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FRIGIA Y LOS FRIGIOS I

Dra. Pilar González Serrano*

DPTO. DE ARTE U.C.M. MADRID

 


(fig.1)

Fig. 1. Mapa de Anatolia en la antigüedad.


Frigia y Los Frigios I

Antes de su incorporación al mundo grecorromano, Kybéle1 fue la gran diosa de Frigia (Fruvgia), una extensa región de Anatolia que, con centro en el valle del Sangario (Gallo o Saka­riya), se extendió desde la frontera del Urartu2, allende el río Halys, hasta la llanura de Konya, por el sur, y región del Alto Meandro, por occidente (fig.1).

La sede de su santuario principal se encontraba en Pesinunte (o Pesino), donde era venerada bajo la forma de un ídolo anicónico: la sagrada "Piedra Negra" y donde, cada primavera, se celebraban con una gran solemnidad las fiestas en su honor y en el de Atis, su joven amante. Desde allí, en época helenística, comenzó su etapa de mudanzas, cambiando dos veces de domicilio: de Pesinunte a Pérgamo y de Pérgamo a Roma, pero como, hasta entonces, fueron muchos los acontecimientos que afectaron a Frigia y, en consecuencia, a la difusión de la religión y culto de su diosa nacional, debe hacerse de ellos un breve resumen, a partir de finales del II milenio a.C.

En torno a 1200 a.C. se sitúa la invasión del pueblo de estirpe indoeuropea que iba a dar nombre a la región: los frígios. Emparentados con tracios e ilirios y procedentes todos ellos de la zona de los Balcanes, atravesaron el Estrecho de los Dardane­los e irrumpieron, violentamente, en Asia Menor. En los anales asirios se mencionan con el nombre de muskhi ya desde la época de Tiglat-Pileser I (1117–1077 a.C.), es decir, des­pués de haberse producido las primeras invasiones. Tales muskhi, hoy englobados con el denominador común de "pueblos del mar", fueron los causantes de la terrible conmoción que afectó, no sólo a toda el área asiática, sino también a la cuenca del Mediterráneo. A ellos se atribuye la total destrucción de las fortalezas micénicas, la caída del imperio hitita y la seria sacudida de castigo que sufrió el Egipto de Ramsés III (1184–1153 a.C.).

En el Mediterráneo central, la civilización micénica, debi­litada después de la inútil y larga guerra de Troya, emitía su canto de cisne. Incapaz de remontar las consecuencias de las duras embestidas traco-frigias, dejaba el campo libre a una nueva estirpe aria, la de los dorios, ya dominante en las capas bajas de la sociedad. Comenzaba así la denominada "edad oscura de Grecia" que se prolongó hasta finales del siglo IX a.C. En cuanto a Asia Menor, las consecuencias no fueron mejores. Las invasiones arruinaron el ya decadente imperio hitita que se fragmentó en toda una serie de estados-ciudades muy florecientes durante un par de siglos, pero que acabaron cayendo en poder de Asiria en el siglo VIII a.C.

Dentro de este mosaico de pueblos itinerantes que buscaban nuevas zonas de asentamiento, los frigios jugaron un destacado papel. Se establecieron, en un principio, en el noroeste de Asia Menor, pero más tarde, presionados por la expansión de las ciudades costeras, se fueron adentrando en tierras del interior hasta acabar instalándose en la zona central de Anatolia. En una segunda etapa, ya a finales del siglo IX o comienzos del siglo VIII a.C., se inició su proceso de crecimiento y expansión hacia Occidente, lo que supuso el establecimiento de estrechas y cordiales relaciones con las colonias griegas de las costas asiáti­cas. Bajo su influjo cultural, su proceso de helenización fue muy rápido, sobre todo a partir de la adopción del alfabeto griego3. Frigia era, por entonces, un próspero reino, del que era capital la ciudad de Gordión4, a orillas del Sangario. Sus reyes se hacían inhumar en espaciosas cámaras funerarias, revestidas de madera y cubiertas por un gran túmulo. De ellas, aún quedan vestigios en torno a lo que fue la capital.

De las buenas relaciones existentes entre Frigia y el mundo griego tenemos constancia a través de diversas fuentes. Valga como ejemplo la noticia de que su gran rey Midas5 estaba casado con una dama griega de nombre Hermódice (o Demódice), y que además fue el primer soberano extranjero que envió ofrendas al santuario de Apolo en Delfos6; y todo ello en el siglo VIII, la época coincidente con el máximo esplendor del reino frigio y el despertar marinero de Grecia que iniciaba sus empresas coloni­zadoras y de expansión hacia Occidente.

El hundimiento de este próspero reino se produjo como consecuencia de las sucesivas oleadas de pillaje con que los cimerios saquearon sus territorios, a partir del año 696 a.C., en que tuvo lugar la primera invasión, y a lo largo del siglo VII a.C.7

Un nuevo reino asiático, el de Lidia8, se erigió entonces paladín de la lucha contra los invasores y, efectivamente, consiguió expulsarlos de Asia Menor. Sin embargo, como consecuencia de su supremacía militar, se adueñó de toda Frigia e, incluso, en el 627 a.C., de una buena parte de las ciudades griegas de la costa. Las guerras contra los lidios arruinaron a numerosas ciudades y tuvieron una considerable repercusión en el ámbito comercial. No obstante, su desarrollo posterior, siempre floreciente, pone de manifiesto que el yugo de los lidios, dado su alto grado de helenización, no supuso una dura carga para las ciudades sometidas. Pronto aparecieron en esta zona los primeros sistemas de gobierno democráticos, como sustitución de las tradicionales monarquías y más tarde, también, las primeras tiranías9, bajo las cuales la mayoría de las ciudades costeras de Asia Menor conocieron sus mayores días de esplendor, tanto en el plano económico, como en el social y cultural.

Sin embargo, poco después, la situación cambió totalmente, ya que a raíz de la batalla del río Halys, en el 547 a.C., se produjo la conquista de estos territorios por los persas. La coalición formada por Egipto, Babilonia y Lidia, sufrió una total derrota y, poco después, la capital del imperio lidio, Sardes, y su célebre rey Creso10 cayeron en poder del monarca Ciro11.

Como es bien sabido, la dominación persa se hizo insoporta­ble a las ciudades griegas de Asia Menor a cuya llamada de auxilio acudió toda Grecia. Con esta respuesta de unidad de raza y cultura frente al enemigo asiático, se daba inicio a una de las más célebres conflagraciones de la Edad Antigua: las Guerras Médicas.

Dentro de este panorama político y cultural, la religión de Kybéle había comenzado su expansión. Primero conquistó el reino de Lidia, hasta el punto de que el propio Creso le consagró, en Sardes, un gran templo, del corte y estilo del Artemision de Éfeso, ciudad que estaba bajo su dominio desde el 560 a.C. Después continuó su rápida difusión por la zona centro-occidental, dando lugar a la fundación de nuevos lugares de culto, para saltar al Mediterráneo y llegar incluso a Grecia, donde fue identificada con Rea, la madre de los dioses, y donde siguió un proceso de clara helenización.

En la propagación de su culto jugaron papel decisivo los frigios que, al perder su independencia política, ya en el siglo VII a.C., comenzaron su diáspora hacia occidente, recorriendo todo el Mediterráneo y llevando consigo, como símbolo de su unidad nacional, el culto de la gran madre Kybéle, que seguía siendo alimentado desde su santuario central, en Pesinunte. Gracias a la habilidad diplomática de sus sacerdotes, que supieron sacar partido del prestigio y veneración de que gozaba la sagrada "Piedra Negra", el santuario se mantuvo independiente, llegando, incluso, a gozar de autonomía política. Dicha independencia actuó siempre como chispa de esperanza entre todos los emigrantes frigios, conscientes de su triste destino, tras la pérdida de la libertad de su reino. Un reino que, desgraciadamente, dados los acontecimientos, no había sido más que un efímero episodio dentro del complejo devenir histórico del Asia Anterior.

NOTAS

1.  Para la etimología del nombre de la diosa  C¦. el capítulo siguiente: "La Génesis de la Kybéle Frigia".

2.  Reino cuyo centro se situaba en torno al lago Van en Armenia. El nombre de Urartu es de origen asirio y aparece por primera vez en la época de Assurnasirpal II y citado, como reino, en tiempos de Salmanasar III. Sus habitantes llamaban a su estado Biainili.

3.  La escritura frigia, que aún no ha sido descifrada, era de carácter alfabético. Su origen, muy discutido, puede ser fenicio o griego.

4.  Govrdion, en honor de su mítico rey Gordio (Govrdio"), quién de simple labriego llegó a ser rey. Su celebridad se debe, principalmente, al famoso nudo que ataba al yugo la lanza de su carro y que estaba hecho con tal artificio que no se podían descubrir los dos cabos. Alejandro Magno lo cortó, en vista de la imposibilidad de deshacerlo, cumpliéndose, así, el oráculo que prometía el imperio de Asia a quién lo desatara.                                                

5.  Los reyes frigios se llamaron alternativamente Gordio y Midas, pero con el nombre de Midas (Mivda") se conoce a un rey legendario célebre por su avaricia y falta de gusto musical. De Sileno, agradecido por el buen trato recibido un día que se perdió, estando borracho, en la rosaleda de Bermós, recibió el poder solicitado de convertir en oro todo cuanto sus manos tocasen. A punto de morir de hambre y de sed, rodeado de manjares, consiguió que Dioniso le liberara de tan nefasta facultad, bañándose en el río Pactolo que, desde entonces, arrastró pepitas de oro. Como juez, entre Apolo que tañía la lira y Pan (Marsias) que tocaba la flauta, no fue más afortunado. Su fallo se inclinó a favor de Pan y Apolo le castigó con dos enormes orejas de burro que se vio obligado a disimular con un alto tocado, el llamado "gorro frigio". El único que sabía que el rey tenía orejas de burro era su barbero, amenazado con la pena de muerte si revelaba tan vergonzante desgracia. Agobiado por la presión del silencio y el miedo, hizo un agujero en la tierra, cerca de la ribera del río y se desahogó murmurando en su interior repetidas veces: ¡Midas tiene orejas de burro!. Luego tapó el agujero, pero los cañaverales hicieron pública su confesión, lo que demues­tra que todo secreto pesa en el corazón del hombre, y que deja de serlo en cuanto sale de uno mismo. Este tipo de tocado en la iconografía del mundo antiguo, caracterizaba a los personajes de origen oriental.

6.  La importancia de Delfos no sólo como centro oracular, sino sapiencial y de consulta en el siglo VIII, queda constatada por esta noticia.

7.  Los cimerios fueron un pueblo de origen iranio que procedente de la región de Rusia meridional y a través del Cáucaso, llegaron al Irán occidental y al Asia Menor en el siglo VIII a.C., presionados a su vez por los escitas (también indoeuropeos procedentes de la región del Volga). El primer ataque a Gordión en el año 709 fue salvado por Midas con la ayuda de Sargón II, a cambio de reconocer la supremacía de Asiria, pero en el año 696 el reino frigio fue prácticamente destruido. En el año 652 atacaron Sardes y algunas ciudades jónicas, llegando a incendiar el Artemision de Efeso. Después fueron aniquilados por asirios y lidios. Su lengua nos es completamente desconocida.

8.  Lidia fue un antiguo reino de Asia Menor, situado entre Misia, Frigia, Caria y el mar Egeo. Su capital fue Sardes, a orillas del Pactolo. Su momento de mayor esplendor tuvo lugar bajo la dinastía de los Mermnadas, fundada por Gyges, el último de cuyos reyes fue Creso. Los lidios fueron, probablemente, de origen indoeu­ropeo y su penetración en Anatolia fue consecuencia de las invasiones del siglo XII a.C. de los llamados "pueblos del mar".

9.  Es opinión generalizada considerar que fue en Lidia donde aparecieron las primeras Tiranías; al menos, la palabra tirano (tuvranno"), dueño o señor, parece ser de origen lidio. Mileto, Lesbos, Efeso, Samos, fueron, entre otras, las primeras ciudades jónicas gobernadas por tiranos. Poco después siguieron el mismo ejemplo las grandes ciudades comerciales griegas: Corinto, Sicione, Atenas, etc.

10. Creso (KroiÖso"; 561–546 a.C.) fue el último rey de Lidia. Famoso por sus riquezas, el 559 a.C. subió al trono tras la caída de Sardes, capital del reino, y condenado a muerte. Según la leyenda, cuando iba a ser ejecutado, recordó las palabras que Solón le dijera un día sobre lo efímero e inestable de la felicidad en la tierra. Al pronunciarlas en voz alta impresionó al rey persa, quien no sólo le perdonó la vida, sino que le hizo consejero suyo.

11. Ciro (KuÖro", el sol) llamado el Grande (579–529 a.C.) fue el fundador del imperio persa y gran conquistador. En el año 538 se apoderó de Babilonia y puso fin a la cautividad de los judíos.