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26. Baltasar Gracián: Oráculo
manual.
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Oráculo
manual y arte de prudencia
(Huesca,
Juan Nogués, 1647).
Edición
de Emilio Blanco.
AL
LECTOR
Ni
al justo leyes, ni al sabio consejos; pero ninguno supo bastantemente para
sí. Una cosa me has de perdonar y otra agradecer: el llamar Oráculo
a este epítome de aciertos del vivir, pues lo es en lo sentencioso
y lo conciso; el ofrecerte de un rasgo todos los doce Gracianes,
tan estimado cada uno, que El Discreto apenas se vio en España
cuando se logró en Francia, traducido en su lengua e impreso en
su Corte. Sirva éste de memorial a la razón en el banquete
de sus sabios, en que registre los platos prudenciales que se le irán
sirviendo en las demás obras para distribuir el gusto genialmente.
1.
Todo
está ya en su punto, y el ser persona en el mayor. Más
se requiere hoy para un sabio que antiguamente para siete; y más
es menester para tratar con un solo hombre en estos tiempos que con todo
un pueblo en los pasados.
2.
Genio
e ingenio. Los dos ejes del lucimiento de prendas: el uno sin el otro,
felicidad a medias. No basta lo entendido, deséase lo genial. Infelicidad
de necio: errar la vocación en el estado, empleo, región,
familiaridad.
3.
Llevar
sus cosas con suspensión. La admiración de la novedad
es estimación de los aciertos. El jugar a juego descubierto ni es
de utilidad ni de gusto. El no declararse luego suspende, y más
donde la sublimidad del empleo da objeto a la universal expectación;
amaga misterio en todo, y con su misma arcanidad provoca la veneración.
Aun en el darse a entender se ha de huir la llaneza, así como ni
en el trato se ha de permitir el interior a todos. Es el recatado silencio
sagrado de la cordura. La resolución declarada nunca fue estimada;
antes se permite a la censura, y si saliere azar, será dos veces
infeliz. Imítese, pues, el proceder divino para hacer estar a la
mira y al desvelo.
4.
El
saber y el valor alternan grandeza. Porque lo son, hacen inmortales;
tanto es uno cuanto sabe, y el sabio todo lo puede. Hombre sin noticias,
mundo a oscuras. Consejo y fuerzas, ojos y manos: sin valor es estéril
la sabiduría.
5.
Hacer
depender. No hace el numen el que lo dora, sino el que lo adora: el
sagaz más quiere necesitados de sí que agradecidos. Es robarle
a la esperanza cortés fiar del agradecimiento villano, que lo que
aquella es memoriosa es éste olvidadizo. Más se saca de la
dependencia que de la cortesía: vuelve luego las espaldas a la fuente
el satisfecho, y la naranja exprimida cae del oro al lodo. Acabada la dependencia,
acaba la correspondencia, y con ella la estimación. Sea lección,
y de prima en experiencia, entretenerla, no satisfacerla, conservando siempre
en necesidad de sí aun al coronado patrón; pero no se ha
de llegar al exceso de callar para que yerre, ni hacer incurable el daño
ajeno por el provecho propio.
6.
Hombre
en su punto. No se nace hecho: vase de cada día perfeccionando
en la persona, en el empleo, hasta llegar al punto del consumado ser, al
complemento de prendas, de eminencias. Conocerse ha en lo realzado del
gusto, purificado del ingenio, en lo maduro del juicio, en lo defecado
de la voluntad. Algunos nunca llegan a ser cabales, fáltales siempre
un algo; tardan otros en hacerse. El varón consumado, sabio en dichos,
cuerdo en hechos, es admitido y aun deseado del singular comercio de los
discretos.
7.
Excusar
victorias del patrón. Todo vencimiento es odioso, y del dueño,
o necio, o fatal. Siempre la superioridad fue aborrecida, cuanto más
de la misma superioridad. Ventajas vulgares suele disimular la atención,
como desmentir la belleza con el desaliño. Bien se hallará
quien quiera ceder en la dicha, y en el genio; pero en el ingenio, ninguno,
cuanto menos una soberanía. Es éste el atributo rey, y así
cualquier crimen contra él fue de lesa Majestad. Son soberanos,
y quieren serlo en lo que es más. Gustan de ser ayudados los príncipes,
pero no excedidos, y que el aviso haga antes viso de recuerdo de lo que
olvidaba que de luz de lo que no alcanzó. Enséñannos
esta sutileza los astros con dicha, que aunque hijos, y brillantes, nunca
se atreven a los lucimientos del sol.
8.
Hombre
inapasionable, prenda de la mayor alteza de ánimo. Su misma
superioridad le redime de la sujeción a peregrinas vulgares impresiones.
No hay mayor señorío que el de sí mismo, de sus afectos,
que llega a ser triunfo del albedrío. Y cuando la pasión
ocupare lo personal, no se atreva al oficio, y menos cuanto fuere más:
culto modo de ahorrar disgustos, y aun de atajar para la reputación.
9.
Desmentir
los achaques de su nación. Participa el agua las calidades buenas
o malas de las venas por donde pasa, y el hombre las del clima donde nace.
Deben más unos que otros a sus patrias, que cupo allí más
favorable el cenit. No hay nación que se escape de algún
original defecto: aun las más cultas, que luego censuran los confinantes,
o para cautela, o para consuelo. Victoriosa destreza corregir, o por lo
menos desmentir estos nacionales desdoros: consíguese el plausible
crédito de único entre los suyos, que lo que menos se esperaba
se estimó más. Hay también achaques de la prosapia,
del estado, del empleo y de la edad, que si coinciden todos en un sujeto
y con la atención no se previenen, hacen un monstruo intolerable.
10.
Fortuna
y Fama. Lo que tiene de inconstante la una, tiene de firme la otra.
La primera para vivir, la segunda para después; aquella contra la
envidia, esta contra el olvido. La fortuna se desea y tal vez se ayuda,
la fama se diligencia; deseo de reputación nace de la virtud. Fue,
y es hermana de gigantes la fama; anda siempre por extremos, o monstruos,
o prodigios, de abominación, de aplauso.
11.
Tratar
con quien se pueda aprender. Sea el amigable trato escuela de erudición,
y la conversación enseñanza culta; un hacer de los amigos
maestros, penetrando el útil del aprender con el gusto del conversar.
Altérnase la fruición con los entendidos, logrando lo que
se dice en el aplauso con que se recibe, y lo que se oye en el amaestramiento.
Ordinariamente nos lleva a otro la propia conveniencia, aquí realzada.
Frecuenta el atento las casas de aquellos héroes cortesanos, que
son más teatros de la heroicidad que palacios de la vanidad. Hay
señores acreditados de discretos que, a más de ser ellos
oráculos de toda grandeza con su ejemplo y en su trato, el cortejo
de los que los asisten es una cortesana academia de toda buena y galante
discreción.
12.
Naturaleza
y arte; materia y obra. No hay belleza sin ayuda, ni perfección
que no dé en bárbara sin el realce del artificio: a lo malo
socorre y lo bueno lo perfecciona. Déjanos comúnmente a lo
mejor la naturaleza, acojámonos al arte. El mejor natural es inculto
sin ella, y les falta la mitad a las perfecciones si les falta la cultura.
Todo hombre sabe a tosco sin el artificio, y ha menester pulirse en todo
orden de perfección.
13.
Obrar
de intención, ya segunda, y ya primera. Milicia es la vida del
hombre contra la malicia del hombre, pelea la sagacidad con estratagemas
de intención. Nunca obra lo que indica, apunta, sí, para
deslumbrar; amaga al aire con destreza y ejecuta en la impensada realidad,
atenta siempre a desmentir. Echa una intención para asegurarse de
la émula atención, y revuelve luego contra ella venciendo
por lo impensado. Pero la penetrante inteligencia la previene con atenciones,
la acecha con reflejas, entiende siempre lo contrario de lo que quiere
que entienda, y conoce luego cualquier intentar de falso; deja pasar toda
primera intención, y está en espera a la segunda y aun a
la tercera. Auméntase la simulación al ver alcanzado su artificio,
y pretende engañar con la misma verdad: muda de juego por mudar
de treta, y hace artificio del no artificio, fundando su astucia en la
mayor candidez. Acude la observación entendiendo su perspicacia,
y descubre las tinieblas revestidas de la luz; descifra la intención,
más solapada cuanto más sencilla. De esta suerte combaten
la calidez de Pitón contra la candidez de los penetrantes rayos
de Apolo.
14.
La
realidad y el modo. No basta la sustancia, requiérese también
la circunstancia. Todo lo gasta un mal modo, hasta la justicia y razón.
El bueno todo lo suple: dora el no, endulza la verdad y afeita la
misma vejez. Tiene gran parte en las cosas el cómo, y es tahúr
de los gustos el modillo. Un bel portarse es la gala del vivir,
desempeña singularmente todo buen término.
15.
Tener
ingenios auxiliares. Felicidad de poderosos: acompañarse de
valientes de entendimiento que le saquen de todo ignorante aprieto, que
le riñan las pendencias de la dificultad. Singular grandeza servirse
de sabios, y que excede al bárbaro gusto de Tigranes, aquel que
afectaba los rendidos reyes para criados. Nuevo género de señorío,
en lo mejor del vivir hacer siervos por arte de los que hizo la naturaleza
superiores. Hay mucho que saber y es poco el vivir, y no se vive si no
se sabe. Es, pues, singular destreza el estudiar sin que cueste, y mucho
por muchos, sabiendo por todos. Dice después en un consistorio por
muchos, o por su boca hablan tantos sabios cuantos le previnieron, consiguiendo
el crédito de oráculo a sudor ajeno. Hacen aquellos primero
elección de la lección, y sírvenle después
en quintas esencias el saber. Pero el que no pudiere alcanzar a tener la
sabiduría en servidumbre, lógrela en familiaridad.
16.
Saber
con recta intención. Asegura fecundidad de aciertos. Monstruosa
violencia fue siempre un buen entendimiento casado con una mala voluntad.
La intención malévola es un veneno de las perfecciones y,
ayudada del saber, malea con mayor sutileza: (infeliz
eminencia la que se emplea en la ruindad! Ciencia sin seso, locura doble.
17.
Variar
de tenor en el obrar. No siempre de un modo, para deslumbrar la atención,
y más si émula. No siempre de primera intención, que
le cogerán la uniformidad, previniéndole, y aun frustrándole
las acciones. Fácil es de matar al vuelo el ave que le tiene seguido,
no así la que le tuerce. Ni siempre de segunda intención,
que le entenderán a dos veces la treta. Está a la espera
la malicia; gran sutileza es menester para desmentirla. Nunca juega el
tahúr la pieza que el contrario presume, y menos la que desea.
18.
Aplicación
y Minerva. No hay eminencia sin entrambas, y si concurren, exceso.
Más consigue una medianía con aplicación que una superioridad
sin ella. Cómprase la reputación a precio de trabajo; poco
vale lo que poco cuesta. Aun para los primeros empleos se deseó
en algunos la aplicación: raras veces desmiente al genio. No ser
eminente en el empleo vulgar por querer ser mediano en el sublime, excusa
tiene de generosidad; pero contentarse con ser mediano en el último,
pudiendo ser excelente en el primero, no la tiene. Requiérense,
pues, naturaleza y arte, y sella la aplicación.
19.
No
entrar con sobrada expectación. Ordinario desaire de todo lo
muy celebrado antes, no llegar después al exceso de lo concebido.
Nunca lo verdadero pudo alcanzar a lo imaginado, porque el fingirse las
perfecciones es fácil, y muy dificultoso el conseguirlas. Cásase
la imaginación con el deseo, y concibe siempre mucho más
de lo que las cosas son. Por grandes que sean las excelencias, no bastan
a satisfacer el concepto, y como le hallan engañado con la exorbitante
expectación, más presto le desengañan que le admiran.
La esperanza es gran falsificadora de la verdad: corríjala la cordura,
procurando que sea superior la fruición al deseo. Unos principios
de crédito sirven de despertar la curiosidad, no de empeñar
el objeto. Mejor sale cuando la realidad excede al concepto y es más
de lo que se creyó. Faltará esta regla en lo malo, pues le
ayuda la misma exageración; desmiéntela con aplauso, y aun
llega a parecer tolerable lo que se temió extremo de ruin.
20.
Hombre
en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos.
No todos tuvieron el que merecían, y muchos, aunque le tuvieron,
no acertaron a lograrle. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo
lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias
son al uso. Pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno; y si este no
es su siglo, muchos otros lo serán.
21.
Arte
para ser dichoso. Reglas hay de ventura, que no toda es acasos para
el sabio; puede ser ayudada de la industria. Conténtanse algunos
con ponerse de buen aire a las puertas de la fortuna y esperan a que ella
obre. Mejor otros, pasan adelante y válense de la cuerda audacia,
que en alas de su virtud y valor puede dar alcance a la dicha, y lisonjearla
eficazmente. Pero, bien filosofado, no hay otro arbitrio sino el de la
virtud y atención, porque no hay más dicha ni más
desdicha que prudencia o imprudencia.
22.
Hombre
de plausibles noticias. Es munición de discretos la cortesana
gustosa erudición: un práctico saber de todo lo corriente,
más a lo noticioso, menos a lo vulgar. Tener una sazonada copia
de sales en dichos, de galantería en hechos, y saberlos emplear
en su ocasión, que salió a veces mejor el aviso en un chiste
que en el más grave magisterio. Sabiduría conversable valioles
más a algunos que todas las siete, con ser tan liberales.
23.
No
tener algún desdoro. El sino de la perfección. Pocos
viven sin achaque, así en lo moral como en lo natural, y se apasionan
por ellos pudiendo curar con facilidad. Lastímase la ajena cordura
de que tal vez a una sublime universalidad de prendas se le atreva un mínimo
defecto, y basta una nube a eclipsar todo un sol. Son lunares de la reputación,
donde para luego, y aun repara, la malevolencia. Suma destreza sería
convertirlos en realces. De esta suerte supo César laurear el natural
desaire.
24.
Templar
la imaginación. Unas veces corrigiéndola, otras ayudándola,
que es el todo para la felicidad, y aun ajusta la cordura. Da en tirana:
ni se contenta con la especulación, sino que obra, y aun suele señorearse
de la vida, haciéndola gustosa o pesada, según la necedad
en que da, porque hace descontentos o satisfechos de sí mismos.
Representa a unos continuamente penas, hecha verdugo casero de necios.
Propone a otros felicidades y aventuras con alegre desvanecimiento. Todo
esto puede, si no la enfrena la prudentísima sindéresis.
25.
Buen
entendedor. Arte era de artes saber discurrir: ya no basta, menester
es adivinar, y más en desengaños. No puede ser entendido
el que no fuere buen entendedor. Hay zahoríes del corazón
y linces de las intenciones. Las verdades que más nos importan vienen
siempre a medio decir; recíbanse del atento a todo entender: en
lo favorable, tirante la rienda a la credulidad; en lo odioso, picarla.
26.
Hallarle
su torcedor a cada uno. Es el arte de mover voluntades; más
consiste en destreza que en resolución: un saber por dónde
se le ha de entrar a cada uno. No hay voluntad sin especial afición,
y diferentes según la variedad de los gustos. Todos son idólatras:
unos de la estimación, otros del interés, y los más
del deleite. La maña está en conocer estos ídolos
para el motivar, conociéndole a cada uno su eficaz impulso: es como
tener la llave del querer ajeno. Hase de ir al primer móvil, que
no siempre es el supremo, las más veces es el ínfimo, porque
son más en el mundo los desordenados que los subordinados. Hásele
de prevenir el genio primero, tocarle el verbo después, cargar con
la afición, que infaliblemente dará mate al albedrío.
27.
Pagarse
más de intensiones que de extensiones. No consiste la perfección
en la cantidad, sino en la calidad. Todo lo muy bueno fue siempre poco
y raro, es descrédito lo mucho. Aun entre los hombres, los gigantes
suelen ser los verdaderos enanos. Estiman algunos los libros por la corpulencia,
como si se escribiesen para ejercitar antes los brazos que los ingenios.
La extensión sola nunca pudo exceder de medianía, y es plaga
de hombres universales por querer estar en todo, estar en nada. La intensión
da eminencia, y heroica si en materia sublime.
28.
En
nada vulgar. No en el gusto. (Oh,
gran sabio el que se descontentaba de que sus cosas agradasen a los muchos!:
hartazgos de aplauso común no satisfacen a los discretos. Son algunos
tan camaleones de la popularidad, que ponen su fruición no en las
mareas suavísimas de Apolo, sino en el aliento vulgar. Ni en el
entendimiento, no se pague de los milagros del vulgo, que no pasan de espantaignorantes,
admirando la necedad común cuando desengañando la advertencia
singular.
29.
Hombre
de entereza. Siempre de parte de la razón, con tal tesón
de su propósito, que ni la pasión vulgar, ni la violencia
tirana le obliguen jamás a pisar la raya de la razón. Pero )quién
será este fénix de la equidad?, que tiene pocos finos la
entereza. Celébranla muchos, mas no por su casa; síguenla
otros hasta el peligro; en él los falsos la niegan, los políticos
la disimulan. No repara ella en encontrarse con la amistad, con el poder,
y aun con la propia conveniencia, y aquí es el aprieto del desconocerla.
Abstraen los astutos con metafísica plausible por no agraviar, o
la razón superior, o la de estado; pero el constante varón
juzga por especie de traición el disimulo; préciase más
de la tenacidad que de la sagacidad; hállase donde la verdad se
halla; y si deja los sujetos, no es por variedad suya, sino de ellos en
dejarla primero.
30.
No
hacer profesión de empleos desautorizados. Mucho menos de quimera,
que sirve más de solicitar el desprecio que el crédito. Son
muchas las sectas del capricho, y de todas ha de huir el varón cuerdo.
Hay gustos exóticos, que se casan siempre con todo aquello que los
sabios repudian: viven muy pagados de toda singularidad, que aunque los
hace muy conocidos, es más por motivos de la risa que de la reputación.
Aun en profesión de sabio no se ha de señalar el atento,
mucho menos en aquellas que hacen ridículos a sus afectantes, ni
se especifican, porque las tiene individuadas el común descrédito.
31.
Conocer
los afortunados, para la elección; y los desdichados, para la fuga.
La infelicidad es de ordinario crimen de necedad, y de participantes: no
ay contagión tan apegadiza. Nunca se le ha de abrir la puerta al
menor mal, que siempre vendrán tras él otros muchos, y mayores,
en celada. La mejor treta del juego es saberse descartar: más importa
la menor carta del triunfo que corre que la mayor del que pasó.
En duda, acierto es llegarse a los sabios y prudentes, que tarde o temprano
topan con la ventura.
32.
Estar
en opinión de dar gusto. Para los que gobiernan, gran crédito
de agradar: realce de soberanos para conquistar la gracia universal. Esta
sola es la ventaja del mandar: poder hacer más bien que todos. Aquellos
son amigos que hacen amistades. Al contrario, están otros puestos
en no dar gusto, no tanto por lo cargoso cuanto por lo maligno, opuestos
en todo a la divina comunicabilidad.
33.
Saber
abstraer, que si es gran lección del vivir el saber negar, mayor
será saberse negar a sí mismo, a los negocios, a los personajes.
Hay ocupaciones extrañas, polillas del precioso tiempo, y peor es
ocuparse en lo impertinente que hacer nada. No basta para atento no ser
entremetido, mas es menester procurar que no le entremetan. No ha de ser
tan de todos, que no sea de sí mismo. Aun de los amigos no se ha
de abusar, ni quiera más de ellos de lo que le concedieren. Todo
lo demasiado es vicioso, y mucho más en el trato. Con esta cuerda
templanza se conserva mejor el agrado con todos, y la estimación,
porque no se roza la preciosísima decencia. Tenga, pues, libertad
de genio, apasionado de lo selecto, y nunca peque contra la fe de su buen
gusto.
34.
Conocer
su realce rey: la prenda relevante, cultivando aquella, y ayudando
a las demás. Cualquiera hubiera conseguido la eminencia en algo
si hubiera conocido su ventaja. Observe el atributo rey, y cargue la aplicación:
en unos excede el juicio, en otros el valor. Violentan los más su
Minerva, y así en nada consiguen superioridad: lo que lisonjea presto
la pasión desengaña tarde el tiempo.
35.
Hacer
concepto. Y más de lo que importa más. No pensando se
pierden todos los necios: nunca conciben en las cosas la mitad; y como
no perciben el daño, o la conveniencia, tampoco aplican la diligencia.
Hacen algunos mucho caso de lo que importa poco, y poco de lo que mucho,
ponderando siempre al revés. Muchos, por faltos de sentido, no le
pierden. Cosas hay que se deberían observar con todo el conato y
conservar en la profundidad de la mente. Hace concepto el sabio de todo,
aunque con distinción cava donde hay fondo y reparo; y piensa tal
vez que hay más de lo que piensa, de suerte que llega la reflexión
adonde no llegó la aprehensión.
36.
Tener
tanteada su fortuna: para el proceder, para el empeñarse. Importa
más que la observación del temperamento, que si es necio
el que a cuarenta años llama a Hipócrates para la salud,
más el que a Séneca para la cordura. Gran arte saberla regir,
ya esperándola, que también cabe la espera en ella, ya lográndola,
que tiene vez y contingente, si bien no se le puede coger el tenor, tan
anómalo es su proceder. El que la observó favorable prosiga
con despejo, que suele apasionarse por los osados; y aun, como bizarra,
por los jóvenes. No obre el que es infeliz, retírese, ni
le dé lugar de dos infelicidades. Adelante el que le predomina.
37.
Conocer
y saber usar de las varillas. Es el punto más sutil del humano
trato. Arrójanse para tentativa de los ánimos, y hácese
con ellas la más disimulada y penetrante tienta del corazón.
Otras hay maliciosas, arrojadizas, tocadas de la yerba de la envidia, untadas
del veneno de la pasión: rayos imperceptibles para derribar de la
gracia, y de la estimación. Cayeron muchos de la privanza superior
y inferior, heridos de un leve dicho de estos, a quienes toda una conjuración
de murmuración vulgar y malevolencia singular no fueron bastantes
a causar la más leve trepidación. Obran otras, al contrario,
por favorables, apoyando y confirmando en la reputación. Pero con
la misma destreza con que las arroja la intención las ha de recibir
la cautela y esperarlas la atención, porque está librada
la defensa en el conocer y queda siempre frustrado el tiro prevenido.
38.
Saberse
dejar ganando con la fortuna. Es de tahúres de reputación.
Tanto importa una bella retirada como una bizarra acometida; un poner en
cobro las hazañas cuando fueren bastantes, cuando muchas. Continuada
felicidad fue siempre sospechosa; más segura es la interpolada,
y que tenga algo de agridulce, aun para la fruición. Cuanto más
atropellándose las dichas, corren mayor riesgo de deslizar y dar
al traste con todo. Recompénsase tal vez la brevedad de la duración
con la intensión del favor. Cánsase la fortuna de llevar
a uno a cuestas tan a la larga.
39.
Conocer
las cosas en su punto, en su sazón, y saberlas lograr. Las obras
de la naturaleza todas llegan al complemento de su perfección; hasta
allí fueron ganando, desde allí perdiendo. Las del arte,
raras son las que llegan al no poderse mejorar. Es eminencia de un buen
gusto gozar de cada cosa en su complemento: no todos pueden, ni los que
pueden saben. Hasta en los frutos del entendimiento hay ese punto de madurez;
importa conocerla para la estimación y el ejercicio.
40.
Gracia
de las gentes. Mucho es conseguir la admiración común,
pero más la afición; algo tiene de estrella, lo más
de industria; comienza por aquella y prosigue por esta. No basta la eminencia
de prendas, aunque se supone que es fácil de ganar el afecto, ganado
el concepto. Requiérese, pues, para la benevolencia, la beneficencia:
hacer bien a todas manos, buenas palabras y mejores obras, amar para ser
amado. La cortesía es el mayor hechizo político de grandes
personajes. Hase de alargar la mano primero a las hazañas y después
a las plumas, de la hoja a las hojas, que hay gracia de escritores, y es
eterna.
41.
Nunca
exagerar. Gran asunto de la atención, no hablar por superlativos,
ya por no exponerse a ofender la verdad, ya por no desdorar su cordura.
Son las exageraciones prodigalidades de la estimación, y dan indicio
de la cortedad del conocimiento y del gusto. Despierta vivamente a la curiosidad
la alabanza, pica el deseo, y después, si no corresponde el valor
al aprecio, como de ordinario acontece, revuelve la expectación
contra el engaño y despícase en el menosprecio de lo celebrado
y del que celebró. Anda, pues, el cuerdo muy detenido, y quiere
más pecar de corto que de largo. Son raras las eminencias: témplese
la estimación. El encarecer es ramo de mentir, y piérdese
en ello el crédito de buen gusto, que es grande, y el de entendido,
que es mayor.
42.
Del
natural imperio. Es una secreta fuerza de superioridad. No ha de proceder
del artificio enfadoso, sino de un imperioso natural. Sujétansele
todos sin advertir el cómo, reconociendo el secreto vigor de la
connatural autoridad. Son estos genios señoriles, reyes por mérito
y leones por privilegio innato, que cogen el corazón, y aun el discurso,
a los demás, en fe de su respeto. Si las otras prendas favorecen,
nacieron para primeros mobles políticos, porque ejecutan más
con un amago que otros con una prolijidad.
43.
Sentir
con los menos y hablar con los más. Querer ir contra el corriente
es tan imposible al desengaño cuanto fácil al peligro. Sólo
un Sócrates podría emprenderlo. Tiénese por agravio
el disentir, porque es condenar el juicio ajeno. Multiplícanse los
disgustados, ya por el sujeto censurado, ya del que lo aplaudía.
La verdad es de pocos, el engaño es tan común como vulgar.
Ni por el hablar en la plaza se ha de sacar el sabio, pues no habla allí
con su voz, sino con la de la necedad común, por más que
la esté desmintiendo su interior. Tanto huye de ser contradicho
el cuerdo como de contradecir, lo que es pronto a la censura es detenido
a la publicidad de ella. El sentir es libre, no se puede ni debe violentar;
retírase al sagrado de su silencio; y si tal vez se permite, es
a sombra de pocos y cuerdos.
44.
Simpatía
con los grandes varones. Prenda es de héroe el combinar con
héroes: prodigio de la naturaleza por lo oculto y por lo ventajoso.
Hay parentesco de corazones, y de genios, y son sus efectos los que la
ignorancia vulgar achaca bebedizos. No para en sola estimación,
que adelanta benevolencia, y aun llega a propensión: persuade sin
palabras, y consigue sin méritos. Hayla activa, y la hay pasiva;
una y otra felices, cuanto más sublimes. Gran destreza el conocerlas,
distinguirlas y saberlas lograr, que no hay porfía que baste sin
este favor secreto.
45.
Usar,
no abusar, de las reflejas. No se han de afectar, menos dar a entender.
Toda arte se ha de encubrir, que es sospechosa, y más la de cautela,
que es odiosa. Úsase mucho el engaño; multiplíquese
el recelo, sin darse a conocer, que ocasionaría la desconfianza;
mucho desobliga y provoca a la venganza, despierta el mal que no se imaginó.
La reflexión en el proceder es gran ventaja en el obrar: no hay
mayor argumento del discurso. La mayor perfección de las acciones
está afianzada del señorío con que se ejecutan.
46.
Corregir
su antipatía. Solemos aborrecer de grado, y aun antes de las
previstas prendas. Y tal vez se atreve esta innata vulgarizante aversión
a los varones eminentes. Corríjala la cordura, que no hay peor descrédito
que aborrecer a los mejores: lo que es de ventaja la simpatía con
héroes es de desdoro la antipatía.
47.
Huir
los empeños. Es de los primeros asuntos de la prudencia. En
las grandes capacidades siempre hay grandes distancias hasta los últimos
trances: hay mucho que andar de un extremo a otro, y ellos siempre se están
en el medio de su cordura; llegan tarde al rompimiento, que es más
fácil hurtarle el cuerpo a la ocasión que salir bien de ella.
Son tentaciones de juicio, más seguro el huirlas que el vencerlas.
Trae un empeño otro mayor, y está muy al canto del despeño.
Hay hombres ocasionados por genio, y aun por nación, fáciles
de meterse en obligaciones; pero el que camina a la luz de la razón
siempre va muy sobre el caso: estima por más valor el no empeñarse
que el vencer, y ya que haya un necio ocasionado, excusa que con él
no sean dos.
48.
Hombre
con fondos, tanto tiene de persona. Siempre ha de ser otro tanto más
lo interior que lo exterior en todo. Hay sujetos de sola fachada, como
casas por acabar, porque faltó el caudal: tienen la entrada de palacio,
y de choza la habitación. No hay en estos donde parar, o todo para,
porque, acabada la primera salutación, acabó la conversación.
Entran por las primeras cortesías como caballos sicilianos, y luego
paran en silenciarios, que se agotan las palabras donde no hay perenidad
de concepto. Engañan estos fácilmente a otros, que tienen
también la vista superficial; pero no a la astucia, que, como mira
por dentro, los halla vaciados para ser fábula de los discretos.
49.
Hombre
juicioso y notante. Señoréase él de los objetos,
no los objetos de él. Sonda luego el fondo de la mayor profundidad;
sabe hacer anatomía de un caudal con perfección. En viendo
un personaje, le comprehende y lo censura por esencia. De raras observaciones,
gran descifrador de la más recatada interioridad. Nota acre, concibe
sutil, infiere juicioso: todo lo descubre, advierte, alcanza y comprehende.
50.
Nunca
perderse el respeto a sí mismo. Ni se roce consigo a solas.
Sea su misma entereza norma propia de su rectitud, y deba más a
la severidad de su dictamen que a todos los extrínsecos preceptos.
Deje de hacer lo indecente más por el temor de su cordura que por
el rigor de la ajena autoridad. Llegue a temerse, y no necesitará
del ayo imaginario de Séneca.
51.
Hombre
de buena elección. Lo más se vive de ella. Supone el
buen gusto y el rectísimo dictamen, que no bastan el estudio ni
el ingenio. No hay perfección donde no hay delecto; dos ventajas
incluye: poder escoger, y lo mejor. Muchos de ingenio fecundo y sutil,
de juicio acre, estudiosos y noticiosos también, en llegando al
elegir, se pierden; cásanse siempre con lo peor, que parece afectan
el errar, y así este es uno de los dones máximos de arriba.
52.
Nunca
descomponerse. Gran asunto de la cordura, nunca desbaratarse: mucho
hombre arguye, de corazón coronado, porque toda magnanimidad es
dificultosa de conmoverse. Son las pasiones los humores del ánimo,
y cualquier exceso en ellas causa indisposición de cordura; y si
el mal saliere a la boca, peligrará la reputación. Sea, pues,
tan señor de sí, y tan grande, que ni en lo más próspero,
ni en lo más adverso pueda alguno censurarle perturbado, sí
admirarle superior.
53.
Diligente
e inteligente. La diligencia ejecuta presto lo que la inteligencia
prolijamente piensa. Es pasión de necios la prisa, que, como no
descubren el tope, obran sin reparo. Al contrario, los sabios suelen pecar
de detenidos, que del advertir nace el reparar. Malogra tal vez la ineficacia
de la remisión lo acertado del dictamen. La presteza es madre de
la dicha. Obró mucho el que nada dejó para mañana.
Augusta empresa, correr a espacio.
54.
Tener
bríos a lo cuerdo. Al león muerto, hasta las liebres
le repelan. No hay burlas con el valor: si cede al primero, también
habrá de ceder al segundo, y de este modo hasta el último.
La misma dificultad habrá de vencer tarde, que valiera más
desde luego. El brío del ánimo excede al del cuerpo: es como
la espada, ha de ir siempre envainado en su cordura, para la ocasión.
Es el resguardo de la persona: más daña el descaecimiento
del ánimo que el del cuerpo. Tuvieron muchos prendas eminentes,
que por faltarles este aliento del corazón, parecieron muertos y
acabaron sepultados en su dejamiento, que no sin providencia juntó
la naturaleza acudida la dulzura de la miel con lo picante del aguijón
en la abeja. Nervios y huesos hay en el cuerpo: no sea el ánimo
todo blandura.
55.
Hombre
de espera. Arguye gran corazón, con ensanches de sufrimiento.
Nunca apresurarse ni apasionarse. Sea uno primero señor de sí,
y lo será después de los otros. Hase de caminar por los espacios
del tiempo al centro de la ocasión. La detención prudente
sazona los aciertos y madura los secretos. La muleta del tiempo es más
obradora que la acerada clava de Hércules. El mismo Dios no castiga
con bastón, sino con sazón. Gran decir: "El Tiempo y yo,
a otros dos". La misma fortuna premia el esperar con la grandeza del galardón.
56.
Tener
buenos repentes. Nacen de una prontitud feliz. No hay aprietos ni acasos
para ella, en fe de su vivacidad y despejo. Piensan mucho algunos para
errarlo todo después, y otros lo aciertan todo sin pensarlo antes.
Hay caudales de antiparistasi, que, empeñados, obran mejor: suelen
ser monstruos que de pronto todo lo aciertan, y todo lo yerran de pensado;
lo que no se les ofrece luego, nunca, ni hay que apelar a después.
Son plausibles los prestos, porque arguyen prodigiosa capacidad: en los
conceptos, sutileza; en las obras, cordura.
57.
Más
seguros son los pensados. Harto presto, si bien. Lo que luego se hace,
luego se deshace; mas lo que ha de durar una eternidad, ha de tardar otra
en hacerse. No se atiende sino a la perfección y sólo el
acierto permanece. Entendimiento con fondos logra eternidades. Lo que mucho
vale, mucho cuesta, que aun el más precioso de los metales es el
más tardo y más grave.
58.
Saberse
atemperar. No se ha de mostrar igualmente entendido con todos, ni se
han de emplear más fuerzas de las que son menester. No haya desperdicios,
ni de saber, ni de valer. No echa a la presa el buen cetrero más
rapiña de la que ha menester para darle caza. No esté siempre
de ostentación, que al otro día no admirará. Siempre
ha de haber novedad con que lucir, que quien cada día descubre más,
mantiene siempre la expectación y nunca llegan a descubrirle los
términos de su gran caudal.
59.
Hombre
de buen dejo. En casa de la fortuna, si se entra por la puerta del
placer, se sale por la del pesar, y al contrario. Atención, pues,
al acabar, poniendo más cuidado en la felicidad de la salida que
en el aplauso de la entrada. Desaire común es de afortunados tener
muy favorables los principios y muy trágicos los fines. No está
el punto en el vulgar aplauso de una entrada, que esas todos las tienen
plausibles; pero sí en el general sentimiento de una salida, que
son raros los deseados. Pocas veces acompaña la dicha a los que
salen: lo que se muestra de cumplida con los que vienen, de descortés
con los que van.
60.
Buenos
dictámenes. Nácense algunos prudentes: entran con esta
ventaja de la sindéresis connatural en la sabiduría, y así
tienen la mitad andada para los aciertos. Con la edad y la experiencia
viene a sazonarse del todo la razón, y llegan a un juicio muy templado.
Abominan de todo capricho como de tentación de la cordura, y más
en materias de estado, donde por la suma importancia se requiere la total
seguridad. Merecen estos la asistencia al governalle, o para ejercicio
o para consejo.
61.
Eminencia
en lo mejor. Una gran singularidad entre la pluralidad de perfecciones.
No puede haber héroe que no tenga algún extremo sublime:
las medianías no son asunto del aplauso. La eminencia en relevante
empleo saca de un ordinario vulgar y levanta a categoría de raro.
Ser eminente en profesión humilde es ser algo en lo poco; lo que
tiene más de lo deleitable, tiene menos de lo glorioso. El exceso
en aventajadas materias es como un carácter de soberanía:
solicita la admiración y concilia el afecto.
62.
Obrar
con buenos instrumentos. Quieren algunos que campee el extremo de su
sutileza en la ruindad de los instrumentos: peligrosa satisfacción,
merecedora de un fatal castigo. Nunca la bondad del ministro disminuyó
la grandeza del patrón; antes, toda la gloria de los aciertos recae
después sobre la causa principal, así como al contrario el
vituperio. La fama siempre va con los primeros. Nunca dice: "Aquel tuvo
buenos o malos ministros", sino: "Aquel fue buen o mal artífice".
Haya, pues, elección, haya examen, que se les ha de fiar una inmortalidad
de reputación.
63.
Excelencia
de primero. Y si con eminencia, doblada. Gran ventaja jugar de mano,
que gana en igualdad. Hubieran muchos sido fénix en los empleos
a no irles otros delante. Álzanse los primeros con el mayorazgo
de la fama, y quedan para los segundos pleiteados alimentos; por más
que suden, no pueden purgar el vulgar achaque de imitación. Sutileza
fue de prodigiosos inventar rumbo nuevo para las eminencias, con tal que
asegure primero la cordura los empeños. Con la novedad de los asuntos
se hicieron lugar los sabios en la matrícula de los heroicos. Quieren
algunos más ser primeros en segunda categoría que ser segundos
en la primera.
64.
Saberse
excusar pesares. Es cordura provechosa ahorrar de disgustos. La prudencia
evita muchos: es Lucina de la felicidad, y por eso del contento. Las odiosas
nuevas, no darlas, menos recibirlas: hánseles de vedar las entradas,
si no es la del remedio. A unos se les gastan los oídos de oír
mucho dulce en lisonjas; a otros, de escuchar amargo en chismes; y hay
quien no sabe vivir sin algún cotidiano sinsabor, como ni Mitrídates
sin veneno. Tampoco es regla de conservarse querer darse a sí un
pesar de toda la vida por dar placer una vez a otro, aunque sea el más
propio. Nunca se ha de pecar contra la dicha propia por complacer al que
aconseja y se queda fuera; y en todo acontecimiento, siempre que se encontraren
el hacer placer a otro con el hacerse a sí pesar, es lección
de conveniencia que vale más que el otro se disguste ahora que no
tú después y sin remedio.
65.
Gusto
relevante. Cabe cultura en él, así como en el ingenio.
Realza la excelencia del entender el apetito del desear, y después
la fruición del poseer. Conócese la altura de un caudal por
la elevación del afecto. Mucho objeto ha menester para satisfacerse
una gran capacidad; así como los grandes bocados son para grandes
paladares, las materias sublimes para los sublimes genios. Los más
valientes objetos le temen y las más seguras perfecciones desconfían;
son pocas las de primera magnitud: sea raro el aprecio. Péganse
los gustos con el trato y se heredan con la continuidad: gran suerte comunicar
con quien le tiene en su punto. Pero no se ha de hacer profesión
de desagradarse de todo, que es uno de los necios extremos, y más
odioso cuando por afectación que por destemplanza. Quisieran algunos
que criara Dios otro mundo y otras perfecciones para satisfacción
de su extravagante fantasía.
66.
Atención
a que le salgan bien las cosas. Algunos ponen más la mira en
el rigor de la dirección que en la felicidad del conseguir intento,
pero más prepondera siempre el descrédito de la infelicidad
que el abono de la diligencia. El que vence no necesita de dar satisfacciones.
No perciben los más la puntualidad de las circunstancias, sino los
buenos o los ruines sucesos; y así, nunca se pierde reputación
cuando se consigue el intento. Todo lo dora un buen fin, aunque lo desmientan
los desaciertos de los medios. Que es arte ir contra el arte cuando no
se puede de otro modo conseguir la dicha del salir bien.
67.
Preferir
los empleos plausibles. Las más de las cosas dependen de la
satisfacción ajena. Es la estimación para las perfecciones
lo que el favonio para las flores: aliento y vida. Hay empleos expuestos
a la aclamación universal y hay otros, aunque mayores, en nada expectables;
aquellos, por obrarse a vista de todos, captan la benevolencia común;
estos, aunque tienen más de lo raro y primoroso, se quedan en el
secreto de su imperceptibilidad: venerados, pero no aplaudidos. Entre los
príncipes, los victoriosos son los celebrados, y por eso los reyes
de Aragón fueron tan plausibles por guerreros, conquistadores y
magnánimos. Prefiera el varón grande los célebres
empleos que todos perciban y participen todos, y a sufragios comunes quede
inmortalizado.
68.
Dar
entendimiento. Es de más primor que el dar memoria, cuanto es
más. Unas veces se ha de acordar y otras advertir. Dejan algunos
de hacer las cosas que estuvieran en su punto, porque no se les ofrecen;
ayude entonces la advertencia amigable a concebir las conveniencias. Una
de las mayores ventajas de la mente es el ofrecérsele lo que importa.
Por falta de esto dejan de hacerse muchos aciertos. Dé luz el que
la alcanza, y solicítela el que la mendiga: aquel con detención,
este con atención; no sea más que dar pie. Es urgente esta
sutileza cuando toca en utilidad del que despierta. Conviene mostrar gusto,
y pasar a más cuando no bastare; ya se tiene el No, váyase
en busca del Sí con destreza, que las más veces no
se consigue porque no se intenta.
69.
No
rendirse a un vulgar humor. Hombre grande el que nunca se sujeta a
peregrinas impresiones. Es lección de advertencia la reflexión
sobre sí: un conocer su disposición actual y prevenirla,
y aun decantarse al otro extremo para hallar, entre el natural y el arte,
el fiel de la sindéresis. Principio es de corregirse el conocerse;
que hay monstruos de la impertinencia: siempre están de algún
humor y varían afectos con ellos; y arrastrados eternamente de esta
destemplanza civil, contradictoriamente se empeñan. Y no sólo
gasta la voluntad este exceso, sino que se atreve al juicio, alterando
el querer y el entender.
70.
Saber
negar. No todo se ha de conceder, ni a todos. Tanto importa como el
saber conceder, y en los que mandan es atención urgente. Aquí
entra el modo: más se estima el no de algunos que el sí
de otros, porque un no dorado satisface más que un sí
a secas. Hay muchos que siempre tienen en la boca el no, con que
todo lo desazonan. El no es siempre el primero en ellos, y aunque
después todo lo vienen a conceder, no se les estima, porque precedió
aquella primera desazón. No se han de negar de rondón las
cosas: vaya a tragos el desengaño; ni se ha de negar del todo, que
sería desahuciar la dependencia. Queden siempre algunas reliquias
de esperanza para que templen lo amargo del negar. Llene la cortesía
el vacío del favor y suplan las buenas palabras la falta de las
obras. El No y el Sí son breves de decir y piden mucho
pensar.
71.
No
ser desigual, de proceder anómalo: ni por natural, ni por afectación.
El varón cuerdo siempre fue el mismo en todo lo perfecto, que es
crédito de entendido. Dependa en su mudanza de la de las causas
y méritos. En materia de cordura, la variedad es fea. Hay algunos
que cada día son otros de sí; hasta el entendimiento tienen
desigual, cuánto más la voluntad, y aun la ventura. El que
ayer fue el blanco de su sí, hoy es el negro de su no,
desmintiendo siempre su propio crédito y deslumbrando el ajeno concepto.
72.
Hombre
de resolución. Menos dañosa es la mala ejecución
que la irresolución. No se gastan tanto las materias cuando corren
como si estancan. Hay hombres indeterminables, que necesitan de ajena premoción
en todo; y a veces no nace tanto de la perplejidad del juicio, pues lo
tienen perspicaz, cuanto de la ineficacia. Ingenioso suele ser el dificultar,
pero más lo es el hallar salida a los inconvenientes. Hay otros
que en nada se embarazan, de juicio grande y determinado; nacieron para
sublimes empleos, porque su despejada comprehensión facilita el
acierto y el despacho: todo se lo hallan hecho, que después de aver
dado razón a un mundo, le quedó tiempo a uno de estos para
otro; y cuando están afianzados de su dicha, se empeñan con
más seguridad.
73.
Saber
usar del desliz. Es el desempeño de los cuerdos. Con la galantería
de un donaire suelen salir del más intrincado laberinto. Hurtásele
el cuerpo airosamente con un sonriso a la más dificultosa contienda.
En esto fundaba el mayor de los grandes capitanes su valor. Cortés
treta del negar, mudar el verbo; ni hay mayor atención que no darse
por entendido.
74.
No
ser intratable. En lo más poblado están las fieras verdaderas.
Es la inaccesibilidad vicio de desconocidos de sí, que mudan los
humores con los honores. No es medio a propósito para la estimación
comenzar enfadando. )Qué
es de ver uno de estos monstruos intratables, siempre a punto de su fiereza
impertinente? Entran a hablarles los dependientes por su desdicha, como
a lidiar con tigres, tan armados de tiento cuanto de recelo. Para subir
al puesto agradaron a todos, y en estando en él se quieren desquitar
con enfadar a todos. Aviendo de ser de muchos por el empleo, son de ninguno
por su aspereza o entono. Cortesano castigo para estos: dejarlos estar,
hurtándoles la cordura con el trato.
75.
Elegir
idea heroica. Más para la emulación que para la imitación.
Hay ejemplares de grandeza, textos animados de la reputación. Propóngase
cada uno en su empleo los primeros, no tanto para seguir, cuanto para adelantarse.
Lloró Alexandro no a Aquiles sepultado, sino a sí mismo,
aun no bien nacido al lucimiento. No hay cosa que así solicite ambiciones
en el ánimo como el clarín de la fama ajena: el mismo que
atierra la envidia alienta la generosidad.
76.
No
estar siempre de burlas. Conócese la prudencia en lo serio,
que está más acreditado que lo ingenioso. El que siempre
está de burlas nunca es hombre de veras. Igualámoslos a estos
con los mentirosos en no darles crédito: a los unos por recelo de
mentira, a los otros de su fisga. Nunca se sabe cuándo hablan en
juicio, que es tanto como no tenerle. No hay mayor desaire que el contino
donaire. Ganan otros fama de decidores y pierden el crédito de cuerdos.
Su rato ha de tener lo jovial; todos los demás, lo serio.
77.
Saber
hacerse a todos. Discreto Proteo: con el docto, docto, y con el santo,
santo. Gran arte de ganar a todos, porque la semejanza concilia benevolencia.
Observar los genios y templarse al de cada uno; al serio y al jovial, seguirles
el corriente, haciendo política transformación: urgente a
los que dependen. Requiere esta gran sutileza del vivir un gran caudal;
menos dificultosa al varón universal de ingenio en noticias y de
genio en gustos.
78.
Arte
en el intentar. La necedad siempre entra de rondón, que todos
los necios son audaces. Su misma simplicidad, que les impide primero la
advertencia para los reparos, les quita después el sentimiento para
los desaires. Pero la cordura entra con grande tiento. Son sus batidores
la advertencia y el recato, ellos van descubriendo para proceder sin peligro.
Todo arrojamiento está condenado por la discreción a despeño,
aunque tal vez lo absuelva la ventura. Conviene ir detenido donde se teme
mucho fondo: vaya intentando la sagacidad y ganando tierra la prudencia.
Hay grandes bajíos hoy en el trato humano: conviene ir siempre calando
sonda.
79.
Genio
genial. Si con templanza, prenda es, que no defecto. Un grano de donosidad
todo lo sazona. Los mayores hombres juegan también la pieza del
donaire, que concilia la gracia universal; pero guardando siempre los aires
a la cordura, y haciendo la salva al decoro. Hacen otros de una gracia
atajo al desempeño, que hay cosas que se han de tomar de burlas,
y a veces las que el otro toma más de veras. Indica apacibilidad,
garabato de corazones.
80.
Atención
al informarse. Vívese lo más de información. Es
lo menos lo que vemos; vivimos de fe ajena. Es el oído la puerta
segunda de la verdad y principal de la mentira. La verdad ordinariamente
se ve, extravagantemente se oye; raras veces llega en su elemento puro,
y menos cuando viene de lejos; siempre trae algo de mixta, de los afectos
por donde pasa; tiñe de sus colores la pasión cuanto toca,
ya odiosa, ya favorable. Tira siempre a impresionar: gran cuenta con quien
alaba, mayor con quien vitupera. Es menester toda la atención en
este punto para descubrir la intención en el que tercia, conociendo
de antemano de qué pie se movió. Sea la refleja contraste
de lo falto y de lo falso.
81.
Usar
el renovar su lucimiento. Es privilegio de fénix. Suele envejecerse
la excelencia, y con ella la fama. La costumbre disminuye la admiración,
y una mediana novedad suele vencer a la mayor eminencia envejecida. Usar,
pues, del renacer en el valor, en el ingenio, en la dicha, en todo: empeñarse
con novedades de bizarría, amaneciendo muchas veces como el sol,
variando teatros al lucimiento, para que en el uno la privación
y en el otro la novedad soliciten aquí el aplauso, si allí
el deseo.
82.
Nunca
apurar, ni el mal, ni el bien. A la moderación en todo redujo
la sabiduría toda un sabio. El sumo derecho se hace tuerto, y la
naranja que mucho se estruja llega a dar lo amargo. Aun en la fruición
nunca se ha de llegar a los extremos. El mismo ingenio se agota si se apura,
y sacará sangre por leche el que esquilmare a lo tirano.
83.
Permitirse
algún venial desliz. Que un descuido suele ser tal vez la mayor
recomendación de las prendas. Tiene su ostracismo la envidia, tanto
más civil cuanto más criminal. Acusa lo muy perfecto de que
peca en no pecar; y por perfecto en todo, lo condena todo. Hácese
Argos en buscarle faltas a lo muy bueno, para consuelo siquiera. Hiere
la censura, como el rayo, los más empinados realces. Dormite, pues,
tal vez Homero, y afecte algún descuido en el ingenio, o en el valor,
pero nunca en la cordura, para sosegar la malevolencia, no reviente ponzoñosa:
será como un echar la capa al toro de la envidia para salvar la
inmortalidad.
84.
Saber
usar de los enemigos. Todas las cosas se han de saber tomar, no por
el corte, que ofendan, sino por la empuñadura, que defiendan; mucho
más la emulación. Al varón sabio más le aprovechan
sus enemigos que al necio sus amigos. Suele allanar una malevolencia montañas
de dificultad, que desconfiara de emprenderlas el favor. Fabricáronles
a muchos su grandeza sus malévolos. Más fiera es la lisonja
que el odio, pues remedia este eficazmente las tachas que aquella disimula.
Hace el cuerdo espejo de la ojeriza, más fiel que el de la afición,
y previene a la detracción los defectos, o los enmienda, que es
grande el recato cuando se vive en frontera de una emulación, de
una malevolencia.
85.
No
ser malilla. Achaque es de todo lo excelente que su mucho uso viene
a ser abuso. El mismo codiciarlo todos viene a parar en enfadar a todos.
Grande infelicidad ser para nada; no menor querer ser para todo. Vienen
a perder estos por mucho ganar, y son después tan aborrecidos cuanto
fueron antes deseados. Rózanse de estas malillas en todo género
de perfecciones, que, perdiendo aquella primera estimación de raras,
consiguen el desprecio de vulgares. El único remedio de todo lo
extremado es guardar un medio en el lucimiento: la demasía ha de
estar en la perfección y la templanza en la ostentación.
Cuanto más luce una antorcha, se consume más y dura menos.
Escaseces de apariencia se premian con logros de estimación.
86.
Prevenir
las malas voces. Tiene el vulgo muchas cabezas, y así muchos
ojos para la malicia y muchas lenguas para el descrédito. Acontece
correr en él alguna mala voz que desdora el mayor crédito;
y si llegare a ser apodo vulgar, acabará con la reputación.
Dásele pie comúnmente con algún sobresaliente desaire,
con ridículos defectos, que son plausible materia a sus hablillas,
si bien hay desdoros echadizos de la emulación especial a la malicia
común; que hay bocas de la malevolencia, y arruinan más presto
una gran fama con un chiste que con un descaramiento. Es muy fácil
de cobrar la siniestra fama, porque lo malo es muy creíble y cuesta
mucho de borrarse. Excuse, pues, el varón cuerdo estos desaires,
contrastando con su atención la vulgar insolencia, que es más
fácil el prevenir que el remediar.
87.
Cultura,
y aliño. Nace bárbaro el hombre, redímese de bestia
cultivándose. Hace personas la cultura, y más cuanto mayor.
En fe de ella pudo Grecia llamar bárbaro a todo el restante universo.
Es muy tosca la ignorancia; no hay cosa que más cultive que el saber.
Pero aun la misma sabiduría fue grosera, si desaliñada. No
sólo ha de ser aliñado el entender, también el querer,
y más el conversar. Hállanse hombres naturalmente aliñados,
de gala interior y exterior, en concepto y palabras, en los arreos del
cuerpo, que son como la corteza, y en las prendas del alma, que son el
fruto. Otros hay, al contrario, tan groseros, que todas sus cosas, y tal
vez eminencias, las deslucieron con un intolerable bárbaro desaseo.
88.
Sea
el trato por mayor, procurando la sublimidad en él. El varón
grande no debe ser menudo en su proceder. Nunca se ha de individuar mucho
en las cosas, y menos en las de poco gusto; porque aunque es ventaja notarlo
todo al descuido, no lo es quererlo averiguar todo de propósito.
Hase de proceder de ordinario con una hidalga generalidad, ramo de galantería.
Es gran parte del regir el disimular. Hase de dar pasada a las más
de las cosas, entre familiares, entre amigos, y más entre enemigos.
Toda nimiedad es enfadosa, y en la condición, pesada. El ir y venir
a un disgusto es especie de manía; y comúnmente tal será
el modo de portarse cada uno, cual fuere su corazón y su capacidad.
89.
Comprehensión
de sí. En el genio, en el ingenio; en dictámenes, en
afectos. No puede uno ser señor de sí si primero no se comprehende.
Hay espejos del rostro, no los hay del ánimo: séalo la discreta
reflexión sobre sí. Y cuando se olvidare de su imagen exterior,
conserve la interior para enmendarla, para mejorarla. Conozca las fuerzas
de su cordura y sutileza para el emprender; tantee la irascible para el
empeñarse. Tenga medido su fondo y pesado su caudal para todo.
90.
Arte
para vivir mucho: vivir bien. Dos cosas acaban presto con la vida:
la necedad o la ruindad. Perdiéronla unos por no saberla guardar,
y otros por no querer. Así como la virtud es premio de sí
misma, así el vicio es castigo de sí mismo. Quien vive aprisa
en el vicio, acaba presto de dos maneras; quien vive aprisa en la virtud,
nunca muere. Comunícase la entereza del ánimo al cuerpo,
y no sólo se tiene por larga la vida buena en la intensión,
sino en la misma extensión.
91.
Obrar
siempre sin escrúpulos de imprudencia. La sospecha de desacierto
en el que ejecuta es evidencia ya en el que mira, y más si fuere
émulo. Si ya al calor de la pasión escrupulea el dictamen,
condenará después, desapasionado, a necedad declarada. Son
peligrosas las acciones en duda de prudencia; más segura sería
la omisión. No admite probabilidades la cordura: siempre camina
al mediodía de la luz de la razón. )Cómo
puede salir bien una empresa que, aun concebida, la está ya condenando
el recelo? Y si la resolución más graduada con el nemine
discrepante interior suele salir infelizmente, )qué
aguarda la que comenzó titubeando en la razón y mal agorada
del dictamen?
92.
Seso
trascendental: digo en todo. Es la primera y suma regla del obrar y
del hablar, más encargada cuanto mayores y más altos los
empleos. Más vale un grano de cordura que arrobas de sutileza. Es
un caminar a lo seguro, aunque no tan a lo plausible, si bien la reputación
de cuerdo es el triunfo de la fama: bastará satisfacer a los cuerdos,
cuyo voto es la piedra de toque a los aciertos.
93.
Hombre
universal. Compuesto de toda perfección, vale por muchos. Hace
felicísimo el vivir, comunicando esta fruición a la familiaridad.
La variedad con perfección es entretenimiento de la vida. Gran arte
la de saber lograr todo lo bueno; y pues le hizo la naturaleza al hombre
un compendio de todo lo natural por su eminencia, hágale el arte
un universo por ejercicio y cultura del gusto y del entendimiento.
94.
Incomprehensibilidad
de caudal. Excuse el varón atento sondarle el fondo, ya al saber,
ya al valer, si quiere que le veneren todos. Permítase al conocimiento,
no a la comprehensión. Nadie le averigüe los términos
de la capacidad, por el peligro evidente del desengaño. Nunca dé
lugar a que alguno le alcance todo: mayores efectos de veneración
causa la opinión y duda de adónde llega el caudal de cada
uno que la evidencia de él, por grande que fuere.
95.
Saber
entretener la expectación: irla cebando siempre. Prometa más
lo mucho, y la mejor acción sea envidar de mayores. No se ha de
echar todo el resto al primer lance: gran treta es saberse templar, en
las fuerzas, en el saber, e ir adelantando el desempeño.
96.
De
la gran sindéresis. Es el trono de la razón, basa de
la prudencia, que en fe de ella cuesta poco el acertar. Es suerte del cielo,
y la más deseada por primera y por mejor: la primera pieza del arnés
con tal urgencia, que ninguna otra que le falte a un hombre le denomina
falto; nótase más su menos. Todas las acciones de la vida
dependen de su influencia, y todas solicitan su calificación, que
todo ha de ser con seso. Consiste en una connatural propensión a
todo lo más conforme a razón, casándose siempre con
lo más acertado.
97.
Conseguir
y conservar la reputación. Es el usufructo de la fama. Cuesta
mucho, porque nace de las eminencias, que son tan raras cuanto comunes
las medianías. Conseguida, se conserva con facilidad. Obliga mucho
y obra más. Es especie de majestad cuando llega a ser veneración,
por la sublimidad de su causa y de su esfera; pero la reputación
sustancial es la que valió siempre.
98.
Cifrar
la voluntad. Son las pasiones los portillos del ánimo. El más
práctico saber consiste en disimular; lleva riesgo de perder el
que juega a juego descubierto. Compita la detención del recatado
con la atención del advertido: a linces de discurso, jibias de interioridad.
No se le sepa el gusto, porque no se le prevenga, unos para la contradicción,
otros para la lisonja.
99.
Realidad
y apariencia. Las cosas no pasan por lo que son, sino por lo que parecen.
Son raros los que miran por dentro, y muchos los que se pagan de lo aparente.
No basta tener razón con cara de malicia.
100.
Varón
desengañado: cristiano sabio, cortesano filósofo. Mas
no parecerlo, menos afectarlo. Está desacreditado el filosofar,
aunque el ejercicio mayor de los sabios. Vive desautorizada la ciencia
de los cuerdos. Introdújola Séneca en Roma, conservóse
algún tiempo cortesana, ya es tenida por impertinencia. Pero siempre
el desengaño fue pasto de la prudencia, delicias de la entereza.
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