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Moderna  --- Historia Universal
 
 
1. LOS COMIENZOS DE LA MODERNIDAD
ISBN-84-9714-
 

1.3.- La Iglesia. Su influjo unificador y sus debilidades

En este panorama, la principal manifestación de internacionalismo correspondía a la Iglesia y al latín, el idioma usado por ella y por toda la gente culta para comunicarse entre sí por encima de lenguas y dialectos autóctonos. 

Este hecho ha sido considerado, generalmente, como un síntoma de debilidad de la civilización europea de entonces, pues los hombres cultivados en los distintos países eran pocos, mayoritariamente eclesiásticos, y necesitaban relacionarse unos con otros. Un caso ilustrativo al respecto lo tenemos en los juristas de las universidades, cuyas enseñanzas se articulaban sobre el Derecho Romano y sobre él se centraban, dado que este Derecho se mostraba útil en muchos países, a pesar de la diversidad imperante; igualmente, el desarrollo del Derecho, en general, será otro vínculo entre estos profesionales.

Las ciudades se conectaban entre sí a través de caminos, navegación costera y, cuando era posible, navegación fluvial. Los caminos constituían una especia de retícula continental cuya estructura básica eran las calzadas romanas, por entonces muy deterioradas, algunas abandonadas; en su trazado, los viajeros tenían que superar muchas dificultades y para reparar sus fuerzas sólo encontraban posadas y establecimientos de escasas comodidades.

Pese a sus deficiencias y limitaciones, los caminos actuaban como escenarios de intercambios de ideas y difusión de conocimientos, por lo que es fácil ver en su transcurso los testimonios que muestran la influencia de un estilo artístico o de una corriente espiritual. Uno de los casos más representativos nos lo ofrecen los Hermanos y Hermanas de la Vida Común, extendidos por Alemania y Holanda y cuyas casas se localizaban preferentemente en las ciudades que comerciaban en la feria anual de Deventer.

Por otra parte, la Iglesia era quien ejercía también la mayor influencia unificadora, tanto en los niveles más elevados como en la vida cotidiana y en las cuestiones administrativas y litúrgicas. En efecto, las altas jerarquías eclesiásticas –las más cultivadas- auspiciaban, impulsaban o protegían movimientos conscientes culturales y espirituales que se difundían por las vías más transitadas. Un buen ejemplo es el ya citado de los Hermanos y Hermanas de la Vida Común. En los estratos inferiores, la Iglesia era la institución mejor organizada y la que más eficazmente utilizaba los cauces administrativos; no en vano su organización era más grande, por encima de fronteras y regiones; también era la más antigua y por ambas características, la que más había depurado sus métodos y la que había acumulado mayor experiencia.

La Iglesia tenía en los valores y en la práctica que encarnaba otro de los factores de unificación. En todos los países seguidores del mismo credo, los actos religiosos se atenían a un ceremonial y a una liturgia común, donde las variantes, si las había, eran escasas y ello permitía a los fieles seguir los actos del culto e identificarlos, aunque no entendieran el latín y estuvieran en un pais distinto al suyo. La unidad de la doctrina profesada se mantenía gracias a la Inquisición, tribunal eclesiástico encargado de velar por la pureza del dogma y extirpar los brotes heréticos que surgieran en la comunidad. La misma práctica en la vida cotidiana abundaba en esta línea, pues la mayoría de los asuntos estaban centralizados (creación de sedes, divisiones parroquiales, uniones y separaciones de parroquias, matrimonios, bautizos, etc.)

Además, la Iglesia mantenía estrechas y constantes relaciones con las autoridades seculares en todos los niveles, relaciones propiciadas por la amplitud de su propia organización y por el poder de algunas autoridades eclesiásticas, como los obispos,  que superaban ampliamente a la mayoría de los súbditos reales. Una relación que, en algunos países, había convertido a las más relevantes figuras clericales  en funcionarios  de elevada categoría y miembros de los Parlamentos y Asambleas Nacionales y en algunos lugares, su dominio territorial era enorme, por lo que podían gobernar como auténticos príncipes mundanos. Esta doble presencia en la dimensión eclesiástica y civil había contribuido a difundir, en mayor o menor medida, la figura de eclesiásticos que ocupaban simultáneamente poderosos cargos civiles y relevantes dignidades dentro de la  organización de la iglesia.

Igualmente, su estado específico y su jurisdicción especial preservaron la independencia de la Iglesia y de sus miembros respecto del poder secular, al tiempo que el celibato les liberaba de trabas y obligaciones familiares. Esta situación los configura como un grupo muy específico, un estamento, extendido por todo el continente y posesor de un espíritu de casta, especialmente cerrado, igual o superior al de colectivos como juristas o gremios. El hecho de poseer una jurisdicción especial les permitía una amplia libertad de movimientos y eludir sus responsabilidades, cuando las había, con la sociedad civil, pues los tribunales eclesiásticos eran los únicos competentes para juzgar a los miembros de la Iglesia.

Una presencia tan generalizada de la Iglesia en la vida continental, en todos los niveles de la misma, se apoyaba en que la cristiandad católica no solamente era la religión oficial de los países sino también la religión popular, siendo contadas las excepciones en esta situación (algunas comunidades musulmanas en España, judíos, paganos en el norte de Suecia, etc.). Así se explica que el clero, tanto regular como secular, fuera  depositario de herencias piadosas, divulgador de cultos devocionales y  receptor, guardián y difusor de legados éticos y artísticos. Su papel en la vida cotidiana era fundamental porque había logrado que la mayoría de las actividades de una comunidad humana tuvieran un referente religioso, si no necesario, por lo menos casi ineludible, pues cualquier asociación  -laboral o institucional- estaba bajo el patrocinio de un santo o santa, a la que rendía culto, celebraba su fiesta anual y le dedicaba una serie de observancias religiosas; ninguna actividad importante se hacía sin ser solemnizada  mediante una ceremonia, un voto o una oración, ceremonial que implicaba a un número de personas más o menos crecido, en función de la importancia del acto a solemnizar y de su incidencia en la comunidad que lo celebraba.

Era práctica común celebrar fiestas periódicas donde se mezclaban  actos religiosos y profanos, unas fiestas que marcaban  el paso del tiempo para la comunidad, con sus secuencias anuales, estacionales, etc. La vida de cada individuo también tenía unas citas obligadas con la práctica religiosa y la Iglesia, pues ésta era la que establecía las leyes del matrimonio, y a través de ellas  regulaba la familia y la sociedad misma. Con independencia de que en los niveles populares la religión se viviera en su pureza o mezclada con supersticiones y prácticas ancestrales provenientes del paganismo, lo cierto es que cualquier persona tenía unas citas obligadas con la Iglesia, al margen de los preceptos dominicales y demás obligaciones religiosas (cuyo cumplimiento podía ser más laxo, accidental o inexistente); esas citas eran el bautismo, el matrimonio y la defunción.

Sin embargo, la Iglesia –al fin y al cabo una institución compuesta por hombres y mujeres- presentaba una serie de deficiencias, merecedoras de reproches y generadoras de males de entidad, pródigos en consecuencias negativas. Por lo pronto, en muchos lugares había quejas generalizadas hacia el comportamiento del clero, tanto por la confusión generada por muchos reformadores improvisados existentes, como por la relajación de los eclesiásticos, que olvidaban dar ejemplo con su conducta sobre las cosas que predicaban. La práctica e inercia administrativa posibilitaban actuaciones poco controladas e irresponsables de autoridades intermedias o menores con su correspondiente incidencia en la feligresía, y en los  niveles superiores, se lograba que los movimientos conciliares no cuajaran más que en concordatos particulares, en los que por parte eclesiástica se permitía la injerencia del poder real en negocios y cuestiones eclesiásticas a cambio de concesiones que potenciaban la significación de los príncipes de la Iglesia en la sociedad civil. Una realidad claramente perceptible que se aspiraba a corregir con la celebración de un Concilio general del que se esperaba la reforma de los altos niveles eclesiásticos, acabando con sus corruptelas, paso previo y necesario para el arreglo del estado de los niveles más bajos.

1.4.- El conocimiento y el pensamiento organizado

Otro de los mayores logros unificadores en esta Europa de mediados del siglo XV era el crecimiento, organización y difusión del pensamiento, aspectos en los que también la Iglesia estaba especialmente implicada y en los que las universidades venían siendo piezas claves. Por aquellas fechas  los establecimientos de esta naturaleza, auténticamente internacionales, superaban el medio centenar, utilizando un idioma común, el latín, en las lecturas y prácticas docentes;  la enseñanza  en sus aulas estaba auspiciada por las autoridades, lo que tenía el efecto beneficioso de facilitar la comprensión entre hombres de diferentes nacionalidades y uniformaba la transmisión de las ideas, pero paralizaba la libertad y neutralizaba iniciativas emprendedoras.

Ya estaba claro por entonces que el auténtico fin de la universidad era el estudio y la propagación de conocimientos ciertos y verdaderos en los diferentes campos de estudio que se iban abriendo como consecuencia del incremento del saber humano. En este sentido la variedad de temas era muy amplia, aunque en algunos de ellos el volumen de conocimiento real fuera escaso y todavía asistemático. Por lo demás, la comprobación experimental de las hipótesis no se desconocía, de la misma forma que la observación también tenía importancia; pero, por lo general, los temas científicos se enseñaban y aprendían como los de las demás materias, mediante la exposición y los textos patrones como métodos fundamentales. Como los libros eran escasos y caros, la discusión se utilizaba y valoraba mucho, tanto por la aportación de conocimientos en su transcurso como porque permitía apreciar la erudición de los participantes  y la precisión de las citas.

El área en la que el pensamiento se mostraba más dinámico y original era, sin duda, el estudio de la Antigüedad, estudio que siempre había sido de interés para los intelectuales entre los que muchos clásicos gozaban de gran admiración, como Virgilio o Aristóteles, por citar algunos. El estudio de la literatura clásica progresó en profundidad y exactitud y recibe en el siglo XV estímulos significativos  con la aparición de obras olvidadas, la creación de bibliotecas, el aumento del número de estudiosos conocedores del latín y el griego y la comprobación de que en esos contenidos se podían encontrar respuestas a cuestiones surgidas en otras ciencias.

La principal innovación se produjo en el terreno artístico, en el que se experimenta la mayor ruptura de la continuidad desde la caída de Roma, en un movimiento renovador que conserva muchos hábitos tradicionales con el resurgir de las formas clásicas. En tales innovaciones había una enorme carga intelectual facilitada por los estudios de los eruditos que criticaban las doctrinas tradicionales,  propugnaban actuar con honestidad y rigor en los campos de estudio y se reunían en academias, donde la relación entre los miembros y los métodos utilizados diferían de los de las universidades.