| Éxito
inicial.
A pesar de las prisas con que se imprimió
la primera parte del Quijote [Rico, 1996 y 1997], lo cierto es que
el libro se convirtió en un éxito editorial; sin llegar a
alcanzar la condición de “best seller” que se puede aplicar a la
primera parte del Guzmán de Alfarache [Márquez Villanueva,
1990 y 1991/1995], sí cabe considerarlo como un éxito inicial
importante. A la edición madrileño-vallisoletana de 1605
hay que añadirle cuatro más del mismo año (en el orden
probable de aparición: Madrid, en la imprenta de Juan de la Cuesta;
Lisboa, por Jorge Rodríguez; Lisboa, por Pedro Crasbeeck; y Valencia,
por Pedro Patricio Mey); en fechas inmediatas y antes de la publicación
de la segunda parte, se volvió a editar en Bruselas (1607, por Roger
Velpius; 1611, por Roger Velpius y Huberto Antonio) y en Milán (1610
en la imprenta del heredero de Pedro Mártir Locarni y Juan Bautista
Bidello). Hasta 1617 no se editarán las dos partes conjuntamente
(Barcelona, por Miguel Gracián, Juan Simón y Rafael Vives),
pero el éxito ha ido disminuyendo de forma paulatina y no se encuentran
ediciones nuevas del Quijote hasta 1637 (Madrid), 1662 (Bruselas)
y 1704 (Barcelona). No estaba muy descaminado el bachiller Sancón
Carrasco cuando afirma que “[…] tengo para mí que el día
de hoy están impresos más de doce mil libros de la tal historia:
si no, dígalo Portugal, Barcelona y Valencia, donde se han impreso,
y aun hay fama que se está imprimiendo en Amberes; y a mí
se me trasluce que no ha de haber nación ni lengua donde no se traduzga”
(Q, II, 3, 647-8); los modernos estudios sobre difusión del libro
concuerdan con la cifra mencionada [Montero Reguera, 1993:211-212; Moll,
1994]. Esta obra cervantina traspasó rápidamente nuestras
fronteras y empezó a ser conocida por Europa: en Inglaterra, por
ejemplo, a los dos años de la publicación de la primera parte
se representó la comedia de George Wilkins titulada The Miseries
of Inforst Marriage en la que un personaje dice: “¡Muchacho,
sostén bien esa antorcha, que ahora ya estoy bien armado para combatir
contra un molino de viento!”; parece, pues, evidente que en 1607 ya se
tenía noticia en Inglaterra de, al menos, la aventura de los molinos
de viento. Cinco años después vio la luz la primera traducción
al inglés, realizada por Thomas Shelton. En francés se registra
una traducción de los capítulos treinta y tres, treinta y
cuatro y treinta y cinco (la Novela del curioso impertinente) en
1608 y, al año siguiente, se traducen los capítulos referentes
al entierro del pastor Grisóstomo. Poco después, en 1614,
apareció la traducción completa de la primera parte, a cargo
de César Oudin. En 1622, Franciosini publicó la versión
italiana,…
Este éxito inicial se tradujo asimismo
en que los protagonistas principales de la novela se convirtieron en personajes
extraordinariamente conocidos, arquetípicos casi, hasta el extremo
de ser utilizados como modelos de disfraces en fiestas diversas: hay constancia
de personas disfrazadas de Quijote o Sancho en mascaradas y festejos celebrados
en Valladolid (1605), Salamanca (1610), Zaragoza (1614), Córdoba
(1615), Baeza (1618), etc. Con ello se inicia lo que podría denominarse
la “dimensión mítica” de los personajes, esto es, cuando
aquellos, independizados ya de la obra, cobran vida propia; así
se entiende que, con el tiempo, muchas personas que no han leído
la novela cervantina saben reconocer, sin embargo, las figuras de Don Quijote
y Sancho.
La proyección del Quijote.
Desde fechas muy tempranas el Quijote
ha gozado de un enorme éxito y difusión que se plasma de
maneras muy diversas: ediciones, adaptaciones teatrales y musicales, recreaciones
pictóricas, objetos de artesanía, “souvenirs”…
En efecto, como ya se señaló,
el Quijote obtuvo desde muy pronto acogida favorable. A las ediciones
en vida del autor han seguido otras muchas de tal manera que se ha convertido
en la obra de la literatura española que más veces se ha
editado. De hecho, parece tarea casi inabarcable realizar el catálogo
exacto de todas las ediciones publicadas de esta obra de Miguel de Cervantes.
Con todo, el éxito inicial del Quijote
parece
diluirse según avanza el siglo XVII y hay que esperar a la centuria
dieciochesca para que se produzca la revalorización definitiva de
Cervantes y sus obras. En efecto, la obra y los estudios cervantinos adquieren
durante el siglo XVIII una destacada importancia: Blas Nasarre editó,
por primera vez juntos, en 1749, las comedias y entremeses cervantinos,
y en 1784 se editan, también por primera vez, El trato de Argel
y
La Numancia; La Galatea se reimprimió tres veces, el
Persiles ocho, las Novelas ejemplares
nueve, el Viaje
del Parnaso dos y el Quijote, al menos en treinta y siete ocasiones.
Igualmente es el siglo en el que parece la primera biografía de
Cervantes, llevada a cabo por Gregorio Mayans y Siscar y publicada en Londres,
en 1737, por iniciativa de Lord Carteret. Las obras cervantinas son estudiadas,
analizadas, interpretadas; el Quijote
empieza a ser considerado
ya como una obra clásica y se produce un fenómeno de reconocimiento
y prestigio de los textos cervantinos inmerso en una tendencia general
que se ha dado en llamar de institucionalización de la literatura.
Es el tiempo en que la presencia de Cervantes se hace obligada en las historias
de la literatura y se empieza a considerar como uno de los principales
valores patrios de la creación literaria hispánica.
El siglo XIX fue decisivo en la definitiva
revalorización del Quijote, en especial tras la lectura de
que fue objeto por parte de los románticos alemanes, que desarrollaron
una interpretación de la obra cervantina de enorme influencia posterior.
Los románticos alemanes, en efecto, redescubrieron el Quijote
e
inauguraron la interpretación simbólica y filosófica
de esta obra cervantina. Federico Schlegel, por ejemplo, vio en don Quijote
un personaje romántico y en Cervantes un creador original y artista
consciente, equiparable a Shakespeare o Goethe. A. W. Schlegel, por su
parte, realizó una interpretación simbólica de la
pareja protagonista, como encarnación de la poesía y prosa
de la vida. Schelling, en cambio, concibió el libro cervantino como
una antinomia entre lo ideal y lo real, entre espíritu y materia,
alma y cuerpo, en términos que determinaron la crítica posterior.
La actualidad e interés de las obras
de Miguel de Cervantes perdura, no sólo en los lugares donde se
habla la lengua española, sino también en otras partes del
mundo; no en vano, el Quijote es el libro más traducido a
otros idiomas después de la Biblia. El éxito de la obra cervantina
traspasó rápidamente nuestras fronteras y se extendió
por Europa, como dice en 1615 el licenciado Márquez Torres al referirse
a Cervantes en estos términos: “autor de libros que con general
aplauso, así por su decoro y decencia como por la suavidad y blandura
de sus discursos, han recebido España, Francia, Italia, Alemania
y Flandes” [Q., II, aprobación, 612].
A Inglaterra, Francia e Italia llega muy
pronto, según se indicó más arriba; su influencia
en los novelistas anglosajones y franceses de los siglos XVIII y XIX se
hace bien palpable; en Rusia, las aventuras de don Quijote sirvieron de
tema para la honda meditación por escritores e intelectuales de
aquellas tierras tan lejanas, que tuvieron, y aún hoy tienen, especial
predilección por la obra de Cervantes, empezando por las figuras
de Pushkin y Gogol. Muy rápido llegó también a la
América española, donde hoy día se puede encontrar
desde un teatro Cervantes en Buenos Aires, hasta una estatua de Miguel
de Cervantes en La Habana, pasando por una Fuente del Quijote en el bosque
de Chapultepec (Méjico), una avenida de Cervantes en Tegucigalpa
o un festival cervantino anual en Guanajuato. El Quijote se leyó
allí sobre todo a partir de los ejemplares que iban llegando desde
España, lo que permite explicar la publicación de varias
obras de clara raigambre cervantina: es el caso, por ejemplo, de Juan Montalvo,
autor de los Capítulos que se le olvidaron a Cervantes (1832-1839);
y de José Joaquín Fernández de Lizardi, cuyas novelas
Don
Catrín de la Fachenda (1817) y La Quijotita y su prima
(1818)
fueron concebidas como una especie de diálogo implícito y
específico con el Quijote; y Antonio José de Irisarri
en su novela autobiográfica El cristiano errante, aparecida
en 1847; y, cómo no, José Hernández en su Martín
Fierro (1872), cuyos paralelos con Don Quijote se muestran evidentes...
Y es por esas fechas cuando comienza entonces, en Hispanoamérica,
un fenómeno de recuperación de la obra de Miguel de Cervantes
que culminará en el siglo XX. Así en las diversas conmemoraciones
del centenario de 1905; en los estudios de Arturo Marasso (así el
fundamental Cervantes. La invención del “Quijote”, 1954)
y los de Marcos A. Morínigo, Francisco de A. Icaza (por ejemplo
El
“Quijote” durante tres siglos, 1918), Alfonso Reyes... Y, muy especialmente,
en la obra literaria de Amado Nervo, Rubén Darío, Jorge Luis
Borges, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Julio
Cortázar...
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