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EL DEPORTE GRIEGO Y EL DEPORTE ACTUAL: 
INFLUENCIA, SEMEJANZAS Y DIFERENCIAS 1/6

 Fernando García Romero
 
Dto. de Filología Griega.
Universidad Complutense de Madrid

ISBN- 84-9714-121-0

 

Thesaurus: deporte, Juegos Olímpicos, religión, culto, ritual, educación, medicina, tregua olímpica

          En una época como la nuestra en la que el deporte ha alcanzado una importancia social y económica tan extraordinaria (y generalmente tan desmedida), puede ser interesante remontarnos dos milenios y medio atrás, hasta otra época en la que la práctica de actividades deportivas alcanzó una posición social preeminente semejante a la que ocupa en el mundo de hoy. El deporte griego y el deporte actual comparten bastantes rasgos comunes, positivos y negativos. Positivos, por ejemplo, la importancia que se concedió ya en la antigua Grecia a la práctica de la gimnasia como fundamento de la salud física y también como contribución a la formación intelectual e incluso moral de las personas, o la importancia que tuvieron los grandes Juegos, en especial los Olímpicos, como centro cultural, en el cual pensadores y escritores exponían públicamente sus ideas y sus escritos, aprovechando que Olimpia y sus juegos eran la ocasión más adecuada para difundir obras y teorías, ya que en ningún otro momento y lugar se reunían mayor cantidad de griegos. Luciano de Samosata (Heródoto 1) y otras fuentes recogen, por ejemplo, la tradición del deseo del historiador Heródoto de difundir, a mediados del siglo V a.C., sus investigaciones históricas mediante su lectura pública en Olimpia, de manera que dio a conocer su obra en el opistódomo del templo de Zeus, consiguiendo fascinar a auditorio en el que se encontraba un muchacho llamado Tucídides, que lloró de emoción al escuchar las palabras de Heródoto. Los autores antiguos nos hablan también de lecturas o recitaciones de obras del filósofo Empédocles, de los sofistas Gorgias, Hipias (que había nacido cerca del santuario y parece ser que acudía a todas las celebraciones de los juegos para mostrar sus dotes oratorias), Pródico y Polo, etc., e incluso el tirano Dionisio I de Siracusa, como luego haría Nerón, consiguió que sus poemas fueran recitados públicamente en la Olimpíada correspondiente a 388 a.C., aunque, según el historiador Diodoro de Sicilia, hizo más bien el ridículo. Este interés “cultural” de las competiciones deportivas griegas queda bien reflejado en una anécdota que cuenta Cicerón (Tusculanas 5.3.8; cf. Diogenes Laercio 8.8, Jámblico, Vida de Pitágoras 12.58) a propósito del filósofo Pitágoras: “Admirado León [rey de Fliunte] de su ingenio y elocuencia,le preguntó que arte practicaba. Pitágoras le contestó que no conocía ningún arte, sino que era ‘filósofo’. Asombrado León ante esta palabra nueva,le preguntó quiénes eran los filósofos y qué los diferenciaba de los demás hombres. Pitágoras le contestó que la vida humana le parecía semejante a ese festival en el que se celebraban los juegos a los que asistían los griegos. Allí, quienes habían ejercitado sus cuerpos iban a buscar la gloria y el premio de una corona famosa; otros, que habían acudido a comprar o vender, iban atraídos por el afán de ganancia; pero también se presentaba allí una especie de visitantes –especialmente distinguidos- que no iban en busca de aplausos ni de ganancias, sino que acudían a observar y contemplaban con gran atención lo que sucedía…De manera semejante, los hombres llegados a esta vida tras abandonar otra vida y otra naturaleza, son unos esclavos de la gloria, otros del dinero, pero hay también unos pocos que desprecian lo demás y observan con empeño la naturaleza; éstos son los que se llaman ‘amigos de la sabiduría’, es decir ‘filósofos’”.

           Pero también el deporte griego antiguo y el deporte actual comparten rasgos no tan positivos, como por ejemplo la sobreestimación social y económica de los éxitos deportivos o su explotación con fines ajenos al deporte, lo cual fue ya criticado de manera sistemática por los intelectuales griegos al menos desde Jenófanes de Colofón en el siglo VI a. C, y luego por Eurípides, Sócartes, y un largo etcétera, como más adelante comentaremos. 

          Vamos a tratar de desarrollar algunos de estos aspectos en nuestra exposición. Y vamos a comenzar por las diferencias o, mejor dicho, dejando aparte cuestiones más de pormenor, que se refieren, por ejemplo, a la organización de los juegos o al desarrollo de las pruebas, por la diferencia fundamental que separa el deporte griego y el deporte moderno. Es la siguiente: en tanto que el deporte moderno es un espectáculo completamente profano, las competiciones deportivas griegas se desarrollaban en el marco de festivales religiosos, de manera que dos conceptos, deporte y religión, se mantuvieron vinculados más o menos estrechamente en la Antigüedad, mientras que actualmente se encuentran muy alejados el uno del otro (se ha sugerido incluso que, en algunos aspectos, el deporte ha suplantado el papel que antaño desempeñó en la sociedad la religión, como por ejemplo dar cohesión a la masa social ofreciéndole un objetivo común, aunque sea tan poco espiritual como ganar una Liga o una Copa; al respecto de esta relación entre deporte y religión, puede leerse un estupendo cuento, lleno de ironía, de J.L. Sampedro titulado “Aquél santo día en Madrid”, que se recoge en la recopilación Cuentos de fútbol, editada por J. Valdano, en el cual un extraterrestre aterriza en Madrid, en las cercanías del estadio Santiago Bernabéu y ve una gran multitud que se dirige hacia lo que él cree que es un santuario, de manera que sigue a la muchedumbre, penetra en el estadio e interpreta todo lo que en él ocurre como una ceremonia religiosa en la que once individuos vestidos de blanco, que representan obviamente el bien a juzgar por el recibimiento de que son objeto por parte del público, se enfrentan a once individuos vestidos de azulgrana, que representan naturalmente el mal, en un ritual dirigido por un sumo sacerdote que se sitúa en el centro del santuario con un silbato en la boca y es ayudado en las bandas por dos sacerdotes auxiliares que realizan una serie de gestos rituales con unos banderines).

            El carácter religioso de los festivales deportivos griegos, en efecto, pervivió a lo largo de la historia del mundo antiguo, desde la Creta minoica (si, como creemos verosímil, los juegos del toro cretenses tenían un origen y una función cultual) hasta la abolición de los Juegos Olímpicos a finales del siglo IV p.C., unos juegos que mantuvieron siempre, en mayor o menor grado, su función religiosa y cuyos momentos culminantes coincidían con actividades rituales: el juramento olímpico ante la imponente estatua de Zeus Hórkios ("protector de los juramentos"); la ofrenda ante la tumba del héroe Pélope, mítico primer vencedor olímpico; la gran procesión que acababa en el altar de Zeus y culminaba con la ceremonia central de los juegos, el sacrificio de cien bueyes ofrecido al dios por los organizadores eleos, etc. Esta relación que siempre unió deporte y culto fue precisamente una de las razones que explica la actitud contraria de los primeros cristianos hacia el deporte griego.

            Ahora bien, ¿cómo debe interpretarse ese vínculo que liga estrechamente, en la Grecia del primer milenio, deporte y religión? ¿Debe buscarse en el ámbito religioso el origen de los juegos atléticos o, por el contrario, su carácter originario es profano y sólo posteriormente fueron incorporados a la esfera religiosa? ¿Cómo, en definitiva, comenzaron los griegos, y los hombres en general, a practicar el deporte y cuál es el origen de las competiciones deportivas organizadas? Muchas y variadas han sido las teorías que se han propuesto para tratar de dar respuesta a esta cuestión, sin duda la que con mayor asiduidad han debatido los estudiosos del deporte en la antigua Grecia, con la frecuente y fecunda participación de antropólogos e historiadores de las religiones.

            Para muchos, en efecto, los juegos griegos, como el deporte mismo en todas las culturas, hunden sus raíces en actividades ligadas al culto, aunque las discrepancias son notables a la hora de precisar qué tipo de rito está en el origen de los juegos que conocemos en época histórica.

            Por un lado, numerosos testimonios permiten establecer de manera inequívoca una estrecha vinculación entre competiciones deportivas y ceremonias funerarias. La costumbre de celebrar juegos deportivos durante los funerales de un muerto ilustre es, en efecto, práctica común que cuenta con numerosos paralelos en otras culturas y que en Grecia está documentada desde nuestras más antiguas obras literarias y artísticas (en estelas y vasos micénicos y en los poemas homéricos: prácticamente todo el canto 23 de Ilíada está ocupado por los juegos fúnebres que Aquiles organiza en honor de Patroclo), y además tampoco faltan testimonios que atestigüen la celebración de agones fúnebres de carácter deportivo en época histórica. Quienes pretenden hallar el nacimiento de las competiciones atléticas en ritos funerarios explican por diferentes caminos la relación entre unas y otros. Para Malten, los juegos deportivos serían un último y civilizado recuerdo de antiguos sacrificios humanos ante la tumba de un guerrero, práctica atestiguada ocasionalmente en Grecia, desde la épica homérica hasta la época helenística; tales sacrificios humanos originarios habrían ido atenuándose paulatinamente hasta desembocar en un desarrollo tardío y amortiguado que serían los combates deportivos. Por su parte, el gran erudito suizo Karl Meuli ha sugerido que las competiciones deportivas fueron inicialmente parte de un combate ritual, un juicio de dios, destinado a descubrir y castigar a la persona responsable de la muerte del hombre que era enterrado; el culpable sería, por supuesto, el perdedor del combate, quien expiaba con su propia derrota y consiguiente muerte la muerte supuestamente causada por él, de manera que el muerto era vengado y los vivos quedaban protegidos de su ira. Tales manifestaciones, en principio ocasionales, piensa Meuli que se habrían institucionalizado y organizado como competición deportiva periódica.

            Otros estudiosos del tema han recurrido a postular como origen de los festivales atléticos no ya ritos funerarios, sino otro tipo de actos cultuales relacionados con ritos de fertilidad,ascensión al trono e iniciación. Hace un siglo, en efecto, Cornford y Jane Harrison quisieron ver en ritos agrarios e iniciáticos el origen de los Juegos Olímpicos y sus ideas han hallado eco posterior en una larga lista de estudiosos del problema. Para Cornford, los Juegos Olímpicos nacieron de un ritual de año nuevo y de iniciación que se celebraba en territorio sagrado, fuera del habitat acostumbrado de los jóvenes, con estricta separación de sexos (rasgos todos ellos que encuentran reflejo en los Juegos Olímpicos históricos). Del rito iniciático formaba parte una carrera cuyo vencedor era proclamado mégistos koûros, “el mejor de los jóvenes”, el cual llevaba a cabo una “boda sagrada” con la vencedora de la carrera de doncellas, todo ello con el objeto de propiciar la renovación de la fertilidad (de hecho, en Olimpia, como habremos de ver, se celebraba una carrera femenina en honor de Hera y exclusivamente carreras pedestres formaron el programa de los Juegos Olímpicos masculinos nada menos que durante las diecisiete primeras Olimpíadas).

            De ritos de fertilidad parten igualmente quienes, desde Cook y Frazer, hacen remontar el origen de las competiciones deportivas a disputas rituales por el trono, que iría a parar a manos de los vencedores, según pudiera deducirse de algunos mitos referentes a la fundación de los Juegos Olímpicos, que nos hablan como aition de los mismos del triunfo de Pélope sobre Enómao, que le dio acceso al reino de éste y a la mano de su hija Hipodamía, o la leyenda menos difundida que nos habla como origen de los Juegos Olímpicos de la carrera que Endimión organizó entre sus hijos, con el trono como premio. Según Frazer, cada cierto período de tiempo el rey debía ponerse a prueba combatiendo con un rival aspirante a su puesto, para comprobar si aún seguía en condiciones de mantenerse en el trono o debía cederlo a otro hombre cuyo mayor vigor asegurase la renovación de la vida. Ese sería el germen de las competiciones atléticas.

            Frente a las tesis expuestas hasta aquí, que establecen una vinculación directísima, esencial, entre el culto y el origen de las competiciones deportivas, muchos de los más señalados estudiosos del deporte griego en nuestro siglo han defendido para los festivales atléticos un origen profano y meramente “deportivo”: habrían nacido sencillamente del placer por competir y mostrar las propias cualidades, de ese “espíritu agonístico” que se considera innato en el ser humano, aunque posteriormente, como no podía ser menos, adquirieron carácter religioso al quedar bajo la protección de alguna divinidad y pasar a desarrollarse en el marco de ceremonias religiosas.

            Pero ya fuera original ya adición secundaria, el caso es que el carácter religioso de los juegos deportivos se encuentra plenamente arraigado en los festivales griegos de época histórica y en ello radica una diferencia fundamental entre el deporte griego y el deporte actual. No obstante, como habremos de ver más adelante, una adición progresiva de elementos laicos (influencia política, peso económico, creciente carga espectacular) fue gravando paulatinamente el desarrollo de los grandes festivales, que fueron perdiendo poco a poco contenido religioso. No obstante, fuera del programa de las grandes competiciones deportivas y de los estadios, libres del dominio de los atletas profesionales y de las influencias políticas y económicas, se celebraban por todo el mundo griego otro tipo de competiciones atléticas (especialmente carreras pedestres) que mantuvieron de manera más inmediata el sentimiento de su vinculación con el culto. Entre ellas destacan, por su difusión y popularidad, las carreras con antorchas o lampadedromías, carreras de relevos en las que los relevistas debían pasarse unos a otros antorchas encendidas. Las diversas interpretaciones simbólicas a las que una carrera tal se presta (ya encontramos en Platón, Leyes 776b, o en el poeta latino Lucrecio, 2.79, la imagen de la "antorcha de la vida" o “del saber y la tradición” que se transmite de generación en generación) han sido bien aprovechadas por el atletismo moderno, pues no en vano el ritual de la antorcha olímpica fue introducido en los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936 a imagen y semejanza de las antiguas lampadedromías, las cuales, sin embargo, nunca tuvieron en Grecia la menor conexión ni con Olimpia ni con ningún otro de los grandes festivales atléticos. Las carreras con antorchas tienen probablemente un origen cultual, en relación, por ejemplo, con el robo del fuego por Prometeo y con el ritual del rápido traslado de fuego nuevo de un altar a otro, de manera que no es de extrañar que fueran uno de los momentos culminantes de las celebraciones que tenían lugar en Atenas en honor de dos divinidades vinculadas estrechamente con el fuego, Prometeo (junto a su altar comenzaba la carrera, según Pausanias 1.30.2) y Hefesto.