Sobre su génesis y estructura.
Acaso la idea inicial de la novela pudo
haberse inspirado en un anónimo Entremés de los romances
que
presenta evidentes similitudes con los primeros capítulos de la
obra cervantina. Pese a las dudas que han mostrado algunos críticos,
el entremés parece ser anterior a la primera parte del Quijote
y,
por tanto, ha de ser considerado como fuente o precedente y no al revés.
Las cercanías entre uno y otro texto pueden seguirse a través
del siguiente esquema [Menéndez Pidal, 1924]:
| Entremés de los romances |
Quijote, I, caps. 1-5 |
| El personaje central es Bartolo, que enloquece leyendo romances |
Don Quijote enloquece leyendo libros de caballerías |
| Bartolo se decide a imitar las acciones de los grandes héroes,
creyéndose un caballero morisco. |
Don Quijote se hace caballero andante |
| Bartolo trata de defender a una pastora asediada por un pastor, pero
este le apalea |
Don Quijote intenta defender a un muchacho que está siendo golpeado
por su amo. Seguidamente, en el encuentro con los mercaderes toledanos,
cae del caballo. Un criado le apalea con la lanza |
| Bartolo atribuye a su caballo la caída y consecuente derrota |
Don Quijote culpa a Rocinante de su fracaso |
| Tras ello, recita el romance de Valdovinos |
Tendido en el suelo, don Quijote se acuerda del romance de Valdovinos
y recita unos versos del romance del marqués de Mantua |
| Después, un vecino le lleva a su aldea y en el camino se cree
Abindarráez, que habla con el alcaide de Baza |
Un labrador de su pueblo lo lleva consigo. En el camino, don Quijote
se cree el moro Abindarráez e imagina que su vecino es el alcaide
de Antequera. Al mismo tiempo, convierte a Dulcinea en la Jarifa de la
novela morisca |
El labrador pobre del Entremés
de los Romances se convierte en la novela cervantina en la figura de
un empobrecido hidalgo de aldea: el cambio parece explicarse por el aprovechamiento
de los elementos paródicos que ofrecía este tipo de noble
con respecto a los grandes títulos que ostentaban los personajes
de los libros de caballerías; pero, probablemente, Cervantes iba
mucho más allá: los hidalgos se hallaban en el centro de
la sociedad española del Siglo de Oro, como una clase social a medio
camino entre dos extremos: la pobreza, por un lado; la nobleza, por otro.
En esa época, ser hidalgo (especialmente de aldea) significaba,
la mayor parte de las veces, ostentar una nobleza que no se podía
sustentar económicamente, con las tensiones sociales que eso provocaba
(cf. Q., II, 2, 643): “Quienes dieron cauce a la novela moderna, quienes,
por las mismas fechas, crearon el Quijote y la novela picaresca,
detectaron tales tensiones sociales y las llevaron, con sensibilidad extraordinaria,
al centro de la mejor y más original prosa de nuestro Siglo de Oro.
La novela, intuitivamente, aunque sin perfiles claros ni bien definidos
estaba ya atisbando y entreviendo con acierto pleno, en todo caso, que
los grupos sociales intermedios, y en torno a ellos sus aledaños,
se hallaba la clave de las inquietudes sociales de su época, y que
tales inquietudes eran tema preferente de su quehacer literario, o, si
se quiere, novelesco” [Rey Hazas, 1996:158-9].
Los capítulos inspirados hipotéticamente
en el Entremés se corresponderían con la primera salida
de don Quijote (caps.1-5), una posible novela corta que constituiría
el plan inicial de Cervantes, esto es, lo que parte de la crítica
ha denominado el Ur-Quijote [Montero Reguera, 1997: cap. VI]. Independientemente
de las razones –de mayor o menor peso– que se han esgrimido al respecto,
el hecho de que Cervantes concibiera originalmente el Quijote como
una novela corta no ha de extrañar: probablemente era el género
que más y mejor había cultivado hasta el momento y se tiene
constancia de algunas novelas cortas compuestas por esas mismas fechas
(Rinconete y Cortadillo, El celoso extremeño, Novela del curioso
impertinente, ¿La tía fingida?) [Montero Reguera, 2001].
Tras ese posible planteamiento inicial,
Cervantes decide continuar las aventuras del hidalgo manchego estructurándolas
en cuatro partes, al estilo del Amadís de Gaula. Las de don
Quijote se van sucediendo como en los libros de caballerías, de
manera lineal, lo que probablemente acabaría cansando al lector:
desgracias y descalabros del protagonista provocarían, en primer
término, la risa cuando no la carcajada, pero su repetición
monótona podría llegar a aburrir. La variedad que exigían
las preceptivas de la época no se conseguía sólo a
través de la diversidad de aventuras sucedidas a don Quijote, si
no que se hacía necesario algún procedimiento distinto. Cervantes
acude entonces a dos recursos: la potenciación progresiva del personaje
del escudero y la incorporación de novelas cortas. El primero –la
participación cada vez mayor de Sancho– permite configurar con más
riqueza la figura del labrador y, consecuentemente, a don Quijote, cuyo
contacto cotidiano con aquel acaba influyéndole de manera decisiva
(Salvador de Madariaga acuñó para este proceso mutuo de influencia
los términos, muy discutidos, de Quijotización y Sanchificación,
[Martín Morán, 1992]), e introduce los sabrosos coloquios
entre amo y escudero, tan ricos y diversos.
El segundo, la interpolación de
novelas, hace aumentar considerablemente el libro y ha sido objeto de reflexión
y análisis tanto por el propio Cervantes como por los abundantes
estudiosos de este aspecto del Quijote. Frente a las dos primeras
partes, similares en extensión y número de capítulos
(Iª. parte, caps. 1-8 [8], ff. 1-30 [30]; IIª. parte, caps. 9-14
[6], ff. 31-57 [27]) las dos restantes, especialmente la última
(IIIª. parte, caps. 15-27 [13], ff. 59-148 [89]; IVª. parte,
caps. 28-52 [25], ff. 149-317 [168]), se muestran inusualmente desproporcionadas:
de manera inusual, porque no era frecuente en los libros de caballerías,
ni en el quehacer novelesco cervantino. La razón ha de encontrarse
(en la cuarta parte) en la inserción de diversos episodios e historias
marginales, completamente ajenos a la trama principal: la novela del curioso
impertinente (caps. 30-35), la historia del capitán cautivo (caps.
39-41), la de los amores cruzados entre Dorotea, Luscinda, don Fernando
y Cardenio; la historia de la hija del oidor y sobrina del capitán
(doña Clara) con el mozo de mulas (cap. 43), y la de Leandra y Vicente
de la Rosa (cap. 51). Las interpolaciones no se producen exclusivamente
en esta cuarta parte, pero probablemente estaban destinadas para ella,
sólo que a última hora Cervantes las cambió de sitio
al darse cuenta de la descomposición estructural que se estaba produciendo:
el capítulo décimo –de singular importancia, pues en él
se planifica buena parte de las aventuras posteriores– acaba con una situación
que se describe así: “Y sacando en esto lo que dijo que traía,
comieron los dos en buena paz y compaña” (Q., I, 10, 118). Este
mismo tiempo, frase y situación se encuentra al inicio del capítulo
decimoquinto: “Apeáronse don Quijote y Sancho y, dejando al jumento
y a Rocinante a sus anchuras pacer de la mucha yerba que allí había,
dieron saco a las alforjas y, sin cirimonia alguna, en buena paz y compañía,
amo y mozo comieron lo que en ellas hallaron” (Q., I, 15, 159). En medio
quedan los capítulos 11-14 donde se insertan, sin duda a posteriori,
el discurso sobre la Edad de Oro y la historia de Marcela y Grisóstomo:
este último relato se habría incluido originalmente en el
capítulo 25 (allí se dice: “[…] como ya oíste decir
a aquel pastor de marras, Ambrosio […]”, Q., I, 25, 276; este pastor Ambrosio
es el que había contado los preliminares de la historia de Marcela,
pero han pasado casi ochenta folios desde entonces y se dice como algo
que acaba de suceder: de marras, ‘de antes, consabido’); sin embargo, Cervantes
decide después moverlo a la segunda parte porque, de lo contrario,
se produciría una desproporción total en la estructura de
la tercera. Se trataría, en fin, de relatos interpolados a última
hora para hacer más agradable la historia como justifica el narrador
al inicio del capítulo 44 del Quijote de 1615.“[...] que
el ir siempre atenido el entendimiento, la mano y la pluma a escribir de
un solo sujeto y hablar por las bocas de pocas personas era un trabajo
incomportable, cuyo fruto no redundaba en el de su autor, y que por huir
deste inconveniente había usado en la primera parte del artificio
de algunas novelas” (Q., II, 44, 979-80).
Ahora bien, estos cambios y modificaciones
de última hora han dejado algunas huellas textuales, los famosos
descuidos de Cervantes: epígrafes de capítulos que rompen
la secuencia sintáctica de la frase (Q., I, 3-4 y 5-6), títulos
de capítulos que no se corresponden con lo que sucede en ellos (Q.,
I, 10, 36), el episodio del robo y recuperación del asno de Sancho
Panza, etc. [Martín Morán, 1990].
Cervantes fue especialmente receptivo
ante los posibles fallos de su propia obra, que salen a escena y son discutidos
en el curso de la segunda parte. Son los propios personajes quienes los
discuten: al ser interrogados por aquellos que han leído la obra
no tienen más remedio que resolver sus dudas; son, por otra parte,
las dudas de personas que han leído con detenimiento la novela y
que expresan consideraciones que otros contemporáneos también
podrían realizar. A través de sus personajes, Cervantes,
he aquí su sabiduría novelística, aclara muchos aspectos
que podían provocar la reacción en un sentido u otro del
público que leyó la primera parte. Como es sabido, se le
criticó la aparición de novelas intercaladas, porque no tienen
nada que ver con la historia central, y la incoherencia del episodio del
robo del rucio (Q., II, 3, 652 y 655). El libro tiene otras cosas que enmendar,
dice Sansón Carrasco, “pero ninguna debe de de ser de la importancia
de las ya referidas” (Q., II, 4, 658). Don Quijote y Sancho responden cumplidamente
a estas dos cuestiones en los capítulos cuatro y veintisiete de
las segunda parte, echando la culpa, en lo que se refiere al asunto del
rucio, a los impresores: “Este Ginés de Pasamonte, a quien don Quijote
llamaba “Ginesillo de Parapilla”, fue el que hurtó a Sancho Panza
el rucio, que, por no haberse puesto el cómo ni el cuándo
en la primera parte, por culpa de los impresores, ha dado en qué
entender a muchos, que atribuían a poca memoria del autor la falta
de emprenta” (Q., II, 27, 855).
Sancho Panza y su rucio
La cuestión de las novelas intercaladas
le preocupó especialmente a Cervantes, quizá por el contenido
de teoría literaria que traía consigo. El asunto se plantea
en el capítulo tercero de la segunda parte y se explica detenidamente
en el cuarenta y cuatro, donde el autor hace propósito de “no ingerir
novelas sueltas ni pegadizas”. Es destacable señalar cómo
Cervantes reflexiona sobre esos reparos puestos a la primera parte y los
aplica al libro publicado en 1615. Así, en títulos como el
del capítulo cincuenta y cuatro: “Que trata de cosas tocantes a
esta historia, y no a otra alguna”; y en otros momentos de la novela: “Aquí
pinta el autor todas las circunstancias de la casa de don Diego, pintándonos
en ellas lo que contiene una casa de caballero labrador y rico; pero al
traductor desta historia le pareció pasar estas y otras semejantes
menudencias en silencio, porque no venían bien con el propósito
principal de la historia, la cual más tiene su fuerza en la verdad
que en las frías digresiones” (Q., II, 18, 772); y al recapitular
don Quijote con Sancho lo sucedido en la cueva de Montesinos (Q., II, 23,
825-6), y al hablar don Quijote sobre los mecenas (Q., II, 24, 830-1)…
Cervantes, en fin, ha reflexionado sobre su propia novela y corrige en
la práctica los fallos y reparos advertidos.
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