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Literatura Española



 
 

El Quijote (3/6)

 


Alonso Quijano “el bueno” y Don Quijote de la Mancha.

Frente a la novela picaresca (“Pues sepa Vuesa Merced, ante todas cosas, que a mí llaman Lázaro de Tormes, hijo de Tomé Gonzales y de Antona Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca”) y la novela de caballerías (“Aquí comiença el primero libro del esforçado y virtuoso cavallero Amadís, hijo del rey Perión de Gaula y de la reina Helisena”), la de Cervantes se contextualiza con deliberada imprecisión: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”. La imprecisión espacio-temporal se suma a la del nombre del personaje: “Quieren decir que tenía el sobre nombre de “Quijada” o “Quesada”, que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben, aunque por conjeturas verisímiles se deja entender que se llamaba “Quijana”. Pero esto importa poco a nuestro cuento: basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad” [Q., I, 1, 37].

Nuestro protagonista es un hidalgo de aldea cuya nobleza se ve refrendada por su comportamiento personal (“el honrado hidalgo del señor Quijana” [Q., I, 5, 73]), pero también por un patrimonio económico ya algo mermado (Q., I, 1, 37; 26, 295 y II, 2, 643; 10, 705) y por sentencia judicial: “[…] yo soy hijodalgo de solar conocido, de posesión y propiedad y de devengar quinientos sueldos” (Q., I, 21, 232). Su tiempo de ocio –que era abundante– lo ocupaba en la lectura de libros de caballerías, de los que poseía una considerable biblioteca. Tales lecturas, y no un desengaño amoroso como en el caso de Orlando Furioso a causa de los desdenes de Angélica, hacen enloquecer al hidalgo. Su locura produce dos consecuencias inmediatas: cree que todo lo que ha leído en los libros de caballerías es cierto y piensa en la posibilidad de resucitar la orden caballeresca. Su locura se corresponde con su aspecto físico (“Era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro”, Q., I, 1, 36), que a su vez responde a uno de los tipos humanos establecidos por la medicina de la época (v.g. Juan Huarte de San Juan, Examen de ingenios, 1575): los de temperamento caliente y seco; de ahí el calificativo que lo define desde la portada: ingenioso. Don Quijote es, por un lado sutil, inventivo, inteligente, de entendimiento natural; pero, por otro, desequilibrado, con tendencia a la depresión, maniático, colérico [Redondo, 1997:136].

Una vez convertido, en su mente, por causa de la locura, en caballero andante, necesita hacerse con los elementos indispensables para poderse considerar como tal: armadura, caballo, nombre y amada; todos ellos contribuyen a crear una figura ridícula: la armadura es de sus bisabuelos, por lo que irá vestido anacrónicamente, siguiendo un estilo que estaría de moda un siglo antes; Rocinante es todo piel y huesos; el nombre elegido incluye un sufijo despectivo y sirve para designar una parte de la armadura… Cuando termina el primer capítulo Cervantes ha delineado un personaje absolutamente ridículo cuyas acciones en los subsecuentes capítulos van a a confirmar esta visión inicial. La manera en cómo se expresa se corresponderá asimismo con ese aspecto ridículo: expresiones arcaizantes, elementos de la clase social a que pertentece, cierto empaque retórico (sobre todo en algunos discursos)… Su locura, no obstante, estará llena de “lúcidos intervalos” y su comportamiento a lo largo de la obra permitirá que sobre ese aspecto ridículo inicial vaya surgiendo un personaje extraordinariamente complejo, lleno de matices y bondades, que requiere de nuestra comprensión y le ha llevado a convertirse en un auténtico símbolo.
 

Un escudero y una dama.

No hay caballero andante sin escudero que le acompañe: Ribaldo, escudero del caballero Cifar; Gandalín, escudero de Amadís de Gaula... Don Quijote es consciente de ello, pero, sin embargo, no se refiere a la necesidad de tener un escudero a su lado al inicio de la novela, esto es, en el primer capítulo, donde enumera los elementos básicos para poder considerarse caballero andante: armas, cabalgadura y dama, sino al inicio del cuarto, una vez armado caballero, aunque de forma burlesca: “[...] determinó de volver a su casa y acomodarse de todo, y de un escudero, haciendo cuenta de recebir a un labrador vecino suyo, que era pobre y con hijos, pero muy a propósito para el oficio escuderil de la caballería” (Q., I, 4, 62). No se menciona todavía su nombre, ni intervendrá de manera efectiva hasta la segunda salida del caballero: “En este tiempo solicitó don Quijote a un labrador vecino suyo, hombre de bien –si es que este título se puede dar al que es pobre–, pero de muy poca sal en la mollera. En resolución, tanto le dijo, tanto le persuadió y prometió, que el pobre villano se determinó de salirse con él y servirle de escudero. Decíale, entre otras cosas, don Quijote que se dispusiese a ir con él de buena gana, porque tal vez le podía suceder aventura que ganase, en quítame allá esas pajas, alguna ínsula y le dejase a él por gobernador della. Con estas promesas y otras tales, Sancho Panza, que así se llamaba el labrador, dejó su mujer e hijos y asentó por escudero de su amo” (Q., I, 7, 91-92). Poca sal en la mollera, por un lado, y ambición, por otro, son los rasgos que definen a este labrador pobre en su presentación inicial. A esta le corresponde una nominación oscilante (como en el caso de su amo) y una figura física algo distinta de la imagen tradicional que se ha consolidado: “[...] Junto a él estaba Sancho Panza, que tenía del cabestro a su asno, a los pies del cual estaba otro rétulo que decía: Sancho Zancas, y debía de ser que tenía, a lo que mostraba la pintura, la barriga grande, el talle corto y las zancas largas, y por esto se le debió de poner nombre de Panza y Zancas, que con estos dos sobrenombres le llama algunas veces la historia” (Q., I, 9, 109-110). La presencia y actuación efectivas de Sancho Panza a partir de la segunda salida de don Quijote ha podido ser utilizada para reforzar la idea de una primera versión del Quijote, en forma de novela corta e inspirada en el Entremés de los romances que luego, por razones complejas, fue ampliándose hasta alcanzar la extensión final del Quijote de 1605. Entre los elementos a que acudió Cervantes para ampliar la historia de don Quijote se halla precisamente la de la inclusión de la figura del escudero y su potenciación a lo largo de la obra, (especialmente en la segunda parte de 1615), con lo que esto implica: entre otras cosas, la proliferación de los diálogos entre amo y escudero que constituyen uno de los elementos dinamizadores de la obra, pues contribuyen a romper la monotonía de las aventuras de don Quijote. El personaje se configura como una logradísima e innovadora síntesis de varias tradiciones: los escuderos de los libros de caballerías, los rústicos al estilo de algunas églogas de Juan del Encina y la tradición carnavalesca (“Sancho Panza, ‘santo de hartura’, personificación festiva del Carnaval que glorifica el rito alimenticio, la necesidad biológica de tragar y tragar para manifestar el triunfo de la vida sobre la muerte y permitir la renovación fundamental del cuerpo y del mundo” [Redondo, 1997:196-7]); Cervantes sintetiza esas tradiciones en Sancho Panza y, además, consigue que se exprese de una manera inequívoca, a través de tres elementos fundamentales que caracterizan su discurso lingüístico: las prevaricaciones idiomáticas (Q., II, 3, 7, 19, etc.), los refranes que ensarta en las conversaciones (Q., I, 25 y II, 7, 10, 19, 27, 30, 34, 43…) y los restos de sermones que incorpora y constituyen su acervo cultural básico (Q., I, 20, 31 y II, 5, 20, etc.) [Joly,1996].

Desde el capítulo inicial de la novela se incorpora una figura característica de los libros de caballerías: la dama del caballero. En este caso, como tantos otros personajes cervantinos (el licenciado Vidriera, Alonso Quijano y un largo etcétera), la figura de la dama es un personaje doble: por un lado se trata de una rústica labradora, Aldonza Lorenzo, la hija de Lorenzo Corchuelo y Aldonza Nogales: “[…] tira tan bien una barra como el más forzudo zagal de todo el pueblo. ¡Vive el dador, que es moza de chapa, hecha y derecha y de pelo en pecho, y que puede sacar la barba del lodo a cualquier caballero andante o por andar que la tuviere por señora! ¡Oh hideputa, qué rejo, y qué voz!” [Q, I, 25, 283]; y, por otro, debido a la locura del protagonista principal, es una dama a quien Don Quijote define en estos términos: “su nombre es Dulcinea; su patria, el Toboso, un lugar de la Mancha; su calidad por lo menos ha de ser princesa, pues es reina y señora mía; su hermosura, sobrehumana, pues en ella se vienen a hacer verdaderos todos los imposibles y quiméricos atributos de belleza que los poetas dan a sus damas: que sus cabellos son de oro, su frente campos elíseos, sus cejas arcos del cielo, sus ojos soles, sus mejillas rosas, sus labios corales, perlas sus dientes, alabastro su cuello, mármol su pecho, marfil sus manos, su blancura nieve…” (Q., I, 13, 141-2). La ligazón entre el nombre real y el literario (“nombre […] músico y peregrino y significativo” Q., I, 1, 44) se produce de la siguiente forma: Aldonza evoca el mundo rústico y bajo al que pertenece el personaje (como el abundante refranero recuerda [Redondo, 1997:234-5]), pero también se asociaba en la época a otro nombre, Dulce, y los términos unidos a él: miel, oro… Este nombre se complementa con un sufijo –ea, de importante tradición literaria: Melibea, Clariclea… Incluso, en Los diez libros de fortuna de amor de Antonio Lofrasso (1573) se encuentra un pastor Dulcineo… Aldonza-Dulce-Dulcinea [Lapesa, 1967] es la cadena lingüística que identifica a un personaje en el que, de nuevo, se sintetizan tradiciones diversas: damas de libros de caballerías, amor cortés, petrarquismo (“la dulce mi enemiga”), el mundo pastoril (tanto en su visión idealizada renacentista, como en la rústica de algunas de las églogas de Gil Vicente o Juan del Encina), las serranas y mujeres salvajes de la tradición hispánica, el carnaval con sus inversiones sistemáticas… Y, finalmente, se trata de un personaje en ausencia: presente siempre en la mente y en las acciones de don Quijote, sin embargo su presencia activa en la novela es nula.