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EL DEPORTE GRIEGO Y EL DEPORTE ACTUAL: 
INFLUENCIA, SEMEJANZAS Y DIFERENCIAS 3/

 Fernando García Romero
 Dto. de Filología Griega. 
Universidad Complutense de Madrid

ISBN- 84-9714-121-0

 

En definitiva, este cúmulo de privilegios económicos y honoríficos mal se avienen con la imagen tradicional del atleta griego como un aficionado que se limita a competir ars gratia artis, un tipo de atleta que fue sobre todo una idea fomentada desde el siglo pasado por quienes deseaban presentar un antecedente histórico y prestigioso para el tipo de deporte que intentaban implantar, a saber, el deporte elitista propugnado por los caballeros ingleses de la época victoriana, en cuyos clubs amateurs no tenían cabida los trabajadores, sino únicamente aquéllos que no necesitaban trabajar para ganarse el sustento y que, por tanto, disponían de todo el tiempo del mundo para practicar el deporte por el deporte, sin esperar remuneración económica alguna. "El amateurismo -recojo aquí palabras de Young- fue en realidad un sueño soñado por unos pocos privilegiados entre 1860-1870", un sueño que convirtió a los atletas griegos en caballeros sportmen de la Inglaterra victoriana, pero un sueño que ha afectado grandemente al movimiento olímpico moderno, que nació precisamente en este ambiente de los selectos clubs británicos y de aristócratas amantes del deporte como el barón Pierre de Coubertin, los cuales no tenían generalmente mucho interés en medir sus fuerzas con gentes de niveles sociales inferiores, que, decían, sólo compiten pensando en el vil metal (naturalmente porque no lo tenían). Concluye Young que el amauterismo es un concepto moderno, que nació en Inglaterra en la segunda mitad del siglo XIX como medio ideológico para justificar un sistema deportivo elitista, que trataba de eliminar de las competiciones a la clase trabajadora, quizá porque cuando un aristócrata es derrotado por un trabajador pierde algo más que una carrera o un trofeo, se tambalea un mundo de valores que se basa en la innata superioridad de las clases altas sobre las clases bajas en todos los aspectos. No es extraño, en consecuencia, que en los clubes deportivos británicos de la época tuviera prohibido el acceso “cualquiera que sea o haya sido mecánico, artesano o trabajador o se haya ocupado en trabajos domésticos”, o que el presidente del comité olímpico de los Estados Unidos, Caspar Withney (que a finales del XIX formaba parte de la dirección del COI junto con cinco condes, dos barones, un duque y el príncipe de Rumanía), llamara “sabandijas” y otras lindezas por el estilo a los atletas de las clases trabajadoras. E incluso la cabeza visible de los promotores del olimpismo moderno, el barón Pierre de Coubertin, no pudo escapar a estos prejuicios; a pesar de que su postura al respecto del tema que nos ocupa fue siempre muchísimo más moderada que la de la mayoría de sus colegas  y en ningún momento podemos dudar de las buenas intenciones (e incluso de los magníficos resultados) de su deseo de restaurar el movimiento olímpico para que sirviera de vínculo de paz entre los pueblos, de vez en cuando se le escapa a Coubertin alguna alusión que denuncia los prejuicios a los que hemos hecho alusión y el ambiente en el que nació el moderno movimiento olímpico. Por ejemplo, en su escrito “Por qué resucité los Juegos Olímpicos”, de 1908, dice Coubertin que el objetivo que se propuso al recrear los Juegos Olímpicos fue el de proporcionar “los medios para conseguir el perfeccionamiento de la fuerte y esperanzadora raza blanca, con el fin de contribuir al perfeccionamiento de toda la sociedad humana”. 

            Este ambiente en el que nace el movimiento olímpico moderno ha determinado en buena medida su historia posterior. La hipócrita distinción entre el atleta supuestamente amateur que puede participar en los Juegos Olímpicos y el profesional que tiene vedada su intervención en ellos se ha mantenido hasta hace bien poco (como sabrán los aficionados, los jugadores de la liga profesional norteamericana de baloncesto han sido admitidos por vez primera en unos Juegos Olímpicos en las Olimpíadas de Barcelona de 1992), y ha afectado incluso a algunos de los más grandes atletas contemporáneos, como el gran fondista finlandés Paavo Nurmi (nueve veces campeón olímpico entre 1920 y 1928) y sobre todo a quien muchos consideran aún uno de los mejores atletas del deporte moderno, el piel roja norteamericano James Thorpe, quien venció en el décatlon de los Juegos Olímpicos de Estocolmo de 1912, pero posteriormente fue desposeído de su título y su nombre borrado de la historia olímpica, podríamos decir, parodiando el título del célebre spaghetti-western, "por un puñado de dólares", ya que fue acusado de ser un deportista profesional, y por ello indigno de competir en unos Juegos Olímpicos, por haber cobrado la desorbitada cantidad de...cinco dólares a la semana como jugador de béisbol. La rehabilitación de su nombre le llegó tarde a Thorpe, en 1983, treinta años después de su muerte.

            En definitiva, el "amateurismo" que se atribuye tradicionalmente a los atletas griegos de los primeros tiempos es (quizá no totalmente, pero sí probablemente en buena medida) una excusa para justificar un ideal deportivo moderno dotándolo de un antepasado prestigioso. En este aspecto, como en tantos otros, no creemos que hubiera tanta diferencia cualitativa como se ha pretendido entre el deporte griego y el deporte actual (me refiero siempre por supuesto al deporte de competición) y en ambos casos los intereses económicos y sociopolíticos tienen gran peso. 

  Efectivamente, como consecuencia en cierto modo lógica de los intereses de todo tipo que fueron rodeando el mundo del deporte por su imparable popularidad, el afán por obtener victorias deportivas llegó a ser tan grande que se acudió ocasionalmente a toda clase de medios (no siempre legales) para lograr el triunfo con el fin de explotarlo posteriormente, a veces con objetivos totalmente ajenos al ámbito deportivo (y en este aspecto el deporte antiguo anticipa lamentablemente prácticas bien conocidas y bien actuales en el deporte moderno). El mejor ejemplo de explotación política de éxitos deportivos en la Grecia de época clásica lo proporciona probablemente Alcibíades. En un discurso que pone en su boca Tucídides (6.16 ss.), el primer mérito que este hombre sin escrúpulos y con un ansia inagotable de poder y protagonismo personal alega para convencer a los atenienses de la conveniencia de enviar (naturalmente bajo su mando) una expedición a Sicilia durante la Guerra del Peloponeso (estamos en 415 a.C.), es precisamente su espectacular triunfo en los Juegos Olímpicos. Alcibíades presentó nada menos que siete carros en la carrera de cuadrigas de los Juegos (un dispendio económico enorme, sobre todo en una época de terrible escasez en Atenas a causa de la guerra); los puestos primero, segundo y cuarto fueron para él, lo cual le hizo popularísimo en su ciudad y le fue concedido el mando de la expedición a Sicilia, cuyo desastre, por cierto, aceleraría la derrota definitiva de Atenas en la guerra. En fin, también en la Atenas clásica, al igual que hoy, era posible un uso aberrante del deporte para manipular a las masas, y en casos como el descrito es especialmente aberrante, porque al fin y al cabo Alcibíades sólo tuvo que poner el dinero para costear los carros y no su sudor y esfuerzo personal, ya que en los juegos antiguos era proclamado vencedor no el conductor del carro, sino su propietario (aún más lejos llegó Nerón, de quien cuenta Suetonio que fue coronado vencedor en la carrera olímpica de cuadrigas a pesar de que su carro derrapó y no llegó el primero a la meta; su nombre fue borrado posteriormente de la lista de vencedores olímpicos).

            Esta explotación de los éxitos deportivos con fines políticos no fue únicamente cosa de los ciudadanos particulares con ambiciones, sino que también recurrían a ella los propios estados, deseosos de hacerse propaganda por este medio, como ha sucedido y sigue sucediendo aún en el deporte moderno (recuérdese el caso de países como la antigua Alemania Oriental y su “deporte de estado” o los casos de “doping” que afectan, por ejemplo, a los atletas chinos). Conocemos incluso casos en los que la rivalidad entre ciudades condujera en algunos casos a la compra de victorias o al “fichaje” de atletas extranjeros “convenciéndolos” con sustanciosas recompensas, milenario antecedente de los recientes casos de “pasaportes falsos” y de esos misteriosos maletines que según parece van y vienen cuando se acerca el final de la liga futbolística. Nos cuenta, por ejemplo, Pausanias (6.13.1) que el gran velocista Ástilo de Crotona, doble vencedor en las pruebas de 200 y 400 metros de los Juegos Olímpicos de 488 y 484 a.C., en 480 a.C. corrió como representante de Siracusa, la ciudad más poderosa del sur de Italia (en esa Olimpíada, además de en las dos pruebas citadas, Astilo venció también en la carrera con armas). Pausanias dice que corrió como siracusano “para complacer a Hierón” (el hermano del tirano Gelón de Siracusa), una expresión de la que posiblemente debamos deducir que Hierón se hizo con los servicios de Ástilo atrayéndolo con suculentas recompensas. Los de Crotona, como es de suponer (y recuerden ustedes el reciente “caso Figo”), no vieron con muy buenos ojos la traición de Ástilo, de manera que convirtieron su casa en prisión (castigo reservado a los traidores) y derribaron la estatua que le había sido dedicada en el santuario de Hera.

            No obstante, y para compensar, tenemos también noticias de otros atletas que no se dejaron seducir por el vil metal. También nos cuenta Pausanias (6.2.6) que un sucesor de Hierón en el trono de Siracusa, Dionisio I, trató de sobornar al padre de Antípatro de Mileto, vencedor en Olimpia en el pugilato infantil en 388, para que éste se hiciera ciudadano de Siracusa y como tal se hiciera proclamar vencedor; Antípatro se negó a ello e hizo constar orgullosamente su origen milesio en la basa de la estatua que fue erigida en su honor.

            Conocemos también algún caso en que se recurrió al soborno de los rivales para obtener la victoria. El primer caso que podemos fechar con exactitud (y que Pausanias, 5.21.2-4, menciona como primer intento de soborno en Olimpia) es el del corredor tesalio Eupolo, que en 388 (unos Juegos muy movidos, a lo que parece) compró a sus adversarios, pero el engaño fue descubierto y tanto el sobornador como los sobornados hubieron de pagar fuertes multas, con las cuales se financiaron seis estatuas broncíneas de Zeus, que los locales llamaban en su dialecto “Zanes” y que fueron colocadas a la entrada del estadio, con inscripciones en las que constaba el nombre de los culpables, para su vergüenza eterna, y se advertía que la victoria en Olimpia no se conseguía con dinero, sino con la rapidez de los pies y la fuerza del cuerpo.

            Medio siglo más tarde, en 332, fue el pentatleta ateniense Calipo quien pagó a sus rivales para que se dejaran vencer, y esta vez el suceso tuvo mayor repercusión, por las vergonzosas presiones de Atenas para proteger a su representante. Calipo fue por supuesto rigurosamente multado, pero los atenienses enviaron al prestigioso orador Hiperides para que tratara de persuadir a los jueces de que le perdonaran el castigo. Éstos, naturalmente, se negaron, y entonces los atenienses, adoptando una actitud soberbia y prepotente, se negaron a pagar y boicotearon los juegos. Hubo de ser el dios de Delfos quien solucionase finalmente el conflicto, al declarar que no daría ningún oráculo a Atenas hasta que la multa fuera satisfecha. Los atenienses cedieron ante tal amenaza y con el importe de la multa se erigieron otros seis Zanes con inscripciones en las que se recordaba el suceso y se hacían advertencias semejantes a las anteriormente aludidas.

            Es, pues, indudable, que en algunos casos se acudió a toda clase de medios, desde el ofrecimiento de dinero hasta la presión política, para conseguir la victoria deportiva y explotarla posteriormente. No obstante, no tenemos ni muchísimo menos razones para suponer que fuera éste un comportamiento generalizado, y nos reconcilian con la nobleza de los ideales atléticos comportamientos como el ya comentado del niño púgil Antípatro de Mileto o el de un espartano que, según Plutarco (Licurgo 22.8) rechazó un intento de soborno al más puro estilo espartano: “El rey [de Esparta] avanzaba contra los enemigos llevando junto a él a los que habían vencido en alguno de los grandes juegos. Y cuentan que un espartano al que le fue ofrecida una buena suma de dinero en Olimpia [por dejarse ganar], no la aceptó, sino que, tras haber vencido a su adversario con gran esfuerzo, cuando alguien le dijo: ‘espartano, ¿qué más has obtenido con tu victoria?’, respondió sonriendo: ‘lucharé contra los enemigos formando delante del rey’”. Cuando no eran los propios atletas los que rechazaban comportamientos deshonestos, en lugares emblemáticos como Olimpia los jueces de las competiciones parece que tuvieron bien cuidado en cortar enérgicamente los casos de corrupción (y probablemente también el significado religioso que se atribuía a un triunfo olímpico hacía que la violación de las reglas del juego fuera sentida no únicamente como una falta deportiva, sino incluso como una falta religiosa)

            Todos los aspectos, tanto los positivos como los negativos, que hasta aquí hemos comentado en el deporte griego antiguo, los encontramos reflejados en los textos literarios, que nos ofrecen grandes alabanzas del deporte y de los atletas y también fuertes críticas. Es la Ilíada, el poema con el que comienza la literatura europea, la obra con la que empieza también la historia de nuestra literatura deportiva, en el siglo VIII a.C., el mismo siglo en el que se sitúa la fundación de los Juegos Olímpicos, que se celebraron por vez primera, según la tradición, en el año 776. De entre las numerosas referencias al mundo del deporte que hallamos en los poemas homéricos (tanto en Ilíada como en Odisea), destacan sobre todo dos largas descripciones. En el canto 23 de la Ilíada el poeta dedica nada menos que 640 versos a relatar los juegos funerarios que el héroe griego Aquiles organiza para honrar la memoria de su amigo Patroclo, muerto a manos del troyano Héctor. La competición más destacada y popular de esos juegos es la carrera de carros, cuyo relato se prolonga por espacio de casi 400 versos y aún hoy emociona por su viveza y sorprende por la extraordinaria minuciosidad en la descripción de los pormenores técnicos, de manera que permite al oyente o lector participar casi activamente del esfuerzo y del ansia de victoria de los competidores, y participar igualmente de la emoción con la que viven la prueba unos espectadores que no pierden detalle y a los que el entusiasmo lleva incluso, como antes se comentó, a enfrentarse verbal y casi físicamente en defensa de sus favoritos (e incluso a cruzar apuestas sobre quién va a ser el vencedor)

            Otras pruebas componen el programa atlético de esta primera crónica deportiva de nuestra tradición literaria: el boxeo, la lucha, la carrera pedestre, el lanzamiento de peso y de jabalina y el tiro con arco. Las descripciones de cada disciplina son ya mucho más breves, pero no carecen tampoco de la vivacidad y emotividad que caracteriza los relatos deportivos homéricos, hace casi tres milenios.

Como se ha indicado, se trata de juegos deportivos organizados para honrar la memoria de un difunto, de manera que ya en nuestro primer documento literario del deporte griego encontramos reflejada la estrecha vinculación entre deporte y religión antes comentada. No obstante, también los poemas homéricos documentan ya la que podríamos denominar “vertiente laica” del deporte griego, es decir, la práctica del deporte como diversión y por el mero placer de competir y también de mostrar cada uno su propia capacidad física. Así ocurre en el canto 8 de la Odisea, cuando Ulises se encuentra en el feliz país de los feacios y queda afligido al escuchar al cantor Demódoco relatar los sucesos de Troya, en los que él ha participado; entonces Alcínoo, el rey de los feacios, propone celebrar unas competiciones atléticas (juegos de pelota, carrera pedestre, lanzamiento de disco, salto de longitud) para consolar a su huésped, unas competiciones en las que también el público participa con entusiasmo. Dice así Alcínoo (vv.97 ss.): “Escuchadme, caudillos y príncipes de los feacios. Ya tenemos saciado nuestro ánimo en el banquete común y la forminge, que es compañera del festín espléndido; ahora salgamos y probemos juegos de toda clase, para que el huésped cuente a sus amigos, tras regresar a casa, cuánto superamos a los demás en el pugilato, en la lucha, en el salto y en la carrera”.