| Centrándonos
ya en la Edad Media, tampoco hay que confundir la lírica tradicional
con la poesía de los juglares: estos eran unos profesionales del
espectáculo que se alquilaban a quien les quisiera pagar, por lo
que podían recitar por igual tanto las delicadas composiciones de
un culto trovador provenzal como las alegres canciones de tono picante
de una boda aldeana, coreadas por todo el pueblo; su función era
esa: ejecutar las piezas por las que recibirían su paga.
Por último, tampoco hay que confundir
el adjetivo tradicional con ínfimo, indecente, mal hecho o descuidado.
Efectivamente, los moralistas de la Edad Media, e incluso algunos escritores
(como Juan de Mena o el Marqués de Santillana), despreciaron este
tipo de composiciones por su ínfima calidad literaria, pero no hay
que olvidar que, para los hombres cultos de esa época, la única
lírica digna de atención era la culta. En nuestra época,
en cambio, se ha vuelto los ojos hacia estas composiciones y se ha visto
en ellas una poesía de una intensidad poco común, además
de encontrarles no pocas dotes de ingenio y de poesía en su estado
más puro.
La poesía lírica nació
para ser cantada, pero esto es mucho más cierto si lo aplicamos
a la lírica tradicional de la Edad Media. Como hemos dicho, es el
tipo de composiciones de que se echaba mano para celebrar los bailes de
la aldea, los recibimientos triunfales después de una campaña
guerrera, las fiestas, los trabajos del campo o la casa, las nanas o los
juegos de los niños. Y, al transmitirse en una sociedad no alfabetizada,
eso solo podía pasar de unos a otros por vía oral. Ahí
radica el principal problema de la lírica tradicional. Sabemos que
existía desde hace miles de años, pero al no haberse conservado
por escrito no tenemos testimonio de ella. Realmente, nadie que supiera
escribir (esto es, en principio, una persona culta y de un círculo
social elevado) se iba a molestar en recoger algo tan innoble y tan plebeyo
como los cantares de los labradores y villanos. Ni tan siquiera se contemplaban
dentro de la literatura (esto es, de la cultura escrita) de la época,
por lo que se podía prescindir completamente de ellos. Por eso,
los testimonios que conservamos son, en la mayoría de los casos,
indirectos. Entre ellos destacan las pocas poesías cultas que admitían
algunas de las características de la poesía tradicional,
como las chansons de toile francesas, cantigas d’amigo gallegas,
winileodas
germánicas...
Sin embargo, aunque no conserváramos
ningún texto, son muchas las noticias de la lírica tradicional
que han llegado hasta nosotros por otras vías. Así, en los
concilios eclesiásticos desde el siglo IV son muy frecuentes las
quejas de la Iglesia hacia los puellarum cantica (‘cantos de jovencitas’),
cantados en villas y aldeas, que incitaban al amor y a la lascivia y que,
por
tanto, debían ser prohibidos; y también son frecuentes las
quejas por los escándalos que provocaban los cantos fúnebres
(carmina diabolica, quae ... super mortuos vulgus facere solet,
‘poemas diabólicos que ... la gente suele hacer sobre los muertos’),
cantados en los velatorios o entierros. Asimismo, las crónicas nos
hablan a menudo de estas canciones cantadas por jovencitas y de los plantos
por los héroes caídos, los cantos de los soldados o marineros,
así como de las que cantaba el pueblo en las grandes ceremonias
o en los recibimientos triunfales. Y no hay que olvidar, por último,
que el teatro (especialmente el español del Siglo de Oro), al retratar
fielmente la vida de campesinos y villanos, echó mano de estas cancioncillas
en muchas ocasiones.
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