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Literatura Española



 
 

El Quijote (2/6)

 


Sobre su génesis y estructura.

Acaso la idea inicial de la novela pudo haberse inspirado en un anónimo Entremés de los romances que presenta evidentes similitudes con los primeros capítulos de la obra cervantina. Pese a las dudas que han mostrado algunos críticos, el entremés parece ser anterior a la primera parte del Quijote y, por tanto, ha de ser considerado como fuente o precedente y no al revés. Las cercanías entre uno y otro texto pueden seguirse a través del siguiente esquema [Menéndez Pidal, 1924]:
 
 

Entremés de los romances Quijote, I, caps. 1-5
El personaje central es Bartolo, que enloquece leyendo romances Don Quijote enloquece leyendo libros de caballerías
Bartolo se decide a imitar las acciones de los grandes héroes, creyéndose un caballero morisco. Don Quijote se hace caballero andante
Bartolo trata de defender a una pastora asediada por un pastor, pero este le apalea Don Quijote intenta defender a un muchacho que está siendo golpeado por su amo. Seguidamente, en el encuentro con los mercaderes toledanos, cae del caballo. Un criado le apalea con la lanza
Bartolo atribuye a su caballo la caída y consecuente derrota Don Quijote culpa a Rocinante de su fracaso
Tras ello, recita el romance de Valdovinos Tendido en el suelo, don Quijote se acuerda del romance de Valdovinos y recita unos versos del romance del marqués de Mantua
Después, un vecino le lleva a su aldea y en el camino se cree Abindarráez, que habla con el alcaide de Baza Un labrador de su pueblo lo lleva consigo. En el camino, don Quijote se cree el moro Abindarráez e imagina que su vecino es el alcaide de Antequera. Al mismo tiempo, convierte a Dulcinea en la Jarifa de la novela morisca

 El labrador pobre del Entremés de los Romances se convierte en la novela cervantina en la figura de un empobrecido hidalgo de aldea: el cambio parece explicarse por el aprovechamiento de los elementos paródicos que ofrecía este tipo de noble con respecto a los grandes títulos que ostentaban los personajes de los libros de caballerías; pero, probablemente, Cervantes iba mucho más allá: los hidalgos se hallaban en el centro de la sociedad española del Siglo de Oro, como una clase social a medio camino entre dos extremos: la pobreza, por un lado; la nobleza, por otro. En esa época, ser hidalgo (especialmente de aldea) significaba, la mayor parte de las veces, ostentar una nobleza que no se podía sustentar económicamente, con las tensiones sociales que eso provocaba (cf. Q., II, 2, 643): “Quienes dieron cauce a la novela moderna, quienes, por las mismas fechas, crearon el Quijote y la novela picaresca, detectaron tales tensiones sociales y las llevaron, con sensibilidad extraordinaria, al centro de la mejor y más original prosa de nuestro Siglo de Oro. La novela, intuitivamente, aunque sin perfiles claros ni bien definidos estaba ya atisbando y entreviendo con acierto pleno, en todo caso, que los grupos sociales intermedios, y en torno a ellos sus aledaños, se hallaba la clave de las inquietudes sociales de su época, y que tales inquietudes eran tema preferente de su quehacer literario, o, si se quiere, novelesco” [Rey Hazas, 1996:158-9].

Los capítulos inspirados hipotéticamente en el Entremés se corresponderían con la primera salida de don Quijote (caps.1-5), una posible novela corta que constituiría el plan inicial de Cervantes, esto es, lo que parte de la crítica ha denominado el Ur-Quijote [Montero Reguera, 1997: cap. VI]. Independientemente de las razones –de mayor o menor peso– que se han esgrimido al respecto, el hecho de que Cervantes concibiera originalmente el Quijote como una novela corta no ha de extrañar: probablemente era el género que más y mejor había cultivado hasta el momento y se tiene constancia de algunas novelas cortas compuestas por esas mismas fechas (Rinconete y Cortadillo, El celoso extremeño, Novela del curioso impertinente, ¿La tía fingida?) [Montero Reguera, 2001].

Tras ese posible planteamiento inicial, Cervantes decide continuar las aventuras del hidalgo manchego estructurándolas en cuatro partes, al estilo del Amadís de Gaula. Las de don Quijote se van sucediendo como en los libros de caballerías, de manera lineal, lo que probablemente acabaría cansando al lector: desgracias y descalabros del protagonista provocarían, en primer término, la risa cuando no la carcajada, pero su repetición monótona podría llegar a aburrir. La variedad que exigían las preceptivas de la época no se conseguía sólo a través de la diversidad de aventuras sucedidas a don Quijote, si no que se hacía necesario algún procedimiento distinto. Cervantes acude entonces a dos recursos: la potenciación progresiva del personaje del escudero y la incorporación de novelas cortas. El primero –la participación cada vez mayor de Sancho– permite configurar con más riqueza la figura del labrador y, consecuentemente, a don Quijote, cuyo contacto cotidiano con aquel acaba influyéndole de manera decisiva (Salvador de Madariaga acuñó para este proceso mutuo de influencia los términos, muy discutidos, de Quijotización y Sanchificación, [Martín Morán, 1992]), e introduce los sabrosos coloquios entre amo y escudero, tan ricos y diversos.

El segundo, la interpolación de novelas, hace aumentar considerablemente el libro y ha sido objeto de reflexión y análisis tanto por el propio Cervantes como por los abundantes estudiosos de este aspecto del Quijote. Frente a las dos primeras partes, similares en extensión y número de capítulos (Iª. parte, caps. 1-8 [8], ff. 1-30 [30]; IIª. parte, caps. 9-14 [6], ff. 31-57 [27]) las dos restantes, especialmente la última (IIIª. parte, caps. 15-27 [13], ff. 59-148 [89]; IVª. parte, caps. 28-52 [25], ff. 149-317 [168]), se muestran inusualmente desproporcionadas: de manera inusual, porque no era frecuente en los libros de caballerías, ni en el quehacer novelesco cervantino. La razón ha de encontrarse (en la cuarta parte) en la inserción de diversos episodios e historias marginales, completamente ajenos a la trama principal: la novela del curioso impertinente (caps. 30-35), la historia del capitán cautivo (caps. 39-41), la de los amores cruzados entre Dorotea, Luscinda, don Fernando y Cardenio; la historia de la hija del oidor y sobrina del capitán (doña Clara) con el mozo de mulas (cap. 43), y la de Leandra y Vicente de la Rosa (cap. 51). Las interpolaciones no se producen exclusivamente en esta cuarta parte, pero probablemente estaban destinadas para ella, sólo que a última hora Cervantes las cambió de sitio al darse cuenta de la descomposición estructural que se estaba produciendo: el capítulo décimo –de singular importancia, pues en él se planifica buena parte de las aventuras posteriores– acaba con una situación que se describe así: “Y sacando en esto lo que dijo que traía, comieron los dos en buena paz y compaña” (Q., I, 10, 118). Este mismo tiempo, frase y situación se encuentra al inicio del capítulo decimoquinto: “Apeáronse don Quijote y Sancho y, dejando al jumento y a Rocinante a sus anchuras pacer de la mucha yerba que allí había, dieron saco a las alforjas y, sin cirimonia alguna, en buena paz y compañía, amo y mozo comieron lo que en ellas hallaron” (Q., I, 15, 159). En medio quedan los capítulos 11-14 donde se insertan, sin duda a posteriori, el discurso sobre la Edad de Oro y la historia de Marcela y Grisóstomo: este último relato se habría incluido originalmente en el capítulo 25 (allí se dice: “[…] como ya oíste decir a aquel pastor de marras, Ambrosio […]”, Q., I, 25, 276; este pastor Ambrosio es el que había contado los preliminares de la historia de Marcela, pero han pasado casi ochenta folios desde entonces y se dice como algo que acaba de suceder: de marras, ‘de antes, consabido’); sin embargo, Cervantes decide después moverlo a la segunda parte porque, de lo contrario, se produciría una desproporción total en la estructura de la tercera. Se trataría, en fin, de relatos interpolados a última hora para hacer más agradable la historia como justifica el narrador al inicio del capítulo 44 del Quijote de 1615.“[...] que el ir siempre atenido el entendimiento, la mano y la pluma a escribir de un solo sujeto y hablar por las bocas de pocas personas era un trabajo incomportable, cuyo fruto no redundaba en el de su autor, y que por huir deste inconveniente había usado en la primera parte del artificio de algunas novelas” (Q., II, 44, 979-80).

Ahora bien, estos cambios y modificaciones de última hora han dejado algunas huellas textuales, los famosos descuidos de Cervantes: epígrafes de capítulos que rompen la secuencia sintáctica de la frase (Q., I, 3-4 y 5-6), títulos de capítulos que no se corresponden con lo que sucede en ellos (Q., I, 10, 36), el episodio del robo y recuperación del asno de Sancho Panza, etc. [Martín Morán, 1990].

Cervantes fue especialmente receptivo ante los posibles fallos de su propia obra, que salen a escena y son discutidos en el curso de la segunda parte. Son los propios personajes quienes los discuten: al ser interrogados por aquellos que han leído la obra no tienen más remedio que resolver sus dudas; son, por otra parte, las dudas de personas que han leído con detenimiento la novela y que expresan consideraciones que otros contemporáneos también podrían realizar. A través de sus personajes, Cervantes, he aquí su sabiduría novelística, aclara muchos aspectos que podían provocar la reacción en un sentido u otro del público que leyó la primera parte. Como es sabido, se le criticó la aparición de novelas intercaladas, porque no tienen nada que ver con la historia central, y la incoherencia del episodio del robo del rucio (Q., II, 3, 652 y 655). El libro tiene otras cosas que enmendar, dice Sansón Carrasco, “pero ninguna debe de de ser de la importancia de las ya referidas” (Q., II, 4, 658). Don Quijote y Sancho responden cumplidamente a estas dos cuestiones en los capítulos cuatro y veintisiete de las segunda parte, echando la culpa, en lo que se refiere al asunto del rucio, a los impresores: “Este Ginés de Pasamonte, a quien don Quijote llamaba “Ginesillo de Parapilla”, fue el que hurtó a Sancho Panza el rucio, que, por no haberse puesto el cómo ni el cuándo en la primera parte, por culpa de los impresores, ha dado en qué entender a muchos, que atribuían a poca memoria del autor la falta de emprenta” (Q., II, 27, 855).


Sancho Panza y su rucio

La cuestión de las novelas intercaladas le preocupó especialmente a Cervantes, quizá por el contenido de teoría literaria que traía consigo. El asunto se plantea en el capítulo tercero de la segunda parte y se explica detenidamente en el cuarenta y cuatro, donde el autor hace propósito de “no ingerir novelas sueltas ni pegadizas”. Es destacable señalar cómo Cervantes reflexiona sobre esos reparos puestos a la primera parte y los aplica al libro publicado en 1615. Así, en títulos como el del capítulo cincuenta y cuatro: “Que trata de cosas tocantes a esta historia, y no a otra alguna”; y en otros momentos de la novela: “Aquí pinta el autor todas las circunstancias de la casa de don Diego, pintándonos en ellas lo que contiene una casa de caballero labrador y rico; pero al traductor desta historia le pareció pasar estas y otras semejantes menudencias en silencio, porque no venían bien con el propósito principal de la historia, la cual más tiene su fuerza en la verdad que en las frías digresiones” (Q., II, 18, 772); y al recapitular don Quijote con Sancho lo sucedido en la cueva de Montesinos (Q., II, 23, 825-6), y al hablar don Quijote sobre los mecenas (Q., II, 24, 830-1)… Cervantes, en fin, ha reflexionado sobre su propia novela y corrige en la práctica los fallos y reparos advertidos.