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Baltasar
Gracián (2/9)
Emilio Blanco Gómez
Universidade da Coruña
ISBN: 84-9714-005-2
BALTASAR GRACIÁN: EL HÉROE
En 1637, cumplidos los 36 años, publicó Gracián
su primer libro, El Héroe, a nombre de su hermano
Lorenzo Gracián. Conviene observar, pues, que no era
el autor niño cuando dio su primer libro a estampa,
y eso se nota en que el volumen destila una madurez pasmosa,
y anuncia de alguna manera buena parte de las obras posteriores
del jesuita: libro programático lo ha llamado Luis
Jiménez Moreno. Cumple también anotar que hoy
puede darse por perdida esa primera impresión, que
conocemos sólo por referencias indirectas. La crítica
ha recurrido casi siempre a la segunda edición (Madrid,
Diego Díaz, 1639). Se conserva también un manuscrito
autógrafo en la Biblioteca Nacional de Madrid. Dado
que este último se separa en no pocos casos de la versión
impresa conservada, la comparación es útil por
cuanto muestra a las claras una voluntad de estilo y una conciencia
creadora decididas desde los primeros momentos de su obra
literaria (Romera-Navarro 1946).
Gracias a la comparación entre el manuscrito y el
impreso de 1639 también sabemos que, en un primer momento,
Gracián dedicó el autógrafo al rey Felipe
IV (“...cobra su atrevimiento con que, siendo traslado de
grandeza, acude a examinarse con su original”). Sin embargo,
la primera edición va dedicada a Lastanosa. No sabemos
nada de las razones de ese cambio, pero lo cierto es que la
sustitución de la dedicatoria cambia radicalmente la
orientación del libro, pues lo que iba ser un texto
perteneciente al género llamado “Espejos de príncipes”
(“Afecta el patrocinio de quien recibió el ser, y quiere
deberse todo a V. M. como a Idea y como a centro”) abandonó
el carácter político para tener otro más
general. Así se desprende de la advertencia al lector
que antecede a la edición de 1639:
¡Qué singular te deseo! Emprendo
formar con un libro enano un varón gigante, y, con
breves períodos, inmortales hechos. Sacar un varón
máximo, esto es, milagro en perfección y,
ya que no por naturaleza rey, por sus prendas es ventaja
(Gracián 1993, II, p. 7).
Vale decir que lo que antes se ofreció al rey, sirve
ahora para cualquier otro varón: “Aquí tendrás
una, no política, ni aun económica, sino una
razón de estado de ti mismo, una brújula de
marear a la excelencia, una arte de ser ínclito con
pocas reglas de discreción”. ¿Qué es
lo que ofrece entonces Gracián en su minúsculo
librito, en su “brinquiño”, según lo calificó
el mismo rey?
El título del libro es ya indicativo del tipo humano
que diseña el jesuita: un varón de excepción,
que tenga cualidades regias sin serlo por sangre. Jorge Ayala
ha dibujado bien los modelos que pesan en este primer intento
literario de Gracián: por su formación humanista,
Gracián veía con buenos ojos estas figuras excepcionales
(piénsese en El cortesano de Castiglione, por
ejemplo, o en Il Galateo de Della Casa); de su paso
por la enseñanza jesuítica, buscaba un modelo
ideal de perfección; su erudición, en fin, le
surtía de modelos históricos varios (Ayala 1988,
63). Sin embargo, el título no debe llevar a confundir
el auténtico mensaje que contiene. No hay que pensar
en el concepto moderno de héroe. Más bien habría
que remontarse a la mitología de la antigüedad,
con ese carácter híbrido –mezcla de dios y de
hombre- que atribuyó como condición al héroe,
sin descartar en absoluto el uso ciceroniano (heros, ‘varón
sobresaliente’) que recuerda Batllori (Gracián 1969,
55).
Y, si el título del libro es peculiar, sucede lo mismo
con las divisiones de que se sirve su autor. El contenido
ya no se fragmenta en capítulos, títulos, partes...
como en los tratados medievales y renacentistas. Con arreglo
a las costumbres del Barroco, El Héroe aparece
dividido en veinte primores. Primor equivale a ‘excelencia’,
la cualidad de primero en todo, resumen de las perfecciones,
de las prendas que adornan al héroe. Veinte
primores. No se debe olvidar el número, especialmente
el número 5, que es principio constructivo habitual
en Gracián: veinte (5 x 4) son los primores de El
Héroe; veinticinco (5 x 5) los realces de El
discreto; cincuenta (5 x 10) los discursos del Arte
de ingenio de 1642 y cincuenta las meditaciones de El
Comulgatorio; trescientos (3 x 100), en fin, los aforismos
del Oráculo manual... Gracián se acoge,
pues, a los viejos principios medievales de la composición
numérica (Curtius 1984, 700-712).
En el jesuita, con todo, nada es sencillo, porque a esa estructura
externa, numérica, perfectamente coherente, le superpone
otra estructura interna, la que se desprende del contenido
del libro. Y es que Gracián sigue de cerca los principios
de la biografía política, tal y como habían
quedado establecidos en la edición que Justo Lipsio
preparó en 1601 del Panegírico de Trajano,
de Plinio el Joven. Es probable, con todo, que se sirviese
de la traducción castellana de Francisco de Barreda,
publicada en 1622, que llevó el título de El
mejor príncipe Trajano Augusto. Su filosofía
política, moral y económica, deducida y traducida
del Panegírico de Plinio, ilustrada con márgenes
y discursos. Gracián no citó nunca a Barreda
(ni a Cervantes, y casi ni a Quevedo), pero hubo de conocer
la traducción, sobre todo si tenemos en cuenta la admiración
que sentía por Plinio, según atestiguan las
continuas referencias de la Agudeza y arte de ingenio.
Como quiera que fuere, la crítica coincide en la deuda
de Gracián con el texto plineano. Cada uno de los diez
discursos o comentarios de Barreda se desarrolla en dos valores
políticos: veinte en total, pues, como veinte son los
primores de El Héroe. Lo que sucede es que en
el jesuita se altera el orden primitivo del traductor, es
decir, que los primores I y II corresponden con el discurso
décimo de Barreda; los primores III y IV con el noveno;
y así sucesivamente hasta llegar al final de El
héroe y al comienzo del texto de Barreda.
No queda ahora sino detallar brevemente el contenido de los
primores gracianos. También aquí casi todos
ellos muestran una estructura común: a una primera
parte de carácter teórico sigue por lo general
una batería de ejemplos históricos (salvo en
el caso del número VIII, en el que se invierte esa
progresión, pues los casos históricos de Hércules
y Catón abren el camino a la reflexión). De
ser posible la distinción, las prendas –voz
que se emplea en el texto con frecuencia- más importantes
tendrían que ver con la eminencia, ser el primero (primores
VI-VII), con la fortuna (X-XI), con tres cualidades plausibles
–despejo, imperio natural y simpatía (XIII-XV)- y las
relacionadas con el alcance de la virtud (XX).
Una de las características del protagonista de Gracián
es, pues, la conjunción de prendas. Al leer las primeras
páginas de El Héroe, se tiene la impresión
de que las primeras prendas tienen que ver con cualidades
innatas (voluntad, entendimiento) para dar paso después
a las adquiridas (gusto, fortuna, despejo, imperio natural,
gracia de las gentes). Así lo probaría el siguiente
texto del final del tercer primor: “Hasta aquí, favores
de la naturaleza; desde aquí, realces del arte” (Gracián
1993, II, 14). Aunque la impresión no se corrobora
totalmente, el mismo autor explica la necesidad de aunar los
dos tipos de cualidades en el primor VI:
De las prendas, unas da el Cielo, otras libra
a la industria; una ni dos no bastan a realzar un sujeto.
Cuanto destituyó el cielo de las naturales, supla
la diligencia en las adquisitas. Aquellas son hijas del
favor; estas, de la loable industria, y no suelen ser las
menos nobles. (Gracián 1993, II, 18).
Del análisis de todas esas prendas, sorprenden las
escasas referencias a cuestiones estrictamente religiosas.
¿Será que el héroe de Gracián
es un tipo laico? Así sería si faltase la parte
final del “primor último y corona”, que concluye de
la siguiente forma:
¡Oh, pues, varón culto, pretendiente
de la heroicidad! Nota el más importante primor,
repara en la más constante destreza.
No puede la grandeza fundarse en el pecado, que es nada,
sino en Dios, que lo es todo.
Si la excelencia mortal es de codicia, la eterna sea de
ambición.
Ser héroe del mundo, poco o nada es; serlo del cielo
es mucho. A cuyo gran monarca sea la alabanza, sea la honra,
sea la gloria. (Gracián 1993, II, 41).
Si no fuese por este breve quiebro final (¿apéndice
de circunstancias?, ¿conclusión sentida y sincera?),
las prendas religiosas estarían ausentes del bosquejo
del héroe graciano.
Creo que con lo dicho quedaría hecho el diseño
del héroe de Gracián. Sin embargo, el panorama
no estaría completo si no se observara que en el librito
de 1637 alienta ya el germen del resto de la producción
literaria del jesuita. Así sucede con los temas que
serán objeto de libros posteriores, pues Gracián
parece que ya tiene claro el mapa de su mundo literario. Véase,
si no, el siguiente fragmento del Primor III:
Adécuase esta capital prenda de otras dos:
fondo de juicio y elevación de ingenio, que forman
un prodigio si se juntan.
Señaló pródigamente la filosofía
dos potencias al acordarse y al entender. Súfrasele
a la política con más derecho introducir división
entre el juicio y el ingenio, entre la sindéresis
y la agudeza. (Gracián 1993, II, 12).
Lo mismo podría decirse de otras prendas (como el
gusto), o de los personajes (Alejandro Magno, Fernando
el Católico, la reina Isabel, Hércules...),
o de los autores que cita (San Agustín, Giovanni Botero...),
o de las divisiones que empleará en libros posteriores
(realces, crisis). Incluso parece tener en la mente los tratados
posteriores: Fernando el Católico, protagonista de
su segundo libro, aparece en varios de los primores; alusiones
al “discreto” (V, X), al “varón prudente” (IX), al
“atento” (XV: Gracián no llegó a escribir El
atento, pero sí lo prometió en uno de sus
prólogos). Hasta las imágenes son las mismas:
el juego, símiles alimenticios o digestivos anuncian
sin duda aforismos posteriores.
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