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Literatura Española



 
 

Gustavo Adolfo Bécquer (1/5)

Luis Caparrós Esperante
Universidad de A Coruña

ISBN: 84-9714-054-0

 

1. Datos biográficos.
 

Gustavo Adolfo Bécquer nació en Sevilla, el día diecisiete de febrero de 1836. Era el cuarto hijo de José Domínguez Insausti y de Joaquina Bastida Vargas. El apellido Bécquer procedía de lejanos antepasados flamencos, llegados a Sevilla en el siglo XVI y que habían ocupado una posición lo suficientemente elevada como para que su nombre figurase en una capilla de la catedral. El padre y el tío del poeta, reconocidos pintores del género costumbrista, recuperaron el sonoro apellido de su abuela para firmar sus lienzos, como harán después el propio Gustavo y su hermano Valeriano, también pintor. Durante todos esos años iniciales, y prácticamente hasta su marcha a Madrid, Gustavo parece encaminado a continuar ese camino artístico, del que quedan evidentes huellas en la plasticidad de su escritura.

En 1841 muere su padre, con sólo treinta y seis años. En 1847 muere también su madre. Los hermanos se reparten entre el resto de la familia. Entre 1846 y 1847, la educación de Bécquer se desarrollará en el Colegio de San Telmo, donde se impartían estudios de náutica. Allí tiene como compañero y amigo a Narciso Campillo, que reaparecerá en los últimos años de su vida y quien tendría importancia –todo lo discutible que se quiera– en su fama póstuma. Campillo, también poeta, será más tarde profesor de letras. Junto a él, Gustavo inicia sus contactos con la literatura, que en aquellas circunstancias sevillanas tiene para él un sesgo marcadamente clasicista. La figura del poeta neoclásico Alberto Lista, antiguo profesor de Espronceda, condiciona hasta el último cuarto del XIX toda la poesía que se hará en la ciudad.

La formación estética de Gustavo Adolfo Bécquer bascula entre todos estos ingredientes. Su destino lógico, dados los antecedentes familiares, era la pintura, para la que poseía buenas cualidades, demostradas a lo largo del tiempo. Entre otras cosas, estará dos años como aprendiz en el taller del pintor Antonio Cabral Bejarano y pasará luego al estudio de su tío Joaquín Domínguez Bécquer, en el Alcázar sevillano, donde también se inicia como pintor su hermano Valeriano. Pero, por otro lado, le tienta con insistencia la literatura, que ni de lejos promete estabilidad económica.

En 1848, con doce años, escribe una “Oda a la muerte de Alberto Lista” en el cuaderno de borradores de su padre. Aun en 1855, y ya en Madrid, publicará "A Quintana (Fantasía)", un homenaje al gran superviviente del neoclasicismo, y poco después una anacreóntica. Por otra parte, Bécquer tiene acceso a las obras del romanticismo europeo y español gracias a la biblioteca de su madrina, Manuela Monnehay, donde leería a los inevitables Lamartine, Hugo, Musset o Byron. No se olvide, por otra parte, que por estas fechas ya no solo el neoclasicismo, sino también el romanticismo eran lenguajes desgastados.

Como tantos otros jóvenes, Gustavo adquiere conciencia de que para triunfar en literatura Sevilla quedaba demasiado estrecha. Madrid era, sin duda, la plataforma donde se reconocía el genio, donde publicaban las revistas y editoriales de mayor difusión, donde sentaban cátedra los mayores ingenios del país. Campillo y él, junto a Julio Nombela, futuro autor de unas memorias imprescindibles para entender la vida cotidiana de aquellos años, se conciertan para desembarcar en la capital. Con iguales dosis de ingenuidad y de audacia, juntan sus obras en una arqueta como si fuesen un tesoro aún desconocido. Por fin, en 1854, y pese a la dura oposición de su familia, Gustavo marcha solo a Madrid. Allí le espera Nombela. Campillo, que llega a finales de año, enferma y debe volver a Sevilla.

Siguen años de bohemia literaria y de dura lucha por la vida. En diferentes pasajes de su obra futura se contrastará la dureza y negrura de las calles madrileñas con el aroma y la tibieza de la Sevilla perdida. Pero continúa en Madrid. Desde luego, la fama no va a buscarlo. Participa en todo tipo de aventuras editoriales, en trabajos de encargo, escribe zarzuelas o refundiciones con seudónimo, y de cuando en cuando publica algún poema, al principio inevitablemente clasicista y añejo. Otros trabajos estables, como aquel que le consigue Rodríguez Correa como escribiente, no duran demasiado.

En 1856 inicia los preparativos de una obra ambiciosa y que tiene un carácter más personal, aunque esté aparentemente alejada de la poesía. Es Historia de los templos de España, que sigue la pauta de otras colecciones donde diferentes autores fusionan la historia, el arte y el costumbrismo en un marco cuidado tipográficamente y con abundancia de ilustraciones. Por lo pronto, la Historia es la primera manifestación de su amor por Toledo, que tantas huellas deja en su obra y en su vida. Finalmente, la ambiciosa Historia de los templos de España se reducirá a un solo tomo dedicado a Toledo.

En mayo de 1858 enferma de gravedad. Su hermano Valeriano, a quien siempre estará estrechamente unido, acude junto a él. Las dificultades económicas se agravan. Rodríguez Correa descubre entre sus papeles la primera de las leyendas conocidas, El caudillo de las manos rojas, que comienza a publicarse entre finales de ese mes y mediados de junio. Es la primera obra suya que podemos considerar personal.

La convalecencia de la enfermedad coincide con el inicio del momento sentimental en que se incuban las Rimas. En otoño de ese año 1858, mientras pasea con Nombela, descubre a Julia Espín en un balcón de la calle de la Justa, hoy Libreros. Podemos tener certeza de la importancia de ese amor para el poeta, pero los detalles que lo alimentan están sujetos a todo tipo de desviaciones legendarias. Nombela, en sus memorias, quiere mostrarlo como un amor puramente platónico, a distancia, ya que el poeta no querría ser presentado a la muchacha. Lo cierto es que Bécquer entró en el salón familiar de los Espín y dejó buena muestra de sus habilidades literarias y artísticas en los álbumes de las hermanas Julia y Josefina. Julia desaparecerá de su vida muy pronto y tanto él como ella parecen evitarse. Ella, desde luego, lo hará con muestras de desagrado, como revelan testimonios familiares de sus últimos años. Pero poco más podemos decir. Eso, por supuesto, si dejamos al margen que una gran parte de las rimas se escriben precisamente en ese momento. Y no es poco, desde luego. No es arriesgado considerar que Julia Espín le resultase inalcanzable a Gustavo. Poco éxito podía tener aquel periodista de tres al cuarto, descuidado en su vestir, con una niña bonita de la sociedad madrileña, pagada de sí misma y de sus cualidades como cantante de ópera, hija de un profesor del Conservatorio y de una pariente lejana de la primera mujer de Rossini. Él, eso sí, dibuja en su álbum, le escribe poemas o la retrata en el Real, coqueta y vanidosa, con sus impertinentes a punto.

En diciembre de 1859 publica la primera rima conocida, y desde ese momento sabemos que Gustavo ha encontrado por fin su tono y voz más característicos. Aparece en una publicación cómica, El Nene, donde colabora Rodríguez Correa. La rima, sin embargo, no es cómica:
 

 
Tu pupila es azul, y cuando ríes,
su claridad suave me recuerda
el trémulo fulgor de la mañana
que en el mar se refleja.

Tu pupila es azul, y cuando lloras,
las trasparentes lágrimas en ella
se me figuran gotas de rocío
sobre una violeta.

Tu pupila es azul, y si en su fondo
como un punto de luz radia una idea,
me parece en el cielo de la tarde
una perdida estrella (ed. Sebold, 216-217;corrijo el v. 8).

Será la futura rima 29 del Libro de los gorriones, que ocupará el lugar XIII en la edición póstuma de 1871. Ahora es simplemente una “Imitación de Byron”, título que la acompaña y que se explica por la estrofa en cursiva, que es una variación sobre unos versos de las Hebrew Melodies. En mayo del año siguiente escribe en el álbum de Josefina Espín la rima 63 (XXVII), que comienza:
 
Despierta, tiemblo al mirarte;
dormida, me atrevo a verte.
Por eso, alma de mi alma,
yo velo mientras tú duermes (ed. Sebold, 241);


mientras que en el álbum de su hermana mayor deja la 43 (XVI), con el título o dedicatoria “A Julia” (Rubio Jiménez, 1997):
 

Si al mecer las azules campanillas
de tu balcón,
crees que suspirando pasa el viento
murmurador,
sabe que, oculto entre las verdes hojas,
suspiro yo.

Si al resonar confuso a tus espaldas
vago rumor,
crees que por tu nombre te ha llamado
lejana voz,
sabe que, entre las sombras que te cercan,
te llamo yo.

Si se turba medroso en la alta noche
tu corazón,
al sentir en tus labios un aliento
abrasador,
sabe que, aunque invisible, al lado tuyo
respiro yo (ed. Sebold, 223-225).


En este año 1860 Bécquer conoce, por mediación de Nombela, a Augusto Ferrán, que será sin duda uno de sus amigos más cercanos y, en el terreno literario, una sensibilidad afín y una rica fuente de sugerencias. Augusto Ferrán había pasado una larga temporada en Alemania, lo que le había permitido familiarizarse con aquella literatura. La literatura alemana, o para ser más exactos, la transmisión de la literatura alemana por sus traductores españoles, está en la base del tipo de poesía que desarrolla ahora Bécquer, y no sólo él, sino un buen número de jóvenes escritores que están a disgusto tanto con las tendencias superadas como con las dominantes. La fusión de lo culto con la lírica popular, ejemplificada en el lied alemán, permite un registro mucho más cercano al lenguaje oral, el adelgazamiento de la forma y, lo que no es menos importante, un contenido intimista o francamente sentimental que se apoya en los valores de lo breve y sugerido.

Los poemas de Ferrán van a seguir muy conscientemente esa línea, como lo muestra el título de su primer libro, La soledad, que Bécquer reseñará a comienzos de 1861:
 
 

Las fatigas que se cantan
son las fatigas más grandes,
porque se cantan llorando
y las lágrimas no salen.


Entre 1860 y 1861, con todas estas incitaciones sentimentales e intelectuales, Bécquer se encuentra en un momento especialmente creativo de su vida, que aún se prolongará dos años más. Las rimas comienzan a aparecer, aunque cortas en número, en diferentes publicaciones, a veces de forma anónima. El 24 de octubre de 1860, por ejemplo, aparece la primera versión de su rima 60 (XV), que publicó hasta tres veces en vida, con todo lo que ello puede significar.

En diciembre da a conocer la 45 (LXI). En enero del año siguiente tenemos ya la popularísima rima 22 (XXIII), curiosamente sin firma:
 

Por una mirada, un mundo;
por una sonrisa, un cielo;
por un beso... yo no sé
qué te diera por un beso (ed. Sebold, 233).
Pero no son solo los poemas. También es este el momento en que van apareciendo las leyendas acaso más logradas. La cruz del diablo abre esta racha a finales de 1860. Siguen al año siguiente La ajorca de oro, Los ojos verdes y Maese Pérez el organista. En febrero de 1862 llega El rayo de luna. También profesionalmente las cosas parecen encauzarse, y en diciembre de 1860 entra a formar parte de la redacción de El Contemporáneo, un periódico prestigioso donde va a publicar inmediatamente sus Cartas literarias a una mujer –sin firma– y la reseña de La soledad, entre otras cosas.

1861 había sido también un año clave en su itinerario sentimental. El 19 de mayo, tras urgentes diligencias matrimoniales, Bécquer se casaba con Casta Esteban Navarro, hija del médico oculista que lo había tratado, aunque fuese más reconocido por su eficacia en el tratamiento de enfermedades venéreas. En mayo del año siguiente nacería su primer hijo.

Durante 1863 sigue publicando leyendas: El gnomo, La cueva de la mora, La corza blanca, El beso... Los problemas económicos y de salud no lo abandonan. Tenga o no relación con ello, el caso es que su colaboración con El Contemporáneo es más espaciada. En diciembre marcha con su familia a Veruela, el monasterio aragonés desamortizado donde se ofrece hospedaje. Allí había estado, su amigo Ferrán, con graves problemas de alcoholismo, desde comienzos de año. A los Bécquer los acompaña su hermano Valeriano con sus dos hijos. La estancia se prolongará hasta el verano de 1864, según parece, con escapadas breves
.
Las cartas Desde mi celda, uno de los textos becquerianos más sobresalientes, son fruto de esta estancia. También su hermano Valeriano compone varios álbumes, que se conservan, con dibujos del poeta en diferentes situaciones cotidianas, esbozos costumbristas o notas arquitectónicas y artísticas.

Después del verano, el cambio político en el Gobierno, presidido ahora por Narváez, va a beneficiarle. El nuevo ministro de Gobernación, Luis González Bravo, se convertirá en su protector más fiel. González Bravo, él mismo escritor diletante, había pasado desde sus iniciales posiciones políticas progresistas a representar las más conservadoras. El 19 de diciembre de 1864 propone a Bécquer como “censor de novelas, con el sueldo de 24.000 reales anuales”. El uno de enero de 1865 toma posesión del cargo. La consecuencia más inmediata es la mejora en las condiciones de vida de la familia, después de las penurias anteriores. También su hermano Valeriano se beneficia de la nueva situación, pues se le concederá una pensión anual de 10.000 reales para pintar cuadros de costumbres.

Desde otro punto de vista, el político, el apoyo de González Bravo sitúa a Bécquer inevitablemente en posturas muy conservadoras. La redacción de El Contemporáneo, el diario en que viene colaborando desde finales de 1860, se divide. Juan Valera y su amigo Rodríguez Correa, entre otros, critican los intentos de prohibición del partido demócrata. Bécquer, como consecuencia, debe abandonar el periódico. El 10 de abril se produce la sangrienta represión de la llamada Noche de San Daniel, que van a condenar prácticamente todos los amigos del poeta y, por supuesto, El Contemporáneo. Por fin, el 21 de junio cae el gobierno y Bécquer mismo tendrá que abandonar el cargo de censor. Vuelven, por tanto, las penurias, precisamente en el momento en que nace su segundo hijo. 

Abundan ahora las colaboraciones de ambos hermanos en El Museo Universal, una hermosa publicación de contenido artístico y literario. Desde el día uno de enero de 1866, Bécquer es director literario de la publicación y presenta la actualidad musical y las “Revistas de la semana”. También publica ahí un buen número de rimas inéditas: 62 (V), 33 (XXIV), 15 (II), 43 (XVI), 49 (LXIX), o reedita otras conocidas.

El 12 de julio de este año 1866, Narváez vuelve al poder y con él González Bravo. Bécquer recupera entonces su cargo de censor de novelas. En agosto abandona la dirección literaria de El Museo Universal. No hay incidencias destacables hasta 1868. Desde el 13 de septiembre de 1866 disfruta de cuarenta y cinco días de permiso “para atender al restablecimiento de su salud”. En agosto del año siguiente disfruta de otros tantos días para atender a su “quebrantada salud”. Continúa la publicación de rimas y la colaboración con su hermano en El Museo Universal.

En el verano de 1868, un amigo, no sin ironía, le regala un libro de actas para que recoja su obra dispersa o inédita. Bécquer rotulará su cubierta cuidadosamente con el título Libro de los gorriones y la fecha de 17 de junio. Pero Bécquer estaba ya decidido a publicar su obra poética como libro. El manuscrito en limpio de las Rimas andaba en manos de su protector, el ministro González Bravo, quien le había prometido publicarlas con un prólogo suyo. En su vida íntima las cosas no andaban bien. Probablemente fue en ese verano cuando se produjo la ruptura con su mujer, Casta Esteban, debido a las relaciones de ella con un paisano suyo, Hilarión Borobia, “el Rubio”, quien moriría en 1874 durante la ejecución de un robo con asalto. Los hermanos Bécquer abandonan el pueblo soriano de Noviercas en medio de una gran tensión con los vecinos. En diciembre, Casta tendría su tercer hijo, de paternidad algo menos que dudosa.

En el terreno político también se iba a producir un cambio radical con inevitables consecuencias personales. El 28 de septiembre de 1868 triunfa la revolución conocida como la “Gloriosa” que expulsa del trono a Isabel II y a los Borbones. Bécquer deberá abandonar de nuevo su cargo de censor y, del mismo modo, su hermano Valeriano pierde la pensión concedida por el anterior gobierno. No solo eso. En el asalto a la casa del ministro caído desapareció el manuscrito de las Rimas preparado para la imprenta. En fin, la protección de González Bravo los convertía ahora en perdedores en medio de una situación de agitación extrema. Convenía poner tierra por medio, y para eso la cercana Toledo era ideal.

Prácticamente todo el año 1869 lo pasarán en esa ciudad, tan querida por ambos y donde Gustavo había situado la acción de algunas de sus leyendas. Volvía la situación de inseguridad económica, pero, según los testimonios conocidos, debió de pesar más en el ánimo de los hermanos lo positivo de aquel retiro que cualquier nota negativa. Vivían en una casa de la parte alta, con un huerto y un pozo con brocal árabe. Organizaban fiestas para los niños, donde no podía faltar la música. Visitaban los alrededores o hacían escapadas a Madrid. Bécquer tuvo tiempo entonces para poner en orden su obra. En aquel libro de actas que llevaba consigo, y donde había escrito la Introducción sinfónica y parte de un relato titulado La mujer de piedra, volcó las rimas. Lo hizo de manera curiosa, porque los poemas aparecen al final del volumen, dejando en blanco desde la página 19 hasta la 529. Las rimas ocupan toda la parte final, sin hueco libre. Al comienzo de los poemas, antes del índice, pegó con una oblea un dibujo suyo de la huerta, con la torre de una iglesia vecina.

En Navidades estaban de vuelta en Madrid, cerca de Ferrán, que había vuelto de Chile con una novia americana. El Museo Universal, tan ligado a su actividad periodística, desaparecía entonces para convertirse en La Ilustración Española y Americana. Desde enero de 1870, Bécquer se hace cargo de la dirección literaria de una nueva publicación, que quiere seguir el espíritu original de la anterior: La Ilustración de Madrid. El 12 de marzo publica en ella la rima 39 (IV), que comienza
 
 

No digáis que agotado su tesoro,
de asuntos falta enmudeció la lira.
Podrá no haber poetas, pero siempre
¡habrá poesía! (ed. Sebold, 192).
Y dato significativo: el poema se presenta con el aviso de que se trata “De un libro inédito”.

El tiempo que resta va a ser desgraciado, aunque todo apuntaba a una recuperación del espacio literario y personal perdido. En agosto, Valeriano enferma y vuelven a acuciar los problemas económicos. Por fin, el 23 de septiembre muere. No hace falta enfatizar lo que esta pérdida pudo suponer para Gustavo. Los dos hermanos eran inseparables. Los encontramos unidos a lo largo de su vida, incluso en el ámbito más íntimo de la vida cotidiana. Juntos viajan por España, escribe el uno para los dibujos del otro, el otro dibuja para los textos de aquel. Incluso en el momento de la separación de Casta se apunta a Valeriano como la causa final de esa desavenencia. Gustavo pasa a vivir en el barrio de Salamanca, gracias a los desvelos de su fiel amigo Rodríguez Correa. En este momento, Casta vuelve a él con su hijo Emilio. Él los recibe. A finales de año escribe un relato de marcado tinte melancólico, “Las hojas secas”, donde en medio del viento del otoño conversan dos hojas caídas:
 
 

–¿De dónde vienes, hermana?
–Vengo de rodar con el torbellino, envuelta en la nube de polvo y de las hojas secas, nuestras compañeras, a lo largo de la interminable llanura. ¿Y tú?
–Yo he seguido algún tiempo la corriente del río, hasta que el vendaval me arrancó de entre el légamo y los juncos de la orilla.
–¿Y adónde vas?
–No lo sé. ¿Lo sabe acaso el viento que me empuja?


En diciembre, presenta una revista teatral, El Entreacto, donde suspende enseguida su colaboración por problemas de salud. Por esas fechas, su antiguo amigo de la infancia, Julio Nombela, de regreso en Madrid, lo había acompañado en lo que iba a ser su último paseo en la imperial de un tranvía, con un frío glacial. Bécquer cae enfermo y muere, finalmente, el 22 de diciembre de ese año 1870, con treinta y cuatro años de edad.

El 24 de diciembre hay convocada una reunión de sus amigos para estudiar la publicación de su obra dispersa y allegar fondos para la viuda y los hijos. Es en el estudio del pintor Casado del Alisal. Asisten entre otros Rodríguez Correa, Campillo, Ferrán, Nombela y hasta el ministro Silvela. Se crea una comisión encargada de ordenar y transcribir los textos, compuesta por Ferrán y Campillo para la poesía. Rodríguez Correa se compromete a escribir el prólogo. En julio de 1871 están ya en la calle los dos volúmenes de sus Obras completas, que irán engrosándose en sucesivas ediciones. Porque hay sucesivas ediciones, y esto debió de resultar sorprendente para quienes habían compuesto aquella primera movidos por un sentimiento generoso, pero básicamente caritativo.

A partir de este momento, muy condicionado por las circunstancias de la publicación, comienza a rodar la leyenda tardorromántica del poeta malogrado, doliente, víctima del amor imposible. La reorganización póstuma de los poemas, a modo de cancionero amoroso con un final desgraciado, subraya su supuesto componente biográfico y desdibuja la singularidad de cada uno. En fin, incluso se recuperará en las ediciones posteriores la iconografía juvenil del poeta, pintado por Valeriano como un arquetípico romántico con melena rizada y perilla esproncediana, tan diferente del Bécquer maduro.