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INTRODUCCIÓN A LA FILOSOFÍA 2/5
ISBN-84-9714-117-2
por José J. Escandell
 

Pero, ¿cuándo nació esta palabra? De acuerdo con la autoridad de H. Diels, el autor más antiguo que lo empleó fue Heráclito. Hay un texto de Clemente de Alejandría que atribuye a Heráclito la siguiente frase: "Es necesario que los varones amantes de la sabiduría se informen de muchas cosas" (11). Ahora bien, es posible que el término perteneciera a Clemente y no a Heráclito, y por eso hay quienes consideran apócrifa la atribución a Heráclito.

Hay mayor unanimidad en atribuir a Pitágoras la invención de la palabra "filosofía" con el sentido restringido o culto al que antes se ha aludido. Esta atribución está documentada en sus inicios por Diógenes Laercio, y por Cicerón y Jámblico (los cuales se remiten a Heráclides Póntico). A pesar de todo, quizá los detalles de la historia sean inexactos, si bien parece concluyente que "filosofía" era palabra de uso habitual entre los pitagóricos (12).

Según esta tradición, en la antigüedad "eran llamados «sabios» cuantos se dedicaban al conocimiento de las cosas divinas y humanas y de los orígenes y causas de todos los hechos; pero Pitágoras, habiendo sido interrogado acerca de su oficio, respondió que no sabía ningún arte, sino que era, simplemente, filósofo; y comparando la vida humana a las fiestas olímpicas, a las que unos concurrían por el negocio, otros para participar en los juegos, y los menos, en fin, por el puro placer de ver el espectáculo, venía a concluir que sólo éstos eran los filósofos" (13). La versión ciceroniana de esta historia resulta particularmente clara:

"Con éstos <es decir, con los siete sabios> comenzaron a dedicarse con empeño a la contemplación de las cosas todos los que sostenían ser sabios y eran llamados sabios, y este nombre se extendió hasta la época de Pitágoras, quien, según escribió el discípulo de Platón e ilustre varón de primer rango, Heráclides de Ponto, fue llamado a Fliunte para discutir con León [Leontes] ?gobernante de Fliunte? algunos temas de alto nivel e importancia. Tras quedar admirado León del talento y elocuencia de Pitágoras, le preguntó en qué arte confiaba más, a lo que éste replicó que no conocía arte alguno, sino que era filósofo. Asombrado León por la novedad de la denominación, le preguntó quiénes eran filósofos y en qué se diferenciaban de los demás. Pitágoras le respondió que la vida de los hombres se parece a un festival celebrado con los mejores juegos de toda Grecia, para el cual algunos ejercitaban sus cuerpos para aspirar a la gloria y a la distinción de una corona, y otros eran atraídos por el provecho y lucro en comprar o vender, mientras otros, que eran de una cierta estirpe y del mejor talento, no buscaban el aplauso ni el lucro, sino que acudían para ver y observar cuidadosamente qué se hacía y de qué modo. Así también nosotros, como si hubiéramos llegado a un festival célebre desde otra ciudad, venimos a esta vida desde otra vida y naturaleza; algunos para servir a la gloria, otros a las riquezas; pocos son los que, teniendo a las demás cosas en nada, examinan cuidadosamente la naturaleza de las cosas. Y éstos se llamaron amantes de la sabiduría, o sea filósofos, y así como los más nobles van <a los juegos> a mirar sin adquirir nada para sí, así en la vida la contemplación y conocimiento de las cosas con empeño sobrepasa en mucho a todo lo demás. En realidad, Pitágoras no fue el mero inventor del nombre, sino el que amplió <el campo> de las cosas mismas"(14).
Sea, pues, lo que fuere del rigor histórico de este relato, la anécdota vale "como emblema del noble y desinteresado afán que conduce a la búsqueda del saber y que se ha conservado, durante milenios, como uno de los rasgos esenciales de la actitud filosófica" (15).

El resultado de la investigación etimológica no es suficiente para perfilar la índole propia de la filosofía, pero tampoco es por completo inútil. Lo logrado puede esquematizarse seguramente con una expresión empleada por Aristóteles: sabiduría humana (16).

B. Una idea suficientemente amplia.

De  nuevo, cuando se intenta apresar en una frase la naturaleza de la filosofía, se presenta la dificultad que supone la existencia de una pluralidad de filosofías. ¿Es posible aferrar algo común a todas ellas? J. Ferrater declara que "paradójicamente, la unidad de la filosofía -siempre que no interpretemos esta expresión en un sentido demasiado rígido o con excesivas resonancias hegelianas- se manifiesta a través de su diversidad" (17).

Impresionado por esta pluralidad, M. Maceiras sostiene que la filosofía no puede "ser conceptualizada de manera homogénea, con una definición única y definitiva" (18). Aunque un poco más adelante se atreve, por fin, a ofrecer "un concepto que nos parece recoger las preocupaciones de todas las filosofías" (19). Lo que sin duda desea el Prof. Maceiras al rechazar una definición "única y definitiva" de la filosofía es evitar que ésta quede cerrada o limitada, bien en sus temas, bien en sus escuelas. Pero ello ha de entenderse, según el propio Maceiras, de modo que resulte compatible con el reconocimiento de un contorno o puntos de referencia, tales que si no se respetan se sale del ámbito de la filosofía. El problema, pues, es encontrar una fórmula que delinee contornos sin cerrar horizontes. Con ese intento, Maceiras propone la siguiente:

"Filosofía es la reflexión del hombre en cuanto persona, encaminada a conocer y delimitar la realidad y el sentido de los objetos de su experiencia, con el fin de dar coherencia intelectual a sus vivencias y afirmarse como un ser subjetivamente libre y responsable de sí” (20).

Esta definición caracteriza al saber filosófico a partir del sujeto que lo busca o lo posee. Es para Maceiras el hombre el punto de referencia, de partida y de llegada, del filosofar. Ahora bien, en el mejor de los casos esta expresión puede quedarse corta, por cuanto el término del filosofar no es dar coherencia intelectual a las vivencias del hombre ni la afirmación de sí como libre y responsable. Por un lado, la meta de la filosofía no es la coherencia, sino la verdad. Por otro, no es la filosofía propiamente creadora de conciencia de la propia libertad y de la propia responsabilidad, sino que más bien la suponen. La filosofía trasciende el terreno en que la sitúa el Prof. Maceiras, en una fórmula que, por lo demás, presenta evidentes aspectos positivos.

Más ajustada puede ser otra. "La divulgada definición según la cual la filosofía es la ciencia de todas las cosas por sus causas últimas, adquirida mediante la luz natural de la razón humana, expresa con la suficiente exactitud el «proyecto esencial» del saber filosófico" (21). Esto es lo que la filosofía, en toda su amplitud y en cualquier de sus formas auténticas quiere ser. Y esto, aunque no esté logrado todavía, ni pueda satisfacerse por completo, es suficiente, como le es a una imagen suficiente su referencia a su modelo.

Procuraremos a continuación desentrañar algunas consecuencias de esta idea.

II. RASGOS DE LA FILOSOFÍA.

A. Sabiduría humana.
La expresión "sabiduría humana" se corresponde perfectamente con lo que la filosofía pretende ser. Ni sabiduría ni ignorancia, sino esa sabiduría imperfecta, mas no despreciable, que es asequible al entendimiento humano, que es finito. Lo expresa Platón con su maestría poética en un famoso lugar del diálogo Banquete. La sacerdotisa Diotima, tras explicar el origen y nacimiento de Eros (el amor), hijo de Poros (la abundancia) y de Penía (la escasez), dice a Sócrates:
"-... Pues la cosa es como sigue: ninguno de los dioses ama la sabiduría ni desea ser sabio, porque ya lo es, como tampoco ama la sabiduría cualquier otro que sea sabio. Por otro lado, los ignorantes ni aman la sabiduría ni desean hacerse sabios, pues en esto precisamente es la ignorancia una cosa molesta: en que quien no es ni bello, ni bueno, ni inteligente se crea a sí mismo que lo es suficientemente. Así, pues, el que no cree estar necesitado no desea tampoco lo que no cree necesitar"(22).

Sócrates pregunta entonces por quiénes son los amantes de la sabiduría, y Diotima contesta:

"-Hasta para un niño es ya evidente –dijo- que son los que están en medio de estos dos [es decir, los sabios y los ignorantes], entre los cuales estará también Eros. La sabiduría, en efecto, es una de las cosas más bellas y Eros es amor de lo bello, de modo que Eros es necesariamente amante de la sabiduría, y por ser amante de la sabiduría está, por tanto, en medio del sabio y del ignorante. Y la causa de esto es también su nacimiento, ya que es hijo de un padre sabio y rico en recursos y de una madre no sabia e indigente. Ésta es, pues, querido Sócrates, la naturaleza de este demon"(23).
Ahora bien, en cuanto que forma humana de la sabiduría plena o perfecta, la filosofía no es ningún saber particular o uno cualquiera o el conjunto de todos los saberes que el hombre puede elaborar. La filosofía, "aun sin poder consistir en la sabiduría perfecta o absoluta, es, sin embargo, una participación, como un reflejo, de ese supremo saber" (24).

Y por eso los rasgos distintivos del saber filosófico respecto de los demás saberes están, en esencia, en la totalidad y la radicalidad. La filosofía, como hemos dicho, es un saber acerca de todas las cosas; ninguna queda al margen. Y es, además, un saber de las causas o principios últimos, más profundos, de todas esas cosas; es decir, consiste en la búsqueda de las razones radicales de la totalidad de las cosas.

Así las cosas, al filósofo, o amante de la sabiduría, se le ofrecen enseguida dos peligros o tentaciones. Una es la enfermedad filosófica por defecto, que consiste en una falta de amor, es decir, en declararse indiferente hacia la sabiduría. El hombre aquejado de esta enfermedad renuncia al saber filosófico no por falta de luces sino por falta de interés. Una de las modalidades de esta situación, no infrecuente en nuestro mundo, es la que se encuentra en hombres tan entregados a sus actividades de trabajo o de poder que desprecian cuanto es ajeno a los afanes por lo inmediato en este mundo.

La otra enfermedad se puede dar por exceso. Y una de las formas de ella puede ser el escepticismo, aunque parezca sorprendente. Como dice R. Verneaux, "el escepticismo es una de las tentativas del espíritu humano para alcanzar lo absoluto"(25). En efecto, para algunos espíritus la negación de la posibilidad de toda verdad, que es en lo que consiste el escepticismo, viene a ser una reacción resultante de vivir con dolor la imposibilidad de alcanzar el saber "de los dioses". El escéptico que de aquí deriva es como la zorra de la fábula, que decide juzgar verdes las uvas de la parra sólo porque no las alcanza con sus saltos. Niega toda verdad porque no puede conseguir toda la verdad.

En toda su amplitud, la filosofía es negada como aspiración cuando se da por alcanzada la sabiduría o por absolutamente inalcanzable. De esta segunda clase es la reacción escéptica de la que acabo de tratar. De la primera puede ser, sin duda, la forma de la filosofía que pretende Hegel, a saber, un sistema total que se confunde con la consumación y fin de la historia. En un sentido más amplio, se pueden encuadrar en esta línea los pensadores que tienen por completa y exhaustiva sus construcción mental.


11. Clemente de Alejandría, Strommata V, 14, cit. en Presocráticos, Los filósofos presocráticos, 3 vols., Gredos, Madrid,  I, fr. 831. Cit. por Diels, Die Fragm. der Vorsokr. 22 b 35.
12. Vid. A. Millán-Puelles, Fundamentos..., ed. cit., pp. 15-16, nota 6; G. Fraile, Historia de la filosofia, ed. cit., I, p. 3.
13. A. Millán-Puelles, Fundamentos..., ed. cit., p. 15.
14. Cicerón, Tusc. V, 3, 8-10, cit. en Presocráticos, Los filósofos presocráticos, ed. cit., I, fr. 261. Vid. también fr. 262-264.
15. A. Millán-Puelles, Fundamentos..., ed. cit., p. 16.
16. Aristóteles, Meteor., II, 1, 3; ver S. Tomás, In II Meteor. lect. 1, n. 4 y De Pot. q. 1, a. 4. Para todo esto, cfr. A. Millán-Puelles, Léxico..., ed. cit., p. 314.
17. J. Ferrater Mora, Diccionario..., ed. cit., art. "Filosofía", t. I, p. 652.
18. M. Maceiras Fafián, ¿Qué es filosofía? El hombre y su mundo, Cincel, Madrid, 1ª ed., 1985, p. 48.
19. Op. cit., p. 49.
20. Ibidem.
21. A. Millán?Puelles, Léxico..., ed. cit., p. 316.
22. Platón, Banquete, 203 e 5-204 a 8, citado por Platón, Diálogos. III. Fedón, Banquete, Fedro, trad., intr. y notas C. García Gual, M. Martínez Hernández y E. Lledó Íñigo, Gredos, Madrid, 1986.
23. Platón, Banquete, 204 b 1-10. Demon es un ser intermedio entre los dioses y los hombres.
24. A. Millán-Puelles, Léxico..., ed. cit., p. 315.
25. VERNEAUX, R., Epistemología general o crítica del conocimiento, Herder, Barcelona, 1ª ed., 10ª reimpr., 1999, p. 42.