Alonso Quijano “el bueno” y Don Quijote
de la Mancha.
Frente a la novela picaresca (“Pues sepa
Vuesa Merced, ante todas cosas, que a mí llaman Lázaro de
Tormes, hijo de Tomé Gonzales y de Antona Pérez, naturales
de Tejares, aldea de Salamanca”) y la novela de caballerías (“Aquí
comiença el primero libro del esforçado y virtuoso cavallero
Amadís, hijo del rey Perión de Gaula y de la reina Helisena”),
la de Cervantes se contextualiza con deliberada imprecisión: “En
un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho
tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga
antigua, rocín flaco y galgo corredor”. La imprecisión espacio-temporal
se suma a la del nombre del personaje: “Quieren decir que tenía
el sobre nombre de “Quijada” o “Quesada”, que en esto hay alguna diferencia
en los autores que deste caso escriben, aunque por conjeturas verisímiles
se deja entender que se llamaba “Quijana”. Pero esto importa poco a nuestro
cuento: basta que en la narración dél no se salga un punto
de la verdad” [Q., I, 1, 37].
Nuestro protagonista es un hidalgo de aldea
cuya nobleza se ve refrendada por su comportamiento personal (“el honrado
hidalgo del señor Quijana” [Q., I, 5, 73]), pero también
por un patrimonio económico ya algo mermado (Q., I, 1, 37; 26, 295
y II, 2, 643; 10, 705) y por sentencia judicial: “[…] yo soy hijodalgo
de solar conocido, de posesión y propiedad y de devengar quinientos
sueldos” (Q., I, 21, 232). Su tiempo de ocio –que era abundante– lo ocupaba
en la lectura de libros de caballerías, de los que poseía
una considerable biblioteca. Tales lecturas, y no un desengaño amoroso
como en el caso de Orlando Furioso a causa de los desdenes de Angélica,
hacen enloquecer al hidalgo. Su locura produce dos consecuencias inmediatas:
cree que todo lo que ha leído en los libros de caballerías
es cierto y piensa en la posibilidad de resucitar la orden caballeresca.
Su locura se corresponde con su aspecto físico (“Era de complexión
recia, seco de carnes, enjuto de rostro”, Q., I, 1, 36), que a su vez responde
a uno de los tipos humanos establecidos por la medicina de la época
(v.g. Juan Huarte de San Juan, Examen de ingenios, 1575): los de
temperamento caliente y seco; de ahí el calificativo que lo define
desde la portada: ingenioso. Don Quijote es, por un lado sutil, inventivo,
inteligente, de entendimiento natural; pero, por otro, desequilibrado,
con tendencia a la depresión, maniático, colérico
[Redondo, 1997:136].
Una vez convertido, en su mente, por causa
de la locura, en caballero andante, necesita hacerse con los elementos
indispensables para poderse considerar como tal: armadura, caballo, nombre
y amada; todos ellos contribuyen a crear una figura ridícula: la
armadura es de sus bisabuelos, por lo que irá vestido anacrónicamente,
siguiendo un estilo que estaría de moda un siglo antes; Rocinante
es todo piel y huesos; el nombre elegido incluye un sufijo despectivo y
sirve para designar una parte de la armadura… Cuando termina el primer
capítulo Cervantes ha delineado un personaje absolutamente ridículo
cuyas acciones en los subsecuentes capítulos van a a confirmar esta
visión inicial. La manera en cómo se expresa se corresponderá
asimismo con ese aspecto ridículo: expresiones arcaizantes, elementos
de la clase social a que pertentece, cierto empaque retórico (sobre
todo en algunos discursos)… Su locura, no obstante, estará llena
de “lúcidos intervalos” y su comportamiento a lo largo de la obra
permitirá que sobre ese aspecto ridículo inicial vaya surgiendo
un personaje extraordinariamente complejo, lleno de matices y bondades,
que requiere de nuestra comprensión y le ha llevado a convertirse
en un auténtico símbolo.
Un escudero y una dama.
No hay caballero andante sin escudero que
le acompañe: Ribaldo, escudero del caballero Cifar; Gandalín,
escudero de Amadís de Gaula... Don Quijote es consciente de ello,
pero, sin embargo, no se refiere a la necesidad de tener un escudero a
su lado al inicio de la novela, esto es, en el primer capítulo,
donde enumera los elementos básicos para poder considerarse caballero
andante: armas, cabalgadura y dama, sino al inicio del cuarto, una vez
armado caballero, aunque de forma burlesca: “[...] determinó de
volver a su casa y acomodarse de todo, y de un escudero, haciendo cuenta
de recebir a un labrador vecino suyo, que era pobre y con hijos, pero muy
a propósito para el oficio escuderil de la caballería” (Q.,
I, 4, 62). No se menciona todavía su nombre, ni intervendrá
de manera efectiva hasta la segunda salida del caballero: “En este tiempo
solicitó don Quijote a un labrador vecino suyo, hombre de bien –si
es que este título se puede dar al que es pobre–, pero de muy poca
sal en la mollera. En resolución, tanto le dijo, tanto le persuadió
y prometió, que el pobre villano se determinó de salirse
con él y servirle de escudero. Decíale, entre otras cosas,
don Quijote que se dispusiese a ir con él de buena gana, porque
tal vez le podía suceder aventura que ganase, en quítame
allá esas pajas, alguna ínsula y le dejase a él por
gobernador della. Con estas promesas y otras tales, Sancho Panza, que así
se llamaba el labrador, dejó su mujer e hijos y asentó por
escudero de su amo” (Q., I, 7, 91-92). Poca sal en la mollera, por un lado,
y ambición, por otro, son los rasgos que definen a este labrador
pobre en su presentación inicial. A esta le corresponde una nominación
oscilante (como en el caso de su amo) y una figura física algo distinta
de la imagen tradicional que se ha consolidado: “[...] Junto a él
estaba Sancho Panza, que tenía del cabestro a su asno, a los pies
del cual estaba otro rétulo que decía: Sancho Zancas,
y debía de ser que tenía, a lo que mostraba la pintura, la
barriga grande, el talle corto y las zancas largas, y por esto se le debió
de poner nombre de Panza y Zancas, que con estos dos sobrenombres le llama
algunas veces la historia” (Q., I, 9, 109-110). La presencia y actuación
efectivas de Sancho Panza a partir de la segunda salida de don Quijote
ha podido ser utilizada para reforzar la idea de una primera versión
del Quijote, en forma de novela corta e inspirada en el Entremés
de los romances que luego, por razones complejas, fue ampliándose
hasta alcanzar la extensión final del Quijote de 1605. Entre
los elementos a que acudió Cervantes para ampliar la historia de
don Quijote se halla precisamente la de la inclusión de la figura
del escudero y su potenciación a lo largo de la obra, (especialmente
en la segunda parte de 1615), con lo que esto implica: entre otras cosas,
la proliferación de los diálogos entre amo y escudero que
constituyen uno de los elementos dinamizadores de la obra, pues contribuyen
a romper la monotonía de las aventuras de don Quijote. El personaje
se configura como una logradísima e innovadora síntesis de
varias tradiciones: los escuderos de los libros de caballerías,
los rústicos al estilo de algunas églogas de Juan del Encina
y la tradición carnavalesca (“Sancho Panza, ‘santo de hartura’,
personificación festiva del Carnaval que glorifica el rito alimenticio,
la necesidad biológica de tragar y tragar para manifestar el triunfo
de la vida sobre la muerte y permitir la renovación fundamental
del cuerpo y del mundo” [Redondo, 1997:196-7]); Cervantes sintetiza esas
tradiciones en Sancho Panza y, además, consigue que se exprese de
una manera inequívoca, a través de tres elementos fundamentales
que caracterizan su discurso lingüístico: las prevaricaciones
idiomáticas (Q., II, 3, 7, 19, etc.), los refranes que ensarta en
las conversaciones (Q., I, 25 y II, 7, 10, 19, 27, 30, 34, 43…) y los restos
de sermones que incorpora y constituyen su acervo cultural básico
(Q., I, 20, 31 y II, 5, 20, etc.) [Joly,1996].
Desde el capítulo inicial de la
novela se incorpora una figura característica de los libros de caballerías:
la dama del caballero. En este caso, como tantos otros personajes cervantinos
(el licenciado Vidriera, Alonso Quijano y un largo etcétera), la
figura de la dama es un personaje doble: por un lado se trata de una rústica
labradora, Aldonza Lorenzo, la hija de Lorenzo Corchuelo y Aldonza Nogales:
“[…] tira tan bien una barra como el más forzudo zagal de todo el
pueblo. ¡Vive el dador, que es moza de chapa, hecha y derecha y de
pelo en pecho, y que puede sacar la barba del lodo a cualquier caballero
andante o por andar que la tuviere por señora! ¡Oh hideputa,
qué rejo, y qué voz!” [Q, I, 25, 283]; y, por otro, debido
a la locura del protagonista principal, es una dama a quien Don Quijote
define en estos términos: “su nombre es Dulcinea; su patria, el
Toboso, un lugar de la Mancha; su calidad por lo menos ha de ser princesa,
pues es reina y señora mía; su hermosura, sobrehumana, pues
en ella se vienen a hacer verdaderos todos los imposibles y quiméricos
atributos de belleza que los poetas dan a sus damas: que sus cabellos son
de oro, su frente campos elíseos, sus cejas arcos del cielo, sus
ojos soles, sus mejillas rosas, sus labios corales, perlas sus dientes,
alabastro su cuello, mármol su pecho, marfil sus manos, su blancura
nieve…” (Q., I, 13, 141-2). La ligazón entre el nombre real y el
literario (“nombre […] músico y peregrino y significativo” Q., I,
1, 44) se produce de la siguiente forma: Aldonza evoca el mundo
rústico y bajo al que pertenece el personaje (como el abundante
refranero recuerda [Redondo, 1997:234-5]), pero también se asociaba
en la época a otro nombre, Dulce, y los términos unidos
a él: miel, oro… Este nombre se complementa con un sufijo –ea,
de importante tradición literaria: Melibea, Clariclea… Incluso,
en Los diez libros de fortuna de amor de Antonio Lofrasso (1573)
se encuentra un pastor Dulcineo… Aldonza-Dulce-Dulcinea [Lapesa,
1967] es la cadena lingüística que identifica a un personaje
en el que, de nuevo, se sintetizan tradiciones diversas: damas de libros
de caballerías, amor cortés, petrarquismo (“la dulce mi enemiga”),
el mundo pastoril (tanto en su visión idealizada renacentista, como
en la rústica de algunas de las églogas de Gil Vicente o
Juan del Encina), las serranas y mujeres salvajes de la tradición
hispánica, el carnaval con sus inversiones sistemáticas…
Y, finalmente, se trata de un personaje en ausencia: presente siempre en
la mente y en las acciones de don Quijote, sin embargo su presencia activa
en la novela es nula.

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