| Pero,
¿cuándo nació esta palabra? De acuerdo con la autoridad
de H. Diels, el autor más antiguo que lo empleó fue Heráclito.
Hay un texto de Clemente de Alejandría que atribuye a Heráclito
la siguiente frase: "Es necesario que los varones amantes de la sabiduría
se informen de muchas cosas" (11). Ahora bien,
es posible que el término perteneciera a Clemente y no a Heráclito,
y por eso hay quienes consideran apócrifa la atribución a
Heráclito.
Hay mayor unanimidad
en atribuir a Pitágoras la invención de la palabra "filosofía"
con el sentido restringido o culto al que antes se ha aludido. Esta atribución
está documentada en sus inicios por Diógenes Laercio, y por
Cicerón y Jámblico (los cuales se remiten a Heráclides
Póntico). A pesar de todo, quizá los detalles de la historia
sean inexactos, si bien parece concluyente que "filosofía" era palabra
de uso habitual entre los pitagóricos (12).
Según esta
tradición, en la antigüedad "eran llamados «sabios»
cuantos se dedicaban al conocimiento de las cosas divinas y humanas y de
los orígenes y causas de todos los hechos; pero Pitágoras,
habiendo sido interrogado acerca de su oficio, respondió que no
sabía ningún arte, sino que era, simplemente, filósofo;
y comparando la vida humana a las fiestas olímpicas, a las que unos
concurrían por el negocio, otros para participar en los juegos,
y los menos, en fin, por el puro placer de ver el espectáculo, venía
a concluir que sólo éstos eran los filósofos" (13).
La versión ciceroniana de esta historia resulta particularmente
clara:
"Con
éstos <es decir, con los siete sabios> comenzaron a dedicarse
con empeño a la contemplación de las cosas todos los que
sostenían ser sabios y eran llamados sabios, y este nombre se extendió
hasta la época de Pitágoras, quien, según escribió
el discípulo de Platón e ilustre varón de primer rango,
Heráclides de Ponto, fue llamado a Fliunte para discutir con León
[Leontes] ?gobernante de Fliunte? algunos temas de alto nivel e importancia.
Tras quedar admirado León del talento y elocuencia de Pitágoras,
le preguntó en qué arte confiaba más, a lo que éste
replicó que no conocía arte alguno, sino que era filósofo.
Asombrado León por la novedad de la denominación, le preguntó
quiénes eran filósofos y en qué se diferenciaban de
los demás. Pitágoras le respondió que la vida de los
hombres se parece a un festival celebrado con los mejores juegos de toda
Grecia, para el cual algunos ejercitaban sus cuerpos para aspirar a la
gloria y a la distinción de una corona, y otros eran atraídos
por el provecho y lucro en comprar o vender, mientras otros, que eran de
una cierta estirpe y del mejor talento, no buscaban el aplauso ni el lucro,
sino que acudían para ver y observar cuidadosamente qué se
hacía y de qué modo. Así también nosotros,
como si hubiéramos llegado a un festival célebre desde otra
ciudad, venimos a esta vida desde otra vida y naturaleza; algunos para
servir a la gloria, otros a las riquezas; pocos son los que, teniendo a
las demás cosas en nada, examinan cuidadosamente la naturaleza de
las cosas. Y éstos se llamaron amantes de la sabiduría, o
sea filósofos, y así como los más nobles van <a
los juegos> a mirar sin adquirir nada para sí, así en la
vida la contemplación y conocimiento de las cosas con empeño
sobrepasa en mucho a todo lo demás. En realidad, Pitágoras
no fue el mero inventor del nombre, sino el que amplió <el campo>
de las cosas mismas"(14).
Sea, pues, lo que fuere
del rigor histórico de este relato, la anécdota vale "como
emblema del noble y desinteresado afán que conduce a la búsqueda
del saber y que se ha conservado, durante milenios, como uno de los rasgos
esenciales de la actitud filosófica" (15).
El resultado de
la investigación etimológica no es suficiente para perfilar
la índole propia de la filosofía, pero tampoco es por completo
inútil. Lo logrado puede esquematizarse seguramente con una expresión
empleada por Aristóteles: sabiduría humana (16).
B. Una idea
suficientemente amplia.
De nuevo,
cuando se intenta apresar en una frase la naturaleza de la filosofía,
se presenta la dificultad que supone la existencia de una pluralidad de
filosofías. ¿Es posible aferrar algo común a todas
ellas? J. Ferrater declara que "paradójicamente, la unidad de la
filosofía -siempre que no interpretemos esta expresión en
un sentido demasiado rígido o con excesivas resonancias hegelianas-
se manifiesta a través de su diversidad" (17).
Impresionado por
esta pluralidad, M. Maceiras sostiene que la filosofía no puede
"ser conceptualizada de manera homogénea, con una definición
única y definitiva" (18). Aunque un
poco más adelante se atreve, por fin, a ofrecer "un concepto que
nos parece recoger las preocupaciones de todas las filosofías" (19).
Lo que sin duda desea el Prof. Maceiras al rechazar una definición
"única y definitiva" de la filosofía es evitar que ésta
quede cerrada o limitada, bien en sus temas, bien en sus escuelas. Pero
ello ha de entenderse, según el propio Maceiras, de modo que resulte
compatible con el reconocimiento de un contorno o puntos de referencia,
tales que si no se respetan se sale del ámbito de la filosofía.
El problema, pues, es encontrar una fórmula que delinee contornos
sin cerrar horizontes. Con ese intento, Maceiras propone la siguiente:
"Filosofía
es la reflexión del hombre en cuanto persona, encaminada a conocer
y delimitar la realidad y el sentido de los objetos de su experiencia,
con el fin de dar coherencia intelectual a sus vivencias y afirmarse como
un ser subjetivamente libre y responsable de sí” (20).
Esta definición
caracteriza al saber filosófico a partir del sujeto que lo busca
o lo posee. Es para Maceiras el hombre el punto de referencia, de partida
y de llegada, del filosofar. Ahora bien, en el mejor de los casos esta
expresión puede quedarse corta, por cuanto el término del
filosofar no es dar coherencia intelectual a las vivencias del hombre ni
la afirmación de sí como libre y responsable. Por un lado,
la meta de la filosofía no es la coherencia, sino la verdad. Por
otro, no es la filosofía propiamente creadora de conciencia de la
propia libertad y de la propia responsabilidad, sino que más bien
la suponen. La filosofía trasciende el terreno en que la sitúa
el Prof. Maceiras, en una fórmula que, por lo demás, presenta
evidentes aspectos positivos.
Más ajustada
puede ser otra. "La divulgada definición según la cual la
filosofía es la ciencia de todas las cosas por sus causas últimas,
adquirida mediante la luz natural de la razón humana, expresa
con la suficiente exactitud el «proyecto esencial» del saber
filosófico" (21). Esto es lo que la
filosofía, en toda su amplitud y en cualquier de sus formas auténticas
quiere ser. Y esto, aunque no esté logrado todavía, ni pueda
satisfacerse por completo, es suficiente, como le es a una imagen suficiente
su referencia a su modelo.
Procuraremos a continuación
desentrañar algunas consecuencias de esta idea.
II. RASGOS DE
LA FILOSOFÍA.
A.
Sabiduría humana.
La expresión
"sabiduría humana" se corresponde perfectamente con lo que la filosofía
pretende ser. Ni sabiduría ni ignorancia, sino esa sabiduría
imperfecta, mas no despreciable, que es asequible al entendimiento humano,
que es finito. Lo expresa Platón con su maestría poética
en un famoso lugar del diálogo Banquete. La sacerdotisa Diotima,
tras explicar el origen y nacimiento de Eros (el amor), hijo de Poros (la
abundancia) y de Penía (la escasez), dice a Sócrates:
"-... Pues la cosa
es como sigue: ninguno de los dioses ama la sabiduría ni desea ser
sabio, porque ya lo es, como tampoco ama la sabiduría cualquier
otro que sea sabio. Por otro lado, los ignorantes ni aman la sabiduría
ni desean hacerse sabios, pues en esto precisamente es la ignorancia una
cosa molesta: en que quien no es ni bello, ni bueno, ni inteligente se
crea a sí mismo que lo es suficientemente. Así, pues, el
que no cree estar necesitado no desea tampoco lo que no cree necesitar"(22).
Sócrates
pregunta entonces por quiénes son los amantes de la sabiduría,
y Diotima contesta:
"-Hasta
para un niño es ya evidente –dijo- que son los que están
en medio de estos dos [es decir, los sabios y los ignorantes], entre los
cuales estará también Eros. La sabiduría, en efecto,
es una de las cosas más bellas y Eros es amor de lo bello, de modo
que Eros es necesariamente amante de la sabiduría, y por ser amante
de la sabiduría está, por tanto, en medio del sabio y del
ignorante. Y la causa de esto es también su nacimiento, ya que es
hijo de un padre sabio y rico en recursos y de una madre no sabia e indigente.
Ésta es, pues, querido Sócrates, la naturaleza de este demon"(23).
Ahora bien, en cuanto
que forma humana de la sabiduría plena o perfecta, la filosofía
no es ningún saber particular o uno cualquiera o el conjunto de
todos los saberes que el hombre puede elaborar. La filosofía, "aun
sin poder consistir en la sabiduría perfecta o absoluta, es, sin
embargo, una participación, como un reflejo, de ese supremo saber"
(24).
Y por eso los rasgos
distintivos del saber filosófico respecto de los demás saberes
están, en esencia, en la totalidad y la radicalidad. La filosofía,
como hemos dicho, es un saber acerca de todas las cosas; ninguna queda
al margen. Y es, además, un saber de las causas o principios últimos,
más profundos, de todas esas cosas; es decir, consiste en la búsqueda
de las razones radicales de la totalidad de las cosas.
Así las cosas,
al filósofo, o amante de la sabiduría, se le ofrecen enseguida
dos peligros o tentaciones. Una es la enfermedad filosófica por
defecto, que consiste en una falta de amor, es decir, en declararse indiferente
hacia la sabiduría. El hombre aquejado de esta enfermedad renuncia
al saber filosófico no por falta de luces sino por falta de interés.
Una de las modalidades de esta situación, no infrecuente en nuestro
mundo, es la que se encuentra en hombres tan entregados a sus actividades
de trabajo o de poder que desprecian cuanto es ajeno a los afanes por lo
inmediato en este mundo.
La otra enfermedad
se puede dar por exceso. Y una de las formas de ella puede ser el escepticismo,
aunque parezca sorprendente. Como dice R. Verneaux, "el escepticismo es
una de las tentativas del espíritu humano para alcanzar lo absoluto"(25).
En efecto, para algunos espíritus la negación de la posibilidad
de toda verdad, que es en lo que consiste el escepticismo, viene a ser
una reacción resultante de vivir con dolor la imposibilidad de alcanzar
el saber "de los dioses". El escéptico que de aquí deriva
es como la zorra de la fábula, que decide juzgar verdes las uvas
de la parra sólo porque no las alcanza con sus saltos. Niega toda
verdad porque no puede conseguir toda la verdad.
En toda su amplitud,
la filosofía es negada como aspiración cuando se da por alcanzada
la sabiduría o por absolutamente inalcanzable. De esta segunda clase
es la reacción escéptica de la que acabo de tratar. De la
primera puede ser, sin duda, la forma de la filosofía que pretende
Hegel, a saber, un sistema total que se confunde con la consumación
y fin de la historia. En un sentido más amplio, se pueden encuadrar
en esta línea los pensadores que tienen por completa y exhaustiva
sus construcción mental.
11.
Clemente de Alejandría, Strommata V, 14, cit. en Presocráticos,
Los filósofos presocráticos, 3 vols., Gredos, Madrid,
I, fr. 831. Cit. por Diels, Die Fragm. der Vorsokr. 22 b 35.
12.
Vid. A. Millán-Puelles, Fundamentos..., ed. cit., pp. 15-16,
nota 6; G. Fraile, Historia de la filosofia, ed. cit., I, p. 3.
13.
A. Millán-Puelles, Fundamentos..., ed. cit., p. 15.
14.
Cicerón, Tusc. V, 3, 8-10, cit. en Presocráticos, Los
filósofos presocráticos, ed. cit., I, fr. 261. Vid. también
fr. 262-264.
15.
A. Millán-Puelles, Fundamentos..., ed. cit., p. 16.
16.
Aristóteles, Meteor., II, 1, 3; ver S. Tomás, In II
Meteor.
lect. 1, n. 4 y De Pot. q. 1, a. 4. Para todo esto, cfr. A. Millán-Puelles,
Léxico...,
ed. cit., p. 314.
17.
J. Ferrater Mora, Diccionario..., ed. cit., art. "Filosofía",
t. I, p. 652.
18.
M. Maceiras Fafián, ¿Qué es filosofía? El
hombre y su mundo, Cincel, Madrid, 1ª ed., 1985, p. 48.
19.
Op. cit., p. 49.
20.
Ibidem.
21.
A. Millán?Puelles, Léxico..., ed. cit., p. 316.
22.
Platón, Banquete, 203 e 5-204 a 8, citado por Platón,
Diálogos. III. Fedón, Banquete, Fedro, trad., intr.
y notas C. García Gual, M. Martínez Hernández y E.
Lledó Íñigo, Gredos, Madrid, 1986.
23.
Platón, Banquete, 204 b 1-10. Demon es un ser intermedio
entre los dioses y los hombres.
24.
A. Millán-Puelles, Léxico..., ed. cit., p. 315.
25.
VERNEAUX, R., Epistemología general o crítica del conocimiento,
Herder, Barcelona, 1ª ed., 10ª reimpr., 1999, p. 42.
 
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