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Literatura Española



 
 

2. El pensamiento ilustrado

 

3. El siglo XVIII ante la Historia y la crítica

Hasta no hace mucho tiempo, el XVIII era considerado de forma mayoritaria un siglo casi carente de interés artístico, incluido en este concepto lo literario. Contribuían a esa desvalorización la escasez de estudios sobre él, la sentencia de poco español que lo había acompañado históricamente y el repudio de autores como Marcelino Menéndez Pelayo. Hubieron de ser investigadores extranjeros como Sarrailh (1954) y Herr (1960) quienes lo recuperaran, ofreciendo de él una versión positiva próxima a la hagiografía histórica. Hoy, siguiendo las pautas actuales de revisión historiográfica, conviene matizar esas visiones encomiásticas, para acercarnos así a una valoración más objetiva de las luces y sombras de una época de más interés ideológico que estrictamente literario. De hecho, son las páginas ensayísticas dieciochescas las que parecen interesarnos hoy en mayor medida, mientras que el teatro, la poesía y la novela son más merecedores de un juicio histórico que del estrictamente estético. 

Contamos actualmente con una información mucho más amplia que la que tuvieron a su disposición quienes decenios atrás escribieron sobre el siglo XVIII. Aparte de un buen número de ediciones de las obras más importantes de la literatura dieciochesca, están ya a nuestro alcance historias literarias valiosas (García de la Concha-Carnero, 1995; Aguilar Piñal, 1996) y útiles selecciones de textos (Amorós et alii, 1998). Ello permite una valoración más serena y objetiva, lejana de la condena ideológica y formal, pero también apartada de la reivindicación carente de fundamento. La realidad es que el catálogo de escritores del siglo XVIII es nutrido (Aguilar Piñal, 1981), pero no tiene la adecuada contraprestación cualitativa En su conjunto, la literatura dieciochesca se presenta, ante los ojos del lector del siglo XXI, un tanto reiterativa y falta de variedad, tanto por sus rigideces formales como por la repetición de temas: la educación, los matrimonios desiguales, las costumbres afrancesadas, la ociosidad de la nobleza, los mayorazgos y diversos aspectos económicos. 

Los avances en el terreno de la investigación filológica fueron, sin embargo,  notables. Se editaron textos medievales como el Cantar de Mio Cid, el Libro de Alexandre y el Libro de Buen Amor, y a escritores renacentistas olvidados desde hacía mucho tiempo, como Garcilaso de la Vega y Fray Luis de León; nacieron los conceptos de Siglo de Oro y Edad Media; se biografió a Cervantes (lo hizo Gregorio Mayans y Siscar en 1737), y de su Quijote realizó la Academia en 1780 una valiosa edición.

Se acometieron importantes empresas filológicas de las que sorprenden tanto su envergadura como la gran calidad de los resultados. Así, la publicación (1726-39) del Diccionario de Autoridades (nombre más popular que el original: Diccionario de la lengua castellana…) de la Real Academia Española, en el que los artículos venían avalados por las citas de escritores que habían utilizado las palabras en cuestión (una curiosa forma, por cierto, de fijar, de forma impremeditada, un avance del canon literario). La Real Academia Española ha sobrevivido hasta nuestros días después de su aprobación real en 1714, refrendo de las intenciones de la inicial tertulia que estuvo en su origen, en 1711. Su labor en la tarea de fijación del idioma (tarea que figura como propósito esencial en su lema, inalterable a lo largo de los siglos: "Limpia, fija y da esplendor") no ha experimentado modificaciones sustanciales. El citado Diccionario de Autoridades no fue el único trabajo académico digno de mención: la Ortografía de 1741 y la Gramática de 1771 completaron la actividad de la neonata Academia. 

En el plano lingüístico, el XVIII es un siglo de notable atractivo (Álvarez de Miranda, 1992) que muestra un acentuado interés por el neologismo, normalmente procedente de Francia, en consonancia con el afrancesamiento de las ideas y de las costumbres. A fin de cuentas, Francia era el centro de la cultura occidental de la época; allí y aquí reinaba la misma dinastía (hasta el destronamiento de los Borbones en el país vecino), y la proximidad geográfica era un importante factor de consolidación de esa influencia.

Nuestro español del siglo XXI se diferencia poco del que se leía y hablaba dos siglos y medio atrás, lo que significa que en él están nuestras raíces históricas más cercanas. En el terreno lexicográfico, la labor académica fue adecuadamente completada por aportaciones de relevancia, como el Diccionario del jesuita Esteban Terreros y Pando, publicado entre 1786 y 1793.