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Literatura Española



 
 

2. El pensamiento ilustrado

 

4. Consideraciones conceptuales y cronológicas

Deben precisarse, de entrada, algunas ideas erróneamente extendidas durante mucho tiempo, al menos en el ámbito divulgativo. El primer error es la incorrecta identificación del siglo XVIII (y, de paso, de la literatura ilustrada) con un concepto exclusivamente estético como lo es el de Neoclasicismo. Fue esta la idea más extendida hasta hace unas décadas, y por eso en las historias de la literatura más tradicionales el siglo XVIII se asimilaba al Neoclasicismo. Pero la primera mitad de la centuria es predominantemente posbarroca, y en la segunda se funden diversos estilos e ideas: el Neoclasicismo en sentido estricto, el Rococó, la literatura ilustrada y, para algún estudioso, incluso el Romanticismo, que para otros sería más bien Prerromanticismo. La terminología, pues,  resulta hoy tan confusa como hace décadas (AA. VV., 1970), y lo demuestra el hecho de que, por ejemplo, si para Caso (1983) la neoclásica es la literatura que opta por los valores formales y no por poner la escritura al servicio de las ideas (esto último sería lo específicamente ilustrado), para Aguilar Piñal (1991) aquella es, de forma matizada, la vertiente literaria de la Ilustración. 

No menos confusa es la cronología que pudiera servir como base para entender la evolución de la escritura del siglo XVIII. Únicamente la literatura posbarroca se alza, por la relativa facilidad de su identificación, como una opción estética perfectamente diferenciada de las demás.

No simplifica precisamente la cuestión el empleo del concepto de rococó, alusivo a una corriente artística de difusa cronología en el terreno literario, y que se caracteriza por su gusto por el detalle, la sensualidad, la sencillez y lo lúdico. Es un concepto útil para explicar la poesía bucólica o anacreóntica cultivada por una buena parte de los vates de la segunda mitad del siglo XVIII, pero su uso no aclara la cuestión de la cronología. 

En lo que sí parece posible coincidir es en la idea de que, en correspondencia con los hechos históricos, a partir de los años sesenta entraríamos ya en una etapa literaria plenamente ilustrada. La fusión de estilos distintos en la poesía de la segunda mitad del siglo pone de manifiesto, sin embargo, la dificultad de precisar los límites de los conceptos manejados. 

Aún más confusión introduce el manejo de conceptos que parecen adelantarse al tiempo que le corresponde históricamente. Es el caso de la insistente defensa, por parte de Sebold (1989), de un Romanticismo pleno (lo que él considera el "primer romanticismo español"), que, según su teoría, ya encontraríamos en España desde 1770 (1780 para Caso). Si se quiere rizar el rizo, podrá utilizarse otro término aún más controvertido, prerromanticismo, de perfiles tan difusos que, precisamente por lo borroso de sus límites, hoy se tiende a evitar. Este supuesto prerromanticismo avanzaría, si se acepta su existencia, elementos presentes en la literatura española de medio siglo después, como las ambientaciones nocturnas y sepulcrales, la soledad y el sentimentalismo. No, en cualquier caso, la pasión que define el orbe propiamente romántico. 

Autores como José Cadalso y géneros como la comedia sentimental o drama lacrimógeno han sido utilizados para argumentar la existencia, en los últimos lustros de la centuria, de esta sensibilidad nueva que apuntaría ya al romanticismo decimonónico. La distancia cronológica entre aquella y este (que en España no se traduce en obras hasta los años treinta del siglo XIX) dificulta establecer de forma irrefutable ese supuesto vínculo. En cualquier caso, lo más probable es que, en el hipotético caso de poder aceptar la existencia de ese prerromanticismo, no hubiera otro remedio que considerarlo como una simple variante de la Ilustración, no como un movimiento con entidad propia. Y la propia literatura de Cadalso (incluidas las Noches lúgubres) quizá podría probar esta afirmación. En cualquier caso, a la defensa de la existencia de un prerromanticismo o de un romanticismo pleno siempre podrá oponerse la fuerza de la cronología.