| La
caracterización de la filosofía se topa, antes que nada,
con la grave dificultad que supone el tener que reconocer la existencia
de una pluralidad inconciliable de filosofías. En concreto, la dificultad
estriba en que la existencia de filosofías pone en cuestión
la existencia de la filosofía. Es decir, el núcleo de lo
problemático de esta situación está en que, como resultan
tan distintas entre sí, las filosofías no parecen casos o
ejemplos de algo más o menos común (en lo cual consistiría
la filosofía), sino que más bien representan como parientes
de un difunto disputando el monopolio de su herencia.
En efecto, la suma
de los rasgos de las diferentes filosofías da por resultado un cuadro
paradójico. Si todo fuera verdad, la filosofía tendría,
sin duda, cualidades contrapuestas. "Por un lado -dice Ferrater-, la filosofía
manifiesta un interés universal. Por el otro, revela escasa atención
por la diversidad de los hechos. Por un lado, subraya la superioridad de
la razón. Por el otro, se inclina a una intuición del ser
de índole a veces más mística que discursiva. Por
un lado, destaca la importancia de la teoría. Por el otro, señala
el carácter fundamental de la virtud y de la conducta. Por un lado,
es altamente especulativa. Por el otro, decididamente crítica. Por
un lado, no quiere dar nada por supuesto. Por el otro, está sumergida
en toda clase de suposiciones. Por un lado, quiere identificarse con el
puro saber y con lo que luego se llamará la ciencia. Por el otro,
destaca el afán de salvación. Por un lado, se presenta como
una serie de proposiciones. Por el otro, como una actitud humana" (1).
La experiencia de
esta situación ha sido uno de los argumentos más utilizados
por el escepticismo y por los negadores de la filosofía. Pues, en
efecto, si las cosas son así, ¿para qué intentar poner
orden, si la de los filósofos es una familia llena de enfrentamientos
mutuos?
¿Cómo
se podría salir de este atolladero? Del atolladero se puede salir
sólo si se renuncia a la pretensión de encontrar una solución
que deje satisfechas a todas las filosofías en el sentido de admitirlas
a todas por igual. Sólo se puede entrar en el mundo de las filosofías
cuando se decide participar en los problemas y, abandonando un irenismo
a ultranza, se opta por dar la razón a algunas filosofías
(o a alguna parte de algunas de ellas) y negársela a otras.
Lo cual, en fin,
es tanto como resistirse a los ¿seductores encantos? del escepticismo
(y de su versión diluída que es el relativismo). Porque,
al fin y al cabo, la auténtica posibilidad de dar con una idea de
la filosofía es solidaria, inevitablemente, de la convicción
de que hay verdad y falsedad, más aún, de que hay verdad
y falsedad en filosofía. No se puede contentar a todos. Porque,
como dice uno de los primeros filósofos cristianos, San Justino,
"los que son de verdad piadosos y filósofos, manda la razón
que, desechando las opiniones de los antiguos, si no son buenas, sólo
estimen y amen la verdad: porque no sólo veda el discreto razonamiento
seguir a quienes han obrado o enseñado algo injustamente, sino que
el amador de la verdad, por todos los modos, con preferencia a su propia
vida, así se le amenace con la muerte, debe estar siempre decidido
a decir y practicar la justicia" (2).
I. APROXIMACIONES
A UNA DEFINICIÓN.
"La
filosofía -dice Kant- es el sistema de todo conocimiento filosófico.
Hay que tomarla objetivamente si por ella se entiende el modelo que nos
sirva para valorar todos los intentos de filosofar y toda filosofía
subjetiva, cuyo edificio puede ser tan diverso y cambiante. De esta forma,
la filosofía es la mera idea de una ciencia posible que no está
dada en concreto en ningún lugar, pero a la que se trata de aproximarse
por diversos caminos hasta descubrir el sendero único, recubierto
en gran parte a causa de la sensibilidad, y hasta que consigamos, en la
medida de lo concedido a los hombres, que la copia hasta ahora defectuosa
sea igual al modelo. Mientras esta meta no haya sido alcanzada, no es posible
aprender filosofía, pues ¿dónde está, quién
la posee y en qué podemos reconocerla? Sólo se puede aprender
a filosofar, es decir, a ejercitar el talento de la razón siguiendo
sus principios generales en ciertos ensayos existentes, pero siempre salvando
el derecho de la razón a examinar esos princios en sus propias fuentes
y a refrendarlos o rechazarlos" (3).
Ha tenido cierto éxito
entre los manualistas actuales una contraposición entre filosofía
y filosofar que se suele remitir a Kant como a la más relevante
autoridad que la pueda haber planteado y defendido. Pero hay que tomar
algunas importantes precauciones ante esta pareja de palabras.
En aquellas ocasiones
en las que se contrapone el significado de ambas palabras, el filosofar
excluye a la filosofía y la filosofía excluye el filosofar.
Para que ello sea así, la filosofía es concebida como cuerpo
acabado de conocimientos y el filosofar es entendido como la investigación
filosófica, la filosofía in fieri. Además,
la mera filosofía sería algo recluído en los círculos
académicos y el auténtico filosofar se identificaría
más bien con una actitud vital, como un modo de vivir. Mientras
que lo uno sería frío, muerto, repetitivo e inútil,
lo otro sería cálido, vivo, espontáneo, profundo e
íntimo...
Naturalmente, no
es ese el sentido de las palabras de Kant recién citadas. Kant no
menosprecia una filosofía como "sistema de todo conocimiento filosófico",
por mucho que declare que "no está dada en concreto en ningún
lugar". Su falta de realidad actual no niega que sea "meta" del saber.
Por el contrario, es la filosofía efectivamente existente, esa que
no es plena ni completa, la que se reduce, para Kant, a un mero filosofar.
Aprender filosofía sería aprender aquella filosofía
plena; filosofar es mantenerse en el orden de las filosofías limitadas
existentes. Este filosofar es correlativo, para Kant, del "concepto escolar"
de la filosofía(4) ; pero sólo
es verdaderamente filosofía en su "concepto universal" (5).
Por el contrario,
quienes contraponen filosofía y filosofar no ponen en suspenso la
filosofía como meta del filosofar, sino que, por el contrario, ponen
el filosofar como verdadera realización y superación de la
filosofía. En el fondo de esa pretensión hay, inequívocamente,
una huída respecto de la verdad filosófica, un escepticismo.
Se trata, por lo tanto, de una pretensión disparatada y patológica.
En realidad y rigor,
la filosofía es inseparable del filosofar, en el preciso sentido
de que el contenido del filosofar es la filosofía. Curiosamente
no existe para las matemáticas, por ejemplo, el verbo derivado correspondiente,
como lo podría ser "matematizar". Ni existe "biologizar" para la
biología. Sí que existe "filosofar", pero es una palabra
engañosa. Puede entenderse por "filosofar" dos cosas: el investigar
en filosofía o el saber filosofía. Pero el investigar no
es esencial para el saber, por la misma razón que el teorema de
Pitágoras, por ejemplo, no es más verdadero, ni menos, por
el hecho de que el matemático lo alcance como término de
una investigación o, sencillamente, lo encuentre demostrado en un
libro. El investigar no es esencial para el saber, porque lo realmente
esencial de cada saber no es sino que sea verdadero, ni el que lo sea depende
de ninguna manera del método que se haya empleado para alcanzar
la demostración. Lo realmente decisivo es "saber", y por saber hay
que entender tener conocimiento demostrativo de las verdades de cada ciencia.
Por ello se puede decir que "hacer matemáticas" consiste esencialmente
en saberlas, "hacer química" es saber química y, en definitiva,
"hacer filosofía", o filosofar, no es más que conocer propiamente
las afirmaciones y negaciones que componen la filosofía. Del mismo
modo que un matrimonio no consiste en la búsqueda de una esposa
o de un esposo, sino en vivir con el esposo o con la esposa ya encontrados,
filosofar no es más, en su auténtico ser, que haber encontrado
la filosofía y vivir en ella. El filosofar como investigación
no es más que prólogo o preliminar (6).
Por ello ha de rechazarse
de plano el sentimiento que embarga a Lessing cuando declara: "Si Dios
tuviese encerrada toda la verdad en su mano derecha y en su mano izquierda
el único impulso que mueve siempre hacia la verdad, aunque con la
añadidura de equivocarme en todas las ocasiones y eternamente, y
me dijera: ¡elige!, yo caería humildemente sobre su mano izquierda
y le diría: ¡Padre, dámelo! ¡La pura verdad es
únicamente para ti!" (7).
A. La palabra
«filosofía».
Una manera de acercarse
a las cosas es considerar las palabras que las nombran, porque las palabras
son caminos hacia las cosas. Por eso no es un mero adorno erudito, ni es
pedantería, comenzar el estudio de las cosas por el estudio de las
palabras que se emplean para significarlas. Esto es lo que se intenta en
las "definiciones nominales". Por otro lado, los nombres pueden ser definidos,
principalmente, de dos modos, a saber, mediante palabras que significan
lo mismo pero que son más claras (definiciones sinonímicas),
o mediante la explicación de su origen (definiciones etimológicas).
Veamos todo esto
en lo relativo a la palabra "filosofía". Por lo que respecta a esta
palabra, no es posible encontrar sinónimos adecuados y propios,
sino sólo vocablos que expresan ideas más o menos próximas
a ella. Pero la etimología sí que resulta particularmente
interesante e ilustrativa.
En general, el origen
de la voz castellana "filosofía" está en la voz latina philosophia,
eco, a su vez, de la voz griega de análogo sonido (filosofía).
El término griego "es un nombre abstracto, en cuya composición
interviene, junto a un término de una raíz que significa,
en sentido amplio, «amar», un ilustre vocablo -el de sofía-,
cuyo equivalente latino es el término sapientia, que traducimos
por «sabiduría». Filosofía es así, etimológicamente,
el amor o tendencia a la sabiduría" (8).
Ahora bien, según
algunos, la palabra filosofía
es más imprecisa que las palabras sofía
(sabiduría) y sofoç
(sabio). Aquélla "sólo expresa curiosidad, afición
o deseo de saber (filoç-sofía),
sin referirse a ningún objeto determinado" (9).
Pero, según señala Millán?Puelles, "la voz griega
sofía,
que en latín se traduce por sapientia, tiene dos acepciones,
una vulgar y otra culta. En su acepción vulgar, significa, en cada
contexto, un determinado saber, incluso el de un artesano que destaca en
su oficio. Así habla Homero (Ilíada, 15, 412) del
carpintero sabio, y Hesíodo (Op. et dies, 651) del navegante bien
experto en su técnica. Por el contrario, usada en su acepción
culta, la palabra sofía significa principalmente el saber
por antonomasia o excelencia: la perfecta o cabal sabiduría, no
lo que llamamos actualmente un saber especializado, es decir, restringido
a un ámbito parcial del conocer. [...] Así, pues, dado que
la voz «filosofía» es un término culto, su componente
o integrante sapiencial -el designado con el término sofía-
debe tomarse precisamente en el sentido del saber perfecto o absoluto,
si bien, en tanto que unido al vocablo filía,
es preciso considerarlo como objeto de búsqueda, más que
de posesión" (10).
1.
J. Ferrater, Diccionario de filosofía, 2 vols., Sudamericana,
Buenos Aires, 5ª ed., 1975, art. "Filosofía", t. I, p. 652.
2.
S. Justino, Apología I, 2, en D. RUIZ BUENO, Padres apologetas griegos
(s. II), B.A.C., Madrid, 2ª ed., 1979, p. 182.
3.
I. Kant, Crítica de la razón pura, A 838, B 866, trad. P.
Ribas, Alfaguara, Madrid, 6ª ed., 1988, pp. 650-651.
4.
"Mientras tanto, el concepto de filosofía sólo constituye
un concepto de escuela, a saber, el de un sistema de conocimientos que
sólo se buscan como ciencia...", ibidem.
5.
"Pero hay también un concepto universal (conceptus cosmicus) de
la filosofía, que siempre ha servido de fundamento a esta denominación,
especialmente cuando se lo personificó, por así decirlo,
y se lo representó como arquetipo en el ideal del filósofo",
ibidem. Traducción retocada.
6.
Otro aspecto de esta cuestión lo constituye el problema de si
el conocimiento filosófico es accesible a cualquier hombre en cualquier
circunstancia. En términos generales puede señalarse que
la filosofía puede ser sabida de una manera perfecta o de una manera
imprefecta. Perfectamente sabe filosofía, no quien la sabe "toda",
sino quien, lo que sabe, lo sabe por sus razones propias y estrictas. Sabe
filosofía imperfectamente quien la conoce, pero no según
los argumentos esenciales, sino, por ejemplo, con argumentos probables
o divulgativos.
7.
G. E. Lessing, Eine Duplik, en G. E. Lessing Sämtliche Schriften,
herausg. K. Lachmann, Dreizehnter B., Göschen'sche Verlagshandlung,
Leipzig, 1897, p. 22. Texto y traducción de A. Millán-Puelles
en El valor de la verdad, Rialp, Madrid, p. 132.
8.
A. Millán-Puelles, Fundamentos de filosofía, Rialp, Madrid,
8ª ed., 1972, pp. 14-15.
9.
G. Fraile, Historia de la Filosofía, B.A.C., Madrid. Tomo I: Grecia
y Roma, 5ª ed. corregida y actualizada por T. Urdanoz, 1982, p. 2.
10.
A. Millán-Puelles, Léxico filosófico, Rialp, Madrid,
1984, art. "Filosofía", pp. 312-313.
 
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