| 1.3.-
La Iglesia. Su influjo unificador y sus debilidades
En este panorama, la principal manifestación
de internacionalismo correspondía a la Iglesia y al latín,
el idioma usado por ella y por toda la gente culta para comunicarse entre
sí por encima de lenguas y dialectos autóctonos.
Este hecho ha sido considerado, generalmente,
como un síntoma de debilidad de la civilización europea de
entonces, pues los hombres cultivados en los distintos países eran
pocos, mayoritariamente eclesiásticos, y necesitaban relacionarse
unos con otros. Un caso ilustrativo al respecto lo tenemos en los juristas
de las universidades, cuyas enseñanzas se articulaban sobre el Derecho
Romano y sobre él se centraban, dado que este Derecho se mostraba
útil en muchos países, a pesar de la diversidad imperante;
igualmente, el desarrollo del Derecho, en general, será otro vínculo
entre estos profesionales.
Las ciudades se conectaban entre sí
a través de caminos, navegación costera y, cuando era posible,
navegación fluvial. Los caminos constituían una especia de
retícula continental cuya estructura básica eran las calzadas
romanas, por entonces muy deterioradas, algunas abandonadas; en su trazado,
los viajeros tenían que superar muchas dificultades y para reparar
sus fuerzas sólo encontraban posadas y establecimientos de escasas
comodidades.
Pese a sus deficiencias y limitaciones,
los caminos actuaban como escenarios de intercambios de ideas y difusión
de conocimientos, por lo que es fácil ver en su transcurso los testimonios
que muestran la influencia de un estilo artístico o de una corriente
espiritual. Uno de los casos más representativos nos lo ofrecen
los Hermanos y Hermanas de la Vida Común, extendidos por Alemania
y Holanda y cuyas casas se localizaban preferentemente en las ciudades
que comerciaban en la feria anual de Deventer.
Por otra parte, la Iglesia era quien ejercía
también la mayor influencia unificadora, tanto en los niveles más
elevados como en la vida cotidiana y en las cuestiones administrativas
y litúrgicas. En efecto, las altas jerarquías eclesiásticas
–las más cultivadas- auspiciaban, impulsaban o protegían
movimientos conscientes culturales y espirituales que se difundían
por las vías más transitadas. Un buen ejemplo es el ya citado
de los Hermanos y Hermanas de la Vida Común. En los estratos inferiores,
la Iglesia era la institución mejor organizada y la que más
eficazmente utilizaba los cauces administrativos; no en vano su organización
era más grande, por encima de fronteras y regiones; también
era la más antigua y por ambas características, la que más
había depurado sus métodos y la que había acumulado
mayor experiencia.
La Iglesia tenía en los valores
y en la práctica que encarnaba otro de los factores de unificación.
En todos los países seguidores del mismo credo, los actos religiosos
se atenían a un ceremonial y a una liturgia común, donde
las variantes, si las había, eran escasas y ello permitía
a los fieles seguir los actos del culto e identificarlos, aunque no entendieran
el latín y estuvieran en un pais distinto al suyo. La unidad de
la doctrina profesada se mantenía gracias a la Inquisición,
tribunal eclesiástico encargado de velar por la pureza del dogma
y extirpar los brotes heréticos que surgieran en la comunidad. La
misma práctica en la vida cotidiana abundaba en esta línea,
pues la mayoría de los asuntos estaban centralizados (creación
de sedes, divisiones parroquiales, uniones y separaciones de parroquias,
matrimonios, bautizos, etc.)
Además, la Iglesia mantenía
estrechas y constantes relaciones con las autoridades seculares en todos
los niveles, relaciones propiciadas por la amplitud de su propia organización
y por el poder de algunas autoridades eclesiásticas, como los obispos,
que superaban ampliamente a la mayoría de los súbditos reales.
Una relación que, en algunos países, había convertido
a las más relevantes figuras clericales en funcionarios
de elevada categoría y miembros de los Parlamentos y Asambleas Nacionales
y en algunos lugares, su dominio territorial era enorme, por lo que podían
gobernar como auténticos príncipes mundanos. Esta doble presencia
en la dimensión eclesiástica y civil había contribuido
a difundir, en mayor o menor medida, la figura de eclesiásticos
que ocupaban simultáneamente poderosos cargos civiles y relevantes
dignidades dentro de la organización de la iglesia.
Igualmente, su estado específico
y su jurisdicción especial preservaron la independencia de la Iglesia
y de sus miembros respecto del poder secular, al tiempo que el celibato
les liberaba de trabas y obligaciones familiares. Esta situación
los configura como un grupo muy específico, un estamento, extendido
por todo el continente y posesor de un espíritu de casta, especialmente
cerrado, igual o superior al de colectivos como juristas o gremios. El
hecho de poseer una jurisdicción especial les permitía una
amplia libertad de movimientos y eludir sus responsabilidades, cuando las
había, con la sociedad civil, pues los tribunales eclesiásticos
eran los únicos competentes para juzgar a los miembros de la Iglesia.
Una presencia tan generalizada de la Iglesia
en la vida continental, en todos los niveles de la misma, se apoyaba en
que la cristiandad católica no solamente era la religión
oficial de los países sino también la religión popular,
siendo contadas las excepciones en esta situación (algunas comunidades
musulmanas en España, judíos, paganos en el norte de Suecia,
etc.). Así se explica que el clero, tanto regular como secular,
fuera depositario de herencias piadosas, divulgador de cultos devocionales
y receptor, guardián y difusor de legados éticos y
artísticos. Su papel en la vida cotidiana era fundamental porque
había logrado que la mayoría de las actividades de una comunidad
humana tuvieran un referente religioso, si no necesario, por lo menos casi
ineludible, pues cualquier asociación -laboral o institucional-
estaba bajo el patrocinio de un santo o santa, a la que rendía culto,
celebraba su fiesta anual y le dedicaba una serie de observancias religiosas;
ninguna actividad importante se hacía sin ser solemnizada
mediante una ceremonia, un voto o una oración, ceremonial que implicaba
a un número de personas más o menos crecido, en función
de la importancia del acto a solemnizar y de su incidencia en la comunidad
que lo celebraba.
Era práctica común celebrar
fiestas periódicas donde se mezclaban actos religiosos y profanos,
unas fiestas que marcaban el paso del tiempo para la comunidad, con
sus secuencias anuales, estacionales, etc. La vida de cada individuo también
tenía unas citas obligadas con la práctica religiosa y la
Iglesia, pues ésta era la que establecía las leyes del matrimonio,
y a través de ellas regulaba la familia y la sociedad misma.
Con independencia de que en los niveles populares la religión se
viviera en su pureza o mezclada con supersticiones y prácticas ancestrales
provenientes del paganismo, lo cierto es que cualquier persona tenía
unas citas obligadas con la Iglesia, al margen de los preceptos dominicales
y demás obligaciones religiosas (cuyo cumplimiento podía
ser más laxo, accidental o inexistente); esas citas eran el bautismo,
el matrimonio y la defunción.
Sin embargo, la Iglesia –al fin y al cabo
una institución compuesta por hombres y mujeres- presentaba una
serie de deficiencias, merecedoras de reproches y generadoras de males
de entidad, pródigos en consecuencias negativas. Por lo pronto,
en muchos lugares había quejas generalizadas hacia el comportamiento
del clero, tanto por la confusión generada por muchos reformadores
improvisados existentes, como por la relajación de los eclesiásticos,
que olvidaban dar ejemplo con su conducta sobre las cosas que predicaban.
La práctica e inercia administrativa posibilitaban actuaciones poco
controladas e irresponsables de autoridades intermedias o menores con su
correspondiente incidencia en la feligresía, y en los niveles
superiores, se lograba que los movimientos conciliares no cuajaran más
que en concordatos particulares, en los que por parte eclesiástica
se permitía la injerencia del poder real en negocios y cuestiones
eclesiásticas a cambio de concesiones que potenciaban la significación
de los príncipes de la Iglesia en la sociedad civil. Una realidad
claramente perceptible que se aspiraba a corregir con la celebración
de un Concilio general del que se esperaba la reforma de los altos niveles
eclesiásticos, acabando con sus corruptelas, paso previo y necesario
para el arreglo del estado de los niveles más bajos.
1.4.- El conocimiento y el pensamiento
organizado
Otro de los mayores logros unificadores
en esta Europa de mediados del siglo XV era el crecimiento, organización
y difusión del pensamiento, aspectos en los que también la
Iglesia estaba especialmente implicada y en los que las universidades venían
siendo piezas claves. Por aquellas fechas los establecimientos de
esta naturaleza, auténticamente internacionales, superaban el medio
centenar, utilizando un idioma común, el latín, en las lecturas
y prácticas docentes; la enseñanza en sus aulas
estaba auspiciada por las autoridades, lo que tenía el efecto beneficioso
de facilitar la comprensión entre hombres de diferentes nacionalidades
y uniformaba la transmisión de las ideas, pero paralizaba la libertad
y neutralizaba iniciativas emprendedoras.
Ya estaba claro por entonces que el auténtico
fin de la universidad era el estudio y la propagación de conocimientos
ciertos y verdaderos en los diferentes campos de estudio que se iban abriendo
como consecuencia del incremento del saber humano. En este sentido la variedad
de temas era muy amplia, aunque en algunos de ellos el volumen de conocimiento
real fuera escaso y todavía asistemático. Por lo demás,
la comprobación experimental de las hipótesis no se desconocía,
de la misma forma que la observación también tenía
importancia; pero, por lo general, los temas científicos se enseñaban
y aprendían como los de las demás materias, mediante la exposición
y los textos patrones como métodos fundamentales. Como los libros
eran escasos y caros, la discusión se utilizaba y valoraba mucho,
tanto por la aportación de conocimientos en su transcurso como porque
permitía apreciar la erudición de los participantes
y la precisión de las citas.
El área en la que el pensamiento
se mostraba más dinámico y original era, sin duda, el estudio
de la Antigüedad, estudio que siempre había sido de interés
para los intelectuales entre los que muchos clásicos gozaban de
gran admiración, como Virgilio o Aristóteles, por citar algunos.
El estudio de la literatura clásica progresó en profundidad
y exactitud y recibe en el siglo XV estímulos significativos
con la aparición de obras olvidadas, la creación de bibliotecas,
el aumento del número de estudiosos conocedores del latín
y el griego y la comprobación de que en esos contenidos se podían
encontrar respuestas a cuestiones surgidas en otras ciencias.
La principal innovación se produjo
en el terreno artístico, en el que se experimenta la mayor ruptura
de la continuidad desde la caída de Roma, en un movimiento renovador
que conserva muchos hábitos tradicionales con el resurgir de las
formas clásicas. En tales innovaciones había una enorme carga
intelectual facilitada por los estudios de los eruditos que criticaban
las doctrinas tradicionales, propugnaban actuar con honestidad y
rigor en los campos de estudio y se reunían en academias, donde
la relación entre los miembros y los métodos utilizados diferían
de los de las universidades.
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