- El rincón del poeta
- Relatos breves
- Libros digitales
- Trabajos de investigación
 
 
Cultura en general (museos, exposiciones, patrimonio, etc...)
Enseñanza de español y didáctica de otras lenguas
Cooperación, igualdad, dependencia, desarrollo, etc.
Publicaciones e información sobre el mundo del libro.
 
 
Publicar en Liceus
 
 
Historia desconocida de la literatura latina en las letras del siglo XX.
Metodología de la Literatura Comparada 8/9
 Francisco García Jurado
 (Departamento de Filología Latina, Universidad Complutense)
pacogj@eucmax.ucm.es
 

3.2. Clasicismo y barbarie: Virgilio y el fin de Occidente.

Las relaciones entre la épica antigua y la literatura moderna constituyen uno de los aspectos más interesantes para el estudio de las complejas relaciones entre ambos mundos. Autores como Thomas Mann, Dino Buzzati, o Ernesto Sábato, son exponentes representativos de lo que decimos (Florio 1998, 116-117). Excepcional testigo de las postrimerías de la novela burguesa europea, Thomas Mann nos hace asistir en su novela La montaña mágica a un ácido diálogo entre dos de sus personajes básicos, que encarnan, asimismo, posturas ideológicas opuestas: Settembrini, un italiano partícipe de los presupuestos del positivismo y convertido voluntariamente en preceptor del joven protagonista de la novela, Hans Castorp, y el oscuro Naphta, por lo demás profesor de latín. Será una simple broma de cierto tono pedante la que desencadenará toda un polémica de profundo alcance que tiene como motivo la valoración del poeta Virgilio:

"Dijo en broma (sc.Settembrini): 

-¿Qué he oído, ingeniero? ¿Qué rumor es ese que ha llegado hasta mis oídos? ¿Va a volver Beatrice? ¿Vuestra guía a través de las nueve esferas giratorias del paraíso? ¡Espero que, a pesar de eso, no desdeñará completamente la mano amistosa de su Virgilio! Nuestro eclesiástico, aquí presente, le confirmará que el universo del medievo no queda completo si falta, al misticismo franciscano, el polo contrario del conocimiento tomista.

Todos rieron al oír tan chusca pedantería y miraron a Hans Castorp, que también se reía y que levantó su copa de vermut a la salud de su Virgilio.

Difícilmente puede creerse el inagotable conflicto de ideas que debía producirse, a la hora siguiente, a causa de palabras inofensivas y rebuscadas de Settembrini, pues Naphta, que en cierta manera había sido provocado, pasó inmediatamente al ataque y arremetió contra el poeta latino -que Settembrini adoraba notoriamente- hasta colocarle por debajo de Homero; Naphta había manifestado más de una vez su desdén por la poesía latina en general, y aprovechó de nuevo, con malicia y rapidez la ocasión que se le ofrecía.

-Constituía un prejuicio del gran Dante -dijo- eso de rodear de tanta solemnidad a este mediocre versificador y concederle, en una significación demasiado masónica. ¿Qué tenía de particular ese laureado cortesano, ese lamedor de suelas de la casa Juliana, ese literato de metrópoli y polemista de aparato, desprovisto de la menor chispa creadora, cuya alma, si la poseía, era seguramente de segunda mano, y que no había sido, en manera alguna, poeta, sino un francés de peluca empolvada de la época de Augusto?

Settembrini no dudó de que su honorable interlocutor poseía medios de conciliar su desprecio hacia el período romano de la más alta civilización con sus funciones de profesor de latín. Pero le parecía necesario llamar la atención de Naphta sobre la contradicción más grave que se desprendía de tales juicios y que le ponían en desacuerdo con sus siglos preferidos, en los cuales no solamente no se había despreciado a Virgilio, sino que se le había hecho justicia bastante ingenuamente, convirtiéndole en un mago y un sabio.

-Es en vano -replicó Naphta- que Settembrini llame en su socorro a la ingenuidad de esa joven y victoriosa época que había demostrado su fuerza creadora hasta la "demonización" de lo que vencía. Por otra parte, los doctores de la joven Iglesia no se cansaban de poner en guardia contra las mentiras de los filósofos y de los poetas de la antigüedad, y en particular contra la elocuencia voluptuosa de Virgilio. ¡Y en nuestros días, en que termina una era y aparece un alba proletaria, se es favorable a esos sentimientos! M.Lodovico podía estar persuadido -para zanjar la cuestión- de que él, Naphta, se entregaba a su profesión privada, a la que había aludido, con toda la reservatio mentalis conveniente. No era más que por ironía por lo que participaba en un sistema de educación clásica y oratoria al que el mayor optimismo no podía prometer más que algunos decenios de existencia.

-Usted los ha estudiado -exclamó Settembrini-, usted ha estudiado a costa del sudor de su frente a esos viejos poetas y filósofos; usted ha intentado apropiarse su preciosa herencia, de la misma manera que usted ha utilizado el material de construcción antiguo para sus casas de piedra. Habéis comprendido que no seríais capaces de producir una nueva forma de arte con las solas fuerzas de vuestra alma proletaria, y habéis confiado en derrotar a la antigüedad con sus propias armas. ¡Eso es lo que pasa siempre! Vuestra juventud inculta deberá estudiar en la escuela lo que vosotros desearíais poder desdeñar y hacer que los demás desdeñasen, pues sin cultura no podéis imponeros a la humanidad y no hay más que una sola cultura, la que llamáis cultura burguesa, que es la cultura humana. ¡Y os atrevéis a calcular por decenios el tiempo de vida que queda a las humanidades!" (Thomas Mann, La montaña mágica, trad. de Mario Verdaguer, Barcelona, Plaza & Janés, 1986, 521-523) 

Estamos, evidentemente, ante el final de una época. Como dice Hans Mayer, "el proceso educativo al que es sometido Hans Castorp acaba demostrando que en este sanatorio no puede haber educación para nada, como no sea para la huida al llano, lo que esta vez supone: a la trinchera" (Mayer 1970, 23). Y es singular el hecho de que el poeta de Mantua se convierta en el centro de la crítica al sistema educativo burgués y, en defintiva, europeo. Este carácter europeo de Virgilio no pasó desapercibido a Ernst Robert Curtius (1989, 34 y passim) cuando decidió defender el fundamento de un humanismo inmanente que explicaba el tronco común de la cultura europea, incluida la alemana, frente al "sociologismo" de Karl Mannhein, fruto de los nuevos tiempos (39). Por ello, no deja de ser tristemente paradójico el hecho de que sea un profesor de latín quien haga un alegato tan negativo contra Virgilio y la Tradición Clásica. Los ecos de la "Batalla entre los clásicos y los modernos" dan la impresión no sólo de reaparecer en este nuevo contexto cultural, tan alejado ya del s.XVII, sino incluso de recrudecerse. De hecho, cuando los gustos estéticos imperantes dan un cambio de dirección y se vuelven contra el canon, son los autores clásicos los primeros en convertirse en el blanco del desprecio. En el texto de Thomas Mann, Naphta reduce a Virgilio a un mero plagiario artificioso a quien Dante ensalza y confiere, en su opinión, un sentido anacrónicamente masónico, creemos que el mismo que Gabriele Rossetti atribuyó precisamente al poeta de la Divina Comedia. En el ataque de Naphta contra Virgilio pueden rastrearse, además, ecos de los argumentos básicos establecidos por Highet en las páginas que dedica a la "Querelle des anciens et des modernes" (Highet 1949, 262-264), tales como el argumento religioso o el argumento del progreso del conocimiento humano. En estos ecos de la "Querelle" no debe olvidarse un hecho fundamental: Homero fue el blanco preferido de los ataques de los modernos, deudores del refinamiento francés de la época de Luis XIV. Virgilio, intencionadamente calificado por Naphta como "ese francés de peluca empolvada de la época de Augusto", va a ser ahora el objetivo de la violencia intelectual del profesor de latín. Recordemos que éste ha llegado incluso a ponerlo por debajo de Homero, recuperado ya estéticamente desde los siglos XVIII y XIX merced a su conexión con los nuevos ideales de la época, mientras que Virgilio ha sufrido la erosión propia de la épica culta.

4. Los géneros. La concisión y la brevitas. De las viejas enciclopedias a la literatura fantástica moderna.

La relación architextual es, como dice el propio Genette (1989, 13), la relación más abstracta e implícita, pues concierne a la relación de la obra con el género al que se adscribe. Cabe citar, entre las muchas relaciones architextuales posibles entre la literatura latina y las modernas, la singular concurrencia que hemos visto más arriba de la miscelánea de Aulo Gelio con la novela ensayística y no lineal de Julio Cortázar (García Jurado 1996b), la fascinación por la brevitas de las fábulas de Fedro que siente ese curioso fabulista contemporáneo que es Augusto Monterroso, o la relación entre la erudición antigua de Plinio el Viejo y la literatura fantástica. Con Augusto Monterroso se formula una singular tensión de carácter literario, la concisión frente al relato "total" y dilatado, del que tan buenos exponentes encontramos en nuestra literatura moderna. Con Calvino y Borges nos encontramos entre un tránsito de un antiguo texto de ciencia que se convierte en fantástico, lo que genera una peculiar tensión entre erudición y fabulación.

4.1. Lo breve y lo extenso: Fedro (Augusto Monterroso).

Genette (1989, 89) afirma que el éxito de la fábula viene dado por su brevedad y su notoriedad, condiciones necesarias para que sea un género tan popular. Esa brevedad o concisión, precisamente, tan acorde con el gusto por la brevitas en la literatura latina, convertida en una obsesión en los tiempos del Imperio (Fernández Corte y Moreno 1996, 51), va a ser una de las metas de ciertos maestros del relato breve de nuestro siglo, entre quienes debemos destacar el autor en el que vamos a centrarnos en este capítulo, el guatemalteco exiliado en México Augusto Monterroso, recreador irónico de fábulas, y un eslabón más, el más moderno quizá, de la larga cadena que constituye este género, a lo que no es ajeno que sea, además, autor de cuentos tan breves como el titulado "El dinosaurio", que es como sigue:

"Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí."

(Augusto Monterroso, Obras completas (y otros cuentos), incluido en el volumen Cuentos, fábulas y lo demás es silencio, México, Alfaguara, 1996, 69)

Precisamente, a la brevedad dedica nuestro autor las breves líneas siguientes, no exentas de sabor clásico:

"Con frecuencia escucho elogiar la brevedad y, provisionalmente, yo mismo me siento feliz cuando oigo repetir que lo bueno, si breve, dos veces bueno.

Sin embargo, en la sátira I,1, Horacio se pregunta, o hace como que le pregunta a Mecenas, por qué nadie está contento con su condición, y el mercader envidia al soldado y el soldado al mercader. Recuerdan, ¿verdad?

Lo cierto es que el escritor de brevedades nada anhela más en el mundo que escribir interminablemente largos textos, largos textos en que la imaginación no tenga que trabajar, en que hechos, cosas, animales y hombres se crucen, se busquen o se huyan, vivan, convivan, se amen o derramen libremente su sangre sin sujeción al punto y coma, al punto.

A ese punto que en este instante me ha sido impuesto por algo más fuerte que yo, que respeto y que odio." ("La brevedad", en Movimiento perpetuo, recogido en Cuentos, fábulas..., 144.)

Hay, claramente, una elección que genera tensiones entre el autor que cultiva lo breve y el que dilata su prosa, de lo que encontramos insignes ejemplos en algunos de los grandes autores del siglo XX, incluso sin salir de la propia literatura iberoamericana (40). Salvadas las distancias de tiempo, no creemos errar si decimos que a esta misma brevedad alude Gayo Julio Fedro en los senarios que abren su libro segundo de fábulas (41):

Sed si libuerit aliquid interponere,
Dictorum sensus ut delectet varietas,
Bonas in partes, lector, accipias velim,
Ita, si rependet illam brevitas gratiam.
Cuius verbosa ne sit commendatio,
Attende, cur negare cupidis debeas,
Modestis etiam offerre, quod non petierint (42)

.

Eduardo Torres, una suerte de alter ego literario de Augusto Monterroso, se dedica en un ficticio ensayo titulado "De animales y hombres" a hacer una crítica literaria de la obra fabulística de su propio creador, Monterroso, concretamente de su libro titulado La oveja negra y demás fábulas. Veamos qué rasgos destaca acerca del género de la fábula en esta suerte de metacrítica: 

"Decíamos que Monterroso va piano; pero debemos añadir que su parquedad corre pareja con su lentitud. De donde resulta que no sólo nos hace esperar sino que cuando se decide y nos da, nos da poco en cantidad. Y aquí viene a pelo un buen símil. ¿Habéis observado a la diligente Hormiga cuando lleva en los debilitados hombros una carga desproporcionada a sus fuerzas, cómo sufre, cuál cae aquí y allá, cuál se agita y gime y suda y a veces se duerme dulcemente acariciando quién sabe qué sueños, para después volver a su fardo, y cómo se angustia ante la lejanía de la meta final en que quizá, y aun sin quizá, la espera la bota del malvado campesino, o la vara del niño malo de la aldea que la aguarda con la sonrisa peculiar de la inocencia en los labios pero al mismo tiempo con la fría mirada del que piensa tan sólo en la destrucción de vidas laboriosas y útiles a la Sociedad? Tal los textos demasiado largos, sobre todo cuando se trata de textos breves y no de novelas... a las que pudiera pensarse malévolamente que me estoy refiriendo con el símil, tal vez más que traído por los cabellos, o las antenas, de este sufrido insecto. Cada quien, pues, lleve el fardo que sus energías le permitan, y recuerde que en cualquier caso arar ha sido siempre una tarea que pueden compartir al unísono el Buey y la Mosca, dicho esto sin entrar a saco en los difíciles terrenos del autor.

¿Quién lee hoy fábulas? ¿Quién lee al malicioso La Fontaine, a Esopo sabio, a Fedro prudente, a Hartzenbusch, al excelso conde, al ameno Lizarsi? Todo el mundo; quizá por ser éste un género reservado a muchos escritores y, por ende, con el sabor de la fruta del cercado ajeno (Garcilaso). Es probable que de ahí haya partido el interés de nuestro inquieto autor en brindarnos este puñado de apólogos o enxiemplos que, y esto ha trascendido ya por la prensa diaria y las revistas literarias de la capital, interesa por igual a niños (ver la fábula titulada "Origen de los ancianos"), jóvenes (ver "La honda de David") y viejos (ver las restantes)." (Augusto Monterroso, "De animales y hombres", en Lo demás es silencio, incluido en Cuentos, fábulas..., 309-310)

De nuevo, Monterroso trata graciosamente acerca de la brevedad y parquedad del género que cultiva, ejemplificándolo con distintas fábulas. Por otra parte, el tercer lugar que confiere al poeta latino Fedro en la enumeración de fabulistas, y su consideración elogiosa en el adjetivo "prudente", frente a un "malicioso" La Fontaine y un "sabio" Esopo, nos da cierta idea de sintonía de Monterroso con el fabulista latino por excelencia, a pesar de que su figura aparezca presionada entre el griego Esopo y el francés La Fontaine, por citar acaso los dos más importantes. El Monterroso fabulista ha sabido captar perfectamente el tono y lenguaje de un Esopo o de un Fedro, adaptándolos a los tiempos y circunstancias modernos, no desprovisto de ironía con respeto al propio género, como es el reconocimiento a diversos especialistas de ciencias naturales al comienzo de la obra. Veamos un ejemplo significativo a partir de la fábula de Fedro titulada "La vaca, la cabra, la oveja y el león" (Phaed.1,5), que reproducimos primero en su versión original latina para facilitar la comparación:

 VACCA, CAPELLA, OVIS ET LEO

Numquam est fidelis cum potente societas:
Testatur haec fabella propositum meum.
      Vacca et capella et patiens ovis iniuriae
Socii fuere cum leone in saltibus. 
Hi cum cepissent cervum vasti corporis,
Sic est locutus partibus factis leo:
«Ego primam tollo, nominor quoniam leo;
Secundam, quia sum fortis, tribuetis mihi;
Tum, quia plus valeo, me sequetur tertia;
Malo adficietur, siquis quartam tetigerit».
Sic totam praedam sola inprobitas abstulit. 

La recreación y variación que hace Monterroso sobre la fábula de Fedro precisa en buena medida del texto subyacente que acabamos de leer para su perfecta comprensión. No en vano, como el mismo Monterroso reconoce, la sabe de memoria, como fruto de una especial relación con el latín que ha tenido a bien relatarnos en otro lugar. La nueva fábula, por lo demás, bien podría haber sido escrita por un Fedro actual, dado su respecto a las normas del género y su contenido crítico con el poder:

 "La Vaca, la Cabra y la paciente Oveja (43) se asociaron un día con el León para gozar alguna vez de una vida tranquila, pues las depredaciones del monstruo (como lo llamaban a sus espaldas) las mantenían en una atmósfera de angustia y zozobra de la que difícilmente podían escapar como no fuera por las buenas.

Con la conocida habilidad cinegética de los cuatro, cierta tarde cazaron un ágil Ciervo (cuya carne por supuesto repugnaba a la Vaca, a la Cabra y a la Oveja, acostumbradas como estaban a alimentarse con las hierbas que cogían (44) y de acuerdo con el convenio dividieron el vasto (45) cuerpo en partes iguales.

Aquí, profiriendo al unísono toda clase de quejas y aduciendo su indefensión y extrema debilidad, las tres se pusieron a vociferar acaloradamente, confabuladas de antemano para quedarse también con la parte del León, pues, como enseñaba la Hormiga, querían guardar algo para los días duros del invierno.

Pero esta vez el León ni siquiera se tomó el trabajo de enumerar las sabidas razones (46) por las cuales el Ciervo le pertenecía a él solo, sino que se las comió allí mismo de una sentada, en medio de los largos gritos de ellas en que se escuchaban expresiones como Contrato Social, Constitución, Derechos Humanos y otras igualmente fuertes y decisivas." (Augusto Monterroso, "La parte del león", en La oveja negra y demás fábulas, recogida en Cuentos, fábulas... 208)

Nótese la fina ironía, sobre todo en la intencionada translación al presente, con términos como Derechos Humanos, o Constitución, que nos vuelve a mostrar un texto de inquietudes sociales y políticas,  como hemos visto, por ejemplo, en el Virgilio de Thomas Mann. El texto latino de Fedro, aunque presupuesto en la fábula ("enumerar las sabidas razones") aflora esporádicamente en los adjetivos "paciente" -patiens- ("la paciente Oveja"), o "vasto" -vastus- ("el vasto cuerpo"). El respeto a las convenciones del género es escrupuloso, haciendo hincapié siempre en el carácter universal de los protagonistas, frente a la posibilidad del personaje individual propio de un cuento (47), lo que refuerza, además, con alusiones a otras fábulas, como la de la hormiga. La historia no acaba aquí, pues, como si de una ironía del destino se tratara, el libro de Monterroso donde se contiene esta fábula ha sido traducido al latín por Tarsicio Herrera Zapién, con el título de Ovis nigra atque caeterae fabulae (48). El mismo Monterroso nos comenta ante este hecho: "¿Cómo podía imaginar allá lejos que algún día mis propias fábulas estarían traducidas al idioma que me abrió las puertas a las maliciosas expresiones de Aristófanes por uno de estos sabios peripatéticos, concretamente por Tarsicio Herrera Zapién, traductor de Horacio y de Tibulo? Sólo se cumple lo que no se ha soñado". (49)
 




39. Así nos lo recuerda Joaquín Rubio Tovar (1997, 156-157): "Más allá de las antipatías personales, el enfrentamiento intelectual entre Curtius y Mannheim permite explicar alguna de las razones que llevaron al romanista a escribir LEEML. Curtius consideraba que el sociologismo (término por el que entendía la pretensión de la sociología de convertirse en una ciencia absoluta) traería consigo un empobrecimiento gravísimo de las disciplinas humanísticas. La sociología le parecía consecuencia de la politización de una sociedad que iba a quedar en adelante huérfana del espíritu. Curtius expresó su desacuerdo en distintos momentos, como en el tribunal que había de juzgar un trabajo del sociólogo (concretamente, un estudio sobre el pensamiento conservador) en la Universidad de Heidelberg. Mannheim sostenía que el pensamiento conservador se había fundamentado en la idea de continuidad como reacción a la amenaza de cambios sociales."

40. "El juego, la pirueta, el humor, singularizan a este guatemalteco de México que ha desplegado en la literatura latinoamericana una insólita vocación literaria de sobriedad, de antibarroquismo, de esplendorosa desnudez estilística, que es otra forma de estilo" (García Posada 2000).

41. "Fedro parla piú volte della propria brevitas (2 prol. 12; 3 epil. 8; 4 epil. 7). I 3, 10, 59 sg. si difende dall'accusa di brevità eccessiva." (Von Albrecht 1995, 1004).

42. "Mas si me agradase intercalar algo, / para que la variedad de los dichos deleite los sentidos, / desearía que lo recibas de buen grado, lector. / De tal forma, la brevedad compensará ese favor. / Y para que la recomendación de esto no sea superflua, / presta atención a porqué debes negar a los ávidos / y otorgar a los moderados lo que no han pedido".

43. Es prácticamente el verso tercero de la fábula de Fedro: Vacca et capella et patiens ovis (...).

44.  Monterroso señala el absurdo de la fábula de Fedro, donde se nos escapa ciertamente el sentido último que puede tener el hecho de que unos animales herbívoros tengan interés en la caza de un ciervo. Nótense también los ecos literarios del texto.

45.  Recuérdese el verso 5 de Fedro: cervum vasti corporis.

46.Es decir, las enumeradas en los versos 7 a 10 de la fábula de Fedro.

47.  "El protagonista de la fábula es el universal, como lo prueba el que ya lleve artículo determinado en su agnición o primera aparición; sólo el universal, por cuanto comporta el acto intencional que refleja la mención sobre la lengua misma, constituye, en efecto, en «personaje» un ser ya conocido por todo oyente: «el cordero bajó a beber al río; el lobo,, que estaba bebiendo aguas arriba de él, le dijo...». El protagonista del cuento es, en cambio, un particular individual indefinido, como lo prueba el que su mención de agnición se componga de un nombre común precedido de artículo indeterminado: «Había una vez un molinero que tenía una mujer joven y hermosa...» (...)" (Rafael Sánchez Ferlosio, "Un esquema", en EL PAÍS, 24-VIII-1996). 

48.  Publicado por la Universidad Autónoma de México.

49. Tomado del sabrosísimo artículo de Augusto Monterroso titulado "Mi relación más que ambigua con el latín", publicado en Diario 16 el 26 de mayo de 1990, y reeditado ahora en su libro La vaca (Madrid, Alfaguara, 1998).