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EL DEPORTE GRIEGO Y EL DEPORTE ACTUAL: 
INFLUENCIA, SEMEJANZAS Y DIFERENCIAS 2/

 Fernando García Romero
 
Dto. de Filología Griega
Universidad Complutense de Madrid

ISBN- 84-9714-121-0

 

 Fuera de los circuitos habituales del deporte profesional, también una estrechísima vinculación con ritos religiosos mantuvieron otras "competiciones" pedestre menos extendidas y conocidas que las carreras con antorchas, como la llamada "carrera del racimo" (staphylodrómos), que tenía lugar en Esparta y nos es brevemente descrita por diversas fuentes (Anecdota Graeca I 305 Bekker; Hesiquio, s.v.): "Durante la celebración de las Carneas, un joven ceñido con cintas corre, pidiendo algún beneficio para la ciudad, y lo persiguen unos jóvenes, llamados 'corredores del racimo'; si lo capturan, aguardan algo bueno para la ciudad en los asuntos locales, y si no, lo contrario". Se reconoce fácilmente, pues, el carácter ritual y su vinculación con cultos agrarios. Y algo semejante puede decirse de otra carrera ritual que se celebraba en Atenas y que Ateneo (495f) describe así: "Aristodemo, en el libro tercero de su obra 'Sobre Píndaro', afirma que en Atenas, en las Esciras, tiene lugar una competición pedestre de efebos, y que corren llevando una rama de vid cargada de fruto llamada 'ôschos'; y corren desde el templo de Dioniso hasta el de Atenea Escírade, y el vencedor recibe una copa a la que llaman 'pentaploa' ['quíntuple']...por cuanto contiene vino, miel, queso y un poco de harina de cebada y aceite"; no sabemos con seguridad si esta carrera tenía algo que ver con las Oscoforias, las fiestas atenienses de la vendimia, o si estaba relacionada con otras fiestas, las Esciras (en honor de Atenea). En todo caso, el carácter ritual de la carrera resulta evidente.

            Junto a este tipo de festividades locales, el significado religioso de las actividades deportivas prevaleció siempre sobre cualquier otra consideración en un segundo ámbito, el deporte femenino, dado que el status social de la mujer hizo imposible su evolución hacia una práctica profesional del atletismo, como ocurrió en el caso del deporte masculino; se evitó, en consecuencia, en el deporte femenino la intromisión de elementos profanos, de manera que la actividad deportiva de las mujeres (y en particular la carrera pedestre, que fue siempre el deporte femenino por excelencia en Grecia) continuó siempre íntimamente ligada al ámbito cultual en el que se desarrollaba. Así, carreras de muchachas formaban parte de los ritos iniciáticos que se celebraban en Braurón, no lejos de Atenas, bajo los auspicios de Artemis, y es posible que una práctica semejante deba extenderse también a otros cultos y juegos locales, ya que carreras rituales femeninas están igualmente bien documentadas en Esparta, en honor de Dioniso y en honor de Helena; éstas últimas tienen marcado carácter iniciático y prematrimonial, al igual que la carrera que, en honor de Hera, se celebraba en el santuario de Olimpia y que constituye la más importante competición deportiva femenina de la antigua Grecia. El texto que nos proporciona la mejor, y casi única, información es un pasaje de Pausanias (5.16.2-3): "Cada cuatro años tejen a Hera un peplo las dieciséis mujeres, y ellas mismas convocan una competición, los Juegos de Hera. La competición consiste en una carrera para muchachas, no todas de la misma edad, sino que corren primero las más jóvenes, y después de ellas las segundas en edad, y las últimas las muchachas que son mayores. Y corren de la siguiente manera: llevan suelto el cabello y una túnica les llega un poco por encima de la rodilla y enseñan el hombro derecho hasta el pecho...A las vencedoras les conceden coronas de olivo y parte de la vaca sacrificada a Hera, y además les está permitido ofrendar imágenes con inscripciones...Estos juegos de muchachas los hacen remontar también a época muy antigua, diciéndose que Hipodamía, para dar gracias a Hera por su boda con Pélope, reunió a las dieciséis mujeres y con ellas fue la primera en organizar los Juegos Hereos". Así pues, se atribuía a esta carrera femenina un origen mítico semejante al de los Juegos Olímpicos, que habrían sido fundados en conmemoración de la victoria que el héroe Pélope obtuvo en la carrera de carros sobre Enómao, a consecuencia de la cual obtuvo como premio su boda con Hipodamía, la hija de Enómao; Hipodamía ofrendó a Hera, al diosa del matrimonio, su peplo nupcial en acción de gracias y en recuerdo de tal ofrenda se celebraba periódicamente la carrera pedestre de los Juegos de Hera, que era un ritual relacionado con el matrimonio.

            Así pues, el carácter religioso de las competiciones deportivas, ya sea mantenido en estado digamos puro en fiestas locales y en el deporte femenino, ya desplazado por elementos profanos pero aún así superviviente en los grandes festivales, constituye un rasgo esencial del deporte en la antigua Grecia que carece de correlato en el deporte actual. En cambio, otra diferencia que se ha pretendido establecer entre el deporte antiguo y el deporte moderno (el supuesto carácter "amateur" del atletismo griego frente al profesionalismo de nuestro deporte) es una diferencia probablemente más ficticia que real, y es un tema que creo merece tratar con cierto detenimiento, ya que ha tenido una influencia decisiva en el deporte moderno, en concreto en la historia moderna del olimpismo.

Un texto de Heródoto (8.26) sirvió de punto de partida para que muchos de los promotores del movimiento olímpico moderno (impulsados en parte por las razones extradeportivas y también acientíficas a las que luego nos referiremos) sostuvieran la idea de que los atletas griegos no eran profesionales, sino que practicaban el deporte no por dinero sino por amor al arte. Dice así Heródoto: "Vinieron a ellos [a los persas] unos pocos desertores de Arcadia, faltos de medios y deseosos de ser útiles. Los llevaron ante el rey y los interroga­ron los persas, hablando uno solo en nombre de todos, acerca de las cosas en las que estaban ocupados los griegos...Ellos les dijeron que estaban celebrando los Juegos Olímpicos y contemplan­do competiciones atléticas e hípicas. El persa les preguntó cuál era el premio propuesto por el que competían, y ellos contestaron que la corona de olivo que allí se daba. Entonces Tritantegmes, hijo de Artabano, expresó un juicio muy noble que le valió ser tenido por el rey como cobarde; informado, en efecto, de que el premio era una corona y no dinero, no aguantó permanecer en silencio y dijo a todos lo siguiente: '¡Ay Mardonio! ¿Contra qué hombres nos has traído a luchar, que no compiten por dinero, sino por poner a prueba sus cualidades?". Este pasaje de Heródoto refleja bien la imagen tradicional del atleta griego que ha venido imperando desde la creación del movimiento olímpico moderno en la segunda mitad del siglo XIX, es decir, el deportista que compite sin ánimo lucrativo, con el único objetivo de conseguir el triunfo y mostrar así sus cualidades, simbolizadas por una simple corona vegetal. Según esta opinión tradicional, hasta época clásica los atletas habrían sido en su mayoría de origen noble y practicaban el atletismo y participaban en competiciones con espíritu puramente "amateur", sin que para ellos los premios y privilegios resultantes del triunfo significaran nada desde el punto de vista económico; posteriormente, sin embargo, el profesionalismo, y con él el vil metal, se habría impuesto en el deporte griego, lo que habría traído consigo la irrupción de atletas de las clases inferiores y con ello la degeneración y corrupción de los nobles ideales que movían a los atletas de la época arcaica y comienzos de la clásica y, en definitiva, la decadencia absoluta del deporte. Estas teorías, defendidas con especial tenacidad (et pour cause) por los grandes estudiosos británicos del deporte griego encabezados por el profesor Gardiner, han sido puestas tela de juicio en los últimos decenios en diversos estudios, particularmente en un libro del filólogo norteamericano David Young que lleva por significativo título El mito olímpico del atletismo amateur griego, en el cual ha intentado demostrar la imposibilidad de seguir manteniendo, al menos de manera tan tajante la existencia de dos etapas en la historia del deporte griego, una primera maravillosa y pura en la que los nobles competían para demostrar sus cualidades, y otra decadente y corrupta en la que los miembros de las clases inferiores competían en busca de dinero y privilegios.

            Las razones por las que Young y otros estudiosos rechazan esta teoría tradicional son varias. En primer lugar, conocemos los nombres de atletas de época arcaica y clásica que no salieron de las filas de la nobleza. Incluso el primer vencedor olímpico (triunfador en la primera Olimpíada, 776 a.C., en la única prueba existente entonces, la carrera del estadio) fue, según la tradición, un cocinero, Corebo de Elide, y a un pescador celebra Simónides, con su humorismo habitual impensable en los epinicios de Píndaro, en un epigrama (41 Page) donde hace decir al anónimo atleta: "antes en mis hombros soportando una áspera percha llevaba pescado desde Argos a Tegea". También fue cantado por Simónides el famoso boxeador de Eubea Glauco de Caristo, hijo de un labrador, y, a su vez, en el si duda muy honesto pero poco aristocrático oficio (a los ojos de un griego, y seguramente de cualquier otro aristócrata hasta nuestros días) de pastorear cabras y vacas ocupaban su tiempo respectivamente Polimnéstor de Mileto, vencedor en el estadio infantil de Olimpia a comienzos del siglo VI a.C., y Amesinas, dela colonia libia de Barke, que triunfó en la lucha olímpica en 46O a.C. 

            Suponiendo, pues, como parece que debemos suponer, que miembros de las clases inferiores hubieran tenido activa participación en las competiciones deportivas, ¿cómo podían hacer frente a los cuantiosos gastos que exigían los entrenamientos y los continuos viajes? (porque precisamente una de las razones que esgrimían quienes defendían que durante los primeros siglos del deporte griego únicamente los nobles podían intervenir en las competiciones era que se trataba de los únicos que disponían del tiempo y del dinero necesarios para hacerlo; los demás bastante tenían con buscarse la vida y ganarse el pan de cada día como para andar entrenándose en gimnasios y palestras). Young propone una explicación que nos adentra ya en un segundo argumento en contra de la suposición de un deporte plenamente "amateur" durante las épocas arcaica y clásica: los premios en las competiciones atléticas. Un joven atleta de familia humilde que conseguía vencer en una competición local, podría emplear el montante del premio para pagarse su intervención en unos juegos más importantes y mejor dotados económicamente; a su vez, si triunfaba también en ellos, estaría en condiciones de pagarse un entrenador profesional e iniciar así una carrera deportiva que le permitiría incluso participar en los grandes Juegos Panhelénicos.

            Porque sabemos que había, en general, dos tipos de competiciones deportivas en la antigua Grecia: los llamados agônes stephanîtai o “juegos por coronas”, que eran los más importantes y en los cuales los vencedores recibían como premio una corona vegetal que simbolizaba su triunfo, y en segundo lugar los agônes chrematîtai o “juegos por dinero”, en los que los vencedores recibían premios de valor material, a menudo elevado. Por poner un ejemplo significativo, en los que eran quizá los más importantes de los “juegos por dinero”, los Juegos Panatenaicos de Atenas, quien vencía en la carrera del estadio (que no era la prueba mejor dotada económicamente) a mediados del siglo IV a.C. recibía como premio cien ánforas de aceite, cuyo montante económico venía a equivaler, como mínimo, al salario que recibía un trabajador especializado durante cuatro años y suponía, por tanto, una pequeña fortuna.

Pero ¿qué ocurría en el caso de los grandes Juegos Panhelénicos, en los “juegos por coronas”? En Olimpia, como es sabido, los vencedores recibían como recompensa una corona de olivo, corona que era de laurel en los Juegos Píticos de Delfos, de apio en los Juegos Ístmicos de Corinto y de apio fresco en los Juegos Nemeos. Sin duda, al igual que ocurre en las modernas Olimpíadas, no era el dinero, sino el deseo de triunfar, el primer incentivo de los atletas, y la victoria misma, simbolizada en una corona o una medalla, la mejor recompensa.. No obstante, al igual que actualmente cada país acostumbra a mostrar su agradecimiento, a menudo en metálico, al atleta que ha dejado alto su pabellón nacional, y la cotización del propio deportista aumenta considerablemente tras un comportamiento destacado en una competición importante, también en la antigua Grecia numerosas ventajas se derivaban del triunfo en alguno de los grandes juegos. En efecto, una larga serie de honores y recompensas aguardaban al atleta vencedor en su patria (y ya en el lugar mismo de la competición, donde se celebraba una fiesta para conmemorar la victoria y además tenemos documentada desde Platón al menos [República 621d, Suda p 1054] la costumbre de que el vencedor diera la vuelta de honor, entre las aclamaciones de un público que le lanzaba toda clase de objetos, como a los toreros), fiel testimonio de la importancia que la comunidad otorgaba a los ciudadanos que la representaban en el terreno deportivo, con los cuales se identificaba con un fervor de sobra conocido en el deporte moderno. Acostumbrados, en efecto, como estamos a contemplar a menudo el desbordante delirio con que es recibido en su ciudad o país el equipo o el deportista individual que alcanza un triunfo sobresaliente (la copa se pasea por toda la ciudad, se ofrece a la Virgen Patrona y a los aficionados, hay una recepción por las autoridades locales, los aficionados se bañan en una fuente, y otras cosas de semejante guisa), no nos extrañará el espectacular recibimiento que, según Diodoro de Sicilia (13.82.7) tuvo Exéneto de Acragante tras vencer en la Olimpíada de 412 a.C. en la carrera del estadio: "Habiendo vencido Exéneto de Acragante, lo condujeron a la ciudad sobre un carro, y lo escoltaban, aparte de otras cosas, 300 bigas de caballos blancos, todas pertenecientes a los propios acragantinos". Un recibimiento semejante sólo un general victorioso podía soñar con tenerlo.

            En relación también con las pasiones que levantaban los espectáculos deportivos, tenemos ya lamentablemente documentadas en la Antigüedad peleas entre seguidores de equipos rivales que no tenían nada que envidiar a los enfrentamientos entre los actuales hooligans (normalmente en los juegos del circo y del anfiteatro, rara vez en los estadios). El historiador Tácito (Anales 14.17) nos cuenta que, a mediados del siglo I p.C., en el anfiteatro de Pompeya se produjo una batalla campal entre los aficionados locales y sus rivales de la ciudad de Nocera, con el resultado de que el anfiteatro de Pompeya fue clausurado por diez años y los cabecillas de la trifulca castigados con el destierro de por vida. Tácito deja caer que muchos hinchas se encontraban bajo los efectos del alcohol, el cual por cierto quizá estuviera prohibido en los estadios antiguos (cf. P. Aupert, Le stade [Fouilles de Delphes II], París 1979, 26-17, 52-54). En todo caso, enfrentamientos más o menos ásperos entre hinchas se documentan ya en la primera descripción de una competición deportiva de la literatura occidental, los Juegos Fúnebres que organiza Aquiles en memoria de su amigo Patroclo en el canto 23 de la Ilíada

            Volviendo a los premios concedidos a los atletas, las ciudades no solamente asignaban elevadas recompensas económicas para los vencedores en los grandes juegos (como ya preveían las leyes de Solón para los atletas atenienses, en el siglo VI a.C.), sino que además el erario público costeaba a veces la erección de una estatua del atleta, el cual disfrutaba también de otras ventajas, como la concesión de cargos públicos y, sobre todo, de algunos privilegios que estaban reservados exclusivamente a un reducidísimo número de personas, considerados benefactores de la comunidad: la manutención gratuita de por vida en el Pritaneo a expensas de la ciudad, la proedría o derecho a ocupar de manera gratuita asiento de honor en los espectáculos públicos, y también la atelía o exención de impuestos, etc.