| Baltasar
Gracián nació en los primeros días del mes de enero
de 1601. De su ambiente familiar se sabía muy poco hasta que Belén
Boloqui (Boloqui 1993) ha desbrozado los orígenes y desarrollo de
esta familia aragonesa: fue hijo de Francisco Gracián, médico,
y de Ángela Morales. El padre llegó a Belmonte de Calatayud,
hoy Belmonte de Gracián, contratado como médico durante un
sexenio (1596-1602), para pasar más tarde a la villa de Ateca, requerido
durante otros seis años que se extenderán hasta 1620. Con
año y medio, pues, inicia Baltasar su primer viaje, el primero de
una larga serie en una vida itinerante como será la suya.
En las escuelas comunes de Ateca, o tal
vez en su propia casa, debió de iniciarse en las letras en torno
a los siete años. Quizá entonces acompañó a
su padre en las visitas médicas: lo que es seguro es que en toda
su obra la profesión de médico aparecerá siempre caracterizada
negativamente, satirizada, lo que le acerca al otro gran prosista del siglo
XVII, Francisco de Quevedo. Con diez o doce años sale de allí
para empezar lo que hoy llamaríamos estudios de enseñanza
secundaria, por aquel entonces etiquetados como “humanidades” o “bellas
letras”. Los datos más probables apuntan hacia algún colegio
de jesuitas: señala Boloqui que no se puede descartar que cursase
humanidades en Calatayud durante cinco años, para pasar después
a Toledo, donde aprendería lógica y mejoraría su latín
uno o dos años. Él mismo reconoce, en una de sus escasas
referencias personales (Agudeza y arte de ingenio, Discurso XXV),
haberse criado en la ciudad del Tajo con su tío, el licenciado don
Antonio Gracián, beneficiado de San Pedro de los Reyes.
Pese a las dudas, parece evidente que
estudió con los jesuitas, lo que equivale a decir que recibió
una educación de élite en la España del siglo XVII.
En alguno de sus colegios, ya talludito para los usos de la época,
debió de sentir la llamada del Santo Padre Ignacio, porque el 30
de mayo de 1619 entró en el noviciado tarraconense de la Compañía
de Jesús. Allí pasará los dos años reglamentarios
del novicio, dedicado íntegramente a esa formación religiosa,
que deja huella perenne en su personalidad. Debido a su preparación
anterior, se le dispensa de los dos años preceptivos de humanidades
en el seminario de Gerona, lo que es más de valorar si se tiene
en cuenta que el general de la Compañía, el P. Vitelleschi,
insistía a alguno de los provinciales para que no se diese esa dispensa
con facilidad.
Quizá a causa de la muerte de su
padre, en 1621 pasa de nuevo al Colegio de Calatayud, donde cursará
dos años de Filosofía (1621-1623). Se ha hablado bastante
de la importancia de este colegio en la formación de Gracián:
primero como estudiante de filosofía, a los veinte años,
y más tarde como profesor “en prácticas” –diríamos
hoy-. Por ello habría que evaluar su biblioteca para calibrar la
impronta en la prosa de Gracián. La crítica, ante la falta
de datos concretos, dista de estar de acuerdo, aunque parece que los fondos
bibliográficos no debieron ser tan malos como se ha supuesto. Fuere
como fuere, lo cierto es que de aquellos años le quedará
un extraordinario aprecio por la ética que permeará toda
su producción literaria. Otros cuatro cursos de Teología
en el estudio de Zaragoza completan su formación religiosa. Si los
datos son exactos, pues, la formación de Gracián se adecua
al sistema jesuítico de la Ratio studiorum: cinco años
de humanidades; uno o dos para perfeccionar el latín; tres de filosofía,
y cuatro o cinco de teología. En la ciudad del Ebro parece que ya
había adoptado el carácter retraído y aislado que
le va a caracterizar el resto de su vida. Entre la primavera y el verano
de 1627 se ordena sacerdote.
Apenas estrenado el ministerio, la Compañía
lo diputa para enseñar Humanidades en el Colegio de Calatayud (1627-1630).
El ambiente le será a buen seguro grato, frente a su estancia conflictiva
en la ciudad del Turia (1630-1631), donde se enfrenta por vez primera con
los jesuitas valencianos. De allí pasó a Lérida (1631-1633)
para encargarse de las clases de Teología moral. Más tarde
a Gandía (1633-1636) para enseñar Filosofía en el
colegio jesuita de la villa, donde se renovarán las enemistades
valencianas que había dejado atrás años antes.
En el verano de 1636 vuelve a su tierra
natal, concretamente a Huesca, como confesor y predicador. La ciudad tiene
una importancia capital en la vida del jesuita: en su primera estancia
(1636-1639) escribe y publica allí su primer libro (El Héroe,
1637), pero sobre todo lo que importa es que allí conoce e intima
con el noble y erudito don Vincencio Juan de Lastanosa, unos seis años
más joven que él. Lastanosa es el prototipo de mecenas barroco:
su casa fue un verdadero cenáculo literario, desde donde se dispensaba
protección a escritores y artistas. Además, estuvo en contacto
personal o epistolar con autores españoles y extranjeros. La casa
del prócer era conocida por sus exquisitos jardines, por una estupenda
armería, por la colección de medallas y por una magnífica
biblioteca de cerca de siete mil volúmenes. El mismo Gracián
la describió así en la Dedicatoria de la primera edición
de El Héroe, en 1637:
Toda la casa [de Lastanosa] es
un non plus ultra del gusto: su camarín, alcázar de
la curiosidad; su librería, esfera de la agudeza; su jardín,
elíseo de la primavera; y toda junta, el teatro de la escultura,
de la pintura, de la antigüedad, de la preciosidad y de la fama. (Gracián
1993, II, pp. 5-6).
Súmese a todo ello que el edificio
estaba situado casi enfrente del colegio de los jesuitas, y se podrá
comprender la facilidad (y la fidelidad) del sacerdote Gracián a
la calle del Coso de la antigua Osca.
En las tertulias celebradas en el palacio
de Lastanosa, Gracián traba contacto con la intelectualidad cultural
de Huesca: con Juan Orencio de Lastanosa, hermano del mecenas; con el canónigo
Manuel de Salinas; con visos de probabilidad, con el historiador don Juan
Francisco Andrés de Uztarroz,... A la sombra de todos ellos, Gracián
debió de comenzar a sentirse escritor, quizás a expensas
en ocasiones del ministerio religioso. Y justo en ese momento comienzan
los problemas.
Y es que en 1637 aparece editado en Huesca,
en las prensas de Juan Nogués, El Héroe, publicado
a nombre de "Lorenzo Gracián, infanzón". Durante mucho tiempo
se ha especulado con esta atribución, y durante años se ha
negado la existencia de este personaje. Hoy sabemos, de nuevo gracias a
los desvelos de Belén Boloqui, que Lorenzo Gracián no fue
un ente de ficción: el nombre corresponde a uno de los hermanos
del jesuita, que fue apadrinado por el sacerdote y en quien renunció
a sus derechos de mayorazgo. Lo que no está tan claro es la razón
que llevó a Gracián a amparar su obra bajo el nombre del
hermano menor. Si se quiere una explicación desde lo literario,
puede pensarse que, con el cambio, Baltasar jugó una de las tretas
que propone en el Oráculo manual: saberse descartar.
Si se opta por una justificación más práctica, lo
que es innegable es que Gracián intentó así despistar
a las autoridades de la Compañía, porque el Santo de Loyola
había estipulado de forma clara en las Constituciones que
ningún jesuita debía publicar libro alguno "sin que primero
lo vea el prepósito general". Claro que, dado lo reducido del círculo
cultural oscense, la autoría no fue un secreto para nadie. Quizá
por ello, el año siguiente el P. Vitelleschi aconseja mudar a Gracián
de sitio por ser una "Cruz" para sus superiores.
Pese a todo ello, en Huesca permanece
hasta 1639. Hacia mediados de ese año está ya en Zaragoza
como confesor del Duque de Nocera, virrey de Aragón, con quien visitará
la Corte: como a tantos otros, poco tiempo le basta para transformar la
maravilla inicial en desengaño. De allí a Pamplona, donde
recibiría las primeras informaciones de la guerra de Cataluña.
A fines de 1640 publica en Madrid su segunda
obra, El Político. Otra vez sin censura, y esta vez dedicada al
duque de Nocera, que hizo aquí el papel de escudo que la vez anterior
correspondió a Lastanosa. La suerte se alía esta vez con
el jesuita: la guerra de Cataluña, que había estallado en
junio de ese año, complicó lo suficiente el panorama de la
Compañía en España como para que el librito de uno
de sus miembros no se convirtiese en cuestión de gravísima
importancia.
Gracián realizará un segundo
viaje a Madrid, en donde además de predicar, prepara la publicación
de la primera versión de la Agudeza y arte de ingenio, titulada
entonces Arte de ingenio, Tratado de la Agudeza (Madrid, 1642).
Allí debió permanecer al menos hasta el 11 de febrero de
ese año. Los cursos 1642-1644 lo verán de vicerrector del
Colegio de Tarragona, donde auxiliará espiritualmente a los soldados
leales a Felipe IV. Cae enfermo, y se le envía a Valencia para reponerse.
A orillas del Turia, al calor de la magnífica biblioteca del hospital,
preparó una nueva obra, El Discreto, que verá la luz
en Huesca en 1646.
En noviembre de ese año recibe
destino como capellán castrense del ejército del marqués
de Leganés, encaminado a socorrer una Lérida sitiada por
el mariscal de La Mothe. Y en diciembre vuelve a Huesca como predicador
y profesor de Teología moral, donde permanecerá hasta 1650.
Esta segunda estancia de Gracián en su patria literaria se caracteriza
por una actividad febril. En la primavera del año 1647, aparece
el Oráculo manual y arte de prudencia, esta vez “sacado de
las obras de Lorenzo Gracián” y dedicado a don Luis Méndez
de Haro, valido de Felipe IV. En 1648 publica una segunda versión
del Arte de ingenio que ahora lleva el título de Agudeza
y arte de ingenio.
En el verano de 1650 le destinan a Zaragoza,
donde llega con el cargo de maestro de Escritura. No pasa un año
completo sin que Gracián publique una nueva obra, la primera parte
de una novela muy especial, El Criticón, que lleva como subtítulo
En
la primavera de la niñez y en el estío de la juventud).
Esta vez lo hace bajo el seudónimo de García de Marlones,
anagrama imperfecto de sus dos apellidos, Gracián Morales. También
por esas fechas rompe con un antiguo amigo, el canónigo Manuel de
Salinas. El cargo que ocupa en Zaragoza, y probablemente también
su carácter, junto con la costumbre de publicar sin permiso, paran
en Roma, adonde llegan quejas sobre él en febrero de 1652.
En 1653 aparece en Huesca la segunda parte
de El Criticón (En el otoño de la varonil edad), dedicado
a don Juan de Austria. Algunos jesuitas valencianos interpretaron la crisis
VII como un ataque, lo que le granjeó nuevas críticas. Gracián,
previsor, ya tenía escudo, pues había tejido una red de elogios
a altos personajes, además de la dedicatoria. Y también publica
en 1655 (por primera vez a su nombre, con las debidas licencias y reconociéndolo
como suyo) El comulgatorio, obra de devoción. La publicación
en 1657 de la tercera parte de El Criticón (En el invierno de
la vejez), a nombre, una vez más, de Lorenzo Gracián,
determina la caída del sacerdote. El nuevo provincial de Aragón,
el catalán Jacinto Piquer, recrimina públicamente a Gracián
en el refectorio, le impone como penitencia el ayuno a pan y agua, le priva
de su cátedra y, a comienzos de 1658, le envía a Graus.
Al poco tiempo, Gracián escribe
al general de la compañía para solicitar el paso a otra Orden
religiosa. No se le contesta, pero se le va rebajando la pena: en abril
de 1658 ya está en el Colegio de Tarazona con varios cargos. La
decadencia física se le aceleró, quizá a raíz
de todo lo ocurrido anteriormente: aunque invitado, en junio no puede asistir
a la congregación provincial de Calatayud, y muere el 6 de diciembre
de 1658 en Tarazona.
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