3. La relectura de los textos antiguos en un contexto moderno.
No es nada novedoso decir que los textos, en especial cuando se trata de textos considerados como clásicos, dicen nuevas cosas a medida que transcurre el paso del tiempo. Italo Calvino considera que esto es una de las características inherentes a un texto clásico:
"Los clásicos son esos libros que nos llegan trayendo impresa la huella de las lecturas que han precedido a la nuestra, y tras de sí la huella que han dejado en la cultura o en las culturas que han atravesado (o más sencillamente, en el lenguaje o en las costumbres)." (Calvino 1995, 15)
Nuestra historia no académica de la literatura latina a través de los textos modernos es, ciertamente, muy rica en este tipo de relecturas. Vamos a destacar dos ejemplos bien distintos: por un lado, un texto de Petronio que encontramos en la Antología de la literatura fantástica de Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares; por otro, una sabrosa relectura de Apuleyo que nos brinda Francisco Ayala.
El único texto grecolatino que aparece en la antología de Borges, Bioy y Ocampo es el siguiente de Petronio, titulado por los compiladores como EL LOBO:
"Logré que uno de mis compañeros de hostería -un soldado más valiente que Plutón- me acompañara. Al primer canto del gallo emprendimos la marcha; brillaba la luna como el sol a mediodía. Llegamos a una tumbas. Mi hombre se para; empieza a conjurar astros; yo me siento y me pongo a contar las columnas y a canturrear. Al rato me vuelvo hacia mi compañero y lo veo desnudarse y dejar la ropa al borde del camino. De miedo se me abrieron las carnes; me quedé como muerto: lo vi orinar alrededor de su ropa y convertirse en lobo.
Lobo, rompió a dar aullidos y huyó al bosque.
Fui a recoger su ropa y vi que se había transformado en piedra. Desenvainé la espada y temblando llegué a casa. Melisa se extrañó de verme llegar a tales horas. «Si hubieras llegado un poco antes», me dijo, «hubieras podido ayudarnos: un lobo ha penetrado en el redil y ha matado las ovejas; fue una verdadera carnicería; logró escapar, pero uno de los esclavos le atravesó el pescuezo con la lanza.»
Al día siguiente volví por el camino de las tumbas. En lugar de la ropa petrificada había una mancha de sangre.
Entré en la hostería; el soldado estaba tendido en un lecho. Sangraba como un buey; un médico estaba curándole el cuello." (Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares, Antología de la literatura fantástica, Barcelona, Edhasa, 1996, 293-294)
Al margen de la importancia específica, muy pertinente para los estudios de literatura comparada, de que este texto aparezca en una antología (García Jurado 2000, 204-208), hay que hacer notar cómo el pasaje de Petronio se ha recontextualizado y traducido para cobrar la vida de un relato atemporal, susceptible de ser leído de igual manera que Pierre Ménard reescribiera el Quijote en el conocido relato de Borges. Como bien saben los lectores del Satiricón, se trata del capítulo 62, al que se le han suprimido algunas frases, especialmente la del comienzo, que servía para introducir el cuento dentro de la novela (Forte dominus Capuae exierat ad scruta scita expedienda). Asimismo, la ausencia de las frases finales, que tratan de dar una explicación a lo sucedido (Intellexi illum versipellem esse, nec postea cum illo panem gustare potui, non si me occidisses. Viderint quid de hoc alii exopinissent; ego si mentior, genios vestros iratos habeam), subrayan aún más el factor de lo inesperado dentro del relato recogido por la antología moderna, donde pasamos, simplemente, de lo maravilloso a lo fantástico.
Cambiando ahora radicalmente de planteamiento literario, tenemos el siguiente texto que Francisco Ayala nos ofrece en su libro El tiempo y yo, una obra de reflexión rica en alusiones literarias. Los novelistas latinos parecen estar entre las preferencias de lectura del autor granadino, como vemos en esta prosa o pequeño ensayo en el que compara un hecho publicado en la prensa con un capítulo de Las Metamorfosis, de Apuleyo:
"Para darle expresión a los tiempos que vivimos mediante una parábola cinematográfica se sirvió Fellini del Satiricón de Petronio. Lo mismo hubiera podido echar mano a la obra de Lucio Apuleyo, pues en El asno de oro hay un tesoro de materiales utilizables.
Poco tiempo hace regresaba yo a Nueva York en el autobús del aeropuerto cuando, por la Tercera Avenida, vi avanzar con impresionante solemnidad una procesión religiosa. No es espectáculo demasiado frecuente en esta ciudad, y me llamó la atención. Al otro día, 8 de octubre de 1973, encontré en el New York Times una foto de la procesión, y la información que traduzco: «Iglesia de homosexuales en su nuevo hogar. La iglesia del Discípulo Bien Amado, primera iglesia para homosexuales establecida en la ciudad de Nueva York, se mudó a su nuevo santuario después de más de tres años en un local alquilado. (...) La nueva iglesia, que no pertenece a una determinada confesión, fue bendecida primero por el reverendo Robert Clement, su pastor, tras de haber conducido la procesión de sus fieles a través de la ciudad desde su hogar anterior en la iglesia Moravia de la Avenida Lexington y Calle 30. El servicio religioso se parece mucho a la ceremonia ortodoxa oriental.
Pues bien, en la obra de Apuleyo se presenta igualmente una iglesia de homosexuales. Lucio, convertido en asno, ha sido comprado en subasta por Filebo, viejo eunuco,(4) «uno de esos degenerados que convierten a la Gran Diosa de Siria en una mendiga, pregonándola por los caminos de pueblo en pueblo con acompañamiento de címbalos y castañuelas», quien lo lleva a su alojamiento y grita desde la puerta: «Niñas, mirad! ¡Os he comprado un nuevo sirviente estupendo! Esas niñas eran una partida de asquerosos jóvenes eunucos, quienes -explica Lucio-, creyendo las palabras de Filebo y pensando que iban a pasarlo bien conmigo, empezaron a lanzar gritos en falsete e histéricas risitas de gozo. Cuando descubrieron que yo era un asno y no un hombre quedaron tan sorprendidos como los Aqueos en Aulis (5) cuando una paloma suplantó milagrosamente a Ifigenia, la hija de Agamenón; y, desilusionados, comenzaron a hacer observaciones sarcásticas y desagradables: ¿Un sirviente para nosotras? No, querido Filebo. Quieres decir un marido para ti. Pero no seas viejo egoísta. Tienes que prestárnoslo alguna que otra vez, puesto que somos tus palomitas lindas ¿no? ¡Promételo! Entonces me llevaron y me ataron al pesebre.» «Esta extraña familia -continúa diciendo- incluía a un hombre de veras, un esclavo corpulento que habían comprado con el dinero de las limosnas. Cuando salían para llevar a la Diosa en procesión él iba al frente tocando el cuerno -lo tocaba muy bien-, y en casa usaban de él para todo, especialmente en la cama.» Este esclavo se alegra de pensar que el asno recién adquirido pudiera aliviarlo de sus cargas. «A la mañana siguiente -prosigue el relato- los sacerdotes eunucos se prepararon a salir en sus rondas, todos vestidos de colores diferentes con un aspecto absolutamente espantoso, las caras embadurnadas de rojo y con los ojos pintados para destacar su brillo. Llevaban birretes en forma de mitra, casullas color azafrán, sobrepellices de seda, ceñidores y zapatos amarillos. Algunos exhibían túnicas blancas con un entrecruzado irregular de estrechas tiras moradas. Cubrieron a la Diosa con un manto de seda y la pusieron sobre mis lomos -explica el burro-; el del cuerno empezó a tocar, y ellos a blandir enormes espadas y mazas, dando saltos como locos, desnudos los brazos hasta el hombro...» Así avanza la descripción hasta llegar a una escena que no sería decente reproducir en esas impolutas páginas (...)" ("Todos los caminos llevan a Roma", en El jardín de las delicias / El tiempo y yo, Madrid, Espasa Calpe, 1978, 310-313)
Lo que hace Francisco Ayala en este texto no es más que lo que han hecho tantas generaciones cultas durante siglos: poner en relación un hecho de la vida cotidiana con un pasaje de la literatura clásica. Rescatar el texto de Apuleyo, considerado por algún estudioso de Ayala como un "material crudo" (6), es una forma de dar trascendencia a un suceso pasajero publicado por la prensa, además de incidir en esa vieja máxima latina que nos dice que nihil novum sub sole. Además de este hecho, el más importante, sin duda, nos llama, asimismo, la atención la fina ironía de Ayala al reproducir el texto de Apuleyo, pues en un momento determinado, por lo que entendemos que es un falso pudor, no quiere seguir reproduciendo un pasaje "indecente" (¿correrá el lector a leerlo a la fuente original?).
4. El complejo diálogo de una literatura antigua con las modernas.
De esta forma, vamos a hacer un singular recorrido por los meandros que una literatura antigua deja en las literaturas modernas. Esta vez no se trata de una enseñanza propia de manual, sino de un paseo relajado donde tendremos la ocasión de hacer muchas reflexiones acerca del carácter nacional o cosmopolita de la cultura, acerca de los cánones establecidos y, particularmente, de lo pertinente que es el hecho de que una literatura antigua siga siendo una literatura para ser leída por placer y no relegada a un coto de especialistas. La reunión de tantos testimonios literarios nos invita a plantear la hipótesis de una historia no académica de la literatura latina No se trata ahora de un estudio sobre la influencia o la imitación de los autores clásicos, sino de la valoración de las opiniones y juicios que los autores modernos tienen sobre aquéllos. Para ello, hemos recurrido a métodos tomados de la Literatura Comparada y de la Teoría de la Literatura, como son los juegos intertextuales, la concepción de la literatura como sistema complejo, que nos lleva al estudio de las tensiones o polaridades que motivan la cita o evocación de los textos, y el horizonte de expectativas de los lectores. Así pues, partimos de un claro objeto de estudio (las referencias explícitas a la literatura latina en la literatura de los siglos XIX y XX), un método comparatista (contactos complejos entre diferentes literaturas particulares, conformando modelos históricos y supranacionales), y una hipótesis por demostrar que, cuanto menos, resulta sugerente (la existencia de una historia no académica o alternativa).
A este marco teórico general hemos ido llegando paulatinamente desde que en 1994 presentáramos una primera aproximación al primer congreso de la Sociedad de Estudios Latinos (García Jurado 1996b)(7). Hacía tiempo que buscábamos un marco teórico adecuado para valorar en su justa medida y estudiar las distintas referencias explícitas a la literatura latina que podemos encontrar en innumerables obras modernas, bien en forma de alusión, cita, comentario crítico, u otras posibles. Nuestra hipótesis de trabajo es formulable como sigue: este conjunto de referencias, diverso y complejo, no nos parece que responda a la mera casualidad, sino que, más bien, parece que es posible estudiarlo de una manera metódica para extraer de él ciertas claves con respecto a la herencia cultural de los autores modernos. Nuestro criterio de estudio nació de una curiosidad de lector, como era la de ver cómo, dónde y, sobre todo, por qué aparecía inesperadamente en un autor moderno una referencia explícita a un autor clásico. Nuestra investigación, tal y como se ha ido articulando a lo largo de estos años, presenta una serie de características que deben reseñarse (García Jurado 1999b y e):
a) NO se trata de un estudio de Tradición Clásica en el sentido en que ésta se entiende comúnmente de acuerdo a un modelo de influencia o imitación. De esta forma, NO nos interesa tanto la inspiración subyacente ("hipotexto", en la terminología de Genette), sino, más bien, todas aquellas relaciones entre un texto antiguo y otro moderno donde el autor latino aparezca citado de una manera consciente y explícita. Para ello, las distintas variedades de INTERTEXTUALIDAD propuestas por Gérard Genette (1989) resultan de gran interés metodológico, por permitirnos superar la concepción del texto latino como mero texto subyacente en la obra moderna y poder considerar así nuevas posibilidades. Hay que hacer notar, asimismo, que nuestro objeto de estudio contempla preferentemente los hechos de intertextualidad EXPLÍCITA, es decir, aquellos donde aparece suficientemente aludido el autor latino.
b) NO nos interesa la referencia en un ÚNICO AUTOR MODERNO, o el mero DATO POSITIVO de su aparición, sino la valoración de un CONJUNTO SIGNIFICATIVO de autores de lenguas y culturas diversas desde finales del siglo XIX. El objeto de nuestro estudio, en definitiva, lo constituye ese CONJUNTO diverso y articulado, del que trataremos de extraer una serie de pautas comunes en torno a una concepción de la LITERATURA COMO SISTEMA DE ESTRUCTURAS HISTÓRICAS Y SUPRANACIONALES, propio de la Literatura Comparada. La aportación teórica del Polisistema nos resulta de gran utilidad.(8) La teoría de los polisistemas, del teórico israelí Itamar Even-Zohar, puede resultarnos de mucha utilidad para un planteamiento de este tipo, pues su rasgo principal es la concepción de la historia de la literatura como un conjunto de factores interdependientes en estrecha relación con la propia historia de la cultura(9). Derivado de lo anterior, nuestro método de trabajo está encaminado a encontrar las diversas TENSIONES o POLARIDADES (Guillén 1982, 98ss.), que articulan las presencias explícitas de los autores antiguos en la obra de los modernos. Estas tensiones no son otra cosa que las contradicciones y anhelos que mueven al creador cuando escribe. En el asunto que nos ocupa, son muy diversas las tensiones que motivan a los autores modernos a recoger en su obra las lecturas que han hecho de autores clásicos. Algunas de ellas parecen evidentes, tales como la tensión dada entre el presente y el pasado, mientras que otras son más sutiles, como la polaridad existente entre los autores que consideramos "universales" frente a aquellos que se ven relegados a la categoría de "raros"(10).Desgraciadamente, cada vez son más los autores clásicos que van entrando en esta última categoría.
c) Dado el hincapié que nuestro estudio hace en el lector, destinatario natural e imprescindible de la obra, el concepto de HORIZONTE DE EXPECTATIVAS tal y como lo formula Hans Robert Jauss, que integra tanto la historicidad como el carácter estético de la obra literaria (Jauss 2000, 137-193; Iglesias Santos 1994, 48), constituye, asimismo, una herramienta muy útil. Téngase en cuenta que nosotros operamos con una tensión esencial entre autor antiguo y lector moderno, especialmente cuando este último, una vez convertido en autor, asume la lectura como propia, o cuando la recontextualiza. Además, debemos partir del hecho de que el lector de los autores modernos que han leído a los clásicos en muchos casos desconoce a los autores latinos que citan aquéllos, pues el sistema educativo los ha alejado de su enciclopedia literaria. Esto dará lugar en algunos casos a que algunos autores modernos lleven a cabo una suerte de función docente, si bien asistemática, o a modo de miscelánea, de la literatura clásica.
Finalmente, nuestro interés por las literaturas modernas desde finales del siglo XIX hasta nuestros días viene motivado por el hecho de que es a partir de este momento cuando se configura otra tradición, la moderna, frente a la clásica. Como decía Octavio Paz, "a pesar de la contradicción que entraña, y a veces con plena conciencia de ella, como en el caso de las reflexiones de Baudelaire en L'art romantique, desde principios del siglo pasado se habla de la modernidad como de una tradición y se piensa que la ruptura es la forma privilegiada del cambio. Al decir que la modernidad es una tradición cometo una leve inexactitud: debería haber dicho, otra tradición" (Paz 1994, 18).
4. Todos los textos pertenecen a Apul.Met.8,26. Francisco Ayala ha elegido, pues, un pasaje muy concreto de la novela.
5. Áulide.
6."Entre los «materiales crudos» de que habla Irizarry, ocupan un lugar importante las referencias a obras de arte y literatura o a datos históricos mediante las cuales un hecho cotidiano, quizá anodino, adquiere un relieve y profundidad que le prestan alcance universal. Así, por ejemplo, en "Todos los caminos llevan a Roma", una procesión de homosexuales vista en las calles de Nueva York es superpuesta a un episodio análogo en El asno de oro de Apuleyo" (Richmond 1978, 31).
7. Joaquim José Sanchez Pinheiro dice a propósito de nuestra propuesta en la reseña que hace al volumen conjunto del congreso (Eyphrosyne 27, 1999, 504-505): "Francisco G.Jurado («La Literatura Latina como Asunto (Meta)literario Explícito en la Literatura del s. XX. La Variedad de sus Contextualizaciones», p.281-289), por seu turno, faz incidir a análise na temática da intertextualide da literatura latina nos autores contemporâneos, matéria susceptível de constituir um campo próprio dentro do estudo da tradiçâo e da teoria literária".
8. Para los fundamentos de esta teoría, fundada por el profesor israelí Itamar Even-Zohar, resultan muy útiles los trabajos de Iglesias Santos (1994 y 1999). Asimismo, en lo que concierne a la aplicación de la teoría de los polisistema al estudio de los contactos complejos entre literatura latina y literaturas modernas cf. Assís de Rojo-Flawiá de Fernández (1998); Assís de Rojo (1999), y García Jurado (2000).
9. Así lo señala Iglesias Santos: "Todas ellas -reconociendo en mayor o menor grado su punto de partida en el estructuralismo y en los trabajos pioneros sobre el sistema literario, desde el de los formalistas Tinianov y Jakobson a Claudio Guillén (1971)-, entienden la literatura como un sistema socio-cultural y un fenómeno de carácter comunicativo que se define de manera funcional, es decir, a través de las relaciones establecidas entre los factores interdependientes que conforman el sistema. Lejos de las concepciones idealistas y atemporales del arte y la literatura, se preocupan principalmente por describir y explicar cómo funcionan los textos en la sociedad, en situaciones reales y concretas. Por ello, en lugar de dedicarse a la interpretación de una serie de obras canónicas, atienden a las condiciones de la producción, distribución, consumo, o institucionalización de fenómenos literarios." (Iglesias Santos 1994, 310-311).
10. Para esta tensión, muy productiva dentro de algunos movimientos literarios a la hora de elegir y preferir autores raros o periféricos, cf. García Jurado-Hualde Pascual 1999. Para la acuñación del término "raro", que debemos a Rubén Darío, cf. García Jurado 1999c, 49-50.
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