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1637, cumplidos los 36 años, publicó Gracián su primer
libro, El Héroe, a nombre de su hermano Lorenzo Gracián.
Conviene observar, pues, que no era el autor niño cuando dio su
primer libro a estampa, y eso se nota en que el volumen destila una madurez
pasmosa, y anuncia de alguna manera buena parte de las obras posteriores
del jesuita: libro programático lo ha llamado Luis Jiménez
Moreno. Cumple también anotar que hoy puede darse por perdida esa
primera impresión, que conocemos sólo por referencias indirectas.
La crítica ha recurrido casi siempre a la segunda edición
(Madrid, Diego Díaz, 1639). Se conserva también un manuscrito
autógrafo en la Biblioteca Nacional de Madrid. Dado que este último
se separa en no pocos casos de la versión impresa conservada, la
comparación es útil por cuanto muestra a las claras una voluntad
de estilo y una conciencia creadora decididas desde los primeros momentos
de su obra literaria (Romera-Navarro 1946).
Gracias a la comparación entre
el manuscrito y el impreso de 1639 también sabemos que, en un primer
momento, Gracián dedicó el autógrafo al rey Felipe
IV (“...cobra su atrevimiento con que, siendo traslado de grandeza, acude
a examinarse con su original”). Sin embargo, la primera edición
va dedicada a Lastanosa. No sabemos nada de las razones de ese cambio,
pero lo cierto es que la sustitución de la dedicatoria cambia radicalmente
la orientación del libro, pues lo que iba ser un texto perteneciente
al género llamado “Espejos de príncipes” (“Afecta el patrocinio
de quien recibió el ser, y quiere deberse todo a V. M. como a Idea
y como a centro”) abandonó el carácter político para
tener otro más general. Así se desprende de la advertencia
al lector que antecede a la edición de 1639:
¡Qué singular te
deseo! Emprendo formar con un libro enano un varón gigante, y, con
breves períodos, inmortales hechos. Sacar un varón máximo,
esto es, milagro en perfección y, ya que no por naturaleza rey,
por sus prendas es ventaja (Gracián 1993, II, p. 7).
Vale decir que lo que antes se ofreció
al rey, sirve ahora para cualquier otro varón: “Aquí tendrás
una, no política, ni aun económica, sino una razón
de estado de ti mismo, una brújula de marear a la excelencia, una
arte de ser ínclito con pocas reglas de discreción”. ¿Qué
es lo que ofrece entonces Gracián en su minúsculo librito,
en su “brinquiño”, según lo calificó el mismo rey?
El título del libro es ya indicativo
del tipo humano que diseña el jesuita: un varón de excepción,
que tenga cualidades regias sin serlo por sangre. Jorge Ayala ha dibujado
bien los modelos que pesan en este primer intento literario de Gracián:
por su formación humanista, Gracián veía con buenos
ojos estas figuras excepcionales (piénsese en El cortesano
de Castiglione, por ejemplo, o en Il Galateo de Della Casa); de
su paso por la enseñanza jesuítica, buscaba un modelo ideal
de perfección; su erudición, en fin, le surtía de
modelos históricos varios (Ayala 1988, 63). Sin embargo, el título
no debe llevar a confundir el auténtico mensaje que contiene. No
hay que pensar en el concepto moderno de héroe. Más bien
habría que remontarse a la mitología de la antigüedad,
con ese carácter híbrido –mezcla de dios y de hombre- que
atribuyó como condición al héroe, sin descartar en
absoluto el uso ciceroniano (heros, ‘varón sobresaliente’) que recuerda
Batllori (Gracián 1969, 55).
Y, si el título del libro es peculiar,
sucede lo mismo con las divisiones de que se sirve su autor. El contenido
ya no se fragmenta en capítulos, títulos, partes... como
en los tratados medievales y renacentistas. Con arreglo a las costumbres
del Barroco, El Héroe aparece dividido en veinte primores.
Primor equivale a ‘excelencia’, la cualidad de primero en todo, resumen
de las perfecciones, de las prendas que adornan al héroe. Veinte
primores. No se debe olvidar el número, especialmente el número
5, que es principio constructivo habitual en Gracián: veinte (5
x 4) son los primores de El Héroe; veinticinco (5 x 5) los
realces de El discreto; cincuenta (5 x 10) los discursos del Arte
de ingenio de 1642 y cincuenta las meditaciones de El Comulgatorio;
trescientos (3 x 100), en fin, los aforismos del Oráculo manual...
Gracián se acoge, pues, a los viejos principios medievales de la
composición numérica (Curtius 1984, 700-712).
En el jesuita, con todo, nada es sencillo,
porque a esa estructura externa, numérica, perfectamente coherente,
le superpone otra estructura interna, la que se desprende del contenido
del libro. Y es que Gracián sigue de cerca los principios de la
biografía política, tal y como habían quedado establecidos
en la edición que Justo Lipsio preparó en 1601 del Panegírico
de Trajano, de Plinio el Joven. Es probable, con todo, que se sirviese
de la traducción castellana de Francisco de Barreda, publicada en
1622, que llevó el título de El mejor príncipe
Trajano Augusto. Su filosofía política, moral y económica,
deducida y traducida del Panegírico de Plinio, ilustrada con márgenes
y discursos. Gracián no citó nunca a Barreda (ni a Cervantes,
y casi ni a Quevedo), pero hubo de conocer la traducción, sobre
todo si tenemos en cuenta la admiración que sentía por Plinio,
según atestiguan las continuas referencias de la Agudeza y arte
de ingenio. Como quiera que fuere, la crítica coincide en la
deuda de Gracián con el texto plineano. Cada uno de los diez discursos
o comentarios de Barreda se desarrolla en dos valores políticos:
veinte en total, pues, como veinte son los primores de El Héroe.
Lo que sucede es que en el jesuita se altera el orden primitivo del traductor,
es decir, que los primores I y II corresponden con el discurso décimo
de Barreda; los primores III y IV con el noveno; y así sucesivamente
hasta llegar al final de El héroe y al comienzo del texto
de Barreda.
No queda ahora sino detallar brevemente
el contenido de los primores gracianos. También aquí casi
todos ellos muestran una estructura común: a una primera parte de
carácter teórico sigue por lo general una batería
de ejemplos históricos (salvo en el caso del número VIII,
en el que se invierte esa progresión, pues los casos históricos
de Hércules y Catón abren el camino a la reflexión).
De ser posible la distinción, las prendas –voz que se emplea
en el texto con frecuencia- más importantes tendrían que
ver con la eminencia, ser el primero (primores VI-VII), con la fortuna
(X-XI), con tres cualidades plausibles –despejo, imperio natural y simpatía
(XIII-XV)- y las relacionadas con el alcance de la virtud (XX).
Una de las características del
protagonista de Gracián es, pues, la conjunción de prendas.
Al leer las primeras páginas de El Héroe, se tiene
la impresión de que las primeras prendas tienen que ver con cualidades
innatas (voluntad, entendimiento) para dar paso después a las adquiridas
(gusto, fortuna, despejo, imperio natural, gracia de las gentes). Así
lo probaría el siguiente texto del final del tercer primor: “Hasta
aquí, favores de la naturaleza; desde aquí, realces del arte”
(Gracián 1993, II, 14). Aunque la impresión no se corrobora
totalmente, el mismo autor explica la necesidad de aunar los dos tipos
de cualidades en el primor VI:
De las prendas, unas da el Cielo,
otras libra a la industria; una ni dos no bastan a realzar un sujeto. Cuanto
destituyó el cielo de las naturales, supla la diligencia en las
adquisitas. Aquellas son hijas del favor; estas, de la loable industria,
y no suelen ser las menos nobles. (Gracián 1993, II, 18).
Del análisis de todas esas
prendas, sorprenden las escasas referencias a cuestiones estrictamente
religiosas. ¿Será que el héroe de Gracián es
un tipo laico? Así sería si faltase la parte final del “primor
último y corona”, que concluye de la siguiente forma:
¡Oh, pues, varón
culto, pretendiente de la heroicidad! Nota el más importante primor,
repara en la más constante destreza.
No puede la grandeza fundarse en el pecado,
que es nada, sino en Dios, que lo es todo.
Si la excelencia mortal es de codicia,
la eterna sea de ambición.
Ser héroe del mundo, poco o nada
es; serlo del cielo es mucho. A cuyo gran monarca sea la alabanza, sea
la honra, sea la gloria. (Gracián 1993, II, 41).
Si no fuese por este breve quiebro
final (¿apéndice de circunstancias?, ¿conclusión
sentida y sincera?), las prendas religiosas estarían ausentes del
bosquejo del héroe graciano.
Creo que con lo dicho quedaría
hecho el diseño del héroe de Gracián. Sin embargo,
el panorama no estaría completo si no se observara que en el librito
de 1637 alienta ya el germen del resto de la producción literaria
del jesuita. Así sucede con los temas que serán objeto de
libros posteriores, pues Gracián parece que ya tiene claro el mapa
de su mundo literario. Véase, si no, el siguiente fragmento del
primor III:
Adécuase esta capital
prenda de otras dos: fondo de juicio y elevación de ingenio, que
forman un prodigio si se juntan.
Señaló pródigamente
la filosofía dos potencias al acordarse y al entender. Súfrasele
a la política con más derecho introducir división
entre el juicio y el ingenio, entre la sindéresis y la agudeza.
(Gracián 1993, II, 12).
Lo mismo podría decirse de
otras prendas (como el gusto), o de los personajes (Alejandro Magno,
Fernando el Católico, la reina Isabel, Hércules...), o de
los autores que cita (San Agustín, Giovanni Botero...), o de las
divisiones que empleará en libros posteriores (realces, crisis).
Incluso parece tener en la mente los tratados posteriores: Fernando el
Católico, protagonista de su segundo libro, aparece en varios de
los primores; alusiones al “discreto” (V, X), al “varón prudente”
(IX), al “atento” (XV: Gracián no llegó a escribir El
atento, pero sí lo prometió en uno de sus prólogos).
Hasta las imágenes son las mismas: el juego, símiles alimenticios
o digestivos anuncian sin duda aforismos posteriores.
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