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6)
El expresionismo, un mundo aparte
El
expresionismo no tuvo la misma presencia que el surrealismo, aunque no por
eso dejó de ser conocido en España. La única exposición en nuestro país
fue tardía, en 1926, se celebró en Barcelona y luego en Madrid, y contó con
obras de Barlach,
Otto Dix, George Grosz, Heckel, Kirchner, Kokoschka y Emil Nolde, entre
otros. Pese a ello, algunas manifestaciones literarias ya habían llegado
antes.
Aquí
no hubo estilo expresionista, como propiamente no lo hubo en otras partes, en
la medida en que "no es exacta la idea de una escuela expresionista con
teorías muy concretas y fronteras netamente delimitadas" (Sebastián
Gasch, El Expresionismo), y de hecho
sus representantes siempre prefirieron hablar más de "postura
vital" que de una corriente entendida como tal. En todo caso, el
expresionismo se identificó frecuentemente con anticonformismo y sus
exponentes fueron vistos como iconoclastas.
Nacido
a mediados de la primera década, hacia 1910 ya se consideraba un movimiento básicamente
alemán, que surgía como reacción contra el impresionismo, en la medida en
que éste trabajaba todavía con referentes demasiado cercanos a la realidad
aparente de las cosas. Borges, uno de los primeros en entrar en contacto con
dicha corriente, diría que era "la tentativa de crear para esta época
un arte matinalmente intuicionista,
de superar la realidad ambiente y elevar sobre su madeja sensorial y emotiva
una ultrarrealidad espiritual" ("Acerca del expresionismo"
[1923]; citado por G. de Torre, Literaturas
europeas de vanguardia). G. de Torre diría años más tarde que como
movimiento era "quizá el único que merece plenamente tal título",
aunque reconocía la dificultad de encontrarle un cuerpo doctrinal
coherente (2001).
El
término había surgido en la Exposición
de la Secesión Berlinesa celebrada en 191, y parece tener su origen en la
afirmación del crítico Paul Cassirer, que, ante la pregunta de si un
determinado cuadro era impresionista, respondió: "¡No, es
expresionismo!". A partir de ahí empezó a aplicarse a cierta pintura
(el fauvismo, por ejemplo), y la revista Der
Sturm utilizó el vocablo
para caracterizar a los pintores de esa misma exposición: Nolde, Beckmann,
Kokoschka, Franz Marc, Heckel, Gras, entre otros provenientes de los grupos Die Brücke (El puente,
1905) y Der Blaue Reiter (El
jinete azul, 1911). No debe olvidarse que a la misma también estuvieron
invitados pintores como Bracque, Derain, De Vlaminck o Picasso, entre otros.
En 1912 el término ya calificaba a cierto arte de vanguardia (en España
"arte expresivo", según Gasch), mientras que en 1913 era utilizado
en la primera exposición de Marc Chagall en Berlín. A partir de 1914 lo
difundiría el historiador del arte Worringer (cuya firma aparece a menudo en Revista
de Occidente), quien le dio auténtica carta de naturaleza,
pasando a ser representativo de un determinado tipo de arte alemán.
Por lo demás, este movimiento tendría sus
momentos estelares durante la segunda década del siglo e inicios de la
tercera, hasta que a mediados de los veinte se vio superado por una segunda
manifestación expresionista, el "post-expresionismo" o "nueva
objetividad", en el que el espíritu apocalíptico primero se vio
sustituido por una mirada más reflexiva y lúcida: "Los visionarios que
habían creído en una metamorfosis mágica volvieron a encontrarse con la
cabeza fresca", diría el crítico Albert Soergel en 1926 (en G. de Torre
[2001]).
Los
principales teóricos de esta corriente fueron desde 1917 Casimir Edschmid y
Alfred Döblin, que, además, fue uno de los novelistas más característicos
del momento, aunque el primer libro como tal sería el de Hermann Bahr Expressionismus
(1920), mientras que en España
el artículo de Clément Pansaers "La pintura expresionista alemana"
(Cosmópolis, 41, mayo de 1920) es
uno de los primeros que da a conocer algunas de sus características. Ahora
bien: fue Borges, con "Antología expresionista"
(Cervantes, octubre de 1920)
y luego con "Lírica expresionista" (Grecia,
noviembre de 1920), el que ofreció ejemplos literarios de interés, mostrando
la obra de poetas expresionistas como Séller, Klemm, Ferl o Plagge, en labor
que luego continuaría en Vltra
(1921), y que resumiría bajo el epígrafe de Poetas
expresionistas.
También
hay que contar con la labor divulgadora de Yvan Goll, colaborador de Creación (1921), Tableros
(1921-22) o La Gaceta Literaria, y
autor de Les Cinq Continents. Antologie
mondiale de poesie contemporaine (1922),
obra muy difundida y que incluyó a autores españoles como Juan Ramón Jiménez,
Antonio Machado, Gómez de la Serna, G. de Torre, Humberto Rivas (con el que
colaboró en Circunvalación),
D’Ors, siendo reseñada por A. Espina en Revista
de Occidente (1923). Goll publicó también distintos trabajos sobre la
poesía y el teatro expresionista alemán en francés para L’Esprit
Nouveau en 1920-21, donde dejó dicho que el expresionismo "es la
generalización de la vida basada
en la influencia puramente espiritual". Del mismo modo, el siquiatra
Gonzalo R. Lafora en 1922 daba una conferencia en el Ateneo de Madrid titulada
"Estudio psicológico del cubismo y expresionismo", que luego
aparecería en Don Juan, los milagros y
otros ensayos (1927). En Literaturas
europeas de vanguardia, G. de Torre dedicaba un capítulo al
expresionismo, en el que incluía poemas del austríaco Franz Werfel, al que
luego, junto con el dramaturgo Georg Kaiser, editaría en Buenos Aires para
Losada en 1938.
También
Revista de Occidente tradujo tres obras de Kaiser entre 1926 y 1929 (De
la mañana a media noche, Gas
y Un día de octubre). De Ferdinand
Brückner se tradujo Los criminales.
Por el contrario, al abandonar su interés por el teatro, la revista de Ortega
no dio cuenta del estreno de La ópera
de tres peniques de Brecht (1928). Pero uno de los mayores logros de esta
publicación fue el de ofrecer la traducción completa de La metamorfosis de Kafka en los números de junio a agosto de 1925
(dos años antes que en Francia). También fueron reseñadas, por R.M.
Tenreiro, en 1927, El proceso y El
castillo. Del mismo modo, las novelas cortas de Werfel (La
muerte del pequeño burgués, Secreto
de un hombre, Casa de tristeza)
fueron publicadas por esta revista entre 1928 y 1933. No obstante, quizá debido al hecho de que el expresionismo no fue un movimiento
lírico, sino que abarcó teatro, novela, pintura, ensayo,
música y cine, se vio pospuesto en España a otras corrientes de
vanguardia.
El
expresionismo no abstrae geométricamente las formas, como el cubismo, ni es
una manifestación situada entre el sueño y la vida, como el surrealismo. El
expresionismo, basándose en la intuición, depura, intensifica e interpreta
la realidad, pero nunca se aparta totalmente de ella: "El instinto es
diez veces más importante que el
conocimiento" dice el pintor
Nolde (citado por Paul Vogt, Der Blaue
Reiter. Un expresionismo alemán).
Y, por supuesto, es absolutamente irracionalista: "Los expresionistas
llevaron a cabo el último asalto contra las defensas del racionalismo y las
derrotaron" (Bernard Denvir, El
fauvismo y el expresionismo).
Entre
sus rasgos fundamentales se halla lo que se ha dado en llamar la "poética
del grito", de la que habla el crítico Armando Plebe: "entendida
como un abrir los ojos de par en par a los aspectos más alarmantes de la
realidad […], parece exigir del artista una expresión angustiada y
angustiosa, un grito de alarma" (¿Qué
es verdaderamente el expresionismo?). Y esto es así por la insuficiencia
de la palabra para aprehender una realidad que se considera cruel: "Donde
encontrábamos una fisura en la corteza de lo convencional la señalábamos,
porque allí esperábamos hallar una fuerza que algún día saldría a la
luz", señalaba el pintor Franz Marc (citado por Vogt) poco antes de
morir en el frente.
Para
Cirlot, "el expresionismo es el arte producido por la insurrección
desbordante del principio de expresión", entendido éste como "la
emergencia de lo patético", en proceso realizado en un clima de
"cataclismo" (Diccionario de
los Ismos). Otra faceta importante era
su capacidad para deformar hasta la caricatura, dado que el expresionismo se
negaba a captar la realidad a través de
las huidizas impresiones del momento, estableciendo jerarquías y una
"estilización que deriva en deformación", como señaló Gasch. Los
expresionistas utilizaron la caricatura, el guiñol, la máscara y en general
todas aquellas deformaciones y trazos desgarrados que "expresaran"
en sí mismos, desdeñando la armonía impuesta por el impresionismo, y
convirtiéndose en un arte crítico en su búsqueda de nuevas manifestaciones.
Todo ello con la intención de descubrir una realidad más profunda y
significativa de las cosas con
una intensidad tal que, en palabras de Guillermo de Torre (2001), "la
deformación de la naturaleza, como se denominaba
entonces el proceso de transformación, se consideraba una necesidad
metafísica y no formal". De ahí también que el cine ejerciera tanta
influencia, porque básicamente ofrecía toda una poética de la deformación
("El estilo expresionista nunca podrá ser tan persuasivo y eficaz como
en el cine", decía el crítico Béla Balzàzs, cuya obra comentó F.
Vela en La Lectura, 1927; citado por
Plebe); deformación que se mostraba a través de vampiros, doctores,
personajes malvados y otros "superhombres al revés", tan propios de
las películas de F. W. Murnau, Wienne o Fritz Lang.
Para
todo ello la literatura expresionista se sirvió de recursos como el
"flujo de conciencia" (que, sin estar especialmente ligado a este
movimiento, lo calificó en buena medida); el uso de un lenguaje desgarrado
("para conseguir un estilo adecuado a la falsedad y a la crueldad de mis
modelos he copiado el folklore de
los urinarios, que me parecía la expresión más inmediata y la más directa
traducción de los sentimientos violentos", diría el pintor Grosz [en
Plebe]); la presencia constante
de la muerte, la violencia y la crueldad; la elaboración de
personajes abstractos o genéricos (por ejemplo, en el teatro: "El
hombre", "La mujer", "Los combatientes");
las narraciones
fragmentadas; la crítica a la
burguesía; la presencia de lo grotesco como medio de representar la
naturaleza humana; el uso certero y brutal de los adjetivos; la brusquedad de
los verbos.
Hecho
importante en nuestro país fue el de la aparición, en 1927, de la obra Nacht
Expressionismus. Realismus Magische, traducida al español como Realismo
mágico. Post-expresionismo, del crítico de arte alemán Franz Roh
(1925). Este autor hacía un análisis de la pintura de Beckmann, Grosz, Dix y
otros, que contemplaban, en palabras suyas, los objetos ordinarios con ojos
maravillados, ofreciendo una
visión de la realidad cercana al momento de la Creación,
del Génesis. La obra tuvo bastante difusión, en parte por la previa
selección de capítulos que de ella ofreció Revista
de Occidente, y llegó a alcanzar una
cierta notoriedad, más que nada por la presencia de ese binomio que
encabezaba su título, "realismo-mágico", que en realidad
se debía al énfasis que F. Vela
le había dado al traducirlo. El término tuvo éxito, Roh reclamaría
después su paternidad, sobre todo a la vista de que Massimo Bontempelli
también lo usaba, y acabaría imponiéndose en esos años para
clasificar obras tan dispares como las de Jarnés, Cocteau o Kafka. Con el
discurrir de los años, esta expresión, que tiene aquí su origen,
trataría de caracterizar ciertos
aspectos de la narrativa hispanoamericana, compitiendo a su vez con la
formulación poética de "lo real-maravilloso"
desarrollada por Carpentier en los años cuarenta, y que a su vez era
deudora de los principios del surrealismo, en el que el novelista cubano militó
en los treinta.
Pese
a todo, la literatura y el arte expresionista, con la excepción del cine (El gabinete del Dr. Caligari, de Wienne, impulsor de una moda que se
denominó "caligarismo"; Nosferatu,
de Murnau, o Metrópoli, de Fritz
Lang, fueron acogidas en España con gran interés), no tuvieron tanto eco
como otros movimientos de vanguardia. La poesía alemana ejerció influencia
en Borges, que tradujo obras de distintos autores, como ya vimos. Parece que
también en prosa existe una cercanía en las primeras novelas de Joaquín
Arderíus (que había estudiado en Bélgica), como, por ejemplo, en Mis mendigos (1915), antes de su paso a una narrativa de corte
revolucionario. Del mismo modo se ha destacado al primer Ayala, el de El
boxeador y un ángel, "de excepcional interés porque supone la
perfecta asimilación de futurismo, neogongorismo, expresionismo alemán y
surrealismo" (Buckley y Crispin, 1973). E igualmente
puede encontrarse algo en los textos literarios del pintor José Gutiérrez
Solana La España negra (1920) y su
novela Florencio Cornejo (1926), o
en A. Espina, al que G. de Torre calificó de "guiñolesco", sobre
todo en su volumen de cuentos Pájaro
pinto (1927), que recuerdan "los lienzos urbanos de Grosz o Dix"
(Rodríguez Fischer, 1999).
Pero
sin lugar a dudas fue Valle-Inclán el ejemplo más destacado de entre los
autores que se acercaron a ciertas formas del expresionismo, pese a su fama de
ser un escritor individualista y poco interesado por lo que se hacía a su
alrededor ("no leía nada", diría de él un malévolo Juan Ramón
Jiménez, por boca de Cernuda [Poesía y
literatura]). Valle-Inclán, que había militado en el modernismo, llegó
a aceptar ciertos aspectos del ultraísmo, como lo demuestran algunos poemas
suyos de finales de los diez, y ello pese a las andanadas que lanzaría después
en Luces de bohemia. Ahora bien: un análisis de las obras que se
engloban dentro de su teoría del esperpento pone de manifiesto un buen número
de coincidencias con la poética expresionista, difíciles de pasar por alto.
En buena medida el esperpento no es exclusivo de la literatura española de
ese momento, como ya señaló Alfonso Sastre (Anatomía del realismo, 1965), sino que viene a aparecer, con uno u
otro nombre, en el común desarrollo de la literatura europea de esos años, y muy especialmente en la que se está
llevando a cabo dentro del expresionismo. Fue G. de Torre uno de los primeros
que vieron "una tendencia expresionista" en la obra del escritor
gallego, mientras que Alonso Zamora Vicente, por su parte, señalaba que en Luces
de bohemia "estamos a un paso de los escalofriantes carnavales de
Solana o de Ensor" (La realidad
esperpéntica), aunque sería
Emilio González López quien estudiaría su teatro dentro de unas constantes
que derivan en un "expresionismo hondamente dramático y humanizado"
(El arte dramático de Valle-Inclán. Del decadentismo al expresionismo). El
propio Valle-Inclán, en una entrevista, avanzó que su Tirano Banderas iba a ser una novela "en prosa expresiva y poco
académica. […] Yo y mis personajes no sabemos que hay enciclopedias"
(Juan Antonio Hormigón, Valle-Inclán.
Cronología y documentos). Y aunque es improbable que lo hubiera leído,
resulta imposible pasar por alto la similitud
existente entre lo dicho por el crítico expresionista
Hermann Bahr y las conocidas palabras de Max Estrella cuando sabe de la
muerte del anarquista al que ha conocido en la cárcel. El primero escribió:
Nunca
hubo época más turbada por la desesperación y por el horror de la muerte.
[…] Nunca el hombre fue tan pequeño. Nunca estuvo más inquieto.
Nunca la alegría estuvo tan ausente y la libertad más muerta. Y he aquí
gritar la desesperación: el hombre pide gritando su alma, un solo grito de
angustia se eleva de nuestro tiempo. También el arte grita en las tinieblas,
pide socorro e invoca el espíritu: es el expresionismo (El
expresionismo, 1916; citado por De Micheli).
Y
Valle-Inclán hizo decir a su personaje de Luces
de bohemia:
Latino,
ya no puedo gritar… ¡Me muero de rabia!…
Estoy masticando ortigas. Ese muerto sabía su fin…
No le asustaba, pero temía el tormento…
La Leyenda Negra, en estos días menguados, es la Historia de España.
Nuestra vida es un círculo dantesco. Rabia y vergüenza.
Esta
"poética del grito", tan propia del expresionismo, tiene su eco en
la obra de Valle-Inclán, y muy especialmente en Tirano
Banderas (1926), novela en la que la denuncia crítica, la violencia, la
crueldad, la muerte, la distorsión y la perspectiva deformante, la
caricatura, los juegos de luces y sombras, la propia estructura cinematográfica,
la presencia del "superhombre al revés", el desgarro en el lenguaje
y el sarcasmo conforman un mundo literario que entronca directamente con los
presupuestos estéticos desarrollados por aquella corriente, por su
literatura, por su cine y por su arte.
7)
Las revistas de la vanguardia
Como
en tantos otros campos, la presencia de Ortega fue importante en el análisis
artístico y en la reflexión literaria. Ya dejaba constancia de esto en 1914
(el mismo año de su primer libro, Meditaciones
del Quijote), en el prólogo a El
pasajero, poemario vanguardista de Moreno Villa. En ese texto, que tituló
"Ensayo de estética a manera de prólogo", afirmaba, por ejemplo,
que "el arte es esencialmente IRREALIZACIÓN [sic]", en la
medida en que su esencia es la de crear "una nueva objetividad nacida del
previo rompimiento y aniquilación de los objetos reales". Sus
reflexiones posteriores sobre estos temas fueron amplias, sobresaliendo, claro
está, La deshumanización del arte,
donde Ortega efectuaba un diagnóstico (que no una receta) de las vanguardias
y hacía equivalente el concepto a la idea de antirrealismo y
antisentimentalismo, e Ideas sobre la
novela (1925), donde vierte unas controvertidas opiniones, rebatidas más
tarde, entre otros, por Borges. Todas ellas mostraron un influjo que sobrepasó
nuestras fronteras, como muestran las palabras de
E. R. Curtius al afirmar: "Ortega y Gasset tal vez sea el único
hombre en Europa que pueda hablar
hoy, con la misma seguridad de juicio […], de Kant, de Proust, del arte
prehistórico y de la pintura cubista, de Scheler y de Debussy" (citado
por Bonet [1995]).
Pero,
con ser importante su labor de teórico, acaso lo sea más la de editor,
ejemplificada en el diario El Sol o
en la revista España (1915-24), que, sin ser específicamente literaria, dio noticia de
autores como Proust, Marinetti, Reverdy, Apollinaire o Maiakowski, y de españoles
como Lorca, Bergamín, Espina y otros. Fue en 1923, con Revista
de Occidente, cuando creó uno de los órganos culturales más influyentes
de aquel período. Siendo como fue ésta una revista de pensamiento, en sus páginas
hubo bastante literatura en reseñas, noticias, fragmentos y obras completas
de las tendencias más diversas: de Alberti, Aleixandre, Cernuda, Diego, Lorca,
Guillén, Prados, Salinas, Bacarisse, Pablo Neruda, Miguel Hernández.
Junto a ello, las colaboraciones,
las traducciones de Rainer Maria Rilke, Paul Valéry, las liturgias poéticas
(en 1923 por el XXV aniversario de la muerte de Stéphane Mallarmé, en 1926
el debate sobre la "poesía pura", en 1927 el centenario de Góngora).
En esta revista, o en su editora, aparecieron
obras de Jarnés, Gómez de la Serna,
Ayala, Chacel, Espina, Corpus Barga, Moreno Villa, Lino Novás Calvo,
Neville, Quiroga Pla, Giménez Caballero, Cocteau, Giraudoux, Lenormand, Brückner,
Kaiser, O’Neill, Kafka, etc. Por eso, pese a las malignas palabras de Juan
Ramón, llamando a esta publicación “Revista de Desoriente”, la realidad
fue muy distinta.
Las
revistas relacionadas con las vanguardias fueron muchas, y en su mayoría,
además, específicamente literarias. Las hubo de muy diverso signo, y aunque
al principio algunas no nacieron cercanas
a los ismos, con el paso del tiempo a menudo se convirtieron
en órganos de expresión de las nuevas tendencias, e incluso pasaron
por varias de distinto signo. Es lo que ocurrió, por ejemplo, con Prometeo
(Madrid, 1908-12), Los
Quijotes (Madrid, 1915-18), Cervantes
(Madrid, 1916-20), Grecia (Sevilla-Madrid, 1918-20), que se iniciaron en algunos casos
en el modernismo, pasaron por el futurismo y acabaron siendo ultraístas.
Ligadas
al ultraísmo estuvieron Ultra
(Oviedo, 1919-20); Cosmópolis
(Madrid, 1919-22); Perseo (Madrid,
1919); Reflector (Madrid, 1920); Vltra
(Madrid, 1921-22); Tableros (Madrid,
1921-22); Horizonte (Madrid, 1922),
también abierta a otras tendencias; Vértices
(1923); Parábola (Burgos, 1923-28);
Alfar ( La Coruña, 1923-27), que
cultivó otras tendencias; Tobogán
(Madrid, 1924).
Las
más cercanas al surrealismo o a otras manifestaciones fueron Plural (Madrid, 1925); Favorables
París Poema (París, 1926), dirigida por Larrea y César Vallejo; Litoral
(Málaga, 1926-29); Verso y Prosa
(Murcia, 1927), llevada por Guillén; Mediodía
(Sevilla, 1926-33), órgano de difusión de los del 27; La
Gaceta Literaria (Madrid, 1927-32); Papel
de Aleluyas (Huelva, 1927-28); Gallo
(Granada, 1928); Carmen (Santander,
1928-29), con su suplemento Lola,
las dos bajo el control de Gerardo Diego; Manantial
(Segovia, 1928-29); Meseta
(Valladolid, 1928-29); DDOOSS
(Valencia, 1931); Héroe (Madrid,
1932); Los
Cuatro Vientos (Madrid, 1933); Isla
(Cádiz, 1933-36); Cruz y Raya
(Madrid, 1933-36); Octubre (Madrid,
1933-34); la bilingüe 1616
(Londres, 1934); Caballo Verde para la
Poesía (Madrid, 1935-36); El Gallo
Crisis (Orihuela, 1934-35); Floresta
de Prosa y Verso (Madrid, 1936).
De
entre todas, es La Gaceta Literaria
la que más ha dado que hablar, por su carácter de revista clave de las
vanguardias españolas. Fundada y dirigida por Ernesto Giménez Caballero, por
sus páginas pasó la práctica totalidad de los jóvenes literatos españoles
del momento, contando también con una amplia nómina de colaboradores
extranjeros: Cassou, Eluard, Epstein, Jacob, Jules Supervielle, Larbaud,
Pierre Mac Orlan, Montherlant, Henri Michaux, Walter Benjamin, Curtius, Ivan
Goll, Eliot, Joyce, Curcio Malaparte, Bontempelli, Marinetti, etc. Fue también
una revista que dio especial importancia al cine, no sólo con secciones
fijas a cargo de Pérez Ferrero,
Arconada, Gómez Mesa o Francisco Ayala, entre otros, sino con la fundación
del que sería el primer cine-club de España, que llevaron entre el propio
Giménez Caballero y Luis Buñuel. Centro también de numerosas polémicas,
nacionales e internacionales, la
posterior alineación de su fundador con los postulados del fascismo provocó
que muchos de sus colaboradores abandonaran esta empresa vanguardista en los años
treinta.
BIBLIOGRAFÍA
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