos y que por causa del dinero intentasen arruinar completamente a particulares, familias enteras y ciudades”[8]

 

                 Entre otras informaciones de interés suministradas por este nuevo texto platónico, no debe sorprender que se afirme que unos individuos que se proclamaban seguidores de Orfeo afirmasen que podían guiar las almas de los muertos. Con su condena, Platón quería evitar que se siguiesen expandiendo unas prácticas mágicas que se escudaban tras la autoridad y ejemplo de Orfeo.  

 

Pasaportes para el mundo del Hades.

El descensus ad inferos de Orfeo se relacionó también con dos ideas básicas que se manifestaron, finalmente, en dos tendencias, una popular y otra más filosófica que acabó teniendo una enorme trascendencia en la evolución del pensamiento occidental. La popular se transformó en la creencia de que Orfeo podía acompañar e indicar las almas de los muertos el camino hacia el Hades y desvelar las particularidades de su geografía. Son numerosos los testimonios arqueológicos, placas y laminillas que sugieren que los iniciados órficos creyeron en la existencia de guías del Hades, que describían la geografía del mundo del más allá y contenían prescripciones sobre lo que allí había y lo que el alma debía hacer allí para recuperar la memoria, es decir, la vida. Estos documentos, que obedecen con ligeras variaciones a un mismo patrón, han sido descubiertos en diversas tumbas:

 

                 “Este sepulcro es de la Memoria. Cuando te corresponda morir

      irás a la bien construida casa del Hades. Allí, a la derecha,  hay una fuente

      y al lado de ella una ciprés blanco y derecho. Bajando por allí se enfrían las almas de los muertos.

      No te aproximes demasiado a esa fuente.

      Pero delante encontrarás agua fría que procede de la laguna de la Memoria

       y encima se encuentran los guardias que te preguntarán en su prudente corazón

       que busques por las tinieblas del funesto Hades.

       Contesta: soy hijo del Hades y del cielo estrellado,

       tengo sed y me muero. Pero dadme agua de la laguna de la Memoria.

       Y se mostrarán benevolentes por voluntad del rey de ultratumba.

       Y te dejarán beber en la laguna de la Memoria.

       Y recorrerás un largo camino, por el camino sagrado que recorren los otros inciados y poseídos por Dioniso”[9].

 

                 La procedencia órfica de estos “pasaportes del Hades” se encuentra corroborada en muchos otros testimonios. Baste citar uno de los últimos encontrados también en tumbas, en Olbia, y que de manera telegráfica, semejante a los aforismos de Heráclito, insinúan el círculo de la reencarnación y oponen el alma al cuerpo:

 

                 a) Vida-muerte-vida

                 verdad

Dioniso-órficos.

 

b) Dioniso,

                 mentira-verdad,

                 cuerpo-alma.

 

Al margen del evidente juego de oposiciones “mentira-verdad”, “cuerpo-alma”, los textos mencionan al dios Dioniso en relación con las prácticas órficas, cuestión compleja y abierta a la discusión, sobre la que aún habrá que hacer algunas precisiones antes de finalizar este trabajo.

 

La inmortalidad del alma

                 Estos documentos, además de poner de manifiesto la difusión popular de las creencias órficas, apuntan a la nueva tendencia de la mentalidad griega que acabó por cambiar completamente la cosmovisión del pensamiento occidental: la creencia en la inmortalidad del alma. La alusión a la fuente de la Memoria, así mismo, está muy relacionada con otra creencia órfica: la transmigración de las almas y su posterior reeencarnación en otros cuerpos.

                 Fue este un planteamiento novedoso que rompió con el esquema anterior, representado, por ejemplo, en la descripción del alma ofrecida por Homero. En ella se comprueba que la mentalidad tradicional helena consideraba el alma como un simple soplo, una sombra carente de consistencia, que tras la muerte volaba hacia la morada del Hades, donde pasaba encerrada el resto del tiempo sin ninguna posibilidad de volver a salir. El orfismo, en cambio, introdujo la creencia de que el alma estaba sometida a un ciclo de reencarnaciones del que, convenientemente purificada, podría zafarse para acabar viviendo eternamente en compañía de los dioses. Son estas nociones, readaptadas con matices por Platón, las que acabarán conformando un nuevo marco que ya no abandonará la evolución del pensamiento y la religión occidental: la creencia en la inmortalidad del alma.

                 Una noción que en un comienzo fue muy minoritaria y se restringió a los círculos iniciáticos órficos. El propio Platón adjudicó a los seguidores de Orfeo la creencia en el soma-sema, el cuerpo como la tumba del alma, como castigo  para que ésta pagase por los males cometidos. Platón lo afirmó expresamente en el Crátilo al sostener que, según los órficos, el alma se encuentra sepultada en cuerpo humano para que expíe las faltas cometidas:

 

“algunos sostienen que éste (el cuerpo) es la sepultura del alma, como si ésta estuviese sepultada en su situación actual (...). Sin embargo, me parece que los seguidores de Orfeo le pusieron este nombre (soma) porque el alma, que paga el castigo por aquello que ha de pagar, se encuentra en él como en un recinto semejante a una prisión”.... [10].  

 

                  La noción de la inmortalidad del alma, que fue también aceptada por Pitágoras (la conocida expresión “órfico-pitagórico” intenta expresar las conexiones entre ambas doctrinas) e incorporada por Platón en su propio sistema filosófico de modo mucho más estructurado, tuvo consecuencias directas en la nueva concepción de premios y castigos con la que fue asociada. De hecho, la reencarnación representaba un momento pasajero y provisional en el largo camino que debía conducir al alma a su liberación definitiva. De este modo, se relacionó por vez primera el alma con nociones morales. Cuanto mejor fuese y se comportase el hombre, más pura conservaría su alma y, en consecuencia, una mayor recompensa le aguardaba en el más allá. En cambio, cuanto más injusto fuese, más ensuciaría su alma y más padecería los terribles castigos del Hades.

                 El orfismo supuso una novedad respecto a la creencia anterior, que sostenía que la culpa, el míasma, se heredaba de padres a hijos, de modo que estos, aunque fuesen inocentes, debían pagar las injusticias cometidas por los antepasados. La doctrina órfica rompió con la visión anterior al individualizar el alma y obligarla a pagar ella misma, y no a los demás, los actos impíos cometidos. Gracias a esta nueva concepción, la culpa ya no se heredaba, ni se transmitía de padres a hijos, sino que permanecía ligada al alma de quien la había cometido. La razón de este cambio radica en que, al ser considerada el alma inmortal, arrastra consigo siempre, incluso tras la muerte, las consecuencias de sus actos. Algo imposible si, como sucedió hasta la aparición de ese nuevo concepto, se consideraba el alma como algo mortal. En este caso, las injusticias no podían ser expiadas por un alma que desaparecía tras la muerte y eran traspasadas por línea genealógica a los descendientes que heredaban la mancha antigua. El orfismo implantó, en definitiva, la novedad de que cada uno es responsable de sus actos injustos, de los que tendrá que dar cuenta irremediablemente tras la muerte.

                 Esta nueva realidad fue anunciada por Platón al relacionar directamente la inmortalidad del alma con los juicios y condenas a las que ésta se vería sometida en el mundo del más allá:

 

“Y se ha de creer siempre los discursos antiguos y sagrados que revelan que el alma es inmortal y que está sometida a juicios y a pagar los más grandes castigos cuando se aparte del cuerpo”.[11]

  

En relación con estas penas que aguardaban a las almas tras la muerte, los seguidores de Orfeo instituyeron dos castigos singulares para las almas de los injustos con la intención de recordarles que estaban manchadas y que debían purificarse si querían liberarse en el futuro de su triste condición. Según la doctrina órfica, las almas condenadas debían yacer en el fango del Hades y estaban obligadas a realizar un trabajo imposible: llenar una jarra agujereada con un cedazo también agujereado. En cambio,  a los iniciados y justos les aguardaba el mayor premio: la vida eterna con los dioses.

                 Platón lo explicó así en el Gorgias y en el Fedón:

 

                 ( Habla Sócrates) “Yo he oído de uno de los sabios que ahora estamos  muertos y que el cuerpo es nuestra tumba (...) y que a los insensatos los denominó  no iniciados (...) y que estos no iniciados serán los mas desgraciados en el Hades y que llevarán agua a una jarra agujereada en un cedazo agujereado. Y dice que el cedazo es el alma, porque comparó el alma agujereada de los insensatos con un cedazo y no puede retener nada a causa de su falta de fe y de su olvido”.[12]

 

                 “Posiblemente no son unos ignorantes quienes instituyeron las iniciaciones mistéricas y que decían enigmáticamente que el profano y no iniciado, cuando llegue al Hades, yacerá en el fango, pero el purificado e iniciado, al llegar allí, vivirá con los dioses”.[13]

  



[1] En la antigüedad se asoció la música con el poder mágico. La etimología de la palabra incantamentum, que proviene de cantum,  lo demuestra.

[2] Eurípides, el Cíclope 646-649.

[3] Eurípides, Alcestis 962-970.

[4] Eurípides, Alcestis 357-362.

[5] Platón, República 364 b-e.

[6] La etimología explica que  la palabra castellana ensalmo proviene del ambiente musical, del griego psalmós, melodía tocada con una lira o instrumento de cuerda.

[7] Teofrasto, Carácteres XIV.

[8] Platón, Leyes 909 a-b.

[9] Laminilla órfica descubierta en Hipona, s. V-IV a. C.

 

[10] Platón, Crátilo  400c.

[11] Platón, Carta VII, 335 a.

[12] Platón, Gorgias 492e-493d.

[13] Platón, Fedón 69c-d