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Introducción
Los egipcios ya vieron en estas construcciones
una manifestación de su poder, de la estabilidad de su civilización
y, en ocasiones, la expresión de aquello a lo que querían
volver, bien como una reafirmación nacional o tras un período
de crisis. Igualmente, culturas próximas a Egipto adoptaron esta
construcción como una más de sus manifestaciones, queriendo
simbolizar con ello su relación y vinculación con esta tierra
y sus gentes, como fue el caso de la civilización Meroítica.
Es por ello que desde la misma Antigüedad puede hablarse de una fascinación
por unas construcciones cuya comprensión y función en el
seno de la cultura que las creo, la faraónica, ha ido aumentando
en los últimos años pero que, de forma inevitable, siguen
siendo objeto de muchas y variadas especulaciones creyendo por ello necesario,
en nuestra opinión, el presentar algunos de los aspectos que consideramos
básicos para entender las pirámides, el origen de su mito
y su verdadera función en la cultura que las creo.
Para los griegos y los romanos, que con
sus relatos y descripciones de lo egipcio fueron poniendo las bases de
la "egiptomanía", las pirámides eran uno más de los
aspectos de la cultura egipcia que despertó su curiosidad, señalando
Arístoteles en su Política que su verdadera intención
fue la de mantener ocupada a la población para que no pudiera conspirar
contra el Faraón, mientras que del relato de Heródoto sorprende
su errónea descripción de las mismas, algo que ha contribuido
al debate sobre si en verdad el padre de la historia estuvo en Egipto o
si, por el contrario, se baso en historias y leyendas que ya circulaban
en su tiempo, el siglo IV a.C. En época romana la atracción
por lo egipcio continuo, en especial durante el I. Romano, representándose
algunos de sus Emperadores como verdaderos faraones, construyendo templos
y, por supuesto, llevando a la corte de Roma amuletos y objetos de una
cultura de la que también adoptaron algunas
divinidades, como Isis. Entre esas "importaciones"
estuvo la forma piramidal, adaptada por algunos miembros de la aristocracia
romana para señalar y destacar su tumba.
Pero debemos esperar al medievo, cuando
las pirámides son identificadas como los graneros construídos
por el patriarca José, y en especial al Renacimiento, con la recuperación
de los relatos clásicos, cuando fueron poniéndose las bases
de la llamada piramidología. Los debates sobre su construcción,
intencionalidad o los supuestos tesoros y salas todavía ocultos
van tomando forma, algo favorecido por la incomunicación que existía
entre Oriente y Occidente y, por otra parte, por las propias leyendas sobre
espíritus que habitaban las pirámides o salas ocultas que
el mundo árabe, que no se consideraba heredero de aquellas construcciones,
también iba formulando.
Con el Romanticismo, y en especial el orientalismo
del siglo XIX, se abre la comunicación entre Oriente y Occidente,
al mismo tiempo que tras la expedición de Napoleón se ponen
las bases de la ciencía egiptológica, período en el
que terminaron por configurarse un conjunto de ideas preconcebidas sobre
unos monumentos cuya única función se entendía como
funeraria y su construcción reflejo de una sociedad esclavizada
bajo el poder absoluto de unos faraones que, al igual que los Faraones
bíblicos, eran despóticos.
Como consecuencia de todo ello, Egipto
se identifica con las pirámides aunque las mismas son características
únicamente del Reino Antiguo, período sobre el que nuestra
información es muy escasa, en parte debido a que la investigación
se ha centrado en estos monumentos para satisfacer la curiosidad y mantener
el mito de lo egipcio. Con posterioridad. las pirámides del Reino
Medio son muy pequeñas y de escasa calidad, mientras que en el Reino
Nuevo las mismas aparecen como elementos exteriores en las tumbas de los
artesanos de Deir el-Medina.
Por lo tanto, pirámides se construyeron
a lo largo de toda la civilización faraónica, pero son las
presentes en la llanura de Ghizah, la única de las siete maravillas
que se conserva, las que centran la curiosidad, pero las
mismas no son más que la culminación
de una evolución, científica y filosófica, que tiene
sus orígenes en los albores neolíticos de la cultura Faraónica.
Es por ello que consideramos importante
acercar al conjunto de la sociedad una serie de ideas, como cual fue su
origen, por qué se adoptó la pirámide como forma de
enterramiento y, especialmente, hacer ver que las
mismas no deben interpretarse únicamente
como monumentos funerarios, sino como un elemento más de un conjunto
arquitectónico. Por otra parte, en ningún momento debemos
olvidar que las pirámides no solamente
deben ser admiradas por su tamaño
o la perfección de su orientación, sino también por
el esfuerzo administrativo y de organización que conlleva su construcción.
2. Origen y significado
La realización de una construcción
conlleva un simbolismo, desde el acercamiento al cielo de las catedrales
góticas a la imagen del desarrollo económico que transmiten
los rascacielos. Así, en toda sociedad las
construcciones religiosas no están
concebidas solo para la realización de unos ritos, sino también
para actuar como centros aglutinadores, bien del urbanismo, de la vida
comunitaria... De esta forma las pirámides tuvieron
una función no solo funeraria,
sino también de culto, de templo dedicado a la memoria de un Faraón
que, durante el Reino Antiguo es considerado como una divinidad y desde
donde
seguirá protegiendo al conjunto de la sociedad frente al caos, los
peligros que acechan la vida en el valle del Nilo.
Para comprender el simbolismo de las pirámides
debemos referirnos, obligatoriamente, a la concepción que del mundo
tenían los egipcios, para quienes el universo se creó desde
la llamada colina primogenia, desde
donde el dios creador, diferente según
cada cosmogonía, procede al establecimiento del orden, del mundo
egipcio. La razón de esta idea es que cuando las aguas del Nilo
comienzan a retirarse de los campos
inundados lo primero que comienza a observarse
son las lomas de la tierra que ha sido fecundada y que posibilitarán
el bienestar económico. Las pirámides son, por tanto, una
estilización de dicha colina primogenía, símbolo de
la vida eterna y de la regeneración continua, siendo las tumbas
desde el periodo neolítico identificadas por un montículo
exterior, desde donde se irá generando la forma piramidal. Igualmente,
en jeroglífico el término para referirse a las pirámides
es mer, escalera, posiblemente haciendo referencia al deseo de que sirviera
de acceso al cielo.
El carácter ideológico de
las pirámides queda patente desde la primera pirámide, la
famosa pirámide escalonada de Djoser, donde se utiliza por primera
vez la piedra como material constructivo en una tumba real, integrándose
la misma en un recinto donde se celebró el Festival Sed, destinado
en el mundo egipcio al rejuvenecimiento y reafirmación del rey en
el trono de Egipto. Es por ello que, desde sus comienzos, la pirámide
no debe entenderse como un monumento aislado, sino como uno más
dentro de un complejo.
Ya desde el neolítico existe una
intención de identificar la tumba desde el exterior para poder realizar
los ritos funerarios que permitieran la vida eterna del Ka. Con el surgimiento
del Estado y la aparición de una realeza, esta última desarrolla
toda una serie de símbolos que permitan establecer su relación
con la divinidad así como su prestigio e importancia en el orden
que los dioses habían establecido en la creación, razón
por la que sus tumbas van haciéndose más grandes y complejas,
al mismo tiempo que se observan ya los primeros intentos de dotar al conjunto
funerario de una elevación que simbolice la colina primigenia, todavía
sin alcanzar la forma piramidal, pero la transición y los experimentos
técnicos habían comenzado.
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