1. LA CRISIS DE LA CULTURA CLÁSICA.
1.1. Las etapas de la crisis.
¿Existió una crisis de
la cultura clásica? Sin duda, es observable un descenso de la producción
intelectual; retroceso en la producción, pero también en
las ideas. Por lo tanto, hablamos en un sentido comparativo a lo que existía
con anterioridad. Ahora bien, no fue una desaparición brusca. Si
se acepta que la cultura clásica, aquella que brilló en los
períodos de esplendor de la civilización grecorromana, viene
a desaparecer con las invasiones germánicas desde finales del siglo
IV al siglo VII, podemos establecer la existencia de una serie de etapas
en su lento declinar:
1) Hasta el siglo III se mantienen
vigentes las estructuras generales romanas, por ejemplo en el sistema educativo,
aunque se pueda percibir ya, un claro retroceso de la producción
literaria.
2) El siglo IV marca el triunfo de
la cultura cristiana, predominante en el período histórico
que se avecina, con figuras de relevancia como Agustín de Hipona
(Aurelio Agustín, su verdadero nombre, o San Agustín) o Macrobio.
En esta centuria podemos observar el deterioro de la cultura romana manifestándose
principalmente en la falta de comunicación entre las culturas griega
y romana.
3) A lo largo del siglo V, asistimos
al declinar del sistema educativo romano, de su influencia y extensión
entre el pueblo, pese a que a él acudan, en Italia, fundamentalmente,
las aristocracias bárbaras. La producción literaria estará
desarrollada por cristianos, como Paulo Orosio o San Jerónimo.
4) El siglo VI cabe entenderlo como
un período de restauración cultural. En Italia, el rey ostrogodo
Teodorico llevará a cabo una auténtica promoción de
la cultura, destacando junto a él alguna figura, como Boecio, y
posteriormente Casiodoro, Gregorio Magno y Fortunato; en Bizancio, Prisciano,
en la Galia, Gregorio de Tours y en Hispania, Isidoro de Sevilla son algunos
de los intelectuales que conformaron el primer renacimiento cultural europeo.
Establecida de alguna manera una
periodización general del proceso, veamos cómo se vivió
esta crisis en los distintos campos del saber.
1.2. El espíritu científico.
En general, Roma aportó poco
al patrimonio de las ciencias (Matemáticas, Física, Historia
Natural, Medicina). En estos campos, las principales aportaciones habían
sido griegas. Los romanos, que conocían bien esta áreas,
eran buenos conocedores de la lengua griega, cultivada por la élite
cultural desde la época de los Escipiones, en el siglo III a.C.
Pero el conocimiento del griego, y por tanto el de las ciencias, estuvo
en franca regresión desde el siglo III de nuestra era. En el siglo
IV, incluso algunos hombres de elevada cultura no sabían el griego
suficiente como para manejar con soltura las obras originales en aquella
lengua. Por ello, el mundo de las ciencias se cerró con relativa
rapidez a los letrados latinos.
Los romanos, en este período de
esplendor cultural de la lengua griega, entre los siglos II a.C. y II d.C.,
destacaron por ser buenos compiladores de los conocimientos de la
cultura helenística. En esta labor destacó Plinio el Viejo,
muerto en el 79 d.C., que elaboró una Historia Natural en
la que se desarrollaban conocimientos de Astronomía, Física,
Medicina y Geografía. El gusto por la compilación se confirmó
durante los siglos II a IV d.C., pero predominaron en él no las
obras científicas, sino la Filosofía, la Literatura y la
Historia.
Con todo, existieron notables excepciones,
como es el caso de Columela, en el siglo I de nuestra era, que desarrolló
un Tratado de Agricultura con un importante componente investigador
que tuvo, además, gran impacto en la Edad Media.
1.3. La Retórica.
La Retórica es el arte del
discurso en todos sus aspectos, orales o escritos, y constituye el
ideal de cultura más tradicional en el mundo romano. Este arte de
la elocuencia, usado sobre todo en el campo de la política y cuya
cumbre es Cicerón, en el siglo I d.C., está casi muerto
en el Bajo Imperio, desde el inicio de la crisis en el siglo III, aproximadamente.
De hecho, el último gran teórico de la Retórica fue
Quintiliano,
que escribió La institución de la Retórica
hacia el año 95. Sin embargo, la admiración por el orador,
su prestigio social, permanece, como lo manifestará el propio San
Agustín. De hecho, en este período, la Retórica viene
a representar un ideal humano, por el cual el discurso genera convicción,
dominando el caos y las fuerzas destructoras por su claridad y razonamiento
ordenado.
El orador es el hombre ideal; debe
conocer las costumbres, la moral y la Filosofía, además de
haber leído a los autores que enseñan la virtud. La Retórica
se ve como un arte de vivir que lleva a la perfección las enseñanzas
de la Filosofía, la Historia y las Letras. En Roma, por tanto, la
forma superior de cultura no es el saber en sí mismo, sino la maestría
expositiva y expresiva del orador, por la seguridad de su juicio y la claridad
de su discurso. El orador es el hombre cultivado, al que se añade
la perfección de la palabra.
Desde el punto de vista de su método,
la Retórica se desarrolla en cinco pasos precisos:
1. Inventio. Es la parte
esencial. Incluye el plan del discurso y se diseña el énfasis,
esto es, la elocuencia que debe ponerse en cada parte para hacer triunfar
la causa que se defiende.
2. Dispositio. Fijación
de los contenidos conforme a la estructuración anterior.
3. Elocutio. La aplicación
de las preceptivas normas de estilo.
4. Memoria. Ejercicio de
memorización de todo lo diseñado en las tres fases anteriores
y que es necesaria sólo si el discurso será llevado a la
práctica.
5. Actio o ejecución.
En los últimos tiempos del
Imperio la Retórica se barroquiza, recargándose su
primitivo estilo sobrio e incluyéndose además palabras y
normas gramaticales foráneas. La evocación de la Retórica
será de gran interés en la Edad Media, por la importancia
que tendrá la expresión oral.
1.4. La Gramática y la explicación
de los textos.
Fuera del ámbito político, las
ocasiones de ejercer el arte de la Retórica no eran excesivamente
frecuentes y la elocuencia tiene mayor cabida en la escritura. La gramática,
el análisis morfológico y estilístico de las frases
va a tener por esta razón importancia capital y estará muy
unida al mundo de la enseñanza.
El gramático por excelencia
será Donato, cuya actividad se desarrolló principalmente
en Roma a mediados del siglo IV. Fue autor de los comentarios a Terencio
y maestro de San Jerónimo. Sus obras gramaticales, entre las que
destaca el Ars Grammatica, fueron muy difundidas en la Edad Media,
así como las de Prisciano, quien vivió en Bizancio
hacia el año 500, autor de los dieciocho libros de las Institutiones
Gramaticae.
La Gramática se basa en el
estudio
de los textos clásicos, sobre todo en Cicerón y Virgilio.
Para buscar la perfección morfológica y estilística
utiliza el comentario de textos, que persigue establecer la autenticidad
del documento estudiado y emitir un juicio técnico, analizando las
estructuras gramaticales y la etimología de las palabras. Por ejemplo,
en las Saturnales de Macrobio, gran parte de la obra está
dedicada al comentario de La Eneida.
Hemos mencionado a Macrobio. Este
gramático y crítico literario vivió a caballo entre
los siglos IV y V. Confesaba su profunda admiración por los grandes
clásicos, como Homero, Virgilio, Platón y Cicerón.
Desconocemos si era cristiano o pagano; a favor de la primera hipótesis
algunos autores han alegado su neoplatonismo, pero él no lo afirma
ni existen otros indicios ciertos. El tema central de sus Saturnales
son las fiestas celebradas en honor de Saturno, pero en relidad la obra
es casi una excusa para realizar extensos comentarios sobre literatura
clásica, fundamentalmente sobre la obra de Virgilio. Piensa
este autor que en su poesía se encierran las verdades profundas
sobre Dios, el universo y la condición humana, estudiando para descubrirlas
los sentidos ocultos de su alegoría poética.
(Ver documentos).
1.5. Las escuelas y la enseñanza.
En Roma cabe observar un esfuerzo de
difusión de la cultura. Si inicialmente la enseñanza era
considerada como un asunto privado, llevado a cabo entre los padres
y un profesor contratado para instruir a los hijos, el panorama cambió
con el gobierno de Vespasiano (69 a 79 d.C.). Inició este
emperador un mecenazgo público, creando, a cuenta del fisco, dos
cátedras públicas de Retórica, una latina y otra griega.
En el siglo IV este mecenazgo alcanzó su punto culminante y no existirá
una ciudad o pueblo de cierta importancia que no contase con una escuela
municipal. Ahora bien, esta difusión no equivale a democratización,
puesto que a la cultura y la enseñanza acceden normalmente gentes
de clases medias y altas que buscan hacer carrera en la administración,
nunca las de baja extracción social.
Cuando al final siglo V el Imperio se hunde
en la tempestad de las invasiones, los reyes germanos, que admiran la civilización
romana mantendrán sus instituciones, mas no se dará esa proximidad
desde el punto de vista cultural. Ningún aristócrata bárbaro
se encuentra entre los letrados romanos. Esta aristocracia tiende a conservar
su identidad cultural original, otorgando a sus hijos una educación
conforme a sus tradiciones, instruyéndoles ante todo en el manejo
de las armas y en la religión arriana.
Por lo general, y aunque veremos excepciones,
los pueblos germánicos fueron indiferentes al destino de la cultura
clásica. En la Galia, conquistada por los francos, desaparecen
las escuelas municipales que todavía sobrevivían a mediados
del siglo V, volviéndose, entre aquellos a quienes interesaba, al
sistema de educación familiar privado. En Italia, la escuela
romana corrió mejor suerte gracias al rey ostrogodo Teodorico, interesado
por el destino del mundo cultural clásico; en la Italia del norte,
por ejemplo, destacó la escuela de Milán, en la que enseñaba
el retórico y gramático Deuterio; en Rávena, la capital
política ostrogoda, hubo un interés manifiesto por la revisión
de los autores clásicos; en Roma terminaban sus estudios la mayoría
de los estudiantes de las provincias.
Capital importancia en la fijación
de un sistema educativo tuvo Marciano Capella. Nacido en el norte
de África en la segunda mitad del siglo IV, escribió, mitad
en prosa, mitad en verso, la obra De nuptiis Philologiae et Mercurii
(la boda de Filología y Mercurio). Se trata de una fábula
literaria en la que, tras relatar en los dos primeros libros el matrimonio,
dedica los siete restantes a describir las ciencias regaladas al novio
por Apolo: Gramática, Retórica, Dialéctica (ciencia
filosófica que trata del raciocinio y de sus modos de expresión)
, Geometría, Aritmética, Astronomía y Música.
Las tres primeras configuran el Trivium y las cuatro últimas
el Quadrivium, la estructura básica de la enseñanza
medieval. No es una obra original, pues copia a Varrón y Apuleyo,
pero tuvo enorme influencia en la Edad Media al fijar las características
y la didáctica de las siete artes.
1.6. El Derecho. Justiniano.
Hemos afirmado que una de las principales
materias de estudio era la Retórica y las salidas profesionales
para la mayor parte de los que se formaban en ella eran jurídicas.
El
Derecho fue, por ello, uno de los más importantes campos
de los estudios superiores. Su enseñanza se basaba en una triple
división:
1, Los que son sujetos de Derecho,
es decir, las personas jurídicas.
2. Los bienes a los que se puede
aplicar el Derecho.
3. Las acciones, las relaciones
entre las personas y los bienes.
Desde la época de los Severos,
a fines del siglo II e inicios del siglo III d.C., este sistema se llevó
a cabo mediante el comentario de las obras de los grandes jurisconsultos.
En la primera mitad del siglo VI,
durante el reinado de Justiniano, se realizó la compilación
del derecho Romano, dando como resultado una corpus jurídico
integrado por varias obras:
- El Código (codex),
selección de las constituciones imperiales.
- Las Digesta o Pandectas,
recopilación de sentencias y decisiones de los jurisconsultos.
- Las Institutiones, que
recuperan el antiguo tratado de Gayo, del siglo II d.C., manual en el que
se estudian los elementos constitutivos del Derecho (personas, cosas y
acciones).
- Las Novellae, constituciones
emitidas por el propio Justiniano que venían a colmar lagunas de
la legislación.
Esta codificación, que tendrá
una trascendencia decisiva en toda la Edad Media, sobre todo desde el siglo
XII, representa un esfuerzo por transformar el Derecho Romano en una teoría
general del derecho, de universalizarlo, no sólo porque se crean
principios jurídicos, leyes, de validez universal, sino, y ante
todo, por la manera de organizar, de razonar el hecho jurídico.
1.7. La Filosofía.
La Filosofía del Bajo Imperio
presenta, a grandes rasgos, tres características:
1. No cabe hablar de una filosofía
propiamente romana, sino de una herencia de la griega. Dos fueron
las corrientes de pensamiento griego con mayor presencia en Roma durante
este período:
A. El Escepticismo. Fue el
espíritu tradicional de la filosofía romana, bien recibido
a causa del carácter positivista, práctico o experimental,
de esta cultura. La actitud escéptica de pensadores como Eresidermo
(siglo I d.C.) o Sexto el Empírico (siglos II-III d.C.) se caracteriza
por la cautela ante las cosas y por la circunspección, la prudencia
ante las cosas a fin de adoptar una conducta adecuada. Como doctrina filosófica
tiene un aspecto teórico, basado en la inexistencia de un saber
firme u opinión segura, y práctico, negando la adhesión
a ninguna opinión determinada, lo que conlleva una falta de decisión
absoluta.
B. El Estoicismo. El de época
romana fue, principalmente, de índole moral y religiosa. Es una
recopilación de los valores fundamentales de la Filosofía
griega, resumidos en un constante aprendizaje de la existencia y de perfeccionamiento
de la actitud ante la muerte. Sus figuras principales, Séneca (siglo
I d.C.), Epicteto (siglos I-II), Hierocles y Marco Aurelio (siglo II).
2. El influjo ejercido por Cicerón,
en un doble sentido. Como puente entre la cultura latina y la griega, en
él se basarán los grandes pensadores del siglo IV, como San
Agustín o San Jerónimo, para iniciarse en el pensamiento
filosófico. Por otra parte, Cicerón va a ser el mejor representante,
el ejemplo a imitar, del espíritu cívico y moralizador. En
el siglo IV, es el maestro de la moralidad pública y privada.
3. Otro flujo de influencia es la
religión
cristiana, desde el siglo II, momento en el que ya existen cristianos
de cultura griega.
1.8. La supervivencia de lo clásico
en la Galia e Hispania.
Debe aclararse que esta supervivencia
se da, únicamente, en medios sociales aristocráticos. La
Galia
fue conquistada por los francos en la primera mitad del siglo VI. Sin embargo,
la organización administrativa y social romana se mantuvo en los
territorios situados al sur del río Loira. Con ella, la cultura
romana sobrevive en Aquitania, Provenza y Burgundia, estableciéndose
una clara diferencia entre esta zona y la del norte, la Galia bárbara.
En el sur, las grandes familias de origen senatorial mantuvieron su forma
de vida y buscaron diferenciarse de los germanos a través de la
instrucción. Según el cronista Gregorio de Tours, nacido
hacia el 537, la anexión en el siglo VI de Provenza y Burgundia
al reino franco no cambió la situación de estos letrados
aristócratas; al contrario, se pusieron al servicio de los reyes
francos merovingios. Así, los consejeros reales serían escogidos
por su nivel cultural.
Desaparecidas, como ya hemos visto, las
escuelas públicas de enseñanza, la cultura romana sobrevive,
principalmente, en los medios aristocráticos a través de
la difusión de la literatura romana, poesía y teatro, pero
para el siglo VIII, debido precisamente a la ausencia de un sistema educativo,
el saber romano puede considerarse desaparecido.
En Hispania se produjo un
fenómeno similar al observado en el sur de la Galia. La cultura
escrita sobrevivió entre la aristocracia hispano romana hasta los
siglos VI-VII. En este proceso tuvo sin duda capital importancia la instalación,
en el sur peninsular, de los bizantinos, que contribuyeron a la supervivencia
de las instituciones antiguas.
La desaparición de la enseñanza
romana se vio paliada, en parte, por la consagración de la enseñanza
de la Medicina y el Derecho en las leyes visigodas (Recesvinto, 654). Desde
finales del siglo VI, la fusión entre las aristocracias hispano
romana y visigoda hizo que pervivieran, asimismo, otras manifestaciones
de la cultura clásica, como la Literatura y la Retórica.
La propia corte visigoda, instalada en Toledo, será una dinamizadora
de la cultura. Desde Sisebuto, en el 612, los reyes visigodos se convirtieron
en mecenas de la cultura, al modo de los emperadores de Bizancio.
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