I. Introducción. Una historia no académica de la literatura clásica.
A veces, experimentamos como lectores un sentimiento de felicidad cuando encontramos referencias y alusiones explícitas a las literaturas clásicas en un texto moderno. Es lo que ocurre cuando leemos algunos relatos tan significativos de Borges como "Funes el Memorioso", o "El inmortal", pues mientras el primero nos remonta a la enciclopedia de Plinio el Viejo, el segundo nos lleva a la vida imaginaria de Homero. Pocos lectores son, sin embargo, conscientes de tales hechos, y apenas unos pocos saben, por ejemplo, que Francisco Ayala transcribe textos de Tácito, Plinio el Joven, o Apuleyo que el autor español hace suyos, como si de un nuevo Pierre Ménard, el borgiano reescritor del Quijote, se tratara. Menos lectores saben aún que el mallorquín Cristóbal Serra confiere a Virgilio una melancolía propia de un poeta decadente como Baudelaire, o que la literatura fantástica moderna, desde los relatos góticos de la Inglaterra de fines del s. XVIII hasta autores tan actuales como el catalán Joan Perucho y el italiano Antonio Tabucchi, está repleta de textos latinos tan inesperados como el Itinerarium Egeriae o Las metamorfosis de Ovidio.
El estudio de las relaciones complejas que pueden establecerse entre una literatura clásica, como la latina, y las modernas, a partir de las ocurrencias explícitas de aquélla en éstas, resulta de una riqueza inesperada, dada la variedad de autores antiguos citados (de todos los géneros y épocas), así como la abundancia de contactos diversos entre los textos antiguos y los modernos (comentarios, citas, apéndices...). Estos lugares de encuentro entre los autores de ayer y los de hoy suscitan una inquietante pregunta: ¿sería posible escribir, a partir de las referencias y comentarios que los autores modernos hacen en sus obras de la literatura clásica, una HISTORIA NO ACADÉMICA de ésta? La historia resultante, evidentemente, tiene unas características bien distintas a las de las historias académicas. Podemos señalar, entre otras, que si bien estamos ante una historia global, ésta se conforma a partir de testimonios parciales y diversos; por otra parte, se trata casi siempre de una relectura de los textos latinos no tanto para indagar sobre éstos en su contexto histórico originario como para entender mejor el presente; y no puede dejar de señalarse, por último, que esta historia nos presenta una literatura latina concebida para ser leída, unida a vivencias y a grandes cuestiones históricas, políticas y estéticas del propio siglo XX. Así, por ejemplo, remitiéndonos al chileno Jorge Edwards, tenemos un texto suyo cuyo título, "El buen uso de Séneca", no deja, en principio, de ser una invitación para considerar lo que un autor moderno e hispanoamericano piensa de un autor antiguo nacido en Hispania. Pero lo más interesante de su semblanza acerca del filósofo cordobés es el hecho de no darnos la adscripción al lugar de nacimiento de Séneca. Novedad significativa la de este Séneca cosmopolita (así también lo habría visto Borges) que choca de frente con una arraigada tradición española y castiza que se perfila con Ángel Ganivet (Idearium español), pasa por Ramón Pérez de Ayala (Nuestro Séneca) y culmina en María Zambrano (El pensamiento vivo de Séneca). El comparatismo moderno nos sirve de marco teórico para plantear esta historia de contactos complejos entre Antigüedad y Modernidad (intertextualidades, tensiones, horizonte de expectativas), y las posibilidades de ordenación de esta historia resultante pueden ser, asimismo, diversas y complementarias.
En la primera parte de este trabajo, presentaremos la justificación y aspectos metodológicos de nuestro estudio para pasar después a la propuesta de cuatro itinerarios (autores, textos, crítica y géneros) mediante los que analizar los diferentes textos. Finalmente, propondremos unas conclusiones generales que, a su vez, sirvan de punto de partida para ulteriores estudios.
1. Lectores frente a filólogos.
Iconoclasta como pocos, Luis Goytisolo nos sorprende a menudo con miradas inéditas sobre asuntos aparentemente trillados por la cultura oficial. A este respecto, nos parece especialmente singular su visión de la cólera de Aquiles:
"No quiero dejar de señalar, por otra parte, la enorme repercusión que tuvo en el desarrollo de mi autoanálisis el descubrimiento, en la figura de Aquiles, de un claro antecedente de mi propio caso, antecedente mejor que modelo, dado lo muy subjetivo que todo resulta en esta materia. Sobre todo si se tiene en cuenta que el mérito de tal descubrimiento -que, más aún que mi propia personalidad, explica la de Aquiles- es algo que, o mucho me equivoco, o me pertenece por entero. Que yo sepa, al menos, nadie hasta la fecha ha encarado el tema con suficiente agudeza. Me gustaría ver, si no, quién es la eminencia capaz de explicarme la reacción de Aquiles en dos momentos cruciales del asedio de Troya -el abandono de la lucha y su retorno a ella, similares en ambas ocasiones así el motivo como el resultado, a cual más aciago- sin remontarse hasta la primera infancia, sin rastrear el enmarañado panorama que allí se ofrece a nuestros ojos (...)" (Luis Goytisolo, La cólera de Aquiles [Antagonía 3], Madrid, Alianza Editorial, 1987, 236)
Estamos ante una interpretación personal y nada filológica de la consabida cólera de Aquiles, en cuya figura se encarna uno de los personajes femeninos de su novela para tratar de ver a través de ella diferentes aspectos de su propia vida. Esta identificación lleva al personaje de Goytisolo a una apropiación de la figura de Aquiles, a quien cree comprender mucho mejor en sus reacciones psicológicas que algunas "eminencias". Tales eminencias no son otras que los académicos, los especialistas en las letras antiguas. Con este ejemplo, hemos entrado en el singular mundo de las aproximaciones no filológicas a la literatura clásica, es decir, aproximaciones desinteresadas y libres de los dictámenes académicos. Estas apreciaciones que los propios creadores hacen de la historia de la literatura suponen a menudo el enfrentamiento entre una visión no académica y una visión académica o filológica de la literatura. Ha habido numerosos autores que se han enfrentado a los filólogos y las escuelas, como el decadentista Joris Karl Huysmans, cuando se opone frontalmente a las que él denomina "mentes domesticadas" de la Sorbona; otros, incluso, han parodiado a los propios filólogos, como es el caso de José Bergamín, quien en su miniatura teatral titulada, precisamente, Los filólogos, pone en solfa nada menos que a la Escuela Española de Filología, llamando a Menéndez Pidal el "maestro inefable" y a Américo Castro el "doctor Americus".(1) Muchos son los ejemplos aducibles a este respecto de insumisión de los creadores literarios con respecto a los académicos o universitarios.
En lo que a nuestro asunto respecta, muchas son, y muy interesantes, las aproximaciones no académicas de los autores modernos en calidad de lectores de los clásicos, lo que convierte a la relación crítica en la más interesante de todas las posibles (más adelante veremos la curiosa visión que de Séneca nos ofrecía Ramón Pérez de Ayala en su conocido ensayo titulado Nuestro Séneca). Vamos a leer, para cerrar este apartado, un precioso apunte sobre Virgilio de Antonio Machado, quien dedicó al gran poeta de Roma estas exquisitas líneas en su cuaderno de Los Complementarios:
"Virgilio. Si me obligaran a elegir un poeta, elegiría a Virgilio. ¿Por sus Églogas? No. ¿Por sus Geórgicas? No. ¿Por su Eneida? No.
1º Porque dio asilo en sus poemas a muchos versos bellos de otros poetas, sin tomarse el trabajo de desfigurarlos.
2º Porque quiso destruir su Eneida ¡tan maravillosa!
3º Por su gran amor a la naturaleza.
4º Por su gran amor a los libros."
(Antonio Machado, Los Complementarios, edición crítica por Domingo Ynduráin, Madrid, Taurus, 1971, p.34 de la transcripción y 14R del cuaderno de Machado)
Este pequeño apunte de Machado puede resumir excelentemente el planteamiento de nuestro trabajo: debajo de unas líneas en apariencia inocentes, pueden encontrarse delicadas cuestiones estéticas, literarias y humanas relativas al poeta de Mantua: la imitación de modelos precedentes, un retazo biográfico, y la tensión entre naturaleza y libros.
2. La literatura latina: una literatura para ser leída y vivida.
La literatura latina, como cualquier literatura, fue escrita para ser leída, antes que para ser estudiada por los filólogos, y cuando decimos "ser leída" entendemos que éste es un acto voluntario y placentero, no obligado por la necesidad de superar, por ejemplo, una prueba académica (2). Como consecuencia de ello, los autores modernos que utilizan en sus textos pasajes latinos para ser evocados o comentados son, ante todo, lectores y, como tales lectores, van a tratar a los autores latinos de maneras personales y diversas, en las que no siempre resultan necesariamente bien tratados. Muchas de las páginas que vamos a revisar a continuación están llenas de vida y carecen, claro está, de la esperable objetividad de los estudios de un filólogo. La intención de estas referencias a la literatura latina y clásica en general va a ser, a su vez, diversa: entre otras, una intención didáctica (enseñar deleitando), un mero y sano placer por el ejercicio de la erudición, una clara intención irónica e, incluso, una llamada de atención ante la pérdida de saberes antiguos y olvidados. Veamos, como ejemplo de lecturas vitales de un poeta antiguo, cómo tratan a Ausonio los escritores Joan Perucho y Augusto Monterroso.
Joan Perucho rememora al poeta latino en una semblanza titulada "Los viñedos de Ausonio". El pequeño ensayo supone una fusión perfecta de dos placeres vitales, la gastronomía y la erudición, como bien saben los lectores de Perucho. De esta forma, la compra en Burdeos de un estimable vino de la región trae a la mente de nuestro autor el recuerdo del poeta Ausonio:
"Mi compra estaba determinada por una evocación literaria, el poeta Ausonio. Éste era una figura de la literatura latina del siglo IV después de Cristo. Había nacido precisamente en Burdeos el año 309 y fue profesor de retórica y maestro de Graciano, hijo del emperador Valentiniano. Recibió en
herencia una pequeña viña que producía un vino excelso gracias al amoroso cuidado y las tiernas atenciones de Ausonio. Éste, mientras descansaba bajo los pámpanos de octubre (¡oh, Leonardo de Argensola!), componía epigramas que dejaban admirado a san Paulino de Nola, amigo y discípulo suyo, hijo también de Burdeos, que después casó con una catalana del Ampurdán llamada Terassia. Ausonio componía versos como estos:
Infelix Dido nulli bene nupta marito
Hoc pereunte fugis; hoc fugiente, peris (Epitaph.30)."
(Publicada primero en ABC (10-III-1995), y luego incluida en su libro El césped contra el cielo (notas de viaje), Palma de Mallorca, Bitzoc, 1995, 70-73)
Perucho evoca al poeta latino del s. IV, al tiempo que ilustra a sus lectores acerca del poeta. Es posible que éstos no tengan conocimiento alguno sobre Ausonio, con lo cual esta pequeña noticia le facilitará saber quién era. De esta forma, la función didáctica, en este caso una enseñanza desinteresada, unida a lo más profundo del placer por la vida y no desvinculada de las demás cosas del mundo, hace aquí su exquisita aparición. Si el lector, por el contrario, conoce al poeta latino de Burdeos, tendrá una perfecta ocasión para el regocijo de evocarlo gracias a Joan Perucho y de apreciar la calidad literaria de su semblanza. Pero todavía podemos ir un poco más lejos, pues si bien para un lector de cultura media esta noticia es ciertamente erudita, a un filólogo conocedor de Ausonio no se le escapará que este dístico no pertenece, en realidad, a tal autor, sino que se trata de una de las famosas composiciones añadidas al corpus de Ausonio a partir de la cuarta edición de sus obras. Sin embargo, Joan Perucho transmite simplemente lo que ha sido una larga tradición merced a la cual, paradójicamente, Ausonio fue conocido mediante una serie de composiciones que no eran en realidad suyas (3). Naturalmente, esto implica ya un conocimiento filológico, propio de la historia de los textos. De la pertinencia de este conocimiento para disfrutar tanto de Ausonio como de Perucho es el lector quien habrá de juzgar. También los versos de Ausonio han llamado la atención del guatemalteco afincado en México Augusto Monterroso, quien nos ofrece esta peculiar visión del poeta, citando, en traducción de Antonio Alvar, uno de sus epigramas (Epigr.14):
"En algún día de algún año del siglo IV de nuestra era, en su casa de la ciudad de Burdigala, la actual Burdeos, el gran poeta latino Décimo Magno Ausonio escribió lo que en aquel tiempo se llamaba un epigrama y hoy me atrevería a llamar un cuento:
«SOBRE UNO QUE ENCONTRÓ UN TESORO CUANDO QUERÍA COLGARSE DE UNA SOGA.
Un hombre, en el momento de colgarse de una soga, encontró oro y en el lugar del tesoro dejó la soga; pero quien lo había escondido, al no encontrar el oro, se ató al cuello la soga que sí encontró.» (Trad. de Antonio Alvar Ezquerra).
Puedo ver, de pie, al retórico Ausonio, el poeta inmortal de la caducidad de las rosas y de la vida, pidiendo a sus jóvenes y aristócratas discípulos que ese día desarrollaran una composición, en prosa o en verso, con aquel argumento lleno de posibilidades para imaginar y describir largamente el origen, la condición y el carácter de aquellos dos extravagantes personajes que en tan escasos minutos cambian radicalmente sus destinos como consecuencia de un simple azar." (Augusto Monterroso, "El árbol", en La vaca, Madrid, Alfaguara, 1998, 56-57)
Lo primero de todo, es destacable el tono desenfadado en que se nos presenta a Ausonio, de quien Monterroso ensalza más que nada la brevedad del epigrama para poder releerlo ahora en clave de cuento, lo que no deja de ser una interesante reflexión acerca de los géneros. Sobre esta brevedad, o concisión, trataremos más adelante, cuando volvamos a hablar de Monterroso, esta vez a propósito de su singular recreación de una fábula de Fedro.
1. José Bergamín, Los filólogos. Comedia. Madrid, Turner, 1978.
2. "Propugna Etiemble un «uso humanista» de la literatura, esto es, un acercamiento a la literatura como amateur (en el sentido favorable de aquel que ama), que no está reñido, por otra parte, con un «conocimiento» técnico, necesario para la elaboración de diccionarios, repertorios, historias y tratados. En verdad, esta distinción recuerda la establecida por Dámaso Alonso, muchos años antes, entre el simple «lector», capaz de deleitarse con la lectura ingenua y desinteresada de la obra literaria, y el «crítico» o el «estilólogo», profesionales de los estudios literarios, que, en todo caso, no podrán ejercer adecuadamente su oficio si no han pasado previamente por la fase de «lector»". (Torre 1997, 380).
3. Como bien comenta Antonio Alvar en su traducción y estudio de Ausonio: "al propio Ausonio le habría gustado ese travieso juego de la fortuna, él tan aficionado a reflejos, transparencias y trampantojos, tan amigo de una realidad que no es la que aparenta ser, convertido en falsa representación de sí mismo" (Alvar 1990, 181-182).
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