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LÍRICA CULTA Y LÍRICA TRADICIONAL
Sin duda, la poesía lírica
es la manifestación más antigua de la literatura universal.
Ya en los tiempos del neolítico, antes de que existiera la literatura
propiamente dicha, los seres humanos entonaban cantos para expresar sus
sentimientos: la alegría de una boda, de una partida de caza o de
una buena cosecha, y el dolor por una despedida o la muerte de un ser querido.
Incluso hoy día, esa es la única manifestación literaria
de los pueblos más primitivos. Paulatinamente, sin embargo, esa
poesía lírica primitiva se fue escindiendo en dos ramas complementarias:
la lírica culta y la lírica tradicional.
La lírica culta es la realizada
por un autor determinado; profesional o, cuando menos, especialista de
la literatura. Es la poesía lírica tal y como la solemos
entender hoy, y entre sus cultivadores podríamos recordar a Safo,
Catulo, Petrarca, Donne, Verlaine o Borges, por citar solo unos pocos nombres
de diferentes épocas y lenguas. En la mayoría de los casos
ese autor firmó su obra para la posteridad, y la creó
con la voluntad expresa de que se difundiera de forma inalterable (esto
es, en la mayoría de las ocasiones, por escrito) en ambientes más
o menos selectos: una ciudad importante, una corte, un grupo de lectores
especialmente cultivados por su inteligencia, por su sensibilidad... un
círculo cultural, en suma, en el que su destreza poética
fuera reconocida. En la Edad Media estaría representada, por ejemplo,
por la obra de los goliardos latinos, los trovadores provenzales, gallegos
o sicilianos, los trouvères franceses, los minnesinger
alemanes, los stilnovisti italianos o los poetas castellanos del
siglo XV.
La lírica tradicional, en cambio,
no tiene una autoría reconocida. Eso no quiere decir que sea obra
del pueblo, como pretendían los estudiosos románticos. Indudablemente,
debe existir un autor inicial, un creador de cada una de las piezas, pero
al no ser necesariamente un poeta profesional o especialista, al crearlas
dentro de la tradición (con sus usos, sus personajes, sus temas...)
y difundirlas y recrearlas también dentro de ella, esa autoría
deja de ser determinante. A veces, lo único que ha creado es un
nuevo verso para una canción, o ha unido dos cantares en uno solo.
Desde esas premisas, no es extraño que estas piezas no aparezcan
firmadas por sus autores, pues pocas veces son tales (salvo en los casos,
que ya veremos, en los que un autor culto se proponga imitar la lírica
tradicional), sino que se han limitado a reinventar o adaptar los poemas
que se han venido repitiendo durante generaciones. Esta misma naturaleza
va a hacer que tampoco se difundan de forma inalterable, sino que se modificarán
y se recrearán todas las veces que se canten, pues prácticamente
nunca hubo un texto escrito al que permanecer fiel: en la mayoría
de los casos, ni el autor debía saber escribir ni el cantante debía
saber leer, pero el ser humano siempre ha sabido cantar. Tampoco se van
a difundir en los ambientes más selectos, sino que están
hechas, precisamente, para ser cantadas por todos: en la fiesta de la aldea,
en una romería, para acompasarse durante las labores del campo o
de la casa o para hacer más llevadero el camino. Esa es la lírica
tradicional: la que se ha cantado y repetido de generación en generación,
la que ha acompañado siempre a los que no han tenido acceso a la
literatura escrita. Canciones como La cabra, Carrasclás
o La bamba serían un buen ejemplo contemporáneo de
lírica tradicional: todo el mundo las sabe y las ha cantado más
de una vez, pero nunca se ha planteado quién las escribió,
cuál es el verdadero orden de sus estrofas ni cuál es su
verdadera letra entre todas las que se pueden cantar.
Hay que hacer, sin embargo, un par de
precisiones. Por un lado, no estamos ante obras anónimas; simplemente
no importa su autor, porque cualquier persona que las canta o las recita
es ya un poco su autor. Tampoco hay que confundir la lírica tradicional
con la lírica popular. Si entendemos lírica popular en cuanto
poesía que nace y se transmite entre el pueblo, haremos bien en
verlas conjuntamente; pero no si la vemos simplemente como la poesía
más conocida o difundida; una pieza puede ser, en este sentido,
muy popular, como las Coplas de Jorge Manrique o el villancico Noche
de Paz de Gruber, pero eso no significa que no tenga un autor conocido
(aunque quien la cante frecuentemente lo ignore) ni que no se haya creado
meticulosamente como una pieza literaria ajena a la tradición; e,
igualmente, nos podemos encontrar con que algunas piezas plenamente tradicionales
no son nada populares.
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