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Baltasar Gracián (3/9)

Emilio Blanco Gómez
Universidade da Coruña
ISBN: 84-9714-005-2

 

BALTASAR GRACIÁN: EL POLÍTICO

En 1640, en Zaragoza, publica Gracián su segundo libro, El político don Fernando el Católico. Si al publicar El Héroe buscó el amparo de Lastanosa, esta vez busca el escudo del Virrey de Aragón, el Duque de Nocera, a quien lo dedica. De nuevo a nombre de su hermano Lorenzo, y de nuevo en un tamaño minúsculo, se trata ahora de 222 páginas numeradas en las que Gracián trabajó por acomodar el contenido de su obra a la materialidad física del libro publicado. Como ha señalado Aurora Egido, el jesuita dibujó las excelencias del rey católico “ajustándose al espacio de catorce pliegos impresos, distribuidos en párrafos semejantes, sin división de capítulos y formando una unidad indivisible” (Gracián 1985, XV). En efecto, este es el único tratado de Gracián que no se presenta sujeto a las particulares particiones habituales en las restantes obras. Veremos que el detalle, como suele ser habitual en este autor, no carece de importancia.

La continuidad con El Héroe es obvia, incluso desde el punto de vista formal y tipográfico: los dos libros responden al mismo tamaño, incluso a la misma caja de edición, aunque el segundo no presente la división en primores. Gracián personaliza ahora en un ejemplo histórico concreto, la figura del rey Fernando, cuanto había dibujado en un plano general en su primer libro (Coster 1913). La figura ideal de El Héroe toma carne en la persona real admirada por el jesuita, porque conviene recordar que el monarca aragonés ya había sido mencionado allí elogiosamente en repetidas ocasiones. Gracián continúa, pues, una tradición que arrancaba de la Edad Media (véase Ramos 1997), y que se había intensificado a partir de los dos últimos tomos de los Anales de la Corona de Aragón de Jerónimo Zurita: tanto el librito de Gracián como las Empresas políticas de Saavedra Fajardo son fruto de esa corriente vindicativa. El comienzo del panegírico es muestra clara de esa voluntad:  

Opongo un rey a todos los pasados; propongo un rey a todos los venideros: don Fernando el católico, aquel gran maestro del arte de reinar, el oráculo mayor de la Razón de Estado.
Será este [...] no tanto cuerpo de su historia cuanto alma de su política; no narración de sus hazañas, discurso sí de sus aciertos; crisis de muchos reyes, que no panegiris de uno solo, debida a la magistral conversación de vuestra Excelencia, lograda de mi observación.
Comentaré algunos de sus reales aforismos, los más fáciles, los accesibles, que los primorosos, los recónditos, esos cederlos he a quien presumiere alcanzarlos. Apreciaré reglas ciertas, no paradojas políticas, peligrosos ensanches de la razón, estimando más la seguridad que la novedad. (Gracián 1993, II, 49).
Desde el juego de palabras de la primera línea (opongo/propongo), Gracián ofrece un modelo que destaca sobre todos los monarcas que ya fueron, y que ha de ser a su vez espejo en que se reflejen los posteriores. La aposición al nombre del rey da buena cuenta de la importancia que le atribuye el jesuita: gran maestro del arte de reinar (al tratar del Oráculo hablaremos de la importancia de la voz arte en el jesuita: medio para gobernar cualquier actividad intelectual humana), y oráculo mayor de la Razón de Estado (recuérdese que lo que se ofrecía en El Héroe era “una razón de Estado de ti mismo”). Hemos saltado, pues, del ámbito de lo personal a la esfera de la política, como muestra la oposición entre el cuerpo de la historia y el alma de la política del segundo párrafo (otra pareja -esta de cuerpo y alma- bien cara al jesuita, y que retomará al hablar de la agudeza). A continuación, Gracián se desmarca rápidamente de los géneros clásicos: El Político no es una narración histórica al uso, ni un panegírico. Se trata más bien de un recorrer los aciertos, un crisol (podría decirse, jugando con el vocablo crisis, otro de los más gratos para el jesuita) o antología de lo mejor de muchos reyes. El tercer párrafo confirma que nos encontramos en el ámbito de lo que los hombres de los siglos XVI y XVII llamaban una Política: recoger los aforismos (comentados o no) de algún personaje era tarea habitual de los publicistas del siglo XVII, al igual que la reunión de un conjunto de reglas. Pero si queda alguna duda a este respecto, el propio autor lo confirma más tarde, en El Criticón (II, crisi IV), cuando lo sitúa en ese marco genérico, a zaga de La república platónica, y en clara confrontación con otros tratados bien conocidos en la época: Il principe de Maquiavelo o la República de Bodino (Gracián 1993, II, 292-4).

Me he detenido en este comienzo porque los tres párrafos iniciales tienen valor de epígrafe, pues en ellos se enuncia todo el contenido de la obra, sin que el resto del libro agregue contenidos nuevos a esa tesis general. Todo lo que sigue es una glosa a ese lema inicial, ejemplos para probar lo apuntado allí (Oltra 1986, 161). De hecho, parece que Gracián procede por acumulación: tras enunciar de forma abstracta la cualidad del político, agrega una batería de ejemplos históricos que han de funcionar por comparación (afirmativa en el caso de cualidades positivas; negativa, en el contrario) para terminar sancionando con la actitud o atribución del rey. Doy sólo un ejemplo de los más breves:  

[Cualidad:] Depende también, y mucho, el salir un príncipe perfecto de la nación entre quien mora. Naciones hay que echan a perder sus reyes, y otras que los ganan. [Ejemplos históricos positivos y negativos:] Los deliciosos asirios [-] pegábanles con facilidad a sus reyes sus afeminadas inclinaciones, si merecen llamarse así ocho monstruos, predecesores de Sardanápalo. Pero los lacedemonios [+], templados y prudentes, con el trato y con el ejemplo inclinaban sus heroicos reyes a todo género de virtud. Los persas [-], dados a toda manera de vicio y gastos excesivos en el comer y en el vestir, enviciaban sus reyes de suerte que no les bastaba toda el Asia para su inútil y vana suntuosidad. Al contrario, los macedones [+], parcos y ajustados, sacaban príncipes tales, que lo que les faltaba de fausto y ostentación, les sobraba de grandeza de ánimo.
[Conclusión:] Esta es la causa de haber tenido en unas naciones reyes tan singulares, y en otras tan comunes. Cada uno de los ricos hombres de Aragón era espejo de su rey [+], era ayo ejemplar de su príncipe. Nación, al fin, propia para oficina de heroicos reyes. (Gracián 1993, II, 61-62).

Este esquema se ha comparado conceptualmente con la estructura del emblema (Oltra 1986, 166): el párrafo inicial destinado a la cualidad o característica política funciona como lema o mote; los ejemplos históricos harían las veces de la pictura; la conclusión, en fin, equivaldría al texto (ya sea el epigrama habitual de los emblemas, ya la glosa).

Y puesto que este esquema se repite sin cesar en El Político, hay que plantearse si el panegírico graciano procede por acumulación, o si por el contrario existe una estructura subyacente que vertebre las aparentemente inconexas reflexiones del jesuita. La crítica se encuentra escindida entre las dos posiciones, y razones hay para apoyar una y otra. Coster (1913, 477-8) se mostró partidario de la primera de las tesis, y Correa imaginó al sacerdote participando en una de las academias aragonesas de la época (Gracián 1969). La otra postura cuenta con una argumentación más elaborada: de la monografía de Ángel Ferrari (Ferrari 1945) se desprende que el jesuita elaboró su opúsculo sobre el rey católico basándose en un esquema quíntuple de tradición escolástica, típico en la biografía política clásica. En la base de todo el texto habría un esquema aretológico, según el cual cinco virtudes animan el cuerpo del monarca (las cuatro cardinales –prudencia, justicia, fortaleza y templanza- más la fe). A su vez, habría también un esquema antropomórfico, pues sobre esas cinco virtudes mencionadas Gracián habría organizado el cuerpo de su obra en cinco partes, correspondientes con las del cuerpo: rostro, brazo, tronco, sexo y piernas. Lo habitual en los textos políticos de la época era representar la figura humana mutilada como símbolo político: el hecho de que el rey Fernando aparezca con todos los miembros daría buena cuenta de las intenciones de Gracián. De la conjunción de esos dos esquemas quíntuples –aretológico y antropomórfico- se derivarían cincuenta determinantes de la figura de Fernando el Católico.

La crítica se encuentra dividida, como decía más arriba, entre quienes aceptan la tesis de Ferrari (Batllori-Peralta), quienes la rechazan (así parece hacerlo A. Egido, Gracián 1985, XV) y quienes la matizan (Oltra 1986, 162). Este último apunta que subyace en el texto el entramado constructivo sugerido por Ferrari, pero el gusto barroco de Gracián “le conduce a la ocultación deliberada, para deleite de los inteligentes y desconcierto de los demás”. Aunque la solución dista de estar clara, quizá convendría añadir que, dada la fijación del jesuita por el número cinco y su facilidad para organizar los tratados con arreglo a los múltiplos de esta cifra (véase lo dicho en El Héroe), no habría dejado pasar la ocasión de marcarlo de forma clara.

El resultado es que toda esa dificultad, unido a que se conoce lo esencial del asunto desde los primeros párrafos, ha distanciado al lector moderno de este tratado de Gracián. Con todo, el valor histórico de la obra es indudable, y más si se tiene en cuenta la situación política del momento: con Cataluña levantada en rebeldía y Portugal separándose de España, presentar al monarca aragonés como modelo de excelencia dejaba en mal lugar, por comparación, a Felipe IV y sus validos, especialmente el Conde-Duque de Olivares.

 

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