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"LOS MISTERIOS DE ELEUSIS" 3/4

  Alberto Bernabé, U.C.M.

(c) F. Casadesús (ed.), Sectes, ritus i religions del món antic.

Palma de Mallorca 2002, pp.133-157, ISBN-84-85932-34-X

 


Veamos una reconstrucción sumaria del largo proceso de la iniciación.

La primera parte tenía lugar en Eleusis o en un lugar sobre el Agora de Atenas, llamado Eleusinio. Cada mista (nombre que recibía el iniciando) tenía que llevar su cerdito; el animal para que muera en su lugar. Los cerdos tienen un papel importante en el festival y no es ajeno a ello el que el héroe eleusino que vio desaparecer a Deméter fuera porquerizo.

El 13 del mes Boedromión (esto es, octubre) había una procesión de Eleusis a Atenas, se sacaban las imágenes en procesión, se reunían los que pretendían iniciarse y el hierofante excluía a los que no podían hacerlo y que quedaban ya fuera del proceso.

El 14 los efebos llevaban los objetos sagrados de Eleusis al Eleusinio de la ciudad.

El 15 era el agyrmós 'reunión', primer día de los rituales propiamente dichos, ya que hasta entonces sólo habían sido preliminares. Los mistas que iban a ser iniciados se reunían en Atenas, en el pórtico llamado Stoa Poikile. El hierofante encargaba al heraldo que hiciera la proclama (prórrhesis). Luego ordenaba 'aquí las víctimas', y se celebraba el sacrificio de los cerditos. Seguía una entronización (thrónosis). Se sentaba al iniciado, sobre una piel de carnero. En profundo silencio, se le velaba y  se le purificaba por el aire (abanicándole) y por el fuego (acercándole una antorcha). Se pasaba sobre su cabeza una líkne, la cesta mística.

El 16 se proclamaba 'al mar, mistas' Y los iniciados se bañaban en el mar de Fálero con sus cerditos (ya muertos).

El 17 era la Epidauria. Se conmemoraba la llegada de Asclepio a los misterios (esta ceremonia se introdujo en 420 a. C.) y se reservaba para quienes llegaban tarde. Seguía una procesión con un sacrificio y una pannychís, procesión nocturna, en honor de Asclepio.

El 18 al parecer se descansaba.

En un determinado punto del proceso (ignoramos cuál era el momento concreto), los iniciandos ayunaban y luego bebían el ciceó, bebida hecha con agua, harina y poleo. El ciceó representa la dieta cereal, culta, frente al "canibalismo" de la dieta carnívora anterior a que Deméter ofreciera los cereales y la civilización.

El 19 se iniciaba, con una serie de ritos, una procesión hacia Eleusis. Los efebos, sacerdotes y magistrados llevaban los objetos sagrados a la ciudad.

El 20 era la llamada Escolta de Iaco. Los iniciados partían, guiados por el dios Iaco, llevado por un sacerdote (Iachagogos), por un camino de más de 22 km. Sin duda en ellos los iniciados debían acordarse de las fatigas de Deméter buscando a Core. Cuando estaban ya cerca de Eleusis salían a su encuentro desde el santuario unos efebos para escoltar a los que llegaban. Cuando cruzaban el puente sobre río Cefiso, los peregrinos eran ridiculizados y zaheridos con cancioncillas satíricas e insultantes por gente del pueblo que se congregaba para ello junto al puente (el llamado gefyrismos 'paso del puente'). Tras esta especie de "cura de humildad" llegaban al santuario y allí se acogía a Iaco de forma esplendorosa. Los iniciados bailaban en una plaza llamada Calicoro (de las hermosas danzas) en honor de Deméter y Core. Se trataba del punto más próximo a la ciudad, antes de entrar en el santuario. Dentro del santuario estaba un asiento natural dentro de una cueva, llamado la Roca Sin Alegría, agelastos, donde se supone que la diosa estuvo sentada.

El 21 de Boedromión, por la tarde, tenían lugar los ritos secretos. En un determinado momento debían pronunciar una contraseña sagrada: "He ayunado, he bebido el ciceó, lo he tomado de la canasta, he trabajado y lo he puesto de nuevo en la canasta y de ahí, en la cesta".  Misteriosas palabras que tendrían sin duda gran significado para los iniciados y bastante poco para nosotros. En este punto lo ocurrido está sometido a un alto grado de especulación, porque es de lo que estamos peor informados. El día se pasaba en espera y sólo cuando era ya de noche los iniciados entraban en fila en el santuario. Un  muro a su derecha les impedía ver el área de la roca sin alegría. Pero al alcanzar la puerta del muro es posible que pudieran ver a la diosa sentada en la roca. Oían lamentos procedentes de allí. Llegaban al telesterion (o anaktoron) y depositaban los cerditos en las mégara, una especie de sótanos del templo. Luego peregrinaban fuera del anaktoron a buscar a Core, en la oscuridad y con la cabeza cubierta con una capucha que no les permitía ver nada, cada iniciado guiado por un mistagogo. Podemos imaginar que andaban confusos y desorientados saltando por las breñas en la oscuridad, con una sensación de ansiedad y temor. Mientras, el hierofante golpeaba una especie de gong llamando a Core.

El regreso de Core no podía ser visto por los iniciados, ya que la diosa (mejor dicho, quien la representaba) emergía, guiada por Eubuleo, enfrente de donde estaba Deméter. Tras abrazarla, Core y su madre abandonaban la cueva y se dirigían al telesterion con Eubuleo. Cuando llegaban al telesterion, se detenían y los epoptai (que eran iniciados de segundo grado) vislumbraban a la madre y la hija. Entonces entraban en el anaktoron.

De repente, el anaktoron se abría y el hierofante aparecía en la puerta con una brillante luz detrás. Los iniciados, ya sin capucha, pasaban, entrando de la oscuridad a un espacio resplandeciente por la cegadora luz que procedía de los centenares de antorchas llevadas por los epoptai.

En el telesterion las diosas aún serían visibles a los iniciados, pero desaparecían en la estructura central. Probablemente aparecían también iniciados divinos como Heracles y Dioniso, así como Triptólemo. Después de que los iniciados del año en curso abandonaban el anactoron se les revelaba a los epoptai una visión especial. Aparecía probablemente Pluto niño (la riqueza) con una cornucopia, desnudo y con abundancia de grano.

El hierofante en medio del silencio y en el recogimiento, mostraba entonces una espiga, el símbolo del don de la diosa, de la cultura, de la civilización, casi de lo que nos hace humanos.

El 22 de Boedromión era el día de sacrificio y fiesta. Había un sacrificio de toros a Deméter y Core y otros animales, especialmente cerditos, eran sacrificados por los participantes en los altares de Deméter y Core.

El 23 de Boedromión los iniciados volvían a Atenas. El último día del festival era llamado Plemochoai. Dos vasos llamados así se derramaban, uno mirando al este, otro al oeste, en los megara del telesterion. Los iniciados volvían a Atenas el 23 y el 24 era la reunión de la Boule en el Eleusinion de la ciudad, el día después de los Misterios.

La Urna Lovatelli resume algunos de esos puntos. Vemos en ella al iniciado presentando el cerdito y cómo el sacerdote lo purifica, mientras lleva una bandeja de ofrendas en la mano. En la segunda escena el iniciando, velado, es purificado por el sacerdote. El iniciando está sentado en una silla, cubierta por una piel de carnero. El sacerdote pasa sobre su cabeza lo que se llama un líknon, un tipo especial de cesta, que reproduce la que según el mito portó a Dioniso niño. Ambas son escenas que suponemos realistas, y que reproducirían momentos del culto. La tercera ya no es realista, sino simbólica. Ambos planos en el mundo de la iniciación se confunden. Ahora el iniciado aparece ante una Deméter sedente y coronada de espigas de trigo, tras de la cual está Perséfone llevando una antorcha. El iniciado, caracterizado por un haz de ramitas entrelazadas, toca la cabeza de la serpiente que sale de la cesta de Deméter. Ha superado sus miedos humanos más íntimos y ahora se mueve libre y relajado en un ambiente divino en comunión con la divinidad.

Por último, en un estamno del Museo de Eleusis vemos al portador de las antorchas, ricamente ataviado, tras el cual marcha un iniciando con el característico haz de ramitas entrelazadas.

Tras este recorrido externo, planteémonos un nivel algo más profundo: qué efectos se pretendían conseguir con la iniciación. Para ello voy a recurrir a un puñado de testimonios significativos, sobre todo porque pertenecen a épocas distintas y a autores de muy diversa índole, que muestran sin embargo una notable coincidencia entre sí, haciéndonos sospechar que los pretendidos efectos de la iniciación no debieron variar demasiado a lo largo del tiempo.

Por empezar con los más a ras de tierra, los efectos prácticos no estaban ausentes. Estar a bien con la dispensadora del grano se suponía que aseguraba la provisión de cereal. Leamos los versos 486 y siguientes del Himno homérico a Deméter,  del siglo VII a. C.:

¡Muy venturoso aquel de entre los hombres que sobre la tierra viven

a quien ellas (Deméter y Perséfone) aman benévolamente!

Pues al punto le envían a su gran morada, para que en su hogar se asiente,

a Riqueza, que concede prosperidad a los hombres.

Los misterios procuraban bienestar terreno. Incluso tenemos registrados algunos milagros, como el de un tal Eucrates, que era ciego y que recuperó la vista, según nos cuenta un relieve votivo conservado en el Museo de Atenas.

Dicho entre paréntesis, también había efectos prácticos para el santuario. Un decreto reclamaba a Atenas y al resto del mundo primicias de las cosechas para el santuario como compensación por el gran don ofrecido por Deméter.

Por otra parte, el contenido digamos "ideológico" de los misterios era escaso. No hay un credo en los ritos mistéricos. Ni siquiera, una fe. Lo fundamental es sentir una experiencia colectiva.

Tenemos la suerte de contar con una descripción de tal experiencia en boca de Plutarco (ss. I-II d. C.), en el fragmento 178:

En este mundo [el alma] no tiene conocimiento, salvo cuando llega al trance de la muerte. Entonces sufre una experiencia como la de quienes participan en las grandes iniciaciones. Por eso se parecen tanto una palabra a la otra (teleutan 'morir' y teleisthai 'iniciarse') como una acción a la otra. Primero, el vagar sin rumbo, las fatigosas vueltas y los recorridos en la oscuridad con la sospecha de que no se van a acabar nunca y luego, antes de llegar al propio término, todos los terrores, estremecimientos, temblores, sudor y confusión. Pero de ahí, le sale al encuentro una luz admirable, y le acogen lugares puros y praderas, llenas de sonidos, danzas y la solemnidad de palabras sacras y visiones santas. Una vez que se ha saciado de ello y ha sido iniciado, se vuelve libre y marcha liberado; coronado, celebra los misterios y en compañía de hombres santos y puros, ve desde allí la turba no iniciada e impura de los seres vivientes, en medio del fango y de las tinieblas, pisoteándose y empujándose unos a otros, persistiendo en el miedo a la muerte en unión de los malvados, por la falta de fe en los bienes de allí.

Hay algunos aspectos muy interesantes en este texto, que merece la pena destacar. Uno, la iniciación es una experiencia similar a la muerte, una especie de muerte anticipada, de ensayo, para que el individuo la experimente de antemano y no tema a la verdadera. Plutarco ve en la similitud de las palabras 'morir' e 'iniciarse' la huella de una comunidad de significado.

Segundo, el iniciado en la oscuridad sufre una profunda confusión y se aterroriza antes de acceder, por contraste, a la luz y al bienestar.

Tercero, Plutarco lleva su identificación de iniciación y muerte a pasar en su narración de lo que se siente en la iniciación a lo que se siente en la verdadera muerte. No nos presenta al iniciado viendo la luz en el telesterion, en el edificio en que se celebran los misterios, sino que lo sitúa en su arrebatada descripción, en la pradera de los bienaventurados en el otro mundo.

Cuarto, el iniciado tiene un destino distinto del que no lo está. Tanto en esta vida (porque el no iniciado se encuentra prisionero del temor a la muerte, por desconocer que puede haber un destino grato en el otro mundo), como en la otra, donde no accede al reducto feliz de los bienaventurados, sino queda sumido en la oscuridad y el fango.

Pero tenemos que seguir. Es el propio Aristóteles (en el s. IV a. C.) quien, con la sagacidad que le es propia, define la naturaleza de los misterios en el fragmento 15 (citado por Sinesio, Dión 10): 

Aristóteles considera que los que se inician no deben aprender algo, sino experimentar y cambiar de mentalidad, esto es, llegar a estar preparados.

La iniciación no es como una lección, no sigue las leyes del pensamiento discursivo. Es sobre todo una experiencia, que produce per se un cambio de mentalidad. La iniciación se torna así en un evento inolvidable, una experiencia que marca para toda la vida, fundamentalmente una experiencia anímica. Y la preparación no puede ser para otra cosa que para la muerte.

Por su parte, Dión Crisóstomo (s. I-II d. C.) en su inspirado discurso 12 (33) nos precisa algo la naturaleza de esta experiencia:

Si alguien llevara a iniciarse a un hombre, griego o bárbaro, a un lugar oculto místico destacado por su belleza y amplitud, donde va a contemplar muchas visiones místicas y a oir muchos sonidos místicos, donde la oscuridad y la luz van a aparecer en cambios repentinos y van a ocurrir otros innumerables sucesos, donde incluso va a seguir la llamada ceremonia de entronización, si todo esto ocurriera, ¿sería posible que ese hombre no experimentara nada en su alma, que no llegara a  columbrar que hay  alguna idea o plan más sabio en todo lo que está pasando?

Es lo que se ve y lo que se oye, misterioso e irracional, lo que suscita la impresión de que existe algo más allá de la experiencia visible, la convicción de que existe una especie de plan, un orden universal, en el que se integra.

La experiencia es, en gran medida una "salida de uno mismo" para sentirse integrado en una realidad más amplia. No es otra cosa lo que define Sópatro (rétor del IV d. C.) 8: 

Salí de la sala de los misterios sintiéndome como un extraño a mí mismo.

 No es sin embargo una experiencia extática y desenfrenada, como la dionisíaca; es más bien una sensación de comunidad con otros, y sobre todo una liberación. Asi la define Crinágoras (autor de la época de Cristo) en la  Antología Palatina 11, 42:

Aunque tu vida haya sido siempre sedentaria, y por el mar

     no hayas navegado ni recorrido caminos por tierra firme,

pese a todo, acércate a la Cecrópide (e.d. El Ática) para contemplar

     aquellas noches de los ritos de la gran Deméter,

gracias a los cuales, tanto entre los vivos, como cuando vayas

     al reino de la mayoría, tendrás un ánimo sin cuitas y más ligero.

El "reino de la mayoría" es obviamente el reino de los muertos.

Una serie de estudiosos ha intentado explicar esta gran exaltación y este sentimiento de liberación como inducida por la utilización de drogas. Un ingrediente del ciceó, la bebida de los iniciados, era el poleo, y Kerényi creía que podía tener propiedades alucinógenas. Otros señalan la presencia de ciertos hongos en ciertas representaciones iconográficas y le atribuyen a éstos la provocación de efectos similares. Otros creen que se usaba cornezuelo, el micelio de un hongo (claviceps purpurea) que crece en las espigas y que contiene alcaloides. Hay algunos problemas para este tipo de interpretaciones. Incluso si los trigales de llanura de Eleusis estuvieran infestados de hongos, cabe dudar de que hubiera tanta cantidad como para "colocar" a miles de iniciandos, para provocarles visiones placenteras a todos. Además, al parecer este hongo produce más bien efectos negativos que placenteros y eufóricos.

Más probabilidad tendría pensar en un opiáceo. La amapola, junto con las espigas, es un atributo de Deméter, y Ovidio (Fastos 4, 531ss) nos presenta a Deméter durmiendo a Triptólemo con zumo de amapola. Pero sigue pesando el mismo problema del suministro para tantísimos peregrinos. Aparte de que la utilización de droga, tiende más bien a la experiencia individual que a la experiencia colectiva.

En realidad no debemos extrañarnos de que se puedan conseguir los efectos descritos por la iniciación sin el uso de drogas. En este tipo de experiencias colectivas, largas, penosas, el ánimo y la personalidad sufren ataques muy fuertes, sin necesidad de agentes alucinógenos directos.

Pero continuemos, ya que nuestros testimonios se refieren a algo más que a simplemente la sensación de liberación. Los misterios implican, por una parte, un tipo de conocimiento nuevo y una especie de renacimiento. Es lo que parece deducirse de un texto de Píndaro (ss. VI-V a. C.), el fragmento 137:

¡Venturoso aquél que tras haberlos visto (los Misterios) va bajo tierra,

pues conoce el fin de la vida

y conoce el principio dispuesto por Zeus!

Se trata de que el iniciado comprende el principio y el final de las cosas, probablemente porque este final es el principio de otra cosa. En algunos textos incluso se habla más explícitamente de beneficios en el otro mundo, de los misterios como una especie de pasaporte para un destino mejor en el más allá. Es lo que nos dice el propio Himno a Deméter 480-482:

¡Venturoso aquel que los vio de entre los hombres que sobre la tierra viven!

Mas el no iniciado en los ritos, quien de ellos no participa,

no tiene un destino semejante, al menos una vez muerto, bajo la sombría tiniebla.

Y nos lo reitera Sófocles  (s. V a. C.) en su fragmento 837 (Radt):

¡Tres veces venturosos

los mortales aquellos que, tras haber contemplado estos ritos

se encaminan al Hades! Pues para ellos solo allí

es la vida, y para los demás, afrontar todos los males.

En suma, antes que cualquier otra cosa, la iniciación en los misterios es una experiencia, Una gran experiencia que opera por vívidos contrastes: vida/muerte, luz/oscuridad, terror/felicidad. Tales contrastes, producidos bruscamente someten al espíritu a un fuerte shock no racional,  que libera de la propia identidad y hace que cada individuo se comunique con una realidad superior. Se siente así  situado en la naturaleza, en la historia del cosmos, como si al fin lograra comprender sin palabras el lugar del hombre en el mundo, el sentido de su vida y su destino futuro en el más allá, del que la iniciación viene a ser una especie de ensayo general.  Un instrumento, en suma, para liberar de incertidumbres y zozobras y aceptar la situación y el destino del hombre en este mundo y en el otro.

 BIBLIOGRAFÍA