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El
modo de vida órfico.
Los órficos, para conseguir mantener el alma purificada y poder
evadirse del ciclo de las reencarnaciones, propugnaron una vida ascética con
una dieta que, como sugiere Eurípides en el Hipólito,
evitaba consumir seres animados. Un buen ejemplo nos lo ofrece Teseo al
reprender de este modo a su hijo Hipólito a quien acusaba de ser un falso órfico:
“Y
ahora presume y engaña alimentándote de cosas inanimadas. Con Orfeo como señor,
haz de bacante honrando una vacuidad de muchos libros”.
Platón
confirmó en las Leyes que el modus vivendi
órfico, el bíos orphikós, se
caracterizaba por consumir todo tipo de seres inanimados y de abstenerse del
consumo de los animados:
“cierto
modo de vida que llamamos “órfico”, ajustándose a todo lo inanimado, se
abstiene, por el contrario, del consumo de todos los seres animados”.
Asimismo,
Heródoto informa que quienes participaban de los ritos órficos no podían
entrar en los templos ni ser enterrados con vestidos de lana
y Aristófanes insistió en la orden órfica que prohibía, en consonancia con
la prescripción de mantener impoluta el alma, el derramamiento de sangre:
“Orfeo
nos enseñó las iniciaciones y a
rechazar los asesinatos”.
Es
obvio que todas estas normas rituales estaban orientadas a evitar que el alma
se “manchase” con el contacto con la sangre y manifiestan la exigencia de
pureza que imperaba en el círculo de los seguidores de Orfeo. Muchas
prohibiciones semejantes fueron adoptadas también por los pitagóricos.
El significado secreto de las
palabras
Prácticamente
todos los rasgos que caracterizan el mito de Orfeo conocieron una interpretación
alegórica y racional merecedora, en cada caso, de un análisis más
pormenorizado. Baste apuntar al respecto que la capacidad de Orfeo de
dominar mediante la música a los seres irracionales de la naturaleza fue
interpetada como el triunfo de la civilización sobre la humanidad primitiva.
Para completar el panorama
de las diversas facetas que tuvo el orfismo en la antigüedad, nos interesa
finalizar esta cuestión aludiendo a otra de las derivaciones surgidas del
poder sobrenatural de su voz. Ya hemos visto como algunos magos justificaron
sus encantamientos apoyándose en el poder que contenían los libros de Orfeo
para dominar la voluntad de los dioses y que extendieron
a su capacidad de guiar ellos mismos las almas de los muertos mediante
lo que denominaban iniciaciones.
Es, asímismo, muy significativo que el poder de la palabra de Orfeo se
hubiese abordado también desde una perspectiva más razonada y “filosófica”
en el ámbito de los ambientes más cultos del orfismo.
Así, es muy probable que la naturaleza cautivadora de los poemas órficos
atrajese la atención de algunos círculos órficos, que creyeron en la
existencia de alguna fuerza oculta en las palabras de Orfeo que las hacía
especialmente atractivas y
encantadoras, con capacidad, en cualquier caso, de influir en la naturaleza..
Esta convicción habría llevado a algunos seguidores de Orfeo a investigar en
qué consistía el poder de su palabra. Se originó así la creencia de que
sus palabras tenían un significado profundo que la mayoría de los hombres
desconocía porque tan sólo se fijaba en el sentido superficial y aparente de
los conceptos. De este modo surgió un nuevo método de análisis que consistía
en el análisis etimológico de los vocablos utilizados por Orfeo en sus
poemas. Es, precisamente, en este análisis exegético de la poesía órfica
donde hay que situar la transición de la exposición poética y mítica al
estudio racional de esas mismas palabras. Un paso del mito
al logos que surge como necesidad de explicar la poesía órfica como algo
más que la sucesión de unos versos más o menos míticos y fantasiosos. A
partir de la certeza de que los poemas órficos contenían un significado
profundo que iba mucho más allá que el simple sentido poético, algunos
seguidores de Orfeo se obstinaron en demostrar que los versos de Orfeo tenían
un significado esotérico, desconocido para la mayoría de los hombres.
Conviene analizar ahora brevemente algunos
de los momentos más relevantes de este “paso” que, en los ambientes órficos,
elevó a Orfeo de la categoría de un simple autor poético de cosmogonías y
teogonías, a la creencia de que sus palabras contenían un “logos”
secreto, una verdad profunda, que tenía que ser descifrada con una precisa técnica
exegética.
El azar ha querido que conozcamos algunos de estos procedimientos de
primera mano, gracias al descubrimiento del denominado Papiro de Derveni. En
este documento se observa el modus
operandi de un anónimo exégeta de un poema órfico que presenta el
desvelamiento del verdadero significado de las palabras órficas como una
iniciación a la que muy pocos
podían acceder. Su alusión a que son muchos los hombres que no comprenden el
verdadero significado de las palabras de Orfeo y muy pocos los que las
entienden es constante y recuerda a afirmaciones semejantes realizadas por Heráclito.
Nos interesa resaltar ahora tan sólo algunas de sus afirmaciones para
comprender aún mejor la consideración que llegó a tener Orfeo en los círculos
órficos. Así, el anónimo comentarista afirma que Orfeo se expresó enigmáticamente
para que no todos los hombres pudieran entenderlo. Asímismo, considera que
Orfeo fue el verdadero creador de las palabras y que por ello las denominó de
la manera más bella posible, porque conocía la verdadera naturaleza de las
cosas:
(Orfeo)
“nombró todas las cosas de la manera más bella que pudo, conociendo la
naturaleza de los hombres, que no todos tienen la misma ni quieren las mismas
cosas”.
La
precisión con que Orfeo denominó las cosas, según el autor del papiro,
consistió en que lo hizo “a partir de aquello que más predomina en
ellas”. Es decir, en la polémica antigua, plasmada por Platón en el Crátilo,
sobre si las palabras deben su significado a la convención humana o lo
reciben por naturaleza, Orfeo se habría regido por la segunda explicación.
Esto explicaría su facultad de expresar con mayor precisión la esencia de
las cosas y el dominio directo de su voz y palabra sobre ellas. El papiro de
Derveni demuestra que la iniciación órfica no consistiría más que en
introducirse en el conocimiento del significado oculto de las palabras, lo que
permitiría acceder al iniciado a un conocimiento secreto que le permitiría,
como a Orfeo, dominar las cosas que esas mismas palabras denominan.
De este modo, el miembro iniciado de la secta órfica se caracterizaba,
como ocurre con el anónimo autor del papiro de Derveni, por su capacidad de
descifrar etimológicamente los enigmas encerrados en el logos órfico, el único que podía, según esa doctrina, desvelar
la verdadera esencia de las cosas.
Dioniso-Orfeo.
Para acabar este trabajo, y a modo de apéndice, cabe mencionar
brevemente algo que ha ido sugiriéndose a lo largo de la exposición: las
posibles relaciones existentes entre el dios del vino, Dioniso, y Orfeo. A
pesar de que este tema ha sido motivo de controversia y que el tema desborda
los límites fijados en este trabajo, lo cierto es que recientes
descubrimientos arqueológicos han corroborado la existencia de estrechas
conexiones entre ambas religiones, tal como ya había sido advertido, por
ejemplo, por Heródoto al identificar los ritos órficos y los pitagóricos en
el pasaje anteriormente mencionado sobre la prohibición de llevar vestidos de
lana.
Recordemos las tablillas mencionadas más arriba, que ponen de manifiesto la
existencia directa de esos nexos.
a)
Vida-muerte-vida
verdad
Dioniso-órficos.
b)
Dioniso,
mentira-verdad,
cuerpo-alma.
Otros
muchos testimonios literarios insisten en presentar a Dioniso como el “dios
liberador” de los órficos, resaltando, como hiciera Platón en las Leyes mediante una enigmática expresión, la “naturaleza Titánica”
del hombre.
Se ha querido ver en ello una alusión al mito del despedazamiento de Dioniso
por parte de los Titanes, hecho que, a pesar de las dificultades por datar su
antigüedad, habría conformado el eje de la doctrina órfica.
Para acabar, recordemos sucintamente en qué consistió este relato mítico
descrito en las Rapsodias órficas. Dioniso nació de Zeus y Kore en Creta.
Zeus anunció a los demás dioses que su hijo Dioniso sería su sucesor en el
trono. Pero los Titanes, celosos por esta noticia, atrajeron con diversos
objetos (un espejo, manzanas, una peonza, etc) la atención del niño dios.
Cuando estuvo en sus manos, los Titanes lo descuartizaron en siete partes que
primero hirvieron y luego asaron y, finalmente, comieron. Sin embargo, Atenea
pudo rescatar aún vivo su corazón, que presentó a Zeus en un casco. Zeus,
indignado ante tal fechoría, descargó su rayo sobre los Titanes para
hacerlos desaparecer de la faz de la tierra. De las cenizas humeantes
surgieron los hombres, formados de dos partes, una mortal y titánica, el
cuerpo, y otra inmortal y divina, la procedente del dios Dioniso.
Sin entrar ahora sobre la cuestión de si el origen de esta historia es
tardío, de época helenística, o si fue una simple trasposición del mito
egipcio de Osiris, lo cierto es que de nuevo se pone de manifiesto cómo entre
los ambientes órficos se acabó conformando, a partir del mito, una explicación
antropológica que encajaba perfectamente con la visión dicotómica del
hombre, entendido como compuesto de soma
y sema, cuerpo y alma. Hecho que
se asoció a un antiguo castigo que los hombres debían expiar (¿el asesinato
de Dioniso?) si querían liberar su alma de la tiranía de su cuerpo titánico.
Sea como sea, la conversión de este mito en un logos,
en este caso un relato antropológico, vuelve a demostrar que los órficos
conformaron una secta cuyos principios doctrinarios y religiosos se
fundamentaban en las palabras míticas que ellos se esforzaron por interpretar
alegórica y racionalmente, más allá de lo que la lectura superficial del
relato permitía saber a la mayoría de los hombres. El verdadero iniciado órfico
se caracterizaba, pues, por saber reconocer en las palabras y los mitos
relacionados con Orfeo el poder fascinador de su maestro y los misterios a los
que sólo él tuvo acceso.
PITÁGORAS:
LEGENDARIO FUNDADOR DE LA PRIMERA SECTA FILOSÓFICA.

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