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Baltasar
Gracián (1/9)
Emilio Blanco Gómez
Universidade da Coruña
ISBN: 84-9714-005-2
BALTASAR GRACIÁN: VIDA
Baltasar Gracián nació en los primeros días
del mes de enero de 1601. De su ambiente familiar se sabía
muy poco hasta que Belén Boloqui (Boloqui 1993) ha
desbrozado los orígenes y desarrollo de esta familia
aragonesa: fue hijo de Francisco Gracián, médico,
y de Ángela Morales. El padre llegó a Belmonte
de Calatayud, hoy Belmonte de Gracián, contratado como
médico durante un sexenio (1596-1602), para pasar más
tarde a la villa de Ateca, requerido durante otros seis años
que se extenderán hasta 1620. Con año y medio,
pues, inicia Baltasar su primer viaje, el primero de una larga
serie en una vida itinerante como será la suya.
En las escuelas comunes de Ateca, o tal vez en su propia
casa, debió de iniciarse en las letras en torno a los
siete años. Quizá entonces acompañó
a su padre en las visitas médicas: lo que es seguro
es que en toda su obra la profesión de médico
aparecerá siempre caracterizada negativamente, satirizada,
lo que le acerca al otro gran prosista del siglo XVII, Francisco
de Quevedo. Con diez o doce años sale de allí
para empezar lo que hoy llamaríamos estudios de enseñanza
secundaria, por aquel entonces etiquetados como “humanidades”
o “bellas letras”. Los datos más probables apuntan
hacia algún colegio de jesuitas: señala Boloqui
que no se puede descartar que cursase humanidades en Calatayud
durante cinco años, para pasar después a Toledo,
donde aprendería lógica y mejoraría su
latín uno o dos años. Él mismo reconoce,
en una de sus escasas referencias personales (Agudeza y
arte de ingenio, Discurso XXV), haberse criado en la ciudad
del Tajo con su tío, el licenciado don Antonio Gracián,
beneficiado de San Pedro de los Reyes.
Pese a las dudas, parece evidente que estudió con
los jesuitas, lo que equivale a decir que recibió una
educación de élite en la España del siglo
XVII. En alguno de sus colegios, ya talludito para los usos
de la época, debió de sentir la llamada del
Santo Padre Ignacio, porque el 30 de mayo de 1619 entró
en el noviciado tarraconense de la Compañía
de Jesús. Allí pasará los dos años
reglamentarios del novicio, dedicado íntegramente a
esa formación religiosa, que deja huella perenne en
su personalidad. Debido a su preparación anterior,
se le dispensa de los dos años preceptivos de humanidades
en el seminario de Gerona, lo que es más de valorar
si se tiene en cuenta que el general de la Compañía,
el P. Vitelleschi, insistía a alguno de los provinciales
para que no se diese esa dispensa con facilidad.
Quizá a causa de la muerte de su padre, en 1621 pasa
de nuevo al Colegio de Calatayud, donde cursará dos
años de Filosofía (1621-1623). Se ha hablado
bastante de la importancia de este colegio en la formación
de Gracián: primero como estudiante de filosofía,
a los veinte años, y más tarde como profesor
“en prácticas” –diríamos hoy-. Por ello
habría que evaluar su biblioteca para calibrar la impronta
en la prosa de Gracián. La crítica, ante la
falta de datos concretos, dista de estar de acuerdo, aunque
parece que los fondos bibliográficos no debieron ser
tan malos como se ha supuesto. Fuere como fuere, lo cierto
es que de aquellos años le quedará un extraordinario
aprecio por la ética que permeará toda su producción
literaria. Otros cuatro cursos de Teología en el estudio
de Zaragoza completan su formación religiosa. Si los
datos son exactos, pues, la formación de Gracián
se adecua al sistema jesuítico de la Ratio studiorum:
cinco años de humanidades; uno o dos para perfeccionar
el latín; tres de filosofía, y cuatro o cinco
de teología. En la ciudad del Ebro parece que ya había
adoptado el carácter retraído y aislado que
le va a caracterizar el resto de su vida. Entre la primavera
y el verano de 1627 se ordena sacerdote.
Apenas estrenado el ministerio, la Compañía
lo diputa para enseñar Humanidades en el Colegio de
Calatayud (1627-1630). El ambiente le será a buen seguro
grato, frente a su estancia conflictiva en la ciudad del Turia
(1630-1631), donde se enfrenta por vez primera con los jesuitas
valencianos. De allí pasó a Lérida (1631-1633)
para encargarse de las clases de Teología moral. Más
tarde a Gandía (1633-1636) para enseñar Filosofía
en el colegio jesuita de la villa, donde se renovarán
las enemistades valencianas que había dejado atrás
años antes.
En el verano de 1636 vuelve a su tierra natal, concretamente
a Huesca, como confesor y predicador. La ciudad tiene una
importancia capital en la vida del jesuita: en su primera
estancia (1636-1639) escribe y publica allí su primer
libro (El Héroe, 1637), pero sobre todo lo que
importa es que allí conoce e intima con el noble y
erudito don Vincencio Juan de Lastanosa, unos seis años
más joven que él. Lastanosa es el prototipo
de mecenas barroco: su casa fue un verdadero cenáculo
literario, desde donde se dispensaba protección a escritores
y artistas. Además, estuvo en contacto personal o epistolar
con autores españoles y extranjeros. La casa del prócer
era conocida por sus exquisitos jardines, por una estupenda
armería, por la colección de medallas y por
una magnífica biblioteca de cerca de siete mil volúmenes.
El mismo Gracián la describió así en
la Dedicatoria de la primera edición de El Héroe,
en 1637:
Toda la casa [de Lastanosa] es un non plus
ultra del gusto: su camarín, alcázar de
la curiosidad; su librería, esfera de la agudeza;
su jardín, elíseo de la primavera; y toda
junta, el teatro de la escultura, de la pintura, de la antigüedad,
de la preciosidad y de la fama. (Gracián 1993, II,
pp. 5-6).
Súmese a todo ello que el edificio estaba situado casi
enfrente del colegio de los jesuitas, y se podrá comprender
la facilidad (y la fidelidad) del sacerdote Gracián a
la calle del Coso de la antigua Osca.
En las tertulias celebradas en el palacio de Lastanosa, Gracián
traba contacto con la intelectualidad cultural de Huesca:
con Juan Orencio de Lastanosa, hermano del mecenas; con el
canónigo Manuel de Salinas; con visos de probabilidad,
con el historiador don Juan Francisco Andrés de Uztarroz,...
A la sombra de todos ellos, Gracián debió de
comenzar a sentirse escritor, quizás a expensas en
ocasiones del ministerio religioso. Y justo en ese momento
comienzan los problemas.
Y es que en 1637 aparece editado en Huesca, en las prensas
de Juan Nogués, El Héroe, publicado a
nombre de "Lorenzo Gracián, infanzón". Durante
mucho tiempo se ha especulado con esta atribución,
y durante años se ha negado la existencia de este personaje.
Hoy sabemos, de nuevo gracias a los desvelos de Belén
Boloqui, que Lorenzo Gracián no fue un ente de ficción:
el nombre corresponde a uno de los hermanos del jesuita, que
fue apadrinado por el sacerdote y en quien renunció
a sus derechos de mayorazgo. Lo que no está tan claro
es la razón que llevó a Gracián a amparar
su obra bajo el nombre del hermano menor. Si se quiere una
explicación desde lo literario, puede pensarse que,
con el cambio, Baltasar jugó una de las tretas que
propone en el Oráculo manual: saberse descartar.
Si se opta por una justificación más práctica,
lo que es innegable es que Gracián intentó así
despistar a las autoridades de la Compañía,
porque el Santo de Loyola había estipulado de forma
clara en las Constituciones que ningún jesuita
debía publicar libro alguno "sin que primero lo vea
el prepósito general". Claro que, dado lo reducido
del círculo cultural oscense, la autoría no
fue un secreto para nadie. Quizá por ello, el año
siguiente el P. Vitelleschi aconseja mudar a Gracián
de sitio por ser una "Cruz" para sus superiores.
Pese a todo ello, en Huesca permanece hasta 1639. Hacia mediados
de ese año está ya en Zaragoza como confesor
del Duque de Nocera, virrey de Aragón, con quien visitará
la Corte: como a tantos otros, poco tiempo le basta para transformar
la maravilla inicial en desengaño. De allí a
Pamplona, donde recibiría las primeras informaciones
de la guerra de Cataluña.
A fines de 1640 publica en Madrid su segunda obra, El Político.
Otra vez sin censura, y esta vez dedicada al duque de Nocera,
que hizo aquí el papel de escudo que la vez anterior
correspondió a Lastanosa. La suerte se alía
esta vez con el jesuita: la guerra de Cataluña, que
había estallado en junio de ese año, complicó
lo suficiente el panorama de la Compañía en
España como para que el librito de uno de sus miembros
no se convirtiese en cuestión de gravísima importancia.
Gracián realizará un segundo viaje a Madrid,
en donde además de predicar, prepara la publicación
de la primera versión de la Agudeza y arte de ingenio,
titulada entonces Arte de ingenio, Tratado de la Agudeza
(Madrid, 1642). Allí debió permanecer al menos
hasta el 11 de febrero de ese año. Los cursos 1642-1644
lo verán de vicerrector del Colegio de Tarragona, donde
auxiliará espiritualmente a los soldados leales a Felipe
IV. Cae enfermo, y se le envía a Valencia para reponerse.
A orillas del Turia, al calor de la magnífica biblioteca
del hospital, preparó una nueva obra, El Discreto,
que verá la luz en Huesca en 1646.
En noviembre de ese año recibe destino como capellán
castrense del ejército del marqués de Leganés,
encaminado a socorrer una Lérida sitiada por el mariscal
de La Mothe. Y en diciembre vuelve a Huesca como predicador
y profesor de Teología moral, donde permanecerá
hasta 1650. Esta segunda estancia de Gracián en su
patria literaria se caracteriza por una actividad febril.
En la primavera del año 1647, aparece el Oráculo
manual y arte de prudencia, esta vez “sacado de las obras
de Lorenzo Gracián” y dedicado a don Luis Méndez
de Haro, valido de Felipe IV. En 1648 publica una segunda
versión del Arte de ingenio que ahora lleva
el título de Agudeza y arte de ingenio.
En el verano de 1650 le destinan a Zaragoza, donde llega
con el cargo de maestro de Escritura. No pasa un año
completo sin que Gracián publique una nueva obra, la
primera parte de una novela muy especial, El Criticón,
que lleva como subtítulo En la primavera de la niñez
y en el estío de la juventud). Esta vez lo hace
bajo el seudónimo de García de Marlones, anagrama
imperfecto de sus dos apellidos, Gracián Morales. También
por esas fechas rompe con un antiguo amigo, el canónigo
Manuel de Salinas. El cargo que ocupa en Zaragoza, y probablemente
también su carácter, junto con la costumbre
de publicar sin permiso, paran en Roma, adonde llegan quejas
sobre él en febrero de 1652.
En 1653 aparece en Huesca la segunda parte de El Criticón
(En el otoño de la varonil edad), dedicado a don
Juan de Austria. Algunos jesuitas valencianos interpretaron
la crisis VII como un ataque, lo que le granjeó nuevas
críticas. Gracián, previsor, ya tenía
escudo, pues había tejido una red de elogios a altos
personajes, además de la dedicatoria. Y también
publica en 1655 (por primera vez a su nombre, con las debidas
licencias y reconociéndolo como suyo) El comulgatorio,
obra de devoción. La publicación en 1657 de
la tercera parte de El Criticón (En el invierno
de la vejez), a nombre, una vez más, de Lorenzo
Gracián, determina la caída del sacerdote. El
nuevo provincial de Aragón, el catalán Jacinto
Piquer, recrimina públicamente a Gracián en
el refectorio, le impone como penitencia el ayuno a pan y
agua, le priva de su cátedra y, a comienzos de 1658,
le envía a Graus.
Al poco tiempo, Gracián escribe al general de la compañía
para solicitar el paso a otra Orden religiosa. No se le contesta,
pero se le va rebajando la pena: en abril de 1658 ya está
en el Colegio de Tarazona con varios cargos. La decadencia
física se le aceleró, quizá a raíz
de todo lo ocurrido anteriormente: aunque invitado, en junio
no puede asistir a la congregación provincial de Calatayud,
y muere el 6 de diciembre de 1658 en Tarazona.
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