2.2. Ayer y hoy: Tácito y Plinio el Joven (Francisco Ayala).
Decía Italo Calvino que "es clásico lo que tiende a relegar la actualidad a la categoría de ruido de fondo, pero al mismo tiempo no puede prescindir de ese ruido de fondo" (Calvino 1995, 18). Las lecturas que Francisco Ayala hace de la novela latina, de las cartas de Plinio el Joven y de Tácito resultan un excelente ejemplo de esta sutil tensión entre un clásico y la actualidad. En lo que constituye el interesante estudio de las citas ocupa un lugar particular lo que Estelle Izirarry denominó "materiales crudos" para definir los textos heterogéneos que nuestro autor incluye en la segunda parte de su obra miscelánea titulada El tiempo y yo (Richmond 1978, 30-31). Resulta curioso observar que en el variopinto conjunto de textos ajenos de que hace acopio figuren los autores latinos antes citados, cuyos textos suscitan en el autor granadino sustanciosas reflexiones en torno a las afinidades entre la Antigüedad y el presente. Como ejemplo, veamos las reflexiones que le merece el siguiente pasaje de Tácito acerca del destino y el azar, tomado de Anales 6,22:
"Después de haberse referido a las habilidades de Tiberio como astrólogo, y a varias profecías relacionadas con él, hace Tácito en el libro VI de sus Anales una digresión sobre el problema del Hado, diciendo que al oír historias tales no sabe qué pensar y duda acerca de si las cosas humanas están regidas por el Hado y la necesidad, o dependen del azar. «Encuentra uno que los fundadores de las grandes escuelas filosóficas de la antigüedad y sus discípulos están en desacuerdo sobre el asunto. Algunos sostienen que los dioses no se ocupan de nuestros finales ni de nuestros comienzos, ni de la especie humana en general. De ahí que con tanta frecuencia veamos sufrir al bueno y prosperar al malvado. Otros creen que las cosas están dispuestas por el Hado, pero que dependen, no de los astros, sino de los principios y secuencias de la causación natural. Así pues, podemos escoger nuestro modo de vida pero una vez escogido ya está determinado el camino a seguir. La adversidad y la prosperidad -piensan ellos- no son cual el vulgo cree, pues muchos que parecen estar en la aflicción son en verdad felices, y muchos son infelices en medio de la mayor riqueza: en el primer caso llevan sus desventuras con valor, y en el último hacen mal uso de su prosperidad. Sin embargo, la mayor parte de la especie humana no está dispuesta a abandonar la fe en que el destino del hombre se encuentra determinado en el momento de nacer. Si algo resulta ser contrario a las profecías, ello será debido a dictámenes engañosos de ignaros videntes, que tienden a desacreditar una ciencia tan bien establecida en los tiempos antiguos como en los modernos.»" (Francisco Ayala, "Causalidad o casualidad", El jardín de las delicias. El tiempo y yo, Madrid, Espasa Calpe, 1978, 317)
Ninguna prueba más directa de la vigencia del texto de Tácito como cuando vemos que los "tiempos modernos" (en latín, nostra aetas) bien podrían ser los nuestros, fruto de la tensión entre la "Antigüedad" y el "Presente". En este punto concreto, bien podríamos imaginar que el texto de Tácito estuviera escrito por el mismo Francisco Ayala. Así pues, confundidos el "autor" clásico con el "lector" moderno, tendríamos otra singular polaridad que nos haría pensar en el paradigmático cuento de Borges titulado "Pierre Ménard, autor del Quijote".
El tratamiento que Francisco Ayala hace de Plinio el Joven resulta, como veremos, más familiar y acorde con el tono confidencial que tienen algunos de los textos del epistológrafo latino. Veamos el siguiente pasaje, donde Plinio se congratula de haber podido dedicar un tiempo de soledad y recogimiento a sus escritos:
"Desde su casa de campo, donde ha pasado unos días agradablemente ocupado con sus papeles, Plinio, el Joven escribe a su amigo Calvisio Rufo. Se pregunta Plinio cómo hubiera podido aplicarse a ellos estando en la urbe. Allí se celebran las carreras, un espectáculo que a él nunca le ha llamado la atención, pues no ofrece novedad alguna; con verlo una vez, ya basta; y se sorprende de la pasión pueril con que hombres hechos y derechos contemplan siempre lo mismo: caballos que corren y los cocheros que los guían. «Lo que de hecho importa a la gente son los colores del equipo. Si en mitad de una carrera se cambiaran esos colores, la gente transferiría sus simpatías y entusiasmo de unos corredores a otros.» »Cuando pienso en lo inane e insípido de la rutina que mantiene a los espectadores interminablemente sentados, me da gusto de que mis gustos sean otros, y me complazco empleando mi ocio en las letras.»" (Francisco Ayala, "Plinio y los deportes", El jardín de las delicias..., 316.)
No considera Ayala pertinente dar la cita concreta del pasaje, que está tomado de la Epistula 9,6. Llama la atención observar cómo la carta de Plinio, que recoge en definitiva un motivo clásico, el del alejamiento del mundo, hace de este tópico una confesión personal y novedosa, lo que constituye una de las características esenciales que hace de este epistolario una lectura amena. Este aborrecimiento de los espectáculos mundanos no es óbice para tener deseos del reconocimiento de los demás, la fama, en definitiva. Así lo pone de manifiesto Francisco Ayala reproduciendo varios textos donde Plinio el Joven nos habla de la fama (el primer texto citado pertenece a Plin. Epist. 9,23,5, y el segundo a Epist. 7,33):
"¿Habrá sido siempre lo mismo en todas partes? Repasando las cartas de Plinio el Joven encuentro repetidos testimonios de su preocupación por el renombre. En una a su amigo Máximo se expresa así: «Puedo sentirme contento, y confieso que lo estoy, de que mi nombre sea bien conocido. Pues no temo aparecer demasiado ufano cuando puedo citar la opinión de otros y no sólo la mía, en especial dirigiéndome a ti que nunca has sido envidioso de la reputación ajena y estás siempre dispuesto a fomentar la de tu amigo.» Al historiador Tácito, de quien también lo era, lo halaga para pedirle que se ocupe de él: «No fallará mi augurio: tus historias han de ser inmortales. Por eso deseo figurar en ellas: ingenuamente lo reconozco. Solemos tener cuidado de que sólo los mejores artistas retraten nuestras facciones: ¿por qué no habríamos de desear que nuestros hechos sean celebrados por un escritor como tú? Así voy a contarte algo que no puede haber escapado a tu diligencia, puesto que aparece en las actas públicas, pero te lo refiero para que sepas cuánto me alegrará que esta acción mía... sea ordenada con tu ingenioso relato.»
Si, como repetía Unamuno refiriéndose al catecismo, Dios creó el mundo para hacerse célebre, ¿no será disculpable que un escritor y hombre público, Plinio, corteje de esa manera a la fama? Evidentemente, él aspiraba a un renombre perdurable («tus historias han de ser inmortales»); aspiraba a pervivir en la memoria de las gentes más allá de la muerte. Vanidad será esto, pero es una vanidad noble y, según el pensamiento de Unamuno, radicaba en lo más profundo de la condición humana (...)" (Francisco Ayala, "Plinio corteja la fama", El jardín de las delicias..., 241)
Plinio está tratando aquí uno de los anhelos de todo escritor que se precie: ser reconocido y, si es posible, ser famoso. Curiosamente, Plinio lo trata abiertamente, sin falsa modestia (29). Este tipo de lecturas y reflexiones que hace Francisco Ayala acerca de los clásicos forman ya parte del corpus del autor (así podemos verlo en la edición de las obras completas), y vuelven, por tanto, a ser testimonio de las lecturas previas que en otras partes de su obra pueden estar subyaciendo sin haberlo declarado explícitamente. Esta lectura ha quedado en la memoria, pues, al cabo del tiempo, recuerda así Francisco Ayala su lectura de Plinio disertando acerca de la fama de Jorge Luis Borges:
"Hace ya veintitantos años, se me ocurrió tomar pretexto en algún texto de Plinio el Joven donde se le veía cortejando a la fama, para discurrir acerca del tema. Plinio pedía a sus amigos, a Máximo, a Tácito, que se ocuparan de él en sus escritos, y les confesaba sentirse ufano de que su nombre fuera conocido Mis apreciaciones de entonces serían de aplicación al caso presente, y a todos los casos. Pero no todos los casos son iguales. Ansiosos de publicidad, muchos son hoy también los literatos que, como Plinio en su siglo, se afanan por alcanzar, si no la inmortalidad romana, sí al menos una efímera notoriedad periodística." (Francisco Ayala, "B., cortejado por la fama", El País, 23 de agosto de 1998)
3. La crítica. Lecturas no académicas: melancolía de Virgilio.
La relación crítica (o el comentario de un texto hecho en otro texto, denominado por por Genette "metatextualidad") constituye una parte significativa de nuestro estudio. Dentro del ámbito de la literatura latina podemos encontrar esta relación en la sátira, ya en los fragmentos de Lucilio y, en todo su esplendor, en los versos de Horacio. La "Batalla de los antiguos y los modernos" ha dado lugar a singulares ejemplos de crítica literaria que tiene por objeto la valoración de los clásicos, muchos de cuyos ecos vamos a encontrar ahora en textos muy posteriores, entre otros, del decadentista Joris-Karl Huysmans en su novela À Rebours, célebre por su elogio de la literatura latina de la decadencia. Este autor, precisamente, atacará sin piedad la figura de Virgilio, como encarnación del clasicismo, frente a una modernidad decadente que establece analogías entre la poesía latina tardía y Baudelaire. A la defensa del poeta latino acudirá, poco tiempo después, Eça de Queiroz en su novela póstuma. Al cabo del tiempo, el autor mallorquín Cristóbal Serra fundirá la tradición clásica y la moderna. Finalmente, veremos en Thomas Mann uno de los textos, en nuestra opinión, fundamentales acerca de la consideración de Virgilio como encarnación de la cultura occidental en el siglo XX. Si en Huysnans y Eça de Queiroz podemos hablar de una tensión de alcance estético entre clasicismo y modernidad, tan propia del final del siglo XIX, con Thomas Mann asistimos a una tensión de mayor alcance, pues en este caso podemos hablar del clasicismo, entendido éste como forma de educación básica de Occidente, frente a la barbarie de nuestro siglo XX.
3.1. Clasicismo y modernidad: en contra y a favor de Virgilio (Jorís Karl Huysmans, José María Eça de Queiroz y Cristóbal Serra).
El carácter de literatura canónica que presenta la literatura latina de la Edad de Oro genera en los autores modernos una primera y fundamental tensión, como es el desdén por el canon clásico. En este sentido, resulta muy ilustrativa la novela À Rebours (30), del decadentista francés Joris-Karl Huysmans, que es considerada como la "Biblia de la Modernidad". En esta novela se desprecia abiertamente la literatura clásica latina, dentro de una clara tensión generada por el choque entre la modernidad y el clasicismo. Huysmans parte en su novela del paralelismo dado entre la nueva literatura francesa decadente, término despectivo que utilizó la crítica de la época para desprestigiar una literatura calificada de melancólica, cínica y crítica con los valores sociales establecidos, y la literatura decadente de Roma (31). La valoración positiva del término "decadente", ya iniciada por Baudelaire y, en especial, su paralelismo con el período de la literatura decadente romana, nos ofrece una sugerente lectura en esta novela "de artista" sin apenas acción, de carácter más bien programático, donde se cuenta el modo de vida del duque Jean Floressas des Esseintes (que luego inspirará a Valle-Inclán su marqués de Bradomín). Nos interesa, sobre todo, el capítulo tercero de la novela, dedicado a describir la biblioteca de des Esseintes, lo que supone un motivo suficiente para hacer una disertación sobre la literatura latina. La influencia que hayan podido ejercer los autores latinos tardíos en los escritores decadentes se hace aquí explícita en una exhaustiva enumeración de autores latinos, a manera de un ejercicio de demoledora crítica literaria. En lo que a los clásicos respecta, Virgilio le parece un pelmazo, Horacio, el otro gran clásico, le repugna por su verborrea. Cicerón, por su parte, también le merece una opinión negativa, pues es un autor de lengua verbosa, mientras que considera a César como un estéril autor de libro de notas. Tito Livio es sentimental y pomposo, Séneca, macilento, y Suetonio, "linfático y febril". Tácito, del que tiene una opinión más positiva, continúa engrosando la lista de juicios sobre la edad de oro de las letras latinas. No se libran del desprecio Juvenal y Persio, ni tampoco Tibulo, Propercio, Quintiliano, los Plinio, Estacio, Marcial, Terencio y Plauto. Sólo es a partir de Lucano y Petronio donde se comienza a entrever cierto placer literario. A partir de Petronio, será Apuleyo y la literatura cristiana su fuente de regocijo. Según el juicio de Huysmans, es en El asno de oro donde la lengua latina alcanza su apogeo, mientras que Tertuliano le hace sonreír con su De cultu feminarum, aunque le atrae más el hombre que su obra. No le resultan especialmente gratos San Cipriano, Arnobio o Lactancio, éste último considerado como "pastoso" por su énfasis por el estilo ciceroniano. Dentro de los autores del siglo III, siente predilección por los versos de Comodiano de Gaza y su Carmen Apologético, y los prefiere a otros de autores como Rutilio, Ausonio, o Claudiano, autor éste último en el que ve la "última fanfarria" del paganismo. Ya dentro de los autores propiamente cristianos, además de Juvencio y los diferentes santos (San Hilario de Poitiers, San Ambrosio, San Dámaso, San Jerónimo y Vigilancio de Comminges) llegamos a San Agustín, la Psycomachia de Prudencio y a las obras de Sidonio Apolinar, para adentrarnos, finalmente, en la Edad Media. Pocos años después, ese portugués cosmopolita llamado Eça de Queiroz escribiría una suerte de contranovela en su obra póstuma titulada A cidade e as serras, publicada en 1902, y en la que frente al artificio y el decadentismo de Huysmans volvía a la naturaleza y a los clásicos.
Ya hemos citado antes el excelente ensayo Los hijos del limo, del fallecido Octavio Paz, donde nos hablaba de cómo la modernidad ha terminado por convertirse nada menos que "en otra tradición". De esta forma, si Huysmans rechazaba a Virgilio como autor canónico, ya no lo es menos hoy día Baudelaire. Dados, pues, estos presupuestos, la tensión entre el Clasicismo y la Modernidad no puede plantearse en los mismos términos si atendemos a la literatura de finales del siglo XIX, o si lo hacemos con las obras escritas al final del siglo XX. El caso de Virgilio en la obra de Huysmans, Eça de Queiroz y Cristóbal Serra nos sirve de excelente ejemplo para ilustrar esta singular tensión (García Jurado 1999c). Virgilio se convierte para Huysmans en un autor doblemente negativo, tanto por su carácter de poeta eminente del clasicismo latino, como por cantar a la naturaleza y a la vida en el campo (Jauss 1994, 143-144):
"Entre otros autores, el dulce Virgilio aquel al que los maestrillos han denominado el Cisne de Mantua, sin duda porque no ha nacido en esta ciudad, le parecía algo así como uno de los más insoportables pedantes, uno de los más siniestros pelmazos que jamás haya producido la Antigüedad. Sus pastores limpios y acicalados que, uno tras otro, van descargando de su cabeza cántaros de versos sentenciosos y fríos; su Orfeo, a quien compara con un ruiseñor lacrimoso, su Aristeo, que lloriquea cuando habla sobre las abejas, su Eneas, ese personaje indeciso y escurridizo que, con gestos acartonados, se pasea, como una sombra chinesca, por el entramado mal ajustado y mal engrasado del poema, exasperaban a Des Esseintes. Sin embargo, hubiera estado dispuesto a aceptar las pamplinas que estas marionetas van soltando entre bastidores; habría incluso aceptado los descarados préstamos tomados de Homero, de Teócrito, de Ennio y Lucrecio, también el robo puro y simple, según ha revelado Macrobio, del Segundo Canto de la Eneida, copiado, casi palabra por palabra, de un poema de Pisandro, y finalmente toda la inenarrable vacuidad de este montón de poemas; pero lo que más le horrorizaba era la floja ejecución de unos hexámetros que sonaban a hojalata hueca, alargando la cantidad variable de las palabras según el rasero inmutable de una prosodia pedante y seca, y la contextura de unos versos ásperos y tiesos que manifestaban un afectado tono de retórica oficial, una ramplona reverencia a las normas de la gramática, y que se presentaban cortados de forma mecánica por una inalterable censura, rematados, siempre de la misma forma, con el encuentro de un dáctilo y un espondeo (...)" (Joris-Karl Huysmans, A contrapelo. Edición de Juan Herrero, Madrid, Cátedra, 1984, 149-150)
Virgilio es calificado, en definitiva, como pedante, plagiario, vacuo y monótono. En resumen, Huysmans hace que Virgilio encarne todo el desprecio que él mismo siente (o aparenta sentir) por el clasicismo augusteo. Sorprendentemente, José María Eça de Queiroz, autor portugués de profundas raíces flaubertianas, saldrá en defensa de la naturaleza y de Virgilio en su última novela y posiblemente una de las mejores de su producción, A cidade e as serras, publicada dos años después de su muerte, en 1902, donde traza una suerte de parodia e historia "al revés", valga la redundancia, de la novela de Huysmans (32). La novela es buena muestra del cosmopolitismo de Eça de Queiroz, quien, al igual que Huysmans, también presenta como protagonista a un aristócrata, en este caso llamado Jacinto (33), que vive en París rodeado de los artificios más extravagantes, entre ellos la inevitable biblioteca. En lo que a nuestro asunto concierne, vamos a destacar el papel que ocupa la lectura de Virgilio para articular esta contra-novela llena de ironía. En efecto, Eça de Queiroz va a recurrir en más de una ocasión al poeta latino, aunque ahora, como tendremos ocasión de comprobar, en términos de singular admiración. La novela de Eça de Queiroz, que es mucho más narrativa, sin menoscabo de las descripciones, que la de Huysmans, traza la evolución de Jacinto desde su postura artificiosa y desdeño a la naturaleza hasta su integración completa dentro de la vida rural, tomando incluso conciencia de los problemas sociales de los asalariados. La ciudad y las sierras es todo un canto a la vuelta a la naturaleza y tiene un componente de alegato a favor de la regeneración de Portugal que la acerca por su propósito a las obras de nuestros escritores españoles del 98. Es, precisamente, en el curso de la evolución de Jacinto, donde la presencia del contenido bucólico y geórgico va cobrando paulatinamente mayor importancia, hasta que, casi de forma inevitable, acaban por aflorar en el texto los versos de Virgilio:
"Pero nada le entusiasmaba tanto como el vino de Tormes cayendo de la cántara verde, un vino fresco, ligero, sabroso, con más alma y entrando más en el alma que los poemas y los libros santos. Mirando bajo la vela de sebo el enorme vaso, orlado de una espuma sonrosada, mi príncipe, con un resplandor de optimismo en el rostro, murmuró, citando a Virgilio:
-Quo te carmine dicam, Rethica?(34)
¿Quién te cantará dignamente, vino amable de estas sierras?
Y yo, que no gusto de que me aventajen en saber clásico, desempolvé también mi Virgilio, en alabanza de la vida rural:
-Hanc olim veteres vitam coluere Sabini (35)
... Así vivieron los viejos sabinos. Así Rómulo y Remo. Así creció la brava Etruria. Así Roma llegó a ser la maravilla del mundo.
Inmóvil, con la mano en el cántaro todavía, Melchor nos iba mirando con infinito asombro y religiosa reverencia." (José María Eça de Queiroz, La ciudad y las sierras. Traducción de Eduardo Marquina, Barcelona, Bruguera, 1984, 149-150)
La escena recrea un pasaje bucólico y convierte a los dos personajes, el narrador y Jacinto, en circunstanciales pastores que compiten en su conocimiento de los versos clásicos. De nuevo aparecen los versos de Virgilio cuando el narrador describe la que podemos denominar "biblioteca rural" de Jacinto, muy distinta, ciertamente, a las inmensas bibliotecas parisinas que tanto Huysmans como Eça de Queiroz nos cuentan que tienen sus respectivos personajes:
"Sobre una de esas tablas descansaban dos espingardas; en las otras aguardaban, diseminados, como los primeros doctores llegados a un concilio, algunos nobilísimos volúmenes, un Plutarco, un Virgilio, la Odisea, el Manual del Epicteto y las Crónicas de Froissart. Después, en ordenadas hileras, sillas de enea, muy nuevas y lustrosas. Y en un rincón, un mueble para bastones.
Todo resplandecía de orden y limpieza. Los postigos entornados protegían contra el sol, que de aquel lado caía ardientemente escaldando los ventanales de piedra. Olían los claveles. Del suelo, lavado con agua, emanaba en la tamizada penumbra una blanda frescura. Ningún rumor turbaba los campos ni la casa. Tormes dormía bajo el esplendor de la mañana santa. Y, vencido por aquella consoladora quietud de convento rural, acabé por tenderme en un sillón de junco junto a la mesa y abrir lánguidamente un tomo de Virgilio, murmurando, sin más que apropiar ligeramente el dulce verso que leí primero:
Fortunate Jacinthe! Hic,inter arva nota
et fontis sacros, frigus captabis opacum...(36)
Afortunado Jacinto, en verdad! ¡Ahora, entre los campos, que son tuyos, y las fuentes que te son sagradas, encuentras finalmente sombra y paz!
Leí todavía otros versos. Y, con el cansancio de las dos horas de camino y de calor desde Guiaes, acabé por dormirme irreverentemente sobre el divino bucólico." (Eça de Queiroz, La ciudad y las sierras, 160-161)
Pocas imágenes tan gratas y llenas de paz encontraremos como ésta del plácido sueño sobre el libro de Virgilio, no a causa del aburrimiento, sino de la propia sintonía con el ambiente bucólico. Esta actitud ante el clásico no es, ni mucho menos, irrelevante, pues muestra, frente a la idea de "canon agonístico" que sostienen críticos como T.S.Eliot, una nueva relación con los clásicos en la que no hay que competir por conquistar nuevas cotas de originalidad, sino, muy al contrario, convivir en paz con ellos. Esta es, precisamente, la idea que defenderá, años después, el escritor italiano Italo Calvino, y que podemos definir en los términos de "clásico cotidiano" (37). Resulta, en definitiva, llamativo que la obra de Virgilio tenga cierta importancia en este singular enfrentamiento literario finisecular entre lo clásico y lo moderno.
Ante las posturas, en principio, enfrentadas de Huysmans y Eça de Queiroz nos encontramos ahora, ya entrados en el siglo XX y en otro ámbito literario bien distinto, con la actitud conciliadora del mallorquín Cristóbal Serra. Esta tensión, o dialéctica entre Clasicismo y Modernidad aparece singularmente conciliada en su obra titulada Diario de signos. En esta obra, repleta de recuerdos vitales y literarios, Cristóbal Serra nos ofrece una singular visión de Las Geórgicas y de Virgilio (cf. García Jurado 1999c, 65-75):
"Don Marcial, para sacarme de mis chinos, a los que mira de reojo (38), me regala un viejo ejemplar de Las Geórgicas, que viene con viñetas, en las que hay grabados búcaros deliciosos. Tan bellos son, que estoy tentado a ponerles el color que les falta. Pero, al final, respeto aquellas ilustraciones xilográficas que ofrecen una gran seguridad estilística. Lástima que estén ausentes las faenas propiamente rusticanas y no lleven un cortejo de motivos fragorosos. El grabador no advirtió que Las Geórgicas no son un ejercicio literario apto para suscitar decorativismos, sino la cristalización de una lúcida, curiosa, y apasionada imaginación. En Virgilio se descubre, además, un corazón melancólico insatisfecho. La manera como Las Geórgicas se escribieron me resulta seductora. Breves y comprimidas, son fruto de una naturaleza contemplativa, que escribe con rara perfección formal y extrema concisión.
Estoy encantado con esta atención y le hago sensible a don Marcial que no podía hacerme regalo mejor. Le planteo el problema de si es la obra maestra de Virgilio (como creo). Asiente con la cabeza, en un gesto de un mutismo elocuente. Para sacarle a don Marcial este silencio misterioso y contenido, Las Geórgicas han de mantener cierta vecindad con los abismos. La invicta Eneida esta vez quedó vencida.
Luego, al modo escolar, le digo que Las Geórgicas tienen color, olor y sabor. Se ríe entonces de veras, como nunca le he visto reír. Su risa desencadenada se acaba, al darme una sonora palmada en el hombro." (Cristóbal Serra, Ars Quimérica. Obra Completa 1957-1996, Palma de Mallorca, 1996, 259)
De esta valoración tan sensitiva del texto latino llama la atención que se califique a Virgilio como "un corazón melancólico insatisfecho". ¿No estamos, quizá, ante el "spleen" o melancolía de un poeta moderno como Baudelaire? Con ello nos referimos a la pequeña colección de poemas en prosa que llevan el título de Le Spleen de Paris, publicada por primera vez en 1868, y cuya relación con Diario de signos, de Serra, nos parece evidente. El siguiente pasaje resume muy bien esa síntesis del clasicismo con la modernidad, pues, junto al elogio de Las Geórgicas, también cabe el de Las Flores del Mal:
"No cansan Las Geórgicas, no abruman los Testamentos de Villon. La rareza del Matrimonio del Cielo y del Infierno no sabe a rareza. Las flores del Mal conservan siempre la misma fragancia fatal. Y no pierde nunca su sortilegio La temporada en el Infierno de Rimbaud." (Cristóbal Serra, Ars Quimérica, 249)
En definitiva, desde que Huysmans y Eça de Queiroz contrapusieran sus puntos de vista a propósito de la naturaleza y de la estética, ahora tendríamos la Modernidad y el Clasicismo por fin conciliados.
29. Señala Von Albrecht (1995, 1152) a propósito del carácter moral de las cartas de Plinio que "Il pervasivo orientamento etico non va liquidato come farisaismo".
30. Las dos ediciones españolas más comunes son la traducción de Germán Gómez de la Mata, con prólogo de Vicente Blasco Ibáñez (Valencia, Prometeo, ca. 1919), reeditada muchos años después con prólogo de Luis Antonio de Villena (Barcelona, Bruguera, 1986), y la traducción e introducción de Juan Herrero (Madrid, Cátedra, 1984).
31. El libro de Desiré Nisard, Études de moeurs et de critique sur les poètes latins de la décadence (París, Hachette, 1834), advertía ya sobre los peligros de la decadencia frente a los modelos del clasicismo (Virgilio, Horacio, etc.).
32. Este preciso juicio crítico pertenece a Alfonso Reyes, que nos habla en estos términos acerca de la novela: "Ya desde la cima de su arte, dejó caer de sus manos la que considero su obra maestra: La ciudad y las sierras. El tema de esta novela originalísima es -lo diré en equívoco- el de un À rebours al revés. Jacinto -su Des Esseintes- vuelve al agua clara de la naturaleza después de pasar por toda la sinfonía de sabores artificiales que ha logrado fabricar la civilización de los capitalistas del siglo XIX." (Reyes 1960, 136-137).
33. No se nos escapa la evocación a la naturaleza del propio nombre, que nos recuerda versos tan bellos como éste del libro IV de las Geórgicas -v.137-: ille comam mollis iam tondebat hyacinthi "ya recortaba las hojas del blando jacinto."
34. Se trata de una cita de Verg.G.2,95-96: purpurae praeciaeque et, quo te carmine dicam, / Rhaetica? nec cellis ideo contende Falernis. En el texto latino citado por Eça de Queiroz aparece carmina en lugar del correcto carmine. La errata figura desde las primeras ediciones portuguesas de la novela, como podemos comprobar por la segunda edición, publicada en Porto, Livraria Chardron, en 1905. El texto, que aparece entre las páginas 219 y 220 llegó a ser revisado por Eça de Queiroz, quien debido a su prematura muerte en París no pudo continuar más allá de la página 241.
35. Verg.G.2,532ss.: hanc olim veteres vitam coluere Sabini,/hanc Remus et frater; sic fortis Etruria crevit/scilicet et rerum facta est pulcherrima Roma,/septemque una sibi muro circumdedit arces.
36. Se trata de una cita de Verg.Ecl.1,51-52, donde se ha cambiado senex por Jacinthe y flumina por arva, obviando, claro está, el flagrante traspiés métrico: fortunate senex, hic inter flumina nota / et fontis sacros frigus captabis opacum.
37. Calvino 1995, 34-44. A este respecto, es muy ilustrativo el artículo de N.Catelli (1995, 114-119) donde se nos habla en los siguientes términos acerca de Calvino y los clásicos: "A diferencia de los románticos, Baudelaire, Borges, o T.S.Eliot, Calvino no es un legislador; en la formación de ese marco tripartito (gusto, crítica y tradición) existe una carga de azar mayor que en la de aquellos. Digamos que a los otros, en su mayoría, podemos pensarlos como poderosos agentes de la lucha agonista por la originalidad suprema, según la imagina Harold Bloom. Pero no a Calvino. Aunque los términos de su lucha por la autodefinición en el campo de sus gustos, en el de la teoría, o en el de la tradición hayan sido similares a los de los genios, la intensidad de las respuestas que propuso no pudiesen compararse con la contundencia de los fundadores (o liquidadores) antes mencionados." (Catelli 1995, 115).
38. Se trata de Laotsé
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