Fuera
de los circuitos habituales del deporte profesional, también una estrechísima
vinculación con ritos religiosos mantuvieron otras "competiciones"
pedestre menos extendidas y conocidas que las carreras con antorchas, como la
llamada "carrera del racimo" (staphylodrómos),
que tenía lugar en Esparta y nos es brevemente descrita por diversas fuentes
(Anecdota Graeca I 305 Bekker;
Hesiquio, s.v.): "Durante la celebración de las Carneas, un joven ceñido con cintas
corre, pidiendo algún beneficio para la ciudad, y lo persiguen unos jóvenes,
llamados 'corredores del racimo'; si lo capturan, aguardan algo bueno para la
ciudad en los asuntos locales, y si no, lo contrario". Se reconoce fácilmente,
pues, el carácter ritual y su vinculación con cultos agrarios. Y algo
semejante puede decirse de otra carrera ritual que se celebraba en Atenas y
que Ateneo (495f) describe así: "Aristodemo,
en el libro tercero de su obra 'Sobre Píndaro', afirma que en Atenas, en las
Esciras, tiene lugar una competición pedestre de efebos, y que corren
llevando una rama de vid cargada de fruto llamada 'ôschos'; y corren desde el
templo de Dioniso hasta el de Atenea Escírade, y el vencedor recibe una copa
a la que llaman 'pentaploa' ['quíntuple']...por cuanto contiene vino, miel,
queso y un poco de harina de cebada y aceite"; no sabemos con
seguridad si esta carrera tenía algo que ver con las Oscoforias, las fiestas
atenienses de la vendimia, o si estaba relacionada con otras fiestas, las
Esciras (en honor de Atenea). En todo caso, el carácter ritual de la carrera
resulta evidente.
Junto a este tipo de festividades
locales, el significado religioso de las actividades deportivas prevaleció
siempre sobre cualquier otra consideración en un segundo ámbito, el deporte
femenino, dado que el status social
de la mujer hizo imposible su evolución hacia una práctica profesional del
atletismo, como ocurrió en el caso del deporte masculino; se evitó, en
consecuencia, en el deporte femenino la intromisión de elementos profanos, de
manera que la actividad deportiva de las mujeres (y en particular la carrera
pedestre, que fue siempre el deporte femenino por excelencia en Grecia)
continuó siempre íntimamente ligada al ámbito cultual en el que se
desarrollaba. Así, carreras de muchachas formaban parte de los ritos iniciáticos
que se celebraban en Braurón, no lejos de Atenas, bajo los auspicios de
Artemis, y es posible que una práctica semejante deba extenderse también a
otros cultos y juegos locales, ya que carreras rituales femeninas están
igualmente bien documentadas en Esparta, en honor de Dioniso y en honor de
Helena; éstas últimas tienen marcado carácter iniciático y prematrimonial,
al igual que la carrera que, en honor de Hera, se celebraba en el santuario de
Olimpia y que constituye la más importante competición deportiva femenina de
la antigua Grecia. El texto que nos proporciona la mejor, y casi única,
información es un pasaje de Pausanias (5.16.2-3): "Cada cuatro años tejen a Hera un peplo las dieciséis mujeres, y ellas
mismas convocan una competición, los Juegos de Hera. La competición consiste
en una carrera para muchachas, no todas de la misma edad, sino que corren
primero las más jóvenes, y después de ellas las segundas en edad, y las últimas
las muchachas que son mayores. Y corren de la siguiente manera: llevan suelto
el cabello y una túnica les llega un poco por encima de la rodilla y enseñan
el hombro derecho hasta el pecho...A las vencedoras les conceden coronas de
olivo y parte de la vaca sacrificada a Hera, y además les está permitido
ofrendar imágenes con inscripciones...Estos juegos de muchachas los hacen
remontar también a época muy antigua, diciéndose que Hipodamía, para dar
gracias a Hera por su boda con Pélope, reunió a las dieciséis mujeres y con
ellas fue la primera en organizar los Juegos Hereos". Así pues, se
atribuía a esta carrera femenina un origen mítico semejante al de los Juegos
Olímpicos, que habrían sido fundados en conmemoración de la victoria que el
héroe Pélope obtuvo en la carrera de carros sobre Enómao, a consecuencia de
la cual obtuvo como premio su boda con Hipodamía, la hija de Enómao; Hipodamía
ofrendó a Hera, al diosa del matrimonio, su peplo nupcial en acción de
gracias y en recuerdo de tal ofrenda se celebraba periódicamente la carrera
pedestre de los Juegos de Hera, que era un ritual relacionado con el
matrimonio.
Así pues, el carácter religioso
de las competiciones deportivas, ya sea mantenido en estado digamos puro en
fiestas locales y en el deporte femenino, ya desplazado por elementos profanos
pero aún así superviviente en los grandes festivales, constituye un rasgo
esencial del deporte en la antigua Grecia que carece de correlato en el
deporte actual. En cambio, otra diferencia que se ha pretendido establecer
entre el deporte antiguo y el deporte moderno (el supuesto carácter
"amateur" del atletismo griego frente al profesionalismo de nuestro
deporte) es una diferencia probablemente más ficticia que real, y es un tema
que creo merece tratar con cierto detenimiento, ya que ha tenido una
influencia decisiva en el deporte moderno, en concreto en la historia moderna
del olimpismo.
Un
texto de Heródoto (8.26) sirvió de punto de partida para que muchos de los
promotores del movimiento olímpico moderno (impulsados en parte por las
razones extradeportivas y también acientíficas a las que luego nos
referiremos) sostuvieran la idea de que los atletas griegos no eran
profesionales, sino que practicaban el deporte no por dinero sino por amor al
arte. Dice así Heródoto: "Vinieron
a ellos [a los persas] unos pocos
desertores de Arcadia, faltos de medios y deseosos de ser útiles. Los
llevaron ante el rey y los interrogaron los persas, hablando uno solo en
nombre de todos, acerca de las cosas en las que estaban ocupados los
griegos...Ellos les dijeron que estaban celebrando los Juegos Olímpicos y
contemplando competiciones atléticas e hípicas. El persa les preguntó cuál
era el premio propuesto por el que competían, y ellos contestaron que la
corona de olivo que allí se daba. Entonces Tritantegmes, hijo de Artabano,
expresó un juicio muy noble que le valió ser tenido por el rey como cobarde;
informado, en efecto, de que el premio era una corona y no dinero, no aguantó
permanecer en silencio y dijo a todos lo siguiente: '¡Ay Mardonio! ¿Contra
qué hombres nos has traído a luchar, que no compiten por dinero, sino por
poner a prueba sus cualidades?". Este pasaje de Heródoto refleja
bien la imagen tradicional del atleta griego que ha venido imperando desde la
creación del movimiento olímpico moderno en la segunda mitad del siglo XIX,
es decir, el deportista que compite sin ánimo lucrativo, con el único
objetivo de conseguir el triunfo y mostrar así sus cualidades, simbolizadas
por una simple corona vegetal. Según esta opinión tradicional, hasta época
clásica los atletas habrían sido en su mayoría de origen noble y
practicaban el atletismo y participaban en competiciones con espíritu
puramente "amateur", sin que para ellos los premios y privilegios
resultantes del triunfo significaran nada desde el punto de vista económico;
posteriormente, sin embargo, el profesionalismo, y con él el vil metal, se
habría impuesto en el deporte griego, lo que habría traído consigo la
irrupción de atletas de las clases inferiores y con ello la degeneración y
corrupción de los nobles ideales que movían a los atletas de la época
arcaica y comienzos de la clásica y, en definitiva, la decadencia absoluta
del deporte. Estas teorías, defendidas con especial tenacidad (et
pour cause) por los grandes estudiosos británicos del deporte griego
encabezados por el profesor Gardiner, han sido puestas tela de juicio en los
últimos decenios en diversos estudios, particularmente en un libro del filólogo
norteamericano David Young que lleva por significativo título El
mito olímpico del atletismo amateur griego, en el cual ha intentado
demostrar la imposibilidad de seguir manteniendo, al menos de manera tan
tajante la existencia de dos etapas en la historia del deporte griego, una
primera maravillosa y pura en la que los nobles competían para demostrar sus
cualidades, y otra decadente y corrupta en la que los miembros de las clases
inferiores competían en busca de dinero y privilegios.
Las razones por las que Young y
otros estudiosos rechazan esta teoría tradicional son varias. En primer
lugar, conocemos los nombres de atletas de época arcaica y clásica que no
salieron de las filas de la nobleza. Incluso el primer vencedor olímpico
(triunfador en la primera Olimpíada, 776 a.C., en la única prueba existente
entonces, la carrera del estadio) fue, según la tradición, un cocinero,
Corebo de Elide, y a un pescador celebra Simónides, con su humorismo habitual
impensable en los epinicios de Píndaro, en un epigrama (41 Page) donde hace
decir al anónimo atleta: "antes en
mis hombros soportando una áspera percha llevaba pescado desde Argos a Tegea".
También fue cantado por Simónides el famoso boxeador de Eubea Glauco de
Caristo, hijo de un labrador, y, a su vez, en el si duda muy honesto pero poco
aristocrático oficio (a los ojos de un griego, y seguramente de cualquier
otro aristócrata hasta nuestros días) de pastorear cabras y vacas ocupaban
su tiempo respectivamente Polimnéstor de Mileto, vencedor en el estadio
infantil de Olimpia a comienzos del siglo VI a.C., y Amesinas, dela colonia
libia de Barke, que triunfó en la lucha olímpica en 46O a.C.
Suponiendo, pues, como parece que
debemos suponer, que miembros de las clases inferiores hubieran tenido activa
participación en las competiciones deportivas, ¿cómo podían hacer frente a
los cuantiosos gastos que exigían los entrenamientos y los continuos viajes?
(porque precisamente una de las razones que esgrimían quienes defendían que
durante los primeros siglos del deporte griego únicamente los nobles podían
intervenir en las competiciones era que se trataba de los únicos que disponían
del tiempo y del dinero necesarios para hacerlo; los demás bastante tenían
con buscarse la vida y ganarse el pan de cada día como para andar entrenándose
en gimnasios y palestras). Young propone una explicación que nos adentra ya
en un segundo argumento en contra de la suposición de un deporte plenamente
"amateur" durante las épocas arcaica y clásica: los premios en las
competiciones atléticas. Un joven atleta de familia humilde que conseguía
vencer en una competición local, podría emplear el montante del premio para
pagarse su intervención en unos juegos más importantes y mejor dotados económicamente;
a su vez, si triunfaba también en ellos, estaría en condiciones de pagarse
un entrenador profesional e iniciar así una carrera deportiva que le permitiría
incluso participar en los grandes Juegos Panhelénicos.
Porque sabemos que había, en
general, dos tipos de competiciones deportivas en la antigua Grecia: los
llamados agônes stephanîtai o
“juegos por coronas”, que eran los más importantes y en los cuales los
vencedores recibían como premio una corona vegetal que simbolizaba su
triunfo, y en segundo lugar los agônes
chrematîtai o “juegos por dinero”, en los que los vencedores recibían
premios de valor material, a menudo elevado. Por poner un ejemplo
significativo, en los que eran quizá los más importantes de los “juegos
por dinero”, los Juegos Panatenaicos de Atenas, quien vencía en la carrera
del estadio (que no era la prueba mejor dotada económicamente) a mediados del
siglo IV a.C. recibía como premio cien ánforas de aceite, cuyo montante económico
venía a equivaler, como mínimo, al salario que recibía un trabajador
especializado durante cuatro años y suponía, por tanto, una pequeña
fortuna.
Pero
¿qué ocurría en el caso de los grandes Juegos Panhelénicos, en los
“juegos por coronas”? En Olimpia, como es sabido, los vencedores recibían
como recompensa una corona de olivo, corona que era de laurel en los Juegos Píticos
de Delfos, de apio en los Juegos Ístmicos de Corinto y de apio fresco en los
Juegos Nemeos. Sin duda, al igual que ocurre en las modernas Olimpíadas, no
era el dinero, sino el deseo de triunfar, el primer incentivo de los atletas,
y la victoria misma, simbolizada en una corona o una medalla, la mejor
recompensa.. No obstante, al igual que actualmente cada país acostumbra a
mostrar su agradecimiento, a menudo en metálico, al atleta que ha dejado alto
su pabellón nacional, y la cotización del propio deportista aumenta
considerablemente tras un comportamiento destacado en una competición
importante, también en la antigua Grecia numerosas ventajas se derivaban del
triunfo en alguno de los grandes juegos. En efecto, una larga serie de honores
y recompensas aguardaban al atleta vencedor en su patria (y ya en el lugar
mismo de la competición, donde se celebraba una fiesta para conmemorar la
victoria y además tenemos documentada desde Platón al menos [República
621d, Suda p
1054] la costumbre de que el vencedor diera la vuelta de honor, entre las
aclamaciones de un público que le lanzaba toda clase de objetos, como a los
toreros), fiel testimonio de la importancia que la comunidad otorgaba a los
ciudadanos que la representaban en el terreno deportivo, con los cuales se
identificaba con un fervor de sobra conocido en el deporte moderno.
Acostumbrados, en efecto, como estamos a contemplar a menudo el desbordante
delirio con que es recibido en su ciudad o país el equipo o el deportista
individual que alcanza un triunfo sobresaliente (la copa se pasea por toda la
ciudad, se ofrece a la Virgen Patrona y a los aficionados, hay una recepción
por las autoridades locales, los aficionados se bañan en una fuente, y otras
cosas de semejante guisa), no nos extrañará el espectacular recibimiento
que, según Diodoro de Sicilia (13.82.7) tuvo Exéneto de Acragante tras
vencer en la Olimpíada de 412 a.C. en la carrera del estadio: "Habiendo
vencido Exéneto de Acragante, lo condujeron a la ciudad sobre un carro, y lo
escoltaban, aparte de otras cosas, 300 bigas de caballos blancos, todas
pertenecientes a los propios acragantinos". Un recibimiento semejante
sólo un general victorioso podía soñar con tenerlo.
En relación también con las
pasiones que levantaban los espectáculos deportivos, tenemos ya
lamentablemente documentadas en la Antigüedad peleas entre seguidores de
equipos rivales que no tenían nada que envidiar a los enfrentamientos entre
los actuales hooligans (normalmente
en los juegos del circo y del anfiteatro, rara vez en los estadios). El
historiador Tácito (Anales 14.17)
nos cuenta que, a mediados del siglo I p.C., en el anfiteatro de Pompeya se
produjo una batalla campal entre los aficionados locales y sus rivales de la
ciudad de Nocera, con el resultado de que el anfiteatro de Pompeya fue
clausurado por diez años y los cabecillas de la trifulca castigados con el
destierro de por vida. Tácito deja caer que muchos hinchas se encontraban
bajo los efectos del alcohol, el cual por cierto quizá estuviera prohibido en
los estadios antiguos (cf. P. Aupert, Le
stade [Fouilles de Delphes II], París 1979, 26-17, 52-54). En todo caso,
enfrentamientos más o menos ásperos entre hinchas se documentan ya en la
primera descripción de una competición deportiva de la literatura
occidental, los Juegos Fúnebres que organiza Aquiles en memoria de su amigo
Patroclo en el canto 23 de la Ilíada.
Volviendo a los premios concedidos
a los atletas, las ciudades no solamente asignaban elevadas recompensas económicas
para los vencedores en los grandes juegos (como ya preveían las leyes de Solón
para los atletas atenienses, en el siglo VI a.C.), sino que además el erario
público costeaba a veces la erección de una estatua del atleta, el cual
disfrutaba también de otras ventajas, como la concesión de cargos públicos
y, sobre todo, de algunos privilegios que estaban reservados exclusivamente a
un reducidísimo número de personas, considerados benefactores de la
comunidad: la manutención gratuita de por vida en el Pritaneo a expensas de
la ciudad, la proedría o derecho a
ocupar de manera gratuita asiento de honor en los espectáculos públicos, y
también la atelía o exención de
impuestos, etc.
