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Thesaurus: Pitágoras, pitagóricos,
filosofía, Crotona, Heráclito, Orfeo, inmortalidad del alma, reencarnación,
Zalmoxis, matemáticas, música, secta, comunismo.
Un
somero repaso de la historia de las principales corrientes de pensamiento y de
los movimientos doctrinales y religiosos de la Antigüedad demuestra que éstos
no se pueden separar del empuje personal, ni del fuerte carácter, exigente y
genial, de los individuos que los iniciaron. Si bien no es el momento de
establecer un repaso exhaustivo, conviene
recordar algunos nombres especialmente significativos en el aspecto
filosófico: con Tales de Mileto comenzó la filosofía en Occidente; Sócrates
impulsó un giro ético y epistemológico que reorientó los intereses del
pensamiento filosófico; Platón y Aristóteles diseñaron las líneas básicas
sobre las que se han estructurado las principales corrientes filosóficas
hasta nuestros días. En el aspecto religioso, de los muchos que se podrían
citar, destacan los nombres de Buda y Jesucristo, iniciadores de movimientos
doctrinales que, en nuestra época, continúan presentes y condicionan,
incluso, el comportamiento y el pensamiento de millones de hombres y mujeres.
Es en este contexto de personalidades extraordinarias, guías de
movimientos filosóficos, espirituales y religiosos, es donde hay que situar
también a Pitágoras, uno de los personajes más enigmáticos y carismáticos
de la historia de la humanidad.
Un personaje del cual nos han llegado noticias tan asombrosas y
sorprendentes que se ha puesto en duda su existencia real. No es ahora el
momento de entrar en la discusión sobre la validez y verosimilitud de las
fuentes antiguas que mencionan a Pitágoras. Tan sólo cabe resaltar un hecho
que resulta, al menos, contradictorio con la desconfianza que estas fuentes
antiguas transmiten: se han conservado enteras tres Vidas
Pitagóricas, escritas, respectivamente, por
Diógenes Laercio, Porfirio y
Jámblico. Y tenemos noticias de la existencia de muchas otras biografías
desaparecidas dedicadas a glosar el pensamiento y la figura de Pitágoras.
Entre ellas las de dos pensadores insignes, Demócrito y Aristóteles. De las
tres biografías conservadas y otras informaciones dispersas se observa una
mezcla de elementos doctrinales, filosóficos y taumatúrgicos que dificulta
el intento de separar cualquiera de estos elementos de su personalidad. El carácter
de Pitágoras debió de ser el compendio de todas estas facetas, sin que
ninguna de ellas pueda aislarse
de las otras.
Sin duda, nos encontramos ante una de las figuras de la Antigüedad
que, desde su origen, más interés mereció y literatura generó. Por esto,
hay que insistir de nuevo en la paradoja que ya ha sido mencionada: el
personaje de la Antigüedad del que poseemos más biografías presenta
lagunas tan notables o noticias tan extraordinarias y dudosas que todo
se presenta incierto a la hora de establecer una descripción fiable de su
vida. La causa de esto, en muy buena parte, es que las fuentes tendieron a
magnificar de tal manera a Pitágoras que éste acabó adquiriendo rasgos
sobrenaturales, casi divinos, que generan la desconfianza de los lectores
actuales.
A pesar de todo, se pueden esbozar a grandes pinceladas algunos de los
rasgos más significativos del personaje con el objetivo de facilitar la
comprensión del autor del famoso teorema, el teorema de Pitágoras (en un triángulo
rectángulo el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma del cuadrado de
los catetos), y el fundador de la primera secta filosófica. Muchas otras
informaciones sobre el Pitágoras filósofo y matemático no pueden ser
tratados aquí por falta de tiempo.
Pitágoras nació en Samos y fue hijo de Mnesarco, un tallador y
grabador de monedas y piedras preciosas. Su vocación viajera, como la de
otros filósofos presocráticos, es proverbial: viajó, entre otros lugares, a
Egipto, Arabia, Babilonia
y visitó a los Magos de Caldea con
el afán de aprender e informarse directamente sobre todo tipo de
conocimientos matemáticos, astronómicos, religiosos, rituales, etc. Pitágoras
personifica perfectamente la figura del sabio griego que, como Tales, Solón o
Demócrito, viajó a otros países para contemplar, aprender y acumular una
gran cantidad de saberes. Por este motivo no debería resultar extraño que
las fuentes antiguas describan a Pitágoras como el creador del concepto que
define la actividad más emblemática de la historia del pensamiento y la
cultura occidental, la palabra “filosofía”.
Diversos testimonios coinciden, en efecto, en adjudicar la invención
de este concepto a Pitágoras con una anécdota
muy conocida y, en cualquier caso, muy ilustrativa de su personalidad.
Cuenta la historia que Pitágoras mantuvo una conversación con Leonte, tirano
de Fliunte. Este gobernante, admirando el talento y la elocuencia de Pitágoras,
le preguntó cuál era su oficio y a qué se dedicaba. Pitágoras le respodió
que no era maestro de arte o profesión alguna, sino que era un “filósofo”,
y que, en consecuencia, su dedicación era la “filosofía”. Leonte quedó
perplejo al oír una palabra cuyo significado desconocía y, Pitágoras, para
explicarla, recurrió a una metáfora que ha sido muy celebrada: la vida,
afirmó, es como una reunión de personas que asisten a los Juegos Olímpicos.
A ellos la gente acude por tres causas distintas: unos, los atletas, para
competir por la gloria de un premio; otros, los comerciantes, para comprar y
vender; finalmente existe una tercera categoría que va a contemplar los
juegos: los espectadores. De la misma manera, explicó Pitágoras, unos viven
para servir a la fama y otros al dinero. Pero la mejor elección es la de
aquellos que, como los espectadores, dedican su tiempo a la contemplación de
la naturaleza, como amantes de la sabiduría, es decir, como filósofos.
Pitágoras hizo una apología de la actitud más desinteresada: la del
espectador que contempla discretamente todo lo que sucede a su alrededor, al
mismo tiempo que proclamó la gratuidad de la actividad filosófica, que no
busca ganancias ni fama, sino el simple goce que comporta la actividad
contemplativa.
Sin embargo, y a pesar de que pueda parecer una paradoja, es muy
probable que Pitágoras hubiese modelado, con esta actitud, un modus
operandi filosófico que, en contradicción
con sus principios de
gratuidad, le acabó resultando muy rentable y productivo desde el punto de
vista político, social y económico. Las fuentes corroboran, en efecto, que
Pitágoras se instruyó con mucho celo y aplicación en sus viajes llegando a
poseer un enorme bagaje de erudición, inusitado para los griegos de su época.
Los conocimientos acumulados en los viajes convirtieron a Pitágoras en un
sabio de fama excepcional que, como se verá a continuación, le ayudaron
decisivamente a organizar su escuela en el sur de Italia. Parece seguro que
Pitágoras importó de sus viajes todo tipo de conocimientos, entre los que
sobresalían los relacionados con rituales: “(sc. Pitágoras) fue a Egipto,
y habiéndose hecho su discípulo, fue el primero que introdujo en Grecia una
filosofía diferente y mostró un celo más conspicuo que los otros hombres
por los sacrificios y rituales de los templos, porque consideró que, aunque
esto no comportase una recompensa del cielo, entre los hombres, al menos, le
haría merecedor de la mayor reputación. Y así fue. Su fama sobresalió
sobre la de los otros hasta el punto de que casi todos los jóvenes deseaban
ser sus discípulos y los viejos querían ver a sus hijos gozando de su compañia
más que ocupándose de los asuntos domésticos”.
Como fácilmente se puede interpretar del anterior pasaje, el prestigio
entre los más jóvenes y los más ancianos le abrió las puertas a la fundación
de la primera secta filosófica en el sur de Italia, en la ciudad de Crotona.
A pesar de este éxito, Pitágoras fue objeto de una severa crítica
por parte de otro filósofo, Heráclito. Éste, en efecto, denunció a Pitágoras
como si se tratase de un erudito y un impostor incapaz de asimilar el conocimiento que
tan ávidamente acumulaba: “La mucha erudición no enseña la inteligencia.
Si fuese así se la hubiese enseñado a Hesíodo, Pitágoras, Jenófanes y
Hecateo”;
“Pitágoras, hijo de Mnesarco, practicó la investigación más que los
otros hombres y, tras haber hecho una selección de estos escritos, obtuvo
para él mismo una sabiduría, una erudición y una “mala técnica”.
Obsérvese que la dura crítica de Heráclito,
aparte de descalificar la erudición de Pitágoras como no productora
de inteligencia, intentaba poner en evidencia otra actividad más fraudulenta:
el saber de Pitágoras no sería el resultado ni tan siquiera de su esfuerzo,
sino de una selección de libros que contendrían unos conocimientos que
utilizó para su propio beneficio recurriendo a “malas artes”. En otras
palabras, Pitágoras habría plagiado los saberes que había aprendido de
otros sabios y que, en última instancia, habría presentado como propios.
Algunos testimonios parecen confirmar estas acusaciones al denunciar
que Pitágoras, en efecto, plagió libros adjudicados a Orfeo, que presentó
como si hubiesen sido escritos por él mismo.
Es, además, muy probable que de
estos contactos con la doctrina órfica, Pitágoras hubiese extraído una de
sus teorías más chocantes e innovadoras: la creencia en la inmortalidad del
alma, destinada a cambiar, con el paso del tiempo, la cosmovisión filosófica
una gran parte de la humanidad.
Y es que el aspecto más llamativo de la doctrina pitagórica es el que
lo relaciona con la divulgación de esta creencia extraña hasta ese momento
en el mundo griego, pero destinada a revolucionar la mentalidad occidental.
Algunas anécdotas antiguas ilustran la perplejidad que esta noción causó
entre los griegos, lo que contribuyó a aumentar la fama de Pitágoras como un
ser extraordinario, superior a todos los otros mortales. Una de las anécdotas
más conocidas está puesta en boca de Jenófanes y está relacionada con la
inmortalidad del alma y la transmigración: “Una vez (sc. Pitágoras)
caminaba cerca de un perro maltratado y compadeciéndose le dijo a su amo: no
le golpees, pues he reconocido el alma de un amigo mío al oír el sonido de
sus lamentos”.
Asimismo, su nombre aparece relacionado con una especie de farsa contada por
Heródoto y adjudicada a un supuesto y aventajado discípulo de Pitágoras,
Zalmoxis: “Zalmoxis era un hombre que, en Samos, había sido esclavo de Pitágoras,
el hijo de Mnesarco. Allí se convirtió en un hombre libre y acumuló una
gran riqueza con la que retornó a su país. Ahora bien, aunque los tracios
eran poco inteligentes y de vida rústica, este Zalmoxis conocía la manera de
vivir jónica y era de costumbres más civilizadas que los tracios pues había
convivido con los griegos y con el sabio más importante de todos ellos: Pitágoras.
Zalmoxis se construyó una casa donde recibió e invitó a los
ciudadanos más importantes y les enseño que ni él, ni
sus invitados, ni sus hijos morirían, sino que irían a un lugar en
donde vivirían siempre en posesión de todos los bienes. Mientras hablaba y
contaba esta historia hizo construir una habitación subterránea. Cuando ésta
estuvo acabada, desapareció de entre los tracios. Bajó a la habitación
subterránea y vivió allí tres años, mientras los tracios clamaban por él
y le lloraban como a un muerto. Al cuarto año se apareció a los tracios, que
así es convencieron de lo que les había dicho Zalmoxis”.
El propio Pitágoras presumía de recordar sus reencarnaciones
anteriores, entre las que destacaba un personaje de la Ilíada,
Euforbo, el héroe troyano que hirió a Patroclo y fue muerto por Menelao. Se
dice que Pitágoras era capaz de recordar hasta veinte generaciones anteriores
de hombres como se deduce del siguiente testimonio: “Había entre aquellos
hombres un hombre inmensamente sabio (sc. Pitágoras) que poseyó la más gran
riqueza de entendimiento y realizó una multitud de obras extremadamente
sabias. Cada vez que se extendía con todo su conocimiento veía fácilmente
cada uno de todos los seres existentes durante diez o veinte generaciones de
hombres”.
Muchos otros hechos se cuentan de Pitágoras que contribuyeron a crear
una aureola legendaria que acabó asociándolo más a la figura de un dios que
de un hombre. Destaca que se le atribuyese la capacidad de estar en dos sitios
al mismo tiempo, de tener una pierna de oro o de identificarse con un dios:
Apolo Hiperbóreo. También ha sido resaltada su capacidad
de predicción. Así, vaticinó que en un barco que atracaba en el
puerto había un cadáver y predijo terremotos y epidemias.
Este tipo de prodigios y conocimientos,
sobre todo los relacionados con el mundo de ultratumba, debieron de
influir decisivamente cuando, por causas que no se conocen con certeza, Pitágoras
se vio obligado a abandonar la isla de Samos. Entre las posibles causas, las
fuentes insisten sobre todo en su hostilidad hacia el tirano Polícrates y la
vida lujuriosa y disipada que fomentaba en Samos. Tras abandonar la isla, en
la costa Jonia, Pitágoras se desplazó al sur de Italia, atravesando todo el
Mediterráneo. De este modo, Pitágoras trasladó
la incipiente filosofia griega al sur de Italia y a Sicilia inaugurando con
este desplazamiento geográfico una nueva manera de hacer filosofía, más
espiritual y abstracta que la que hasta aquellos momentos habían realizado
los filósofos de la naturaleza en Jonia.
Las
fuentes concuerdan en que la llegada de Pitágoras a Italia fue espectacular.
Con su reputación y algunas actuaciones impactantes consiguió atraer la
atención de los ciudadanos itálicos: “cuando (sc. Pitágoras) llegó a
Italia y habitó en Crotona apareció como un hombre que había viajado por
muchos lugares, poco común y muy bien provisto por la fortuna de una
naturaleza singular, de aspecto noble y muy agradable, ya que era elevado en
su manera de ser y tenía muchísimo atractivo personal y encanto, por su voz,
carácter y por otros muchos aspectos. En la ciudad de Crotona causó tal
efecto que, después de conmover las almas de los ancianos gobernantes, con
bellos y ricos discursos, éstos lo invitaron a pronunciar exhortaciones
adecuadas para los jóvenes y los niños y, después, para las mujeres. También
se organizó una reunión con mujeres. De esta manera, se acrecentó muchísimo
su fama y ganó muchos discípulos en esta ciudad, no sólo hombres, sino
también mujeres, (…) así como muchos reyes y gobernantes de paises bárbaros”. Del éxito de estas
reuniones son una buena prueba su capacidad de convocatoria y persuasión:
“Atrajo la atención de todos de tal manera que con una sola exposición, la
primera que dio públicamente al desembarcar en Italia, fascinó a más de dos
mil personas con sus palabras hasta el punto de que ya no regresaron a casa,
sino que en compañía de sus hijos y mujeres construyeron una gran sala para
las reuniones comunes (…) recibiendo de él leyes y normas para que no
realizasen ningún acto al margen de ellas, como si se tratase de preceptos
divinos. Consideraron también que todas sus propiedades eran comunes e
incluyeron a Pitágoras entre los dioses”.
¿En qué pudieron consistir estas conversaciones y enseñanzas para
que resultaran tan atractivas y cautivadoras ? Como ya se ha sugerido, es muy
probable que parte de su prestigio se hubiese generado por su creencia en la
imortalidad del alma y las consecuencias que esta noción comportaba, como el
recuerdo de vidas pasadas, transmigraciones, etc.: “Lo que dijo a sus discípulos
ningún hombre lo puede afirmar con certeza porque mantenían un silencio
excepcional. Sin embargo, los siguientes hechos se convirtieron en
universalmente conocidos: primero, que afirmó que el alma es inmortal;
segundo, que emigra a otras especies de seres vivos; tercero, que los
acontecimientos pasados se repiten en un proceso cíclico y que nada es nuevo
en sentido absoluto y, finalmente, que se ha de considerar que todas las cosas
están dotadas de vida. Estas son las doctrinas que se dice que Pitágoras fue
el primero en introducir en Grecia”.
En este contexto se relata de Pitágoras una anécdota que evoca
poderosamente lo que Heródoto ya había explicado de su esclavo Zalmoxis: que
al llegar a Italia, Pitágoras construyó una morada subterránea e hizo creer
a los itálicos, mediante un engaño en el que habría participado su madre,
que había visitado el Hades: “Al llegar a Italia, Pitágoras se construyó
una morada subterránea y ordenó a su madre que tomase nota de lo que sucedía
y que lo escribiese en una tablilla y que se la llevase en donde se encontraba
hasta que él regresase. Así lo hizo la madre. Pasado un tiempo, Pitágoras
volvió demacrado y esquelético; se presentó en la asamblea pública y
explicó que venía del Hades y les leyó todo lo que había acontecido
durante su ausencia. Ellos, muy afectados por lo que les decía, lloraban y
gemían. Se convencieron de que Pitágoras era un ser divino hasta
el extremo de que le enviaron sus esposas por si conseguían aprender
alguna cosa de él”.
También acostumbraba a recordar a cada persona con la que se relacionaba la
vida pasada que había experimentado su alma.
Resulta
obvio que con estos antecedentes y este éxito, Pitágoras estuviese en
condiciones de fundar su escuela y de exigir, además, normas estrictas para
formar parte de ella, entre las que destaca la imposición de silencio a los
discípulos que tenían el privilegio de escuchar sus enseñanzas. Debieron
formar parte fundamental de esta doctrina secreta la noción de inmortalidad
del alma y enseñanzas astronómicas, geométricas, matemáticas, relativas a
la música y el equilibrio armónico del cosmos.
Llegado a este punto, conviene abordar la espinosa cuestión de si la
organización pitagórica fue una simple escuela o se trató, más bien, de
una secta sólidamente estructurada en el sentido más negativo que en la
actualidad posee este término.
Para ello, recordaremos algunos aspectos esenciales que, en nuestra época,
caracterizan a una secta con la intención de confrontarlos con las
informaciones que poseemos acerca de la organización de los grupos pitagóricos.
Los rasgos son los siguientes:
1- Un estilo de vida
alternativo respecto del funcionamiento “habitual” de la sociedad en la
que se inserta.
2- Unos preceptos de
obligado cumplimiento que pueden conformar una especie de ritual alrededor del
cual gira el funcionamiento diario de una organización sectaria.
3- Una estructura
organizada que exige: a) reuniones frecuentes; b) algún tipo de propiedad
comunal o cooperativa.
4- Un alto grado de
integración espiritual de todos los miembros basado en a) el principio de
autoridad, ya sea de un líder carismático o una sagrada escritura con una
interpretación particular; b) una fuerte división, hostil en muchas
ocasiones, que crea una severa distinción entre los “internos” y los
“externos”, entre el “nosotros” de quienes conforman la secta, en oposición
al “ellos” de quienes no forman parte de la misma; c) reacción implacable
contra los apóstatas que se separan de la secta, que adquieren la categoría
de traidores a los principios vertebradores de la secta.
5- Estabilidad
diacrónica, es decir, las sectas
tienen tendencia a perpetuarse en el tiempo.
6- Movilidad geográfica
de los miembros, que facilita la extensión de la secta a otras sedes.
7- Estricta jerarquía
entre los miembros, establecida a partir de la antigüedad, conocimientos o
responsabilidades de los mismos.
8- Aceptación de
miembros de los dos sexos con el fomento de las relaciones sexuales y
consiguiente procreación para garantizar la perpetuación “familiar”
e interna de la secta.
9- Captación de jóvenes
inexpertos que serán adoctrinados en los principios fundamentales
de la secta.
Cotejemos
ahora con más detalle cada uno de estos puntos con las informaciones que
poseemos de Pitágoras para comprobar si su actividad podía ser calificada,
desde nuestra óptica, como sectaria:
1-
Un estilo de vida alternativo respecto del funcionamiento
“habitual”de la sociedad en la que se inserta: Las fuentes coinciden
en su existencia. Platón mencionó en la República
un “modo de vida pitagórico” e insistió en diferenciarlo de
cualquier otro al sostener que “Pitágoras fue amado excepcionalmente y sus
sucesores todavía hoy denominan “pitagórico”, un modo de vida por el que
parecen distintos de los otros hombres”. Entre los rasgos que
caracterizan el modo de vida pitagórico hay que resaltar la vida comunitaria,
la prohibición de comer seres animados, o de llevar vestidos de lana.
2-. Unos
preceptos de obligado cumplimiento que pueden conformar una especie de ritual
alrededor del cual gira el funcionamiento diario de una organización sectaria:
Son muy conocidos algunos de los preceptos que Pitágoras impuso a sus discípulos.
El más emblemático es la imposición de silencio que se cumplió
estrictamente, incluso en el momento de la diáspora de la escuela. Filolao,
en el siglo V a. C., habría sido el primero en
romperlo. Todos sus alumnos acataron disciplinadamente esta “ley del
silencio”, dado que su incomplimiento significaba la expulsión inmediata
del grupo pitagórico. La explicación de este silencio se puede fundamentar
tanto en la cohesión que da al grupo participar de un secreto común al cual
no tienen acceso los “externos”, como para garantizar que los
conocimientos transmitidos por Pitágoras no serían divulgados.
Las características
generales que a continuación se mencionan son las mismas que menciona
W. Burkert “Craft versus sect: the problem of Orphics and
Pythagoreans”, en B. F. Meyer, E. P. Sanders (eds.). Jewish and Christian: Self Definition III: Self-Definition
in the Graeco-Roman World, Londres, 1982, pp. 1-22. Existe
traducción castellana: “Profesión frente a Secta: el problema de los
órficos y los pitagóricos”, Taula
27-28 (1997) pp. 11-32.)

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