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Literatura Española



 
 

El Quijote de Cervantes.
ISBN: 84-9714-056-7.
José Montero Reguera
Universidad de Vigo

 


No son fáciles de discernir las razones que llevaron a Miguel de Cervantes Saavedra (Alcalá de Henares, 1547 – Madrid, 1616) a abandonar, hacia 1598 ó 1599, las aventuras de la pareja de enamorados constituida por Periandro y Auristela, que, dentro de las coordenadas de la novela bizantina, acabarían convirtiéndose, algunos años más tarde, en Los trabajos de Persiles y Sigismunda. Historia setentrional (Madrid: Juan de la Cuesta, 1617); en su lugar, el escritor alcalaíno inicia la narración de otras aventuras, en este caso las de un hidalgo de aldea, Alonso Quijano, que, enloquecido por la lectura de los libros de caballerías, abandona hacienda y familia y decide recorrer los caminos de España para deshacer cuantos entuertos encuentra a su paso, socorriendo a damas en apuros y amparando a débiles en peligro. Nace así, probablemente en las mazmorras de la cárcel real de Sevilla (“[…] como quien se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación”[Q, pról., 9]) la obra que inmortalizó a su autor y la novela que se ha convertido en la más universal de la literatura española: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (Madrid: Juan de la Cuesta, 1605) y su continuación, diez años más tarde, Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha (Madrid: Juan de la Cuesta, 1615).
 

Por el camino de la parodia.

La obra que con el tiempo ha llegado a ser considerada como la primera novela moderna o, al menos, como su germen (detrás está la idea de Ortega y Gasset de que “toda novela lleva dentro, como una íntima filigrana, el Quijote, de la misma manera que todo poema épico lleva, como el fruto el hueso, la Ilíada”), no deja de ser, en primer término, una parodia de los libros de caballerías con el objetivo explícito de “poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballerías” [Q., II, 74, 1223]. Igual propósito había guiado la primera parte: “[…] llevad la mira puesta a derribar la máquina mal fundada destos caballerescos libros, aborrecidos de tantos y alabados de muchos más” [Q., I, pról., 18]. Y como tal así se puede abordar la lectura –una lectura– del Quijote

A lo largo de la obra se establece un diálogo constante y enriquecedor con los libros de caballerías, género que Cervantes conocía muy bien, tanto en la teoría como en la práctica; sin duda, el referente paródico fundamental es el Amadís de Gaula, de ahí, por ejemplo, la división en cuatro libros. Ese conocimiento cervantino de la literatura caballeresca ofrece diversas perspectivas: una extensa nómina y catálogo a través del escrutinio de la biblioteca de don Quijote [Q, I, 6], la elaboración improvisada de un libro de caballerías en pequeño [Q, I, 21] e, incluso, la reflexión teórica sobre el género, patente, en este caso, a través de las palabras del canónigo toledano [Q, I, 47].

La parodia del mundo caballeresco se desarrolla ya desde la portada, que ofrece singulares elementos encaminados para orientar al lector por ese camino: frente a los adjetivos habituales en los libros de caballerías (esforzado, valeroso, virtuoso, excelentísimo…), Cervantes califica a su personaje de ingenioso, esto es, un adjetivo de esencia, que viene a calificar las virtudes intelectuales y no físicas de don Quijote: ‘creativo, rico en inventiva e imaginación’, pero también ‘de temperamento colérico y melancólico’; frente a los habituales príncipes, caballeros y alta nobleza que protagonizan los libros caballerescos, Cervantes presenta a un noble, pero que pertenece a la capa más baja de la sociedad nobiliaria: un hidalgo de aldea, en un momento en que esta clase social era objeto de duras críticas (en literatura, el recuerdo del escudero empobrecido del Lazarillo se hace obvio), y ya no era indicativo inmediato de nobleza: ser hidalgo suponía quedar exento de pagar impuestos, sí, pero el patrimonio económico paulatinamente mermado impedía mantener una situación social acorde con su rango. El nombre del personaje –con ese extraño, por impertinente para un hidalgo, don antepuesto– es evocador al mismo tiempo del de algunos héroes de caballerías (Lanzarote) y del nombre del hidalgo (Quij-), pero no deja de tener también su punto de burla a través del sufijo despectivo –ote, aún más cuando el quijote era la pieza de la armadura que cubre el muslo; asimismo, su adscripción geográfica es burlesca: frente a los lugares fabulosos (reales o imaginados) de los sobrenombres caballerescos (Gaula, Grecia, Hircania, Tracia…), don Quijote es señor de La Mancha, acaso la zona más árida y desértica de la Península Ibérica, lugar en el que abundaban los cristianos nuevos, por tanto donde no abundaba la nobleza, circunstancia con la que probablemente se juega lingüísticamente a través del nombre (Mancha = mancha, mácula), al igual que en La pícara Justina, llamada “manchega” por la mácula debida a su origen judío [Redondo, 1997:63 y 2001:530]. Finalmente, el grabado que aparece en la portada es sustancialmente distinto a las portadas habituales de libros de caballerías: el joven caballero montado sobre su corcel, apoyado este sobre sus patas traseras, y blandiendo la espada en situación de guerrear se sustituye en el Quijote por una de las marcas de la antigua imprenta de Pedro de Madrigal, que incluye una leyenda en latín (Post tenebras spero lucem) que Cervantes utilizará en la segunda parte (Q., II, 68, 1180). 

La parodia y burla se extienden a buena parte de los textos preliminares y epilogales, singularmente el prólogo, verdadera pieza magistral, y los poemas que se ponen en boca de personajes de libros de caballerías dedicados a los protagonistas de la novela: Amadís de Gaula a don Quijote de la Mancha, Don Belianís de Grecia a don Quijote de la Mancha, Gandalín, escudero de Amadís, a Sancho Panza, escudero de don Quijote; Diálogo entre Babieca y Rocinante, etc.; así como la burlesca justa poética del final: Los académicos de la Argamasilla, lugar de la Mancha, en vida y muerte del valeroso don Quijote de la Mancha, “hoc scripserunt”… La parodia, iniciada desde la portada, afecta a todos los niveles del texto: el desarrollo de los acontecimientos (las aventuras del caballero se van ensartando de manera lineal, al menos inicialmente), los protagonistas (Don Quijote, Sancho, Dulcinea del Toboso, doña Rodríguez, etc. son más bien antihéroes), los episodios (armazón caballeresca, hazañas, penitencia de amor…), recursos (manuscrito encontrado, los encantadores), etc.