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Medieval  --- Historia Universal
 
 
I. EL TRÁNSITO DE LA CULTURA ANTIGUA A LA MEDIEVAL
Miguel Larrañaga Zulueta
DOCUMENTOS.
 

MACROBIO: Símaco, senador y prefecto de Roma, elogia a Virgilio y explica lo que el poeta significa para los eruditos romanos. (Saturnales, libro 1, 5-14).

 “Puesto que es de Virgilio de quien hablamos, quisiera que me dijeses si piensas que las obras de este poeta no sirven más que para instruir a los niños o si convienes en que contienen cosas más profundas. Parece, en efecto, que los versos de Virgilio son para ti lo que eran para nosotros cuando en nuestra infancia los maestros nos los leían y los declamábamos tras ellos.

 Escucha la opinión del propio Virgilio acerca de los variados conocimientos que exige su obra poética, en una carta dirigida a Augusto: En cuanto a mi Eneida, si la creyera digna de tus oídos, te la enviaría de inmediato. Pero mi empresa es tal que me pregunto si no es una locura haberla comenzado, sobre todo teniendo en cuenta que, para llevarla a cabo, me consagro, como sabes, a estudios más importantes.

 Estas palabras de Virgilio concuerdan con la riqueza de los temas contenidos en su poema; sin embargo, la mayor parte de los críticos los dejan de lado sin mayor motivo, como si la labor de un gramático se redujera a explicar la etimología de las palabras. Esos charlatanes han puesto límites precisos a esta ciencia, a modo de un círculo consagrado que no puede ser franqueado sin sufrir el rechazo, como lo es el sexo masculino en el templo de la diosa.

 Nosotros, a quienes esta doctrina desprovista de gusto no puede convenir, no sufriremos que los misterios del sagrado poema permanezcan ignotos, sino que, buscando los sentidos ocultos, encontraremos el santuario para ofrecerlo al culto de los sabios”.

 PAPA GELASIO I: Carta al emperador de Bizancio, Anastasio I, anteponiendo el poder espiritual al terrenal. Año 494.
 “Son dos las instancias, augusto Emperador, que gobiernan este mundo: la sagrada autoridad de los obispos y el poder de los reyes. Pero, de ellos, es tanto mayor el peso del sacerdocio, porque en el juicio divino él debe rendir cuentas también por los reyes de los hombres. Tu sabes, hijo dilecto, que aunque en cuanto a tu dignidad te encuentres por encima de todo el género humano, inclinas piadosamente tu cabeza ante el dispensador de las cosas divinas y le ruegas la justificación de tu salvación”.

 El sueño de SAN JERÓNIMO. (Epístolas, XXII, 30).
 “En Roma, a base de esfuerzo y estrecheces, reuní una biblioteca. Me resultaba indispensable. Cuando me sentía desgraciado, la lectura de Cicerón alegraba mi juventud; tras las frecuentes vigilias y lágrimas vertidas en recuerdos de mis pecados pasados, tomaba a Plauto entre mis manos. Si alguna vez, vuelto a mí mismo, comenzaba a leer a un profeta, su inculto lenguaje producía en mí rechazo y, como en mi ceguera no veía la luz, no culpaba a mis ojos sino al sol.

 Hacia la mitad de la Cuaresma la fiebre penetró en mis entrañas, hasta tal punto que no me tenía en pie. El calor de mi cuerpo me abandonaba, se debilitaba el latido de mi corazón y preparé mis funerales. De pronto, mi espíritu fue raptado y llevado ante un tribunal. Interrogado acerca de mi condición, contesté: Soy cristiano. Mientes, dijo el que presidía, tu eres ciceroniano, no cristiano. 

Donde está tu tesoro, allí está tu corazón. Me sentía atormentado por el fuego de mi conciencia y comencé a rezar: Señor, ten piedad de mí. Los asistentes al juicio imploraron perdón por mi juventud y por el arrepentimiento ante mi error. Sufriría el castigo si volvía a leer literatura pagana.
 Yo, que en semejante trance estaba dispuesto a realizar las más firmes promesas, hice este juramento: Señor, si vuelvo a leer libros profanos, habré renegado de Vos. Bajo tal juramento fui absuelto. Recobré el sentido, con mis ojos de tal forma anegados por las lágrimas que hasta los más escépticos debían creer en mi dolor”.

 SAN AGUSTÍN.
 Dos tipos de conocimiento. (La ciudad de Dios).
 “Para estos ángeles buenos toda ciencia de cosas temporales y corporales, que hincha a los demonios, es vil. Y esto, no porque la desconozcan, sino porque les es cara la caridad de Dios, que los santifica. Fuera de esta belleza... desprecian todas las cosas inferiores... despreciándose a sí mismos entre ellas, para gozar de todo el bien que hay en ellos... Y conocieron con más certeza las cosas temporales y mudables precisamente porque contemplaban las causas primeras de las cosas en el Verbo de Dios , por el que fue hecho el mundo... Los demonios, en cambio, no contemplan en la Sabiduría de Dios las causas eternas de los tiempos... sino simplemente con una experiencia mayor de algunos signos ocultos a nosotros alcanzan a ver muchas más cosas futuras que los hombres... Finalmente, éstos muchas veces se engañan, y aquéllos, nunca. Una cosa es conjeturar las cosas temporales... y otra es prever , en las leyes eternas e inconmutables de Dios, que viven en su Sabiduría, las mutaciones de los tiempos...”

 El conocimiento. El ser. (De la verdadera religión).
 “Si Platón viviese ahora y no esquivase mis preguntas,[...] conviene a saber: que la verdad no se capta con los ojos del cuerpo, sino con la mente purificada, y que toda alma con su posesión se hace dichosa y perfecta; que a su conocimiento nada se opone tanto como la corrupción de las costumbres y las falsas imágenes corpóreas, que mediante los sentidos externos se imprimen en nosotros, originadas del mundo sensible, y engendran diversas opiniones y errores; que por lo mismo, ante todo se debe sanar el alma, para contemplar el ejemplar inmutable de las cosas y la belleza incorruptible;... que las demás cosas están sometidas al nacimiento y la muerte, al perpetuo cambio y caducidad y, con todo, en cuanto son, nos consta que han sido formadas por la verdad del Dios eterno, y, entre todas, sólo le ha sido dado al alma racional e intelectual el privilegio de contemplar su eternidad y embellecerse con ella y merecer la vida eterna; pero, sin embargo, ella, dejándose llagar por el amor y el dolor de las cosas pasajeras y deleznables y aficionada a las costumbres de la presente vida y a los sentidos del cuerpo...; supongamos, digo, que Platón persuade a su discípulo de tales enseñanzas y éste le pregunta: ¿creeríais digno de los honores supremos al hombre excelente y divino que divulgase en los pueblos estas verdades...? Yo creo que Platón hubiera respondido que no hay hombre capaz de dar cima a semejante obra, a no ser que la omnipotencia y sabiduría de Dios escogiera a uno inmediatamente desde el alba de su existencia, sin pasarle por el magisterio humano, y, después de formarle con una luz interior desde la cuna, le adornase con tanta gracia que... pudiera arrastrar a todo el mundo a una fe tan saludable..”

 La Historia: las dos ciudades y su final. (La ciudad de Dios).
 “Pienso, sin embargo, que ya hemos resuelto importantes y difíciles cuestiones acerca del principio del mundo, del alma y del mismo género humano. A este lo hemos dividido en dos clases: los que viven según el hombre y los que viven según Dios. Y los hemos designado figuradamente con el nombre de las dos ciudades, esto es, dos sociedades humanas: la una predestinada a vivir siempre con Dios; la otra, a sufrir castigo eterno con el diablo”.

 La Historia: paralelismo de las dos ciudades. (La ciudad de Dios).
 “He prometido que iba a escribir sobre el origen, desarrollo y destinos de las dos ciudades, la Dios y la de este mundo; en ésta se encuentra al presente la primera como peregrina en cuanto se relaciona con el género humano. Antes, es cierto, tenía que refutar, con la ayuda de la gracia, a los enemigos de la ciudad de Dios, que anteponen sus dioses al fundador de aquélla, Cristo, y recomidos de odio feroz miran con terrible envidia a los cristianos; esto lo he llevado a cabo en los diez primeros libros.

 Sobre las tres cuestiones de esa mi promesa que acabo de mencionar, se ha expuesto el origen de las dos ciudades en los cuatro libros que siguen al X; luego, en otro, el XV de esta obra, se trató de su desarrollo desde el primer hombre hasta el diluvio; y desde entonces hasta Abrahám ambas ciudades, como en el tiempo, marcharon de nuevo juntas también en mis escritos. Pero a partir de Abrahám hasta el tiempo de los reyes israelitas, donde concluimos el libro XVI, y desde entonces hasta la venida del mismo Salvador en la carne, hasta donde se extiende el libro XVII, ya parece que en mi obra sigue sola la ciudad de Dios. Aunque en realidad no ha seguido sola, sino que ambas, como fueron idénticas al principio, así han variado juntas su desarrollo en el tiempo.

 He procedido de esta manera a fin de que, desde que comenzaron a ser más claras las promesas de Dios hasta su nacimiento de la Virgen, en que habían de tener su cumplimiento las promesas, apareciera con trazos más claros la de Dios, sin que pudiera deslucirla por contraste algún obstáculo de la otra ciudad. Aunque ciertamente hasta la revelación del Nuevo Testamento ha caminado en la sombra, no en la claridad.”

 El ser humano: el libre albedrío y el pecado. (De la verdadera religión)
 “Si el defecto que llamamos pecado asaltase, como una fiebre, contra la voluntad de uno, con razón parecería injusta la pena que acompaña al pecador, y recibe el nombre de condenación.... Luego a la voluntad debe atribuirse la comisión del pecado. Y como no hay duda sobre la existencia del pecado, tampoco la habrá de esto; conviene a saber: que el alma está dotada del libre albedrío de la voluntad. Pues juzgó Dios que así serían mejores sus servidores si liberalmente le servían, cosa imposible de lograrse mediante un servicio forzado y no libre”.

 CASIODORO: Carta de Atalarico al Senado. (Variae, IX, 21).
 “Puesto que las artes deben ser recompensadas, hemos pensado que era impío arrebatar algo a los maestros de los adolescentes, esos maestros que son estimulados en el estudio por el incremento de su prestigio.

 La escuela de los gramáticos es el fundamento de la Letras, el ornato del género humano, la madre del discurso que enseña a buscar la gloria y a hablar sin faltas. A través de la lectura nos aclara los consejos de los antiguos. Los reyes bárbaros no la conocen; permanece custodiada entre los que saben del Derecho. Otras naciones tienen las armas; los romanos, la elocuencia.

 Es por ello que queremos que cada profesor de las Letras, tanto los gramáticos, como los retóricos o los profesores de Derecho, reciban las mismas soldadas que obtenían sus predecesores, sin reducción alguna... puesto que si pagamos a actores para deleite del pueblo, con más razón es preciso mantener a quienes abrillantan las costumbres y hacen nacer la elocuencia en nuestro palacio.”

 BOECIO. (De consolatione Philosophiae, lib. I, 851-852 y lib. V, 874-875).
 FILOSOFÍA: En primer lugar, ¿te avienes a que con una pocas preguntas explore y tantee tu estado de ánimo, para poder así curarte?
 BOECIO: Pregunta a tu arbitrio -le dije- lo que quieras como a quien, de cierto, te va a responder.
 F.: ¿Piensas que este mundo es movido por la casualidad temeraria y fortuita, o más bien crees que hay en él una dirección racional?
 B.: En modo alguna puedo dar en pensar que movimientos tan bien concertados puedan deberse al azar fortuito, sino que bien sé -y ojalá que nunca deponga esta convicción- que es Dios, su autor, el que está al frente de su obra.
 F.: Así es, pues poco ha lo has celebrado en tus versos, deplorando que fuesen solos los hombres los que se sustraen a la divina tutela. Ya que no abrigabas la menor duda de que los demás seres estuviesen regidos por la razón... Mas sigamos investigando: conjeturo que algo, no sé qué, te falta. Dime, pues, ya que no dudas de que el mundo sea regido por Dios... ¿recuerdas cuál es el fin de las cosas y hacia qué se dirige la tendencia de la naturaleza entera?
 B.: Lo tengo oído, pero la tristeza me ha embotado la memoria.
 F.: Sabes, por lo menos, de dónde proceden todas las cosas.
 B.: Sí, lo sé, y ya te he respondido que es de Dios.
 F.: Y ¿cómo es posible que, conociendo el principio de las cosas, ignores su fin?
..................................
 F.: Si se entiende por azar un suceso debido a un movimiento fortuito y sin ninguna conexión, entonces diré que el azar no es absolutamente nada, y declaro que una pura palabra, sin significación alguna. Porque toda vez que Dios reduce al orden todas las cosas, ¿qué lugar puede quedar para lo fortuito? Porque de la nada, nada sale... Pero si algo empieza a existir sin ninguna causa, parecerá que ha salido de la nada; y, como esto es imposible, también lo será que exista el azar tal como antes lo hemos definido.
 B.: Entonces -dije- ¿nada hay que se pueda llamar con propiedad azar o fortuito? ¿O hay algo que, aunque desconocido para el vulgo, pueda llevar ese nombre?
 F.: Mi discípulo Aristóteles dio de ese término una definición concisa y verdadera.
 B.: ¿Cuál es?
 F.: Siempre que se hace algo por razón de una cosa cualquiera y resulta algo diverso de lo que se pretendía, por lo que sea, se habla de azar... Podríamos, pues, definir al azar como un acontecimiento imprevisto proveniente de causas concurrentes en un proceso de acciones que se ponen con un fin determinado. Esa concurrencia y confluencia de causas las produce el orden que, desarrollándose inflexiblemente, procede de la Providencia y determina a cada cosa su lugar y tiempo.

 ISIDORO DE SEVILLA: Sobre el cultivo de los campos (Etimologías, libro XVII, 2).
 1. El cultivo es la operación por la que tratan de lograrse las cosechas de cereales o vino. Su nombre deriva de incolere (cultivar). Las riquezas de los antiguos se basaban en dos cosas: en el bien apacentar y en el bien arar. Al cultivo del campo pertenecen la ceniza, la arada, el añojal, la quema de los rastrojos, la estercolación, el arrejacar y la escarda. 2. Cinis (ceniza) es el incendio mediante el cual el campo evapora su humor inútil. La aratio (arada) se denomina así porque en un principio el cultivo de la tierra se realizaba mediante el bronce (aes, aeris), antes de que se descubriese el empleo del hierro. Hay dos aradas diferentes, la de primavera y la de otoño. El añojal (intermissio) es el descanso que, un año sí y otro no, permite al campo recuperar sus fuerzas.